Salvador López Arnal

Profesor-tutor de Matemáticas en la UNED y enseñante de informática de ciclos formativos en el IES Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona)salarnal@gmail.com

Lo normal y lo extraordinario

Las CC.OO. de los Mossos d’Esquadra y la tolerancia cero

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

28 de enero de 2011

Tomo pie en una distinción célebre (y algo gastada) de un clásico de la epistemología contemporánea: La estructura de las revoluciones científicas, un best seller académico de Thomas Samuel Kuhn, un físico e historiador formado en la Universidad de Harvard que presentó su tesis doctoral en 1949 sobre la física del estado sólido bajo la dirección del Premio Nobel John van Vleck; uno de los grandes filósofos del siglo XX que sería profesor en esa misma universidad de Harvard, en Berkeley y en Stanford; un físico, recién licenciado entonces, que durante la II Guerra Mundial se especializó en radares y estuvo en París durante su liberación.

Distingue el autor de La revolución copernicana entre lo que llama ciencia normal y ciencia extraordinaria. La primera trabaja y genera resultados bajo un marco de normas, procedimientos, ejemplos-modelo, temas de investigación, nudos de interés, no cuestionado o no abiertamente cuestionado. En ese entorno, tras años de aprendizaje, práctica y esfuerzo, los científicos realizan investigaciones sobre diversos asuntos, con teorías e  instrumentos valorados y aceptados por la comunidad de la que forman parte. Es la práctica científica frecuente, usual, en opinión del que fuera amigo de James B. Conant (Este trabajo científico ha sido a veces presentado como un ámbito sin interés, repetitivo, poco creativo, nada interesante: no es tema de la nota, pero nunca he acabado de entender la valoración negativa que esas consideraciones encierran). La ciencia extraordinaria, el otro nudo de la disyunción, irrumpe en momentos de zozobra, de búsqueda, de incertidumbre, cuando las cosas no están tan claras y el marco –algunos procedimientos, determinadas leyes científicas, ciertas concepciones ontológicas- es puesto en cuestión por un grupo reducido de científicos revolucionarios. Lo que valía ya no vale o no vale del todo. Irrumpen leyes, teorías, modelos y visiones inesperadas. El grafo que representa el hacer científico ya no es una línea continua, de pendiente positiva, sino una línea con saltos arriesgados, con discontinuidades y fuertes polémicas anexas no siempre resueltas de forma consensuada en la comunidad científica afectada. La teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, son ejemplos citados usualmente. La irrupción de las paradojas en la teoría intuitiva de conjuntos y la consiguiente axiomatización de la teoría puede ser otra ilustración.

Pues bien, tal como están las cosas, con el cambio de gobierno en Catalunya, un gobierno de derechas, muy de derechas, con formas educadas y trajes de Massimo Dutti, dado este marco derechizado, decía, es normal que a pesar de que el juez de instrucción del juzgado nº 32 de Barcelona, el magistrado Antonio Cruz de Pablo, en funciones de guardia, no autorizara que el Palacio del Cinema fuera desalojado el pasado sábado [1] el desalojo se produjera. Mandan quienes mandan. Es también normal, dentro del cuadro que enmarca las acciones públicas en Catalunya, la alerta policial ante posibles nuevas ocupaciones y la preparación por parte de los cuerpos de seguridad de un operativo especial ante “el riesgo de disturbios” durante la huelga general de este jueves 27 de enero[2], efectivo que, aseguran en tono subido, estará vigilante antes, durante y después de la manifestación convocada por CGT, CNT, COS, Solidaridad Obrera y otras fuerzas sindicales y que partirá de los Jardinets de Gràcia (Diagonal/Paseo de Gràcia) a las cinco y media de tarde para llegar a las siete a la plaza Universitat. Los mandos de los mossos temen que la marcha congregue a personas ajenas a las reivindicaciones sindicales y acabe derivando en desórdenes por las calles de la ciudad, tal como ocurrió en septiembre. ¿Les suenan estas palabras? Son “normales”, desde luego, como lo son, en este marco que huele a podrido, las recientes declaraciones del actual conseller de interior, Felip Puig, quien después del desalojo del sábado aseguró, mirando retador a la cámara, él que ha permitido que la impunidad y la corrupción campen a sus anchas en lugares como el Palau de la Música e instituciones afines, que se había “acabado la impunidad para quienes piensan que ocupar propiedades privadas y alterar el orden público forma parte del paisaje de Barcelona y Catalunya”. No es extraordinario, sino que sigue siendo normal, que el alcalde Jordi Hereu, la derecha política del derechizado centro político que hoy representa el PSC-PSOE, haya alabado también la “rápida y eficiente” actuación de los Mossos. Es también desgraciadamente normal que la portavoz de ICV-EUiA en el Parlament, Laia Ortiz, en lugar de criticar la actuación de los Mossos y la criminalización de los movimientos sociales antisistema, acusara a Puig de “instrumentalizar políticamente” los Mossos. Ortiz se quejó de las declaraciones de Puig: “Como si hasta ahora los Mossos no hubieran cumplido con la legalidad y el Estado de derecho”. Tampoco a ellos se les alteró el pulso. Es incluso normal, y además, razonable, que el colectivo de la  Asamblea Barcelona volviera a criticar al conseller de Interior y recordara que los desalojos los deciden los jueces y no los gobiernos. En una carta dirigida a Puig, le recuerdan cosas tan elementales como ésta: en democracia “la crítica, la movilización y la protesta social son derechos legalmente reconocidos”. Son incluso normales, aun rozando el insulto más infame y la abyección más inconmensurable, las declaraciones de Duran i Lleida, uno de los grandes y duros poderes en la sombra del actual gobierno catalán, sobre riqueza, pobreza y parlamentarios: "Si la sociedad quiere que aquí vengan simplemente gente que no tenga nada de propiedad y quieren que ésta Cámara al final sea una Cámara de funcionarios y de gente pobre, pues vamos por el mejor de los caminos". El “normal” concepto de política de este líder fundamentalista democristiano de derecha extrema se plasma también en su reflexión sobre la "dignidad de la política" que, en su normal opinión, debe ser realizada por "gente preparada": los pobres, la chusma sucia, ignorante y vil no puede saborear manjares tan exquisitos. El y los suyos sí, claro está, han nacido para ello. Normal, tan normal como las desigualdades y el sistema oligárquico en el que vivimos, y como las presiones políticas y “sindicales” que han causado la dimisión del comité de ética de la policía catalana de un ciudadano tan razonable, prudente y moderado como Carlos Jiménez Villarejo.

Hasta aquí la “ciencia” normal, las prácticas político-culturales usuales que no ponen en cuestión el marco ideológica que nos alimenta a todos, aunque a unos más que otros. Pero lo que no es normal, lo que es práctica extraordinaria, lo que hace temblar todo, lo más esencial, es que un colectivo que toma su nombre de las Comisiones Obreras, de aquel sindicato admirable, resistente, tenaz, generoso que tanto nos enseñó a todos y a todas, en nombre del sindicato de Marcelino Camacho, Manuel Sacristán, Giulia Adinolfi  y Cipriano García, decía, un colectivo de Mossos d’Esquadra que dicen forma parte de SME-CC.OO se feliciten de la “tolerancia cero” anunciada por el nuevo conseller de Interior, al mismo tiempo que critican al Ayuntamiento barcelonés y al anterior gobierno tripartito, no desde la izquierda, donde los motivos se amontonan, criticando y denunciando los desmanes realizados por algunos de sus compañeros, sino por permitir, según ese colectivo que usurpa un nombre que no merecen, la inseguridad y el alboroto. Mano dura exigen.  No sólo eso sino que ese colectivo que lleva el nombre de CC.OO. ha solicitado a la conselleria de Interior, después de que se haya absuelto a los primeros ciudadanos antisistema encausados por las acciones de la huelga del 29 de septiembre, que se persone en todos los juicios por “altercados” contra agentes del cuerpo de los Mossos. El sindicato SME-CC.OOO de los Mossos, que hasta el momento no ha recibido crítica alguna desde la dirección de CC.OO, ha asegurado también que les encantó la actuación del nuevo conseller, que están muy felices de haberse conocido. Dios, además del orden y la insensibilidad social, los cría y ellos se juntan.

Hay otro nudo de práctica extraordinaria. Un prudente amigo que prefiere mantener su anonimato me informa que se ha descargado un boletín "sindical" que lleva el curioso y tenebroso nombre de "Escamot" -cuadrilla, pandilla, pero también pelotón, como el escamot de la guardia civiles que asesino a mi abuelo materno en mayo de 1939- y en él las CCOO de los Mossos critican al ex conseller Joan Saura por la aplicación del código ético, un código que nunca ha comportado sanciones, además de obviar por completo en una encuesta sobre los Mossos entre políticos profesionales la opinión de ICV-EUiA, al mismo tiempo que solicitan no sólo que no se les retiren armas como las balas de goma sino que se les permita llevar pistolas eléctricas. Todo ello, me apunta Ángel Ferrero, va coronado por un artículo donde los Mossos honoran la memoria de… un antisistema como fue el inolvidable Marcelino Camacho. Ciencia extraordinaria, práctica extraordinaria, el mundo, incluidos normas, valores y creencias, hundiéndose ante nuestros pies.

He titulado esta nota “Lo normal y lo extraordinario” pero no estoy seguro de haber acertado. ¿No hubiera sido más “normal” si, recordando a Georges Canguilhem, hubiera osado titularla: “Lo normal y lo patológico”? ¿Qué opinión tienen ustedes?

PS: Recordamos estos días el que sería el 85 aniversario de José María Valverde, otro antisistema extraordinario. Clara Valverde [3] nos ha recordado que tiene pegadas en una pared de su casa dos frases suyas que “me animan a seguir luchando contra las injusticias, aún cuando no me puedo levantar de la cama o salir a la calle”. Son estas: "Me llamarán subversivo. Y yo les responderé: lo soy". "No queremos abandonar ante el llamado nuevo orden nuestra conciencia de la dignidad de todos y la esperanza en algún futuro de rebeldía". Pues eso. ¿Algo que objetar?  

Notas