Edgar Morin

¿Una sociedad-mundo?

julio de 2008, Traducción: Rigoberto Lanz

http://www.edgarmorin.org/ 

La globalización que comienza en 1990 es la etapa actual de una era planetaria que se abrió en el Siglo XVI con la conquista de América y la expansión de las potencias europeas occidentales sobre el mundo. Ese proceso estuvo marcado por la depredación, el esclavismo y la colonización. Sin embargo, la era planetaria conoce otro desarrollo. De hecho, la civilización occidental ha producido los antídotos a la barbarie que ella ha engendrado.

La globalización nacida en los años 90 se inscribe en el doble proceso de dominación/emancipación que aporta caracteres nuevos. La explosión del totalitarismo soviético y el fracaso de las economías burocráticas del Este  favorecen, a la vez, un impulso democrático sobre todos los continentes y una expansión del mercado que deviene verdaderamente mundial sobre la égida del liberalismo económico. El capitalismo se ve vitalizado por la fabulosa  expansión informática, la economía mercantil invade todos los sectores de lo humano, de la vida, de la naturaleza. Correlativamente, la mundialización de redes de comunicación instantáneas dinamiza el mercado mundial y es dinamizado por él.

Esta globalización tecno-económica puede ser considerada como el último estadio de la planetarización. Ella puede ser concebida al mismo tiempo como la emergencia de una infraestructura de nuevo tipo de sociedad: la sociedad-mundo. Una sociedad dispone de un territorio que incluye un sistema de comunicaciones. El planeta es un territorio dotado de una textura de comunicaciones (aviones, teléfonos, Internet, etc.) como jamás sociedad alguna ha dispuesto en el pasado. La sociedad incluye una economía. La economía es ahora mundial, pero le falta los controles de una sociedad organizada (leyes, derechos, reglas) y las instituciones mundiales (como el FMI) son ineptos para ejercer la más mínima regulación. Una sociedad es inseparable de una civilización. Existe hoy una civilización mundial, salida de la civilización occidental, que desarrolla el juego interactivo de la ciencia, de la técnica, de la industria, del capitalismo y que comporta un cierto número de valores Standard. Toda sociedad, teniendo en su seno múltiples culturas, suscita también una cultura propia. Así, tenemos múltiples corrientes trans-culturales que constituyen una cuasi-cultura planetaria.

Un  folklore planetario se ha constituido y enriquecido por integración y encuentros. Cuando se trata del arte, de la música, de la literatura, del pensamiento, la mundialización cultural no es homogeneizante. Se constituyen grandes oleadas transculturales que favorecen la expresión de las originalidades nacionales en su seno. Mestizajes, hibridaciones, personalidades cosmopolitas o biculturales (Octavio Paz, Rushdie, Arjun Appadura) enriquecen sin cesar esta vida trans-cultural. De ese modo, a veces  para lo peor, pero también para lo mejor,  las culturas del mundo entero se fecundan mutuamente sin saber todavía  que ellas son  las niñas planetarias. Agreguemos a esto los sentimientos comunitarios transnacionales que se manifiestan a través de la mundialización de  la cultura de los adolescentes y la mundialización de la acción feminista.

Por otra parte, como en toda sociedad,  se ha creado un underground (esta vez planetario) con su respectiva criminalidad: desde 1990 se han desplegado las mafias internacionales (básicamente con la droga y la prostitución)

En fin, la mundialización de la nación, que ha concluido a finales  del siglo XX,  aporta una traza de civilización y cultura al planeta, pero al mismo tiempo persiste el parcelamiento y la soberanía absoluta de las naciones se convierte en obstáculo para que emerja, justamente, la sociedad-mundo. Emancipatoria y opresiva, la nación  hace extremadamente difícil la creación de confederaciones  que responderían a las necesidades vitales de los continentes; la nación es un obstáculo para el nacimiento de una confederación planetaria.