Rigoberto Lanz  

La palabra y la amistad

mayo de 2011

Para comprender una oración tenemos que

conocer  mucho más que el análisis de sus niveles

lingüísticos. Tenemos que conocer también la referencia

y la significación…”.

NOAM CHOMSKY: Estructuras sintácticas, p. 123

El lector tiene todo el derecho de preguntarse ¿de qué va la cosa? La complejidad de las agendas de debate exige un nivel de atención y de sistematicidad que podrían resultar intimidantes. Como estos no son cursillos propedéuticos para iniciar a chicos distraídos en estos menesteres, entonces podríamos suponer de buena gana que los hilos finos de la discusión están agarrados. El amigo Jonatan Alzuru puede dormir tranquilo, nuestra audiencia está clarísima de cuáles son los rollos que estamos debatiendo. Siendo así--eso espero--entonces dediquémonos sucintamente a ventilar lo que todavía necesita argumentos. Veamos.

En mi reciente texto sobre el problema del lenguaje creo haber dejado bien sentado que tenemos allí muchísimos problemas, que los discursos están fuertemente casados con las relaciones de dominación, es decir, que “las palabras no son neutras” (como alardea por allí un afamado autor) Entiendo que este es el asunto crucial. Los matices vienen después. Podemos luego abundar en consideraciones sobre las modulaciones del lenguaje de cara a su capacidad de nombrar, de comunicar, de estimular la creatividad y cosas parecidas. Pero de allí no se sigue la tesis que hemos cuestionado según la cual el lenguaje sería algo así como un equipaje neutro (por eso “universal”) que se instaura en la naturaleza humana. De ninguna manera. Dado que el amigo Alzuru no vuelve sobre este extravío, entonces podemos dar por bien encaminado un mini-acuerdo sobre este punto de partida. Prueba superada.

Otro asunto es si el lenguaje (cualquier lenguaje) puede abarcar toda la “realidad”, la experiencia intersubjetiva, las profundidades fantasmáticas de la existencia. Desde luego que no. No solo por un problema de incompletud o de eficacia sino por su propia condición  de dispositivo siempre parcial que lee y construye al mismo tiempo, que media y fabrica los recortes del mundo. Ese no es un “defecto” del lenguaje sino su propia naturaleza. Eso no lo hace ni mejor ni peor. Lo que se sigue de allí es la precaución mínima para no pedir demasiado a las competencias lingüísticas de las personas, no tomarse tan en serio la arrogancia de la ciencia que cree “conocer” el mundo, y mucho menos, depositar alguna confianza en que la gente expresa “todo” cuando habla. Ya es bastante que la gente no sea enteramente muda (cosa que podemos logra pronto por el camino que vamos)

Llegado a este punto el lector habrá capturado que en ningún momento me he ocupado de la “sospecha” que puede estar implícita en los cuestionamientos que venimos haciendo. No hace falta una tónica perlocucionaria para que el lenguaje sea un encierro. No es por manipulación u opacidad deliberada por lo que el lenguaje oculta y enmascara. Así pues que podemos transitar sin mucho estrés el camino borroso de lenguajes y discursos que de todos modos son imprescindibles para comunicarnos. Mejor aún si el diálogo está mediado por la amistad, por la experiencia compartida en largos trayectos, por la puesta a prueba--una y otra vez--de afinidades y convergencias ético-intelectuales que no son para nada ornamentales.

El poder y la dominación son componentes estructurales (nadie los escoge) de prácticas y discursos donde quiera que sea. Pero esa no es una condena que nos anule totalmente, que imposibilite las opciones, que clausure la resistencia. Al lado de la dimensión estética que tiene sus propias reglas para escaparse de las normatividades simbólicas, también en el campo del pensamiento hay una tensión permanente que pone en  evidencia las contradicciones propias de sensibilidades y visiones del mundo diferentes.

Los desafíos en este terreno son mucho más bravos que asaltar el palacio de invierno. Los cambios culturales que están en el horizonte nos indican por dónde podría ir una verdadera revolución, es decir, una inversión radical del sentido de las cosas.

Para tan largo viaje, ya sería un logro que nos entendamos.