Rigoberto Lanz  

De "prostitutas" y otros eufemismos

junio de 2008

El debate que ha sugerido el amigo José Luis Solana sobre el antiguo tema de la “prostitución” tiene la novedad de un intento de lectura etnológica en la que las voces secuestradas de las víctimas son puestas en primer plano. Este sencillo procedimiento metodológico cambia abruptamente el ritual de las ciencias sociales que pretenden dar cuenta de la anomia de la sexualidad “políticamente correcta”.

Varios mitos empiezan a desvanecerse con el arribo de la teoría del género. No solo se desmitifica el “feminismo burgués” denunciado por José Luis Solana; también se tambalea la hipocresía moralista de un discurso que no está en condiciones de entender el intrincado problema del mercado del sexo. En buena medida por el peso de los prejuicios, por la impronta de un falo-centrismo que discurre subrepticiamente por todos los poros de la sociedad, por la doble moral con la que ha sido históricamente encarado todo asunto  que ponga en evidencia las incoherencias entre los intereses materiales y las idealizaciones de los “valores” y las “buenas costumbres”.

La existencia objetiva de mujeres que se asumen expresamente como trabajadoras del sexo (incluyendo toda la dimensión opaca del la prostitución masculina) revela sólo una de las dimensiones de este intrincado fenómeno. Habría que añadir una esfera nada desdeñable de sexualidad furtiva en la que se entrecruzan prácticas muy heterodoxas de sexualidad múltiple amparadas en los simulacros de una moral pública dúctil y acomodaticia. Son “prostitutas” las mujeres de sectores populares que trafican con su sexo en clave de comercio. Viven con el estigma social que las excluye, soportan la ghetificaión propia de una valoración negativa portada en el discurso religioso y en los rituales del discurso institucional.

Del otro lado, amplios contingentes de las clases medias y altas hacen lo mismo pero sin la carga estigmatizadora de la “prostitución”, sin la necesidad del comercio primario, sin exhibirse en callejones oscuros o en los lugares especializados (“zona de tolerancia” les llaman distraídamente en algunas ciudades, es decir, prostíbulos). Así como hay “delitos de cuello blanco” existe también toda una cadena de sexo ligero que funciona eficazmente con las delicadezas de la discreción y el buen gusto. Para ello hay variadísimas ofertas de moteles, una amplia gama de opciones de oficinas, discotecas y apartamentos privados que cumplen honrosamente su papel de confortables alcobas. Las restricciones de la buena reputación se pueden arreglar con una adecuada gestión de imagen; la transgresión a los dictados religiosos se resuelve con una pasadita por la misa del próximo domingo; la vulneración del pacto de fidelidad jurado con tanta devoción el día del matrimonio se solventa  con la sabia estrategia de “guardar las apariencias” (“Lo importante no es que sea  la esposa del César, sino que lo parezca”)

En el imaginario colectivo la “prostituta” es una persona degradada que vende su sexo por una suerte de “enfermedad”, después le sigue la razón de la “necesidad”. Una persona que “regala” su sexo por diversión puede recibir el duro calificativo de “pervertida” pero nunca será una “mujer de la calle”. Una chica sifrina de la burguesía que anda por allí repartiendo todo será valorada como una “muchacha alocada”, demasiado “liberal” y “atrevida” pero el rango de “prostituta” le está excluido.

La mojigatería de la sociedad para abordar las cuestiones de la sexualidad es de la misma naturaleza de la hipocresía del poder para tratar el tema de la pobreza y la desigualdad. El sustrato ideológico es el mismo. De la invisibilidad moral del sexo nacen todas las patologías que aquejan a las personas alienadas: por la religión, por la educación, por la medicalización del cuerpo, por el imperio de la dietética y la cosmética de la banalidad.

La liberación sexual no es sólo la transgresión de todo disciplinamiento del cuerpo, es también la conquista de espacios emancipatorios para una intersubjetividad plena. Sólo una revolución cultural puede ser fermento de semejante mutación interior.