Sara Maneiro

Artista plástica y periodista

smaneiro@yahoo.com

La máquina rapera y las voces del lumpen

El rap y el hip hop como literatura menor         

marzo de 2004

El Niga 

Miembro de vagos y maleantes 

© Sara Maneiro, 2003

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El Niga y el Vudu

Miembros de vagos y maleantes 

© Sara Maneiro, 2003

“Vagos y Maleantes nacen en los barrios, en la pobreza. Somos gente sufrida que desde chiquitos hemos estado en la mala vida, hemos vivido demasiado, prácticamente hemos visto demasiada sangre correr y bueno, de todas esas vivencias la reacción de todos fue buscar la música, dejamos los problemas atrás y ahora sólo queremos enviar la violencia pero con la música” .

Testimonio de el “Budu”

 “Mira tú sabes lo que se vive aquí negro, mira aquí se vive lo real, dentro de una cárcel, coño, mira. Aquí no hay vida, aquí se ve lo peor, lo más malo. (…) ya que mi vida no se puede comparar a la de un perro, me estoy volviendo loco, aquí en este encierro (…) Bien, bienvenidos al castillo eterno men, mejor dicho bienvenidos al infierno …”

Guerrilla Seca en Castillo eterno 

Su lingüística irrumpe en lo urbano y fluye por las calles, en los autobuses y en los vagones del metro. Sus intérpretes son juglares dedicados a elogiar la cotidianidad a través de líricas  “vulgares” en una lengua considerada por sus intérpretes como “genuina”, lengua urbana y desterritorializada con inclusiones de argot lumpen, pero dentro de una lengua mayor. Esta es una de las características de la literatura menor, según Deleuze y Guattari: “Una literatura menor no es la literatura de una lengua menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor” [1]. En la producción musical de grupos de rap locales como Guerrilla Seca (GS) y Vagos y Maleantes (VM), dúos caraqueños de reciente data objeto de estas notas, coexisten dos estéticas: una fundamentada en el uso del lenguaje metafórico y la ficción, donde lo malandro se convierte en materia poética, como cuando GS dice “las bichas cantaban en la noche de fuego ardiendo donde se escuchan las balas que están dando el concierto (…) De repente vi todo rojo y desierto”, como metáfora de las pistolas que detonan y la sangre que corre. La otra tendencia se conecta con el medio social de los barrios caraqueños a partir de la enunciación directa de la realidad, sin figuras metafóricas: “Guerrilla Seca representa miseria, hambre, pobreza, mierda! Esta es la realidad que te puede pasar, yo lo que vivo es malandreo, historia real”.

Una segunda característica de la literatura menor según Deleuze y Guattari, es la presencia de lo político contrario al problema de la individualidad de las grandes literaturas. En la lírica del rap se enuncian y exaltan temas que hablan de la condición marginal, como cuando se celebra la hombría: “Papidandeando, oye oye, ya me verán, fumándome un tabaco a lo Bob Marley, papidandeando en una Harley Davidson, cogiéndome una rubia en el Macuto Sheraton, en una habitación con vista a la playa, portando tremenda guaya con 30 kilos en mis haberes de Ziguaraya, coño, qué papaya...!”. Existe en los raperos un empeño por narrar estas historias glorificando la violencia, tanto de manera testimonial como ficcional y en líneas generales una tendencia a mantener un discurso de la desesperanza, donde no hay salida ni finales felices.

La máquina rapera es atravesada por flujos que la conectan con el colectivo. Los personajes que protagonizan lo que los raperos denominan el “malandreo”, o acción de actuar y/o lucir como “malandro”, representan (palabra utilizada de manera constante por los raperos) un discurso social desde el margen, entiéndase calle, barrio o cárcel, donde se denuncian las desigualdades y se ironiza en ocasiones sobre las relaciones sociales y la vida, como cuando GS manifiesta su deseo de “hacer plata” para de darse lujos y evitar que su familia tenga que recolectar dinero para su entierro, práctica común en las comunidades de bajos recursos.

Sobrevivientes muchos de estos grupos del rock y del heavy metal, estas voces del lumpen, como algunos denominan a los cantantes del rap, han hecho que su estilo devenga en una suerte de pastiche que habla de la tragedia urbana contemporánea local a través de la narración marginal, en una lengua que ha devenido animal en contenido. En este sentido la máquina rapera se podría convertir en una máquina revolucionaria por su capacidad de enunciación colectiva, una máquina de conexión con el mundo, con lo cotidiano, con lo subalterno. El “malandro” se convierte en un dispositivo colectivo de enunciación: “…ahora sólo en malandreo nuestra vida se basa (…) la ley donde el jíbaro es como rey; vivir o morir (…) 13 años de edad guerreando en la selva de animales, el hogar de los latosos, la tierra de mafiosos (…) nuestra universidad se llamaba jibareo, mi título, mis herramientas de empleo, par de hierros por si acaso entran los perros…” [2]

Otra característica que conecta el rap con la literatura menor es la desterritorialización del lenguaje, que en esta manifestación musical está representada por una escritura marginal o jerga inserta dentro de una lengua mayor. Esta jerga de gran alcance es fundamental para que la máquina rapera sea también una máquina colectiva de expresión que agencia el contacto con el público, que se sensibiliza ante estas historias que le son comunes. Estas historias se narran en contra de la norma gramática y utilizando un lenguaje con contenido explícito que conecta de una manera más directa con el colectivo. De esta manera se convierte en dispositivo que agencia el vínculo con la comunidad.

El rap irrumpe con un lenguaje soez abriendo desde varios flancos líneas de fuga hacia la subversión. El flow[3] (flujo) del rap circula como telaraña entre la escritura, marcada por la naturaleza violenta de la forma y el contenido de sus líricas, y el colectivo. Sus letras conforman una cartografía del deseo a partir de flujos de contenidos; deseos, por ejemplo, de “hacer plata”, para  tener todo lo que lo eleve de la categoría marginal al rango de poder, el cual se traduzca en carros, mujeres y droga. Esta escritura surge al margen del canon y subvierte a partir de la violencia nombrada de manera explícita, sin ambiciones en principio por sacrificar su carácter underground en función de la complacencia de la música comercial.

La referencia al inglés aparece en el rap como otra línea de fuga que escapa de un sistema para entrar en otro, ratificando a la lengua dominante frente a la menor y al mismo tiempo subvirtiendo a través de un discurso que fluye constantemente entre la vida y el lenguaje, resaltando la “realidad” en forma y contenido. Estas formas ponen de manifiesto aspectos de esa cotidianidad marginal a partir de una narrativa rizomática que fluye en un estilo musical repetitivo, narrando situaciones diversas y a veces inconexas entre sí, a la vez que crea una tensión entre lo armónico musical y una lengua con intensidades que deviene animal consecutivamente.

Otras líneas de fuga están presentes en los elementos musicales que se fusionan en el rap y el hip hop, como son la inclusión de la salsa y el reggae para otorgarle sobre todo al rap hecho en Venezuela un carácter distintivo, al incorporar ritmos latinos, así como instrumentos locales, que crean conexiones estrechas con lo local y en algunos casos con los centros de poder, como al apropiar el look rapero de los afroamericanos de Estados Unidos. El rap atrapa el mundo y produce fugas a través de un lenguaje que balbucea al operar fuera de represiones gramáticas, como indica “Trece”, productor musical de ambos grupos, la gente se identifica cuando les hablan sobre lo real de una manera directa.

La estructura del rap es repetitiva y circular, tanto en forma como en contenido. Como en un laberinto, o como en el mismo Castillo eterno de la canción, se repiten los ritmos y las acciones, retornando luego a los mismos lugares que se repiten al infinito, como en una estructura burocrática donde todos los caminos llevan a los mismos lugares o a ninguna parte: “(…) qué arrepentimiento, qué tristeza, qué desilusión, maldito sea el día en que yo caí en prisión, ya que mi vida no se puede comparar a la de un perro, me estoy volviendo loco aquí, en este encierro. Cuatro paredes, mil barrotes, te los calas cada año y cada día tú te haces más daño, nadie recuerda el día de tu cumpleaños”[4].  

Grupos como Guerrilla Seca “representan” lo subalterno al narrar la vida de los negros en los barrios (“negro malo, negro sucio, negro feo”), al dar detalles sobre el hambre, la “mierda” y el “malandreo”.  En sus líricas varios elementos conducen el deseo, pero principalmente el dinero, que es el conector con el poder. El rap, como dispositivo maquínico social en cuanto dispositivo colectivo de enunciación y dispositivo maquínico de deseo, mapea las estructuras sociales, denuncia el racismo, el sistema carcelario, el tráfico de drogas y la calle como escenario del crimen, entre otros temas narrados en primera persona por sus intérpretes, pero con un amplio sentido colectivo. Su máquina es social- polívoca y sus enunciados los conectores y esta primacía de la enunciación colectiva nos remite de nuevo a las condiciones de la literatura menor: “…es la expresión la que rebasa o se adelanta, es ella la que precede a los contenidos, ya sea para prefigurar las formas rígidas donde van a fraguarse, ya sea para hacerlos que huyan por una línea de fuga o de transformación”[5]. La máquina rapera es también irreverente al cancelar los valores burgueses a partir de su narrativa, de su lengua lumpen y a veces barroca en intensidad, niveles y discurso, como en esta historia real de la misma vida de las calles: “Desde pequeñito me crié en el barrio, mejor dicho en el infierno, donde nadie es eterno. Mi vieja trabajaba duro sin descansar, mi viejo me abandonó cuando estaba pelaíto, eso me da igual porque no lo necesito (…) y fui creciendo en el medio de la rutina y aunque tú no me lo creas me agarró la cocaína, sorpresa que te da esta puta vida, pero qué va, no me quedo atrás (...) a los 17 años comencé en el jibareo, otra gente, otra vida, ya la gente me veía como el propio delincuente (...) Esta es la historia nuestra, sólo una parte.[6]”.

Resumiendo, la lírica del rap puede considerarse literatura menor, de acuerdo a Deleuze y Guattari, por su conexión con lo urbano, por estar escrita y/o cantada por una minoría que, fuera del canon literario, narra la realidad de lo subalterno como manera de conectarse con el colectivo. Su dispositivo de acción parte del discurso social y se fortalece con la estructura repetitiva y circular de su ritmo, lo que le adjudica su carácter revolucionario y subversivo frente a las estructuras estáticas y burocráticas. El problema de esta máquina radica en el prejuicio que existe en su entrada en los canales comerciales de difusión, lo que podría influir tanto en su forma como en su contenido, alterando así su función liberadora y convirtiéndola en un producto más del mercado, lo cual desvirtuaría su propósito original, que es actuar desde el margen.

Notas
[1] Ibidem, Pag 28
[2] La sentencia del negro y el menor en Guerrilla Seca (Subterráneo Records, 2003)
[3] Se coloca flujo en inglés de la misma manera que los raperos utilizan la palabra en sus canciones.
[4] Castillo eterno, Guerrilla Seca, Ibidem.
[5] En Kafka por una literatura menor, pag 123.
[6] En Historia Nuestra de Vagos y Maleantes (Subterráneo Records, 2002).