Esteban Emilio Monsonyi

Universidad Central de Venezuela  

La complejidad del saber étnico

enero de 2011

En su momento leí con atención y espíritu crítico el artículo del amigo Jonatan Alzuru sobre el tema del aporte indígena a nuestro acervo intelectual, a lo que Rigoberto Lanz respondió acertadamente, al menos en mi opinión, defendiendo sereno y coherentela tesis del pluralismo diferencialista, en el campo epistémico y otros afines. Ya me suponía que Alzuru a quien respeto como pensador inteligente y complejole iba a replicar con unas ideas que estuviesen a la altura de su contrincante. Mas, cuál no fue mi decepción al apenas vislumbrar la falta de información, la cantidad y tipo de prejuicios y la ausencia de elaboración argumentativa que configuró dicha respuesta, lamentablemente muy debajo del nivel al que Jonatan nos tiene acostumbrados. ¿O será que al tratarse de amerindios y africanos “todo vale”, así de simple? Para despejar la incógnita, entremos en un breve análisis.

No pienso meterme con el marxismo. Nunca he creído en la idolatría y culto a la personalidad, ni siquiera en el caso de los mayores genios, porque tal postura encapsula el libre pensamiento y acción humanos. O sea, nada de marxismos me parecería un nombre más adecuado “ciencia social transformadora”y menos todavía de chavismo, peronismo, y el cristianismo de broma por referirse dizque al hijo de Dios: nótese que a los musulmanes no les gusta que los llamen “mahometanos”. Lo que quiero enfocar aquí es el tema del aporte indígena en el marco de lo no-occidental y fuera del dogma eurocéntrico. Alzuru desprecia una larga secuencia de estudios serios sobre la sociodiversidad, el pluralismo cultural y cognitivo, la necesaria interculturalidad para viabilizar la vida y convivencia planetarias, la variedad y riqueza del patrimonio histórico-colectivo en sus múltiples expresiones. Allí resalta con intensidad creciente la profundidad y pertinencia del pensamiento ancestral y actual, originario o entremezclado con elementos de distinta procedencia, de absolutamente todas las formaciones sociales con que cuenta la humanidad, sin importar la época, el emplazamiento geográfico o el número grande o pequeño de depositarios de tales saberes.

No hay que ser aztecas, chibchas o indonesios para crear y desarrollar conocimientos muy importantes, para ellos y el resto de los humanos. Además, esto no desacredita a la cultura occidental-europea, sólo le quita la patente de exclusividad: Platón, Nietzsche y Rilke no pierden nada de su valor. Tampoco es un requisito, la pureza, aquí, en Siberia o en la Cuenca del Níger, pues el ser humano es dialogante. Jonatan insinúa, correctamente, que también el “indio” y el “negro” tienen acceso al pensamiento marxiano, o kantiano si se quiere. Pero parece olvidársele que los millares de etnias, a veces minúsculas, tienen pleno derecho a sostener y validar, frente a la universalidad y como parte de ella, sus propias ideas independientemente concebidas, sus cosmovisiones, valores y obras de toda índole: lo que constituye el patrimonio total de la Humanidad, más allá de discriminaciones racistas, clasistas, geográficas, seudo-evolutivas o de cualquier otra matriz ideológica. Me parece evidente que la concepción sociopolítica andina del Sumaq Kawsay (el buen vivir), así como su contraparte wayuu Anaa Akuaipa (la buena costumbre) merecen toda nuestra consideración como propuestas transformadoras; y si no fuere así, que me lo demuestren con argumentos valederos, más allá del “nomegustismo” de nuestra intelectualidad convencional.

Como existe comunicabilidad entre las culturas, no es tan difícil entender estas nociones aunque nos dejen cabos sueltos como todo lo antrópico. Y cabe todavía mencionar la inmensa e infinita complejidad de los idiomas indígenas.

Es de lamentar que a despecho de los barruntos de Alzuru y otros colegasel estadio actual de la revolución bolivariana, luego de proclamar los derechos indígenas, no resultará favorable para el despliegue de un socialismo matizado por lo autóctono y lo afroamericano, en vista de la supremacía estridente de un personalismo estatizante, masificador y bien eurocéntrico.