Ximena González de Pérez

Conversatorio: La transfiguración de lo político de Michel Maffesoli. Capítulo 5: El “nosotros” comunitario

mayo de 2006 

Primero que todo quiero aclarar que por el hecho de haber preparado la presente exposición en París, y por ende de poseer sólo la versión francesa de la obra de Maffesoli, me permitiré la libertad de traducir algunos de los conceptos utilizados por el autor según mis criterios filosóficos lingüísticos.

En este capitulo, que es el último del libro, Maffesoli propone una interpretación innovadora de lo que constituye unas de las características mayores del post-modernismo. Me refiero a la transfiguración[1] de lo político. Es decir, la transformación radical de las formas que toma la vida en común. La problemática general que este ensayo defiende es que, precisamente, la transfiguración de lo político no significa de ninguna manera el final del ser colectivo, sino más bien el final de una era y el comienzo de otra. Se trata del final de un poderinstituido” que se deshace frente a una nueva potencia “instituyente”.

Esta nueva potencia es descrita por el autor como similar a esa energía o sentimiento colectivo que siempre se encuentra en el momento fundador de lo político. Potencia que produce la pasión común y la comunión afectiva que está al origen de la sociedad y que alimenta y da sentido al poder político. Es precisamente dicha pasión que el poder instituido moderno ahogó en su afán por gerenciala. El poder ultra-racionalista moderno se fue alejando progresivamente de esa parte fundamental de sí mismo, hasta perder el sentido del ser colectivo y del estar juntos. Sentido que, como el autor nos lo muestra, existe no tanto por el hecho de ser pensado, sino más bien por el hecho de ser sentido por los individuos. Sentido que se transmite de una manera que, según Maffesoli, tiene mucho que ver con el sentimiento religioso en su dimensión de comunión, eminentemente estructurante a nivel social. Sentido-sentimiento del ser colectivo que es vehiculado en el orden de lo simbólico, constituyendo de ese modo el vínculo entre los individuos.

Uno de los aportes fundamentales de este autor es justamente el de mostrar cómo la desafección progresiva de lo político en las sociedades post-modernas está ligada con la denegación y el desistimiento del basamento simbólico. Simbólico que no puede ser eludido, que no puede ser eliminado, y que reaparece entonces en otras esferas, tomando otras formas diferente a esas que la modernidad utilizó para pensarlo. Formas que son a la vez totalmente nuevas, y que al mismo tiempo, presentan rasgos que el autor califica de innegablemente arcaicos.

Este último capítulo trata entonces de una nueva, pero también arcaica manera de estar juntos, de dar sentido al ser colectivo de la sociedad, de crear una “socializad” propia de la era post-moderna. Nueva forma que puede ser resumida en el concepto elaborado por el autor de identificación estética. Pero ¿de qué se trata dicha identificación estética? El autor nos muestra en los capítulos anteriores que uno de los puntos de la crisis de la modernidad es precisamente la desafección de la noción de identidad como categoría adecuada para pensar al individuo. Lo que el autor sostiene es que la lógica de la identidad está dejando lugar a la lógica de la identificación. Es decir, que los contornos definidos de las identidades están perdiendo de más en más realidad (como la identidad política, sexual, etc.), pero que al mismo tiempo el individuo sigue identificándose, de manera sentimental, con lo otro, con los otros. Identificaciones que pueden entonces ser tildadas de estéticas, pues provienen de un vivido emocional común. Tal es el nuevo “nosotros” post-moderno que es, de hecho, el objeto de este capítulo.

Este nuevo “nosotros” no es una idea o un ideal, sino precisamente eso que para la modernidad racionalista representa todo lo contrario, es decir, una pasión, un sentimiento, una sensación. Contra el todo racional moderno que no logra más vehicular el sentido del nosotros, el “nosotros” post-moderno se recrea como sentimiento, como experiencia vivida en común, como comunión de sentimientos. Comunión que crea, según el autor, una nueva forma de socialidad, anclada en el presente, en el ahora, en el cotidiano de la vida “sin cualidades”. La naturaleza insuperable del ser colectivo es entonces vivida por el individuo a través de una infinidad de momentos dispersados y puntuales, como los eventos deportivos, musicales, mediáticos.

El lazo social es creado entre los individuos al momento de compartir juntos imágenes. La noción de estética designa esa manera de estar juntos, de sentirse ser juntos. “Estar juntos” que no es exclusivamente físico, sino meramente mental. El “nosotros” post-moderno está constituido por una co-presencia mental, imaginaria, que las nuevas tecnologías de comunicación hacen cada día más eficaces. Es así como el desarrollo de la técnica, como lo nota el autor, está totalmente ligado con la amplificación de esta estética. Las identificaciones que alimentan este “nosotros” son identificaciones de pura forma: no tienen otra finalidad que aquella de hacer sentir al individuo conectado con un “nosotros” hecho de puros sentimientos y sensaciones. Ese sentir juntos crea el lazo simbólico que constituye el “nosotros” post-moderno. Sentir juntos que la masificación de la cultura, de las diversiones, de las comuniones mediáticas, favorisa a tal punto que dicho sentimiento ya no tienen más fronteras.

Este “nosotros” es entonces un “nosotros” fusional. Es decir que lleva a una fusión de emociones y sentimientos colectivos a cada uno de los individuos. El lazo social se establece por fusión y no por distinción. He ahí justamente la particularidad de la post-modernidad: ésta vehicula con sí un nosotros estético, que es un nosotros de sentimientos y emociones, un nosotros del momento, del acá y ahora, que se mezcla con la ultra tecnicidad de las sociedades occidentales. Televisión, Cine, Internet, son entonces los medios que vehiculan este magma de emociones, al cual los individuos pueden conectarse, en los cuales pueden fundirse, perder su ser individual y renacer al sentimiento colectivo.

Lo que busca el individuo, a través de esta forma colectiva de emoción, es alcanzar lo colectivo, no como contenido sino como mera forma. Se trata aquí entonces de un fundirse, un identificarse con la forma por la forma, con la forma que da forma, que moldea al individuo a su imagen, a través de los sentimientos y las emociones colectivas. Forma que le proporciona a la sociedad ese ser colectivo que le falta, a partir de la empatía generalizada que todos estos sentimientos y emociones comunes llevan con sí.

De tal manera, el individuo nace al nosotros, dejando entonces de ser un “yo” autónomo. El individuo es definido por Maffesoli como persona, es decir, como un actor que lee e interpreta un papel escrito por otro, que mimetiza su ser a partir de las experiencias y de las emociones comunes que la sociedad le brinda. Persona que se elabora a partir de los otros, en los otros, en sus miradas, ante sus ojos. El individuo deja de ser uno para ser ese “nosotros” que es definido por Maffesoli como realidad pre-individual. Realidad pre-individual que está a la base del ser del individuo y que éste reconoce a través de las sensaciones, sentimientos y emociones que son el lote común de toda la humanidad, que son el fondo común de toda existencia. Es ese deseo del individuo de perderse, de fundirse en ese gran Otro que constituye la sociedad, que forma la naturaleza arcaica del individuo. Pero es de aclarar que en este tipo de “nosotros” no hay ninguna transcendencia; ninguna finalidad externa. Todo queda en la inmanencia de la estética común. Estética que crea un nuevo tipo de subjetividad que no es más individual, sino que por el contrario es de masa.

Tal es la transfiguración de lo político propia de la era post-moderna, que hace que la sociedad pierda su unidad para transformase en multiplicidad, a partir de una efervescencia estética y lúdica que no deja de tener una función política extremadamente importante: la de recrear la soldadura de la comunidad, de hacer revivir la dimensión colectiva, la dimensión de cuerpo que tiene la sociedad. Fenómeno que realimenta la estructura socio-afectiva que está a la base de lo político. La comunidad estética le da entonces a la sociedad una unicidad inmanente que la hace ser una sin cerrarse sobre ella misma, que le hace posible verse y sobre todo sentirse a sí misma como tal.

La conclusión de Maffesoli no deja lugar a la duda: todo esto lleva a la disolución del yo (moi). Disolución que lleva consigo el goce estético, el desarrollo personal del individuo que si pierde su yo, lo pierde en el otro. Fenómeno que crea socialidad por identificaciones sucesivas instantáneas, efímeras y repetidas. El narcisismo no es más entonces la característica del individuo, sino la del grupo viviéndose y siendo de tal manera un “nosotros”.

Este es quizás el tema más provocante y problemático del pensamiento de Maffesoli. Según nuestro autor, la era del individuo soberano y narcisista ya no existe más. El individuo busca más bien escapar, huir de sí. El yo soberano y razonable se esfuma para dejar lugar a un individuo que es él mismo justamente porque se pierde en el “nosotros” estético, porque se pierde en los otros, en lo Otro. Esto, aunque describa una realidad que nos parece innegable, quizás pueda ser analizado a partir de otro punto de vista. ¿Este ser que se evita, que se pierde en lo otro, y que de este modo reinventa otra manera de ser un “nosotros”, está realmente más allá del individualismo y del narcisismo? ¿Realmente este “nosotros” descrito por Maffesoli puede ser analizado como creador de  una real apertura del individuo hacia los otros y hacia el Otro? ¿No es por el contrario una nueva manera de esquivar el problema de la alteridad? ¿Este nuevo “nosotros” no realimenta más bien la dificultad de relacionarse con el otro y con lo Otro, propia al individuo contemporáneo?

Los individuos contemporáneos europeos se soportan de menos en menos entre ellos. Hay una real incapacidad de establecer lazos con los otros, con el Otro, con la dimensión misma de Alteridad. Esto es visible por ejemplo en la intolerancia hacia toda intrusión del otro en el espacio privado, en la esfera de la intimidad (olores, ruidos, gestos, contacto físico...). La comunidad estética llena, de hecho, el vacío que esta no-relación, que esta denegación del otro lleva consigo. Propiciando de este modo otra manera de entrar en contacto con los otros. Pero al mismo tiempo alimenta esta misma incapacidad, reproduce este vacío, lo sustenta. El nuevo “nosotros” estético puede ser visto entonces como eso que, a la vez,  llena el vacío, y lo reproduce.

¿Se podría entonces separar realmente el individualismo y el narcisismo, de ese “nosotros” estético analizado por Maffesoli? Este “nosotros” estético nace del individualismo y del narcisismo aportándoles efectivamente una solución alternativa. Solución que contorna las dificultades que estos dos fenómenos crean. Pero a la vez reproduce el individualismo y el narcisismo que pretende superar, porque éstos son su condición de posibilidad. La pregunta sería entonces la siguiente: ¿esta nueva comunidad estética podría llenar todo el vacío comunitario al cual el individuo contemporáneo está confrontado? ¿Las identificaciones estéticas podrían ser realmente estructurantes para el ser del individuo?  ¿Dicho individuo podría ser otra cosa que un sujeto?

La destructuración de la dimensión colectiva y del “nosotros” no es la única marca de la crisis de la modernidad. La dimensión misma de sujeto está también en crisis. Esta nueva forma de “nosotros” colectivo pone en cuestión la manera de pensar lo que hace un individuo, lo que hace un sujeto. Y esto mas allá de la crónica de muerte anunciada del yo que nos ofrece Maffesoli. Porque el ser humano siempre necesitó ser un yo, y ello no es una invención de la modernidad. Los individuos de las comunidades tradicionales, de las comunidades arcaicas son también unos “yo”, aunque el mismo no sea definido por la razón y la auto-fundación soberana. ¿Cómo el individuo occidental puede ser entonces un ser, si pierde su dimensión individual en ese magma de sentimientos que describe, con mucha pertinencia, Maffesoli? ¿Qué tipo de individuos todo esto preconiza? ¿La des-individualización de la cual Maffesoli nos habla no podría ser vista también como una de-sujetivación en masa? De no poderse encontrar una respuesta inmediata a todas estas preguntas, es necesario, a partir de la lectura de este texto, la realización de profundas investigaciones.

Otro punto puede ser también señalado. Las descripciones de Maffesoli nos muestran que el cemento de la sociedad no tiene que ser más buscado en la racionalidad de los actores, y que, de tal manera, no está más constituido por proyectos, ideas, valores, o ideales comunes. El nosotros está por ello constituido exclusivamente por eso que es emocionalmente común. El ser colectivo gasta entonces toda su energía en su propia realización presente. Y, de este modo, escapa a toda intencionalidad proyectiva u orientada al futuro. Tal es el predominio del instante de esta nueva socialidad descrita por Maffesoli. La pregunta sería por ello la siguiente: ¿si la realización del individuo puede satisfacerse únicamente en un vivido presente, de qué manera entonces el ser colectivo podría realmente cumplirse en la exclusiva temporalidad del instante?

¿La contemplación que Maffesoli propone como paradigma de la post-modernidad, y que según él toma el lugar de la acción política, puede realmente ser pensada como estructura idónea para un ser colectivo autónomo y libre? ¿Cómo un ser colectivo contemplativo puede lograr dicha meta? ¿Qué tipo de ser colectivo estaría entonces configurándose? Más allá y partir de la descripción, muy acertada por cierto, que el autor nos ofrece de esta nueva forma de “nosotros”, es importante pensar en las consecuencias que este “nosotros” lleva consigo. Ello quiere decir que es imprescindible pensar en las consecuencias políticas de este “nosotros” estético, contemplativo y compasivo. ¿Cómo puede dicha comunidad estética seguir avanzando si no es mas dirigida, ni por ella misma, ni por otro? Maffesoli nos dice claramente que el individuo no es más maestro de sí, y que, si es actor, lo es sólo cual actor de teatro, es decir cual un interprete de un texto escrito por otro[2]. La pregunta sería entonces: ¿quién escribe el texto?

Maffesoli nota al final de su libro que este “nosotros” estético no puede escapar a la mercantilización. Y siendo así, uno se podría preguntar si realmente esta nueva comunidad está únicamente hecha de estética, o si, de manera subrepticia y subterránea, no se edifica alrededor de valores morales fuertes vehiculados por dicha mercantilización. Valores morales que, de nos ser revindicados, estructuran profundamente a los individuos, mas allá del ahora, del presente y del cotidiano. ¿Esta nueva manera de ser colectivo, de “nosotros” estético, no puede ser entonces también analizada como nueva forma de alineación? Sería aquí interesante realizar un paralelo con las descripciones de Tocqueville del despotismo débil para profundizar este punto.

El sentir juntos, como lo recuerda Maffesoli, es sinónimo de inter-subjetividad, ya que uno puede sentir sólo con los otros, a partir de los otros, hacia los otros, a través de los otros. Esta emoción común que se basta a sí misma, forma una nueva socialidad. Pero no puede pretender configurar y ser toda la sociedad, entendida como todo el ser colectivo. Si este sentimiento del “nosotros” toma el relevo de lo político, y crea efectivamente una energía social, ¿bastaría para hacer la sociedad? Porque si es verdad que lo político se está esfumando, también lo es que éste sigue siendo, en la practica, lo que tiene la sociedad, lo que la hace ser una sociedad, lo que la organiza, y la estructura. Claro está que ello no basta, es necesario también que la sociedad se viva a sí misma como un nosotros. La comunidad estética tomaría entonces un papel que, durante toda la modernidad, estuvo al alcance de la esfera política, y que, ahora, esta última no logra más sostener. Pero así como lo político no podría sostenerse sin este sentimiento común que crea la identificación estética, dicho sentimiento no puede realmente, constituir y crear por sí solo, la sociedad. Ambos están ligados, y tanto el uno como el otro, parecen ser las dos caras de la crisis de la modernidad; cada uno siendo, a la vez, la razón del otro, su solución y su más grave problema.

Notas


[1] La Transfiguración es, como lo define el autor, lo que sucede cuando una figura toma apoyo en una figura ya existente para convertirse en otra cosa, La transfiguración de lo político, V, 3.

[2] Michel Maffesoli,  La transfiguración de lo político, III, 1.