Rigoberto Lanz  

Universidad: la polémica autonomía

enero de 2011

“El perro hipócrita le habla a usted al oído a través

de esos aparatos escolares que son máquinas

acústicas...”.

JACQUES DERRIDA: Otobiographies, p. 107

¿Autonomía respecto de quién o de qué? No hay que dar muchas vueltas: se trata de estar bien distantes de los efectos directos de las burocracias gubernamentales (de derecha o de izquierda) La idea es que al gobierno de turno no se le ocurra estar inmiscuyéndose en asuntos académicos, en orientaciones filosóficas, en pautas teórico-curriculares ni cosillas así. Lo que está en frente cuando se habla de autonomía no es el Estado sino el gobierno (peludo asunto para países como el nuestro donde esta distinción nuca ha existido de verdad) El modelo ideal es aquel en el que los organismos competentes responden anualmente por el soporte financiero de la actividad universitaria de un modo automático y sin más preguntas que la probidad en la administración de esos recursos. La manipulación política de la asignación presupuestaria es una aberración que se la lleva bien con la mediocridad interna que se desvive y justifica por el famoso “presupuesto justo”.

Trabajar autónomamente lo que quiere decir es que los investigadores no tienen que estar dando explicaciones a la burocracia del gobierno (Ministros, organismos o lo que sea) sobre las cosas que hacen o dejan de hacer. Desarrollar un seminario o cualquier unidad curricular, lo mismo que realizar una investigación (desde el impertinente asunto del sexo de los ángeles, hasta la nanotecnología aplicada a los nuevos materiales, pasando por “los problemas del país” y cualquier otro asunto pertinente que se nos ocurra) no debe guardar ninguna relación  de jerarquía ni de implicación forzada con criterios emanados del poder ejecutivo.

Que haya “planes de la Nación”, necesidades de formación profesional aquí o allá o requerimientos de vínculos con la comunidad no puede ser un pretexto para que algún gobierno se sienta autorizado a dictar pautas. Eso (y mucho más) ha de formar parte de los nuevos desafíos de una verdadera universidad que se toma en serio su transformación profunda. En el entendido  de que es la gente directamente involucrada en la producción de conocimiento, en la generación de nuevas ideas, en la invención de nuevas soluciones, en el desarrollo de la cultura democrática que es un vector esencial de la formación, en el cultivo de una sensibilidad estética que no proviene de disciplinas instrumentales, la que debe marcar el camino para la gestión de estos asuntos. La decadencia actual de las universidades no se debe a la falta de autonomía. Usted puede multiplicar los efectos autonómicos en la nueva Ley y el tremedal seguirá intacto. ¿Entonces?

El fantasma de que el gobierno está ansioso por “controlar a las universidades” es una necedad alimentada también por la falta de claridad de las personas que plasmaron el texto de la Ley siniestrada. En este punto hay que afinar la puntería y despejar de toda mínima duda lo que se está entiendo por autonomía. Para lo cual es preciso librarse por un instante del pantano intelectual al que nos ha llevado la crisis histórica del modelo universitario dominante: mediocridad, corrupción, anacronismo, simulacros diversos, imperio del conservadurismo, modelo reproductor de la exclusión. Si la autonomía es para remachar las calamidades de este síndrome, entonces la gente tendría razones para dudar. Pero no se puede estar legislando para lidiar con camorras menores. No digo que ignoremos lo que ocurre en la universidad realmente existente, lo que digo es que una nueva Ley tiene que proyectar decentemente un cierto ideal universitario, aunque no sea para pasado mañana.

La derecha histérica—que también habita los predios universitarios—no tiene interés verdadero en pensar otra universidad. Todo lo que sirva para la pelea electoral contra el gobierno es lo que realmente les importa. Hay que saber entones quiénes son los interlocutores con los que vale la pena discutir.

Una oportunidad que pocos se esperaban está abierta. No nos distraigamos en minucias. Busquemos acuerdos—aunque sean pocos—en lo que es vital.