Roberto A. Follari

La ofensiva de la tecnociencia

agosto de 2005

La academia ha estado en los últimos años envuelta en diversas discusiones, que han llevado gran parte de su reservorio de energías. Una que sin dudas ha tenido peso es la que se reabrió a partir del célebre “affaire Sokal”, la cual se dibujó sobre el eje relativismo/realismo, y también sobre el de empirismo vs. racionalismo [1]. Así se dio lugar a la reaparición de la “guerra de las ciencias”, que si bien se definió con más fuerza en el capitalismo avanzado, también encontró ecos a nivel de las sociedades periféricas; la pretensión de superioridad de las ciencias físico-naturales (las únicas que merecen llamarse “sciences” para buena parte del pensamiento sajón) conllevó la necesaria defensa de parte de las sociales, con lo cual se planteó un amplio rango que en sus extremos conllevó los peligros del monismo reduccionista que todo lo valora en relación con una noción estrecha del mal llamado “método científico”, y los del facilismo y la falta de rigor, que a veces se presentan como la contrafigura -por cierto que fallida- de ese método supuestamente infalible y universal. 

Otra discusión cercana a la anterior, pero no totalmente coextensiva con ella, es la que hace a si la ciencia es el único quehacer humano que merece predicarse como racional, si en cambio es la forma más alta de una racionalidad que se aplica a otras prácticas y productos humanos, o si es una forma más de racionalidad entre otras diversas que de hecho existen. Es una discusión impensable en tiempos de auge del positivismo, cuando éste limitó el significado del lenguaje a aquél que pudiera demostrar correspondencia con los hechos, dejando a la gran mayoría de los enunciados en la categoría de “nonsense”. Pero no en vano los tiempos han pasado; aunque el positivismo en realidad no fue esa mala palabra con que hoy se lo valora, sino el expediente necesario para producir una ruptura fuerte e inequívoca con las modalidades previas de pensamiento religioso y metafísico, sin la cual la ciencia de los siglos XIX y XX no hubiera podido establecerse. Desde ese punto de vista, jugó un decisivo rol histórico progresivo. Pero las condiciones contextuales modifican el significado de los discursos, los cuales no adquieren su significado al margen de tales condiciones, sino sólo en y con ellas; de tal modo, aquella insistencia en sobrevalorar los datos contra la especulación –pero también contra la teoría- se fue volviendo anacrónica. No sólo el racionalismo mostró hasta el hartazgo la imposibilidad de la observación pura y la del método inductivo [2], sino la ciencia misma fue –en sus consecuencias indeseables- dejando el rastro de su fuerte matriz antropocéntrica, y de su sojuzgamiento de la Naturaleza a los designios del control y el dominio técnicos [3]. De tal modo, la razón científica fue destilando la conciencia de sus propios límites; a partir de lo cual no fue difícil advertir los de la Razón en general, que fue así fuertemente destronada de sus pedestales a partir de la implantación de hecho de la cultura posmoderna, en los años ochentas[4]

A partir de allí, la reivindicación de la diferencia operó la posibilidad de que diversos sistemas de creencias fuesen aceptados como posibles, de modo que la ciencia apareció para muchos ya no como la garantía de conocimiento adecuado u objetivo, sino como una modalidad determinada de enfrentarse con el mundo a partir de ciertos valores, entre otras modalidades posibles. Y desde tal perspectiva, la ciencia no es más racional que lo que puedan serlo el arte, las culturas populares, e incluso la religión. 

En un cierto sentido lo anterior es irrefutable; la objetividad es un valor como ya planteaba Max Weber, y por tanto quien se instala en la ciencia se instala de entrada en un espacio valorativo. En otro sentido es muy problemático: la ciencia, aún con sus limitaciones y supuestos, resulta un factor decisivo en la superación de prejuicios y dogmatismos, los cuales en nuestros países de capitalismo subalterno se mantienen con fuerza suficiente como para que el auxilio a dichas ciencias siga teniendo una función importante en el debate ideológico. 

De cualquier modo, existe un deslizamiento en este debate[5]: hay quien cree que si la ciencia es un sistema de creencias entre otros, se justifica que en ella pueda imponerse el “todo vale”; algo así como que ello implicaría una indistinción de su especificidad en relación con otro tipo de discursos y prácticas. 

Se trata de dos cuestiones diferentes: que la ciencia sea o no un sistema de creencias comparable en validez a otros de los que se sostienen en la sociedad, poco tiene que ver con cuáles son las exigencias para que un enunciado pudiera ser considerado como científico. Pues la validez que se asigne el sistema de creencias, poco dice de cuáles son las características específicas que definen a dicho sistema. Por ejemplo, alguien podría sostener que el arte no es un ámbito que ofrezca conocimiento; pero ello no impide que para que algo sea denominado “arte”, tenga que cumplir con ciertos requisitos que no cualquier obra cubre. Siendo así, la ciencia para ser tal sigue guardando algunas características distintivas; y el hecho de que hace mucho tiempo ya no existan “criterios de demarcación” como se quería hasta los años cincuentas del siglo pasado[6], de ninguna manera implica que no pueda exigirse de lo científico algunas características que lo diferencien de lo que no lo sea. 

Por ahora, diremos que lo científico es metódico, público –es decir, publicitable-, controlado por lógica interna, argumentación y empiria, e institucionalizado en espacios especializados. Y si bien es cierto, como dice Laudan, que “no hay propiedades que todas las ciencias, y sólo ellas, tengan”[7], también lo es que podemos tomar a estas características en el sentido que Putnam ha asignado a la forma en que se define cualquier clase de objetos: por una serie de características que mayoritariamente comparten quienes pertenecen a dicha clase[8]. De tal modo, las ciencias, por ej., se institucionalizan en universidades, y ello es compartido por la mayoría de ellas y no, por ej., por la Astrología. 

Con esa diferenciación, queremos defender que lo científico, considerado o no como sistema de creencias homologable a otros en su valoración, implica en cualquier caso específicas restricciones. Siendo así, no puede admitirse el debilitamiento conceptual, ideológico o metodológico (o los tres a la vez), como hoy se está advirtiendo en buena parte de las ciencias sociales[9]; y no puede admitirse a éste en nombre de considerar a la ciencia como una creencia más. En todo caso, si la ciencia no es una forma de objetividad en el sentido tradicional, es sin dudas una peculiar forma de “objetivación”, la cual para obtenerse requiere cumplimiento de requisitos mínimos[10]

Por otro lado, la epistemología desde Kuhn abandonó su tradicional rol normativo por el cual se ponía como juez “por afuera y por encima” de las prácticas científicas sustantivas, rol por demás inadmisible en lo que guardaba de jerarquización idealista y universalizante. Pero a su vez, la disolución progresiva de la epistemología en la sociología de la ciencia no puede realizarse hasta el límite de su mutua identificación en unidad; ello, por la simple razón de que sus funciones son diferentes. La sociología de la ciencia cumple en lo epistemológico una función auxiliar, pues viene a ser una forma peculiar de respuesta a las preguntas filosóficas por el valor veritativo del conocimiento científico, su pretendida neutralidad y objetividad, etc. Es decir, es una respuesta sociológica a preguntas filosóficas, por lo que en realidad su valor se sostiene sólo en la medida en que sea considerada filosóficamente, a los fines de advertir en qué medida da respuesta satisfactoria a las preguntas previamente formuladas. 

Es por esto que la sociología de la ciencia no puede clausurar las preguntas filosóficas en respuesta a las cuales ha aparecido en el horizonte de la filosofía de la ciencia contemporánea[11]. Inevitablemente, la Epistemología seguirá guardando, al margen del análisis sociológico al cual pudiera apelar, un sesgo que sea normativo, aun cuando ya no se pretenda apriorístico o universal. Si tal mínimo de normatividad desapareciera, dejaría de tener sentido la pregunta misma por la cientificidad de una determinada teoría científica y –evaporada por completo la frontera diferencial de la ciencia con otro tipo de discursos- ya la Epistemología misma debería desaparecer por completo. Pero se advertiría allí el ocaso del proyecto de la ciencia como “creencia socialmente válida” para nuestras sociedades; y si bien ello es posible que se diera en algún momento (el Lukács joven así lo creía), es de advertir que una sociedad sólo se hace las preguntas para las cuales tiene preparado su suelo histórico. Y desde ese punto de vista, entiendo evidente que la ciencia aún tiene mucho que aportar en el campo de su relación con la cultura y con las creencias contemporáneas; es decir que, según la noción de Marx, no están dadas las condiciones para su desaparición, pues aún susbsisten parte de las que produjeron su surgimiento. 

Este tipo de discusiones tiene su pertinencia, por eso nos hemos detenido en ellas. Pero no creemos que por allí pase hoy la gran transformación histórica. Esta más bien ha sido ocluida por problemas como los anteriormente citados, de modo que el avance monumental de la tecnociencia, la imposición de la performatividad generalizada, y el impulso pragmatista permeando todos los procesos de producción, evaluación y financiamiento de las investigaciones, en buena medida pasa desapercibido. Y mientras los académicos discutimos sobre los límites de la cientificidad en lo teórico, éstos están siendo fijados en lo operativo por los burócratas de la administración de ciencia, quienes cada vez más piden resultados en términos medibles de aplicabilidad inmediata. 

La ciencia tecnologizada 

Siguiendo en este punto a la primer Escuela de Frankfurt (a nuestro juicio, la que supo sostener un sólido rechazo  hacia el mundo tecnoburocrático del capitalismo actual), Habermas en su clásico “Conocimiento e interés” mostró a la ciencia –sobre todo a la que trabaja sobre lo físiconatural- como continua con la tecnología[12]. Señaló que el “interés técnico” es el que sostiene de modo cuasi-trascendental la investigación en estos ámbitos, lo cual implica afirmar que aquello que resulta relevante desde el punto de vista de la mirada científica, lo es porque aparece como tal en cuanto a su capacidad para ser técnicamente manipulable. 

Si bien luego Habermas buscó matizar esa afirmación, nosotros diríamos que ella se sostiene como válida. Aun cuando supongamos cierta ruptura epistémica entre ciencia y tecnología como de hecho persistiendo, tal parcial ruptura se daría al interior de un espacio más general de continuidad entre ambas, es decir, de pertenencia en común a un criterio que las subtiende a las dos, donde la utilidad es el “a priori” no explícito pero operante. 

Tal criterio habermasiano estaría en consonancia –al margen de la enorme diferencia de posiciones filosóficas más generales- con la postura heideggeriana de entender al pensamiento científico como la forma moderna de la metafísica, caracterizado por la calculabilidad[13]. La modernidad no sería aquella que dispone una cierta imagen del mundo, sino más bien la que por vez primera pone al mundo como imagen; como algo exterior dispuesto al ser conocido, a los fines de ser manipulado instrumentalmente. Siendo así, la ciencia es un proyecto enormemente antropocéntrico, pues hace del mundo una trasposición de las habilidades del hombre para manejarlo; sólo ese mundo vale la pena de ser tomado en cuenta, medido, calculado. Consecuentemente, la Naturaleza es por completo subordinada a su rendimiento en términos técnicos, y la ciencia sería la operación por la cual ello se realiza. No cuesta entender, en esta clave, el surgimiento –muy posterior a la interpretación heideggeriana- de la cuestión ecológica y de defensa ambiental: la ciencia se hizo sin tener en cuenta los límites del crecimiento, ni los daños irreversibles a los recursos naturales. 

Sin embargo, por nuestra cuenta sostendremos la existencia de la parcial ruptura entre ciencia y tecnología, aun al interior de aquella lógica más general compartida. La ciencia posee –por vía de la autorreflexión- la capacidad de operar sobre sus propias bases de constitución y, desde ese punto de vista, de no ser simplemente continua con lo tecnológico, sobre todo a partir de los desarrollos de las disciplinas sociales (las cuales, para Habermas, estaban por fuera del interés técnico; nosotros no sostendríamos una posición tan taxativa tras la emergencia de la “ingeniería social”, pero sin dudas no reduciríamos la ciencia social a su utilización técnica). 

La posición bachelardiana quizás muestre en el extremo el intento por separar a la ciencia de la aplicación, a los fines de sostenerla en la explicación[14]. La primacía de la teoría por sobre el dato deja poco espacio a la insistencia tecnocrática en los números y cuadros, o al menos subordina estos a la discusión conceptual, donde tales números no pueden dar cuenta de sí, sino por vía de los conceptos que los sostienen.  

Frente a las tendencias practicistas del presente, la posición de Bachelard constituye de hecho una cierta forma de negación, con sentido político-ideológico que el autor francés jamás hubiera sospechado[15]. Mostrar que la ciencia puede interesarse por aquello que está lejos de lo operativo, que el pensamiento cuanto más abstracto es más capaz de aferramiento a la teoría, que no hay continuidad simple entre una explicación acertada y una aplicación eficaz, constituye en el presente una fuente importante de valores para poner freno a la ola tecnocrática en crecimiento. 

Pero, aunque parezca paradojal, ello se da precisamente porque en los hechos la reducción de la ciencia a tecnología es cada vez más generalizada y operante. A nivel de principios epistemológicos, ciencia y tecnología muestran su no plena homogeneidad; a nivel de financiamiento y criterios de control y evaluación de los investigadores, cada vez más la performatividad generalizada se lleva por delante cualquier noción de autonomía del trabajo científico, o de pensamiento que no tenga utilidad calculable.  

De tal modo, la profecía frankfurtiana de una sociedad cada vez más instrumentalizada, menos capaz de pensar los fines, más automatizada en cuanto a reproducir las relaciones sociales existentes, se está cumpliendo a pie juntillas. El surgimiento mismo de la noción de tecnociencia[16] muestra la tendencial fusión de la ciencia con el campo de su aplicabilidad; espacios que en su momento estuvieron fuertemente diferenciados, como ocurría para los griegos, que ponían a la ciencia en un papel superior, y dejaban a la técnica por debajo en cuanto a lo valorativo, privada a la vez de apoyo conceptual[17].  

Según los criterios utilitaristas hoy en boga, científicos como Einstein o Göedel no hubieran sido considerados valiosos, ni tampoco hubieran merecido financiamiento[18]. Se les hubiera preguntado para qué iban a servir sus indagaciones, cuándo tendrían seguridades sobre dicha aplicabilidad, qué cálculos económicos podían hacerse sobre la utilidad de su trabajo. La noción de “financiamiento alternativo” por la cual se supone que el científico es una especie de vendedor ambulante que tiene que conseguir “sponsors”, los cuales obviamente se consiguen acorde a la medida en que la investigación sea útil a tales financiadores, no especialmente benevolentes ni desinteresados; o la de “transferencia”, que cuando se la entiende en sentido restringido implica usuarios inmediatos y prescritos de los resultados de la investigación, van limitando desde los inicios la pesquisa a un estrecho horizonte de usos posibles y predeterminados, que impiden a su vez los trabajos de largo aliento y alta abstracción, que pudieran desembarazarse de la inmediatez. 

Otro de los fetiches permanentemente presentes es hoy el de la interdisciplina[19], habitualmente planteada de manera a-problemática, como si fuera a la vez ideológicamente progresista, y conceptualmente superadora. Por cierto que lo interdisciplinar tiene funciones decisivas que ocupar tanto en lo teórico como en lo operativo (desde investigaciones de punta sobre temas como la noción de sistema, de estructura o de actor, a cuestiones como la planificación urbana, o la de la salud colectiva); pero no puede confundirse con una confusa anti-disciplina, con la idea de que todo lo interdisciplinar es siempre mejor, o con la simple yuxtaposición de profesionales de diferentes orígenes científicos como supuesto logro.  

Lo cierto es que en buena medida lo interdisciplinar encuentra auge a partir de las nociones proempresariales sobre el conocimiento, esas que buscan reducirlo a servicios a la producción, es decir, a los dueños de los medios de producción. De tal manera, el conocimiento se resiente en su parte epistémica, siendo cada vez más reducido a la pura aplicabilidad en resolución de problemas, y a su capacidad de rendimiento dentro de esa posibilidad de resolución. La interdisciplina aparece necesaria en dicha aplicación del conocimiento a la resolución de problemas. De tal modo, la interdisciplina no opera como una crítica epistemológica de las limitaciones disciplinares, sino como uno de los brazos conceptuales de la apropiación privatista del conocimiento por los que creen que no se requiere más conocimiento que aquél que sirva a aumentar sus ganancias. 

No estamos negando que la ciencia deba tener más uso social, y que éste deba ser un aspecto a tener en cuenta para re-legitimar ante la sociedad a las universidades y los centros de investigación. De ninguna manera se trata de reivindicar una ciencia cerrada sobre sí misma. Se trata, en cambio, de pensar en una forma diferente de relacionarse con la sociedad, que no transfigure a la ciencia en pura tecnología, y piense la relación ciencia-sociedad de una manera múltiple y compleja. Es decir: la tecnología puede servir y de hecho sirve socialmente (pero para ello habría que evitar que sirva sólo a los grandes empresarios), pero también son útiles todas aquellas áreas que están siendo abandonadas en aras de la primacía unilateral de lo técnico, tales como las Humanidades, las Ciencias Básicas, la teoría y la crítica en las ciencias sociales. 

El servicio a la sociedad no está ligado a la inmediatez, sino a la calidad cognitiva y a la perspectiva ideológica con que se realicen las tareas de investigación. Los trabajos críticos no suelen dar soluciones próximas, pero ofrecen las bases para la discusión de los problemas, y su debate de largo plazo en un entendimiento más maduro y racionalizado. Las Humanidades ofrecen nociones axiológicas imprescindibles para la vida en sociedad, y para evitar el vaciamiento de sentido propio de la época tecnologizada; de tal modo, su necesidad es imperiosa, a pesar de que ellas están en las antípodas del rendimiento pragmático. La teoría social permite a la sociedad autopensarse, y buscar caminos que no sean las de la sola repetición a la hora de enfrentar dramas sociales nuevos, por ej. en la actualidad la cuestión de la violencia delictiva y escolar, el tráfico y el consumo de drogas (dos fenómenos muy diferentes entre sí, pero articulados), etc. 

De modo que coincidimos con autores que reivindican una “ciencia con la gente”, para los casos de temas aplicativos, por ej. lo ambiental, lo urbanístico, o la salud; pero advertimos que no todos los temas permiten intervenciones de usuarios, como sucede en estos. También compartimos la noción de De Sousa Santos cuando éste señala que la Universidad está deslegitimada por su falta de atención a lo social[20], y que debe encontrar formas de poner la ciencia a un servicio definido de resolución de necesidades sociales. Sin embargo, creemos que este autor deja poco espacio a aquello en que la ciencia no pueda tener aplicabilidad tangible, de modo que de alguna manera produce una inversión de los usuarios (ahora, las clases sociales desfavorecidas), pero mantiene el eje de la aplicabilidad como el único que valida a la ciencia contemporánea. 

Más aplicación a lo social entonces, pero mantenimiento a la vez de atención a la ciencia básica, como único modo de garantizar que exista algún conocimiento para aplicar, y no se trate de aplicación de la obviedad o del sentido común. Acentos en los usos sociales, pero sin detrimento de la investigación a mediano plazo sin aplicación inmediata, de modo que tales usos sociales no sean un horizonte que impida pensar con libertad y sin coacciones inmediatistas. 

Por supuesto, esto es lo que queremos, pero no aquello que hoy encontramos. La insistencia en los criterios cuantitativos de evaluación, y el economicismo en muchas de las convocatorias para financiar investigaciones, dejan poca esperanza a quienes queremos salvar a la ciencia de su reducción a tecnociencia. Por el contrario, los criterios de autores como M.Gibbons[21], que suponen que hay una nueva forma de producción de conocimiento que articula a la Universidad con la empresa y que ha reemplazado a la ciencia tradicional, parecen imponerse con el peso que la innovación tecnológica tiene dentro de la competitividad económica contemporánea. 

No se puede ignorar ese peso económico; pero el conocimiento científico no se limita a esa función de precipitador de avances tecnológicos. Es también base de servicio social, autorreflexión colectiva, explicación de incógnitas intelectuales. Y no puede razonablemente renunciar a ninguna de estas funciones que le están asociadas, sin mengua sensible para la sociedad en su conjunto. 

No se escuchan demasiadas voces entre los científicos, sin embargo. Nuestra forma social de organización institucional, por la cual actuamos aislados y en mutua y callada competencia, ayuda a que cada uno soporte la cada vez mayor tensión institucional como una especie de fatalidad a la cual cabe eludir cuanto se pueda, como si se tratara de un mal adventicio y pasajero, que nos quitaremos de encima con apenas disimularlo.  

Esa es, sin dudas, una errónea percepción de la cuestión. Se trata de un movimiento epocal y generalizado, que está disminuyendo al límite la autonomía del trabajo intelectual, y reduciendo el pensamiento a la inmediatez de lo que sirva-ya-mismo. Se está afectando la calidad propiamente teórica de la producción en investigación, y a largo plazo de la formación de los nuevos científicos; y se está dando muerte al pensamiento que no muestre trazas de utilidad visible y mensurable (en términos que, además, no son los que los científicos podamos establecer por nosotros mismos). La situación clama por su evidencia e intensidad, y fuerte es el silencio de los investigadores ante la cuestión. Ojalá tengamos la capacidad para reaccionar a tiempo, antes de que los criterios externamente impuestos nos remitan a la supuesta inanidad de nuestro propio trabajo, pues estaríamos condenados por ser anticuados; por pretender, todavía, que la ciencia está ligada no simplemente al hacer, sino al pensar las condiciones de lo que se hace.    

Notas


[1] Acerca del “affaire Sokal”, puede profundizarse la posición de quien lo produjera en el libro de Sokal, A. y Bricmont, J.: Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona, 1999; una cierta discusión al respecto, aun cuando cercana a las posturas de estos autores y que incluye al mismo Bricmont, en Bricmont, J. y otros: La impostura intelectual, Universitat de Valencia, 1999. Hemos sostenido un punto de vista crítico sobre Sokal en nuestro artículo “Alan Sokal: la insuficiencia de pruebas”, en Follari, R.: Epistemología y sociedad (acerca del debate contemporáneo), Homo Sapiens, Rosario, año 2000. Sobre la “guerra de las ciencias” hay muchas observaciones en el libro de Boaventura de Sousa Santos Conhecimento prudente para uma vida decente, Afrontamento, Porto, 2004.- 

[2] Es sabido que el empirismo ubicó al lenguaje no-referencial como pseudo-lenguaje. Ver por ej. D. Lecourt: El orden y los juegos. Ed. de la Flor, Bs. Aires.  

[3] Las obras de Bachelard dentro de la tradición centroeuropea, y Popper dentro de la de la filosofía de la ciencia sajona, son centrales al respecto. 

[4] Ver por ej. Lyotard, J.: La condizione posmoderna, Feltrinelli, Milano, 1981; Vattimo, G.: El fin de la modernidad, Gedisa, Barcelona, 1987; también nuestra interpretación en Follari, R.: Modernidad y posmodernidad: una óptica desde América Latina, Aique/Rei/IDEAS, Bs. Aires, 1980, especialmente pp. 66 a 92.- 

[5] Lo desarrollamos en nuestro libro Epistemología y sociedad, op.cit., sobre todo pp. 50 a 62.- 

[6] Como se planteara en el neopositivismo y el popperianismo. P.ej., Chalmers, A.: ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, Siglo XXI, Bs.Aires, 1988, su capítulo sobre “el inductivismo ingenuo”; Magee, B.: Popper., Grijalbo, Barcelona, 1974  

[7] Laudan, L.: El progreso y sus problemas, edit. Encuentro, Madrid, 1986

[8] Putnam, H.: ¿Es posible la semántica?, Cuad. de Crítica núm. 21, UNAM, México, 1983

[9] A ello aludimos en nuestro libro Teorías Débiles (para una crítica de la deconstrucción y de los estudios culturales), Homo Sapiens, Rosario, 2003     

[10] Habermas, J.: Conocimiento e interés, Taurus, Madrid, 1982 

[11] Esa sociología de la ciencia se expresa en el “programa fuerte” de Barnes y Bloor, y también en los “estudios de laboratorio” de Woogar y Latour. Ver p.ej. Barnes, B.: T.S.Kuhn y las ciencias sociales, Fondo de Cult. Económica, México, 1986; una versión latinoamericana que aplica estas posiciones en Prego, C.: Las bases sociales del conocimiento científico (la revolución cognitiva en sociología de la ciencia), Centro Editor de A.Latina, Bs.Aires, 1992 

[12] Habermas, J.: Conocimiento e interés, op.cit. 

[13] Heidegger, M.: “La época de la imagen del mundo”, en M. Heidegger: Sendas perdidas, ed. Losada, Bs. Aires. 

[14] El racionalismo acompaña toda la obra de Bachelard, aun cuando él deje espacio a la rectificación de las conjeturas teóricas por lo empírico. P.ej., Bachelard, G.: El racionalismo aplicado, Siglo XXI, México, 1980

[15] Bachelard trabajó sólo sobre ciencias físico-naturales y no sobre las sociales, a la vez que evitó toda referencia en su obra a cuestiones relativas a la ideología. Sin embargo, luego L. Atthusser lo aplicó –no sin modificaciones propias- al análisis del marxismo, como su justificación epistemológica. Ello dio lugar a un debate sobre el materialismo que pudiera adscribirse o no a la obra de Bachelard, del cual participaron, p.ej., D.Lecourt: Para una crítica de la epistemología, Cuad. Anagrama, Barcelona; y M. Vadée: Bachelard o el nuevo idealismo epistemológico, Pre-textos, Valencia, 1977 

[16] Sobre la noción de tecnociencia y sus relaciones con versiones mercadocráticas, puede leerse Barbosa de Oliveira, M.: “Desmercantilizar a tecnociencia”, en B. de Sousa Santos: Conhecimento prudente para uma vida decente, op.cit., p.241 y ss.; una crítica mordaz a la cuestión de la aplicación y el burocratismo en la ciencia en Cereijido, M.: El doctor Marcelino Cereijido y sus patrañas, Ed. del Zorzal-Conacyt, Bs. Aires, 2004 

[17] Koyré, A.: “Los filósofos y la máquina”, en A.Koyré: Pensar la ciencia, Paidós/I.C.E./U.A.B., Barcelona, 1994, sobre todo pp. 72-73 

[18] El desinterés por la inmediatez aplicativa puede advertirse en los múltiples escritos de Einstein recopilados por Holton, G.: Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein, Alianza ed., Madrid, 1988 

[19] Hemos trabajado el tema en nuestro libro Interdisciplinariedad (los avatares de la ideología), UAM-Azcapotzalco, México, 1982; luego hemos realizado diversos escritos en la misma tesitura crítica hacia la utilización banalizada de ese concepto; el último se denomina “La interdisciplina revisitada”, presentado a jornadas de investigación de la Fac. de Cs. Sociales de la Univ. Nacional de San Juan, mayo de 2005.- 

[20] Funtowics, C. y otros: Ciencia con la gente, Centro editor de América Latina, Bs. Aires; la posición de B. de Sousa Santos en su A universidade no seculo XXI, Cortez ed., Sao Paulo, 2004 

[21] Gibbons, M. et al.: La nueva producción del conocimiento, Barcelona, Pomares-Corregidor, 1997