Rigoberto Lanz

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UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
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Repensar la técnica

agosto de 2005

La técnica no es sólo aparatos, adminículos y prótesis. Tampoco es  sólo métodos y procedimientos para producir bienes o servicios. Detrás de cada técnica hay una cultura. Todos los modelos tecnológicos que conocemos a lo largo de los siglos han sido producidos por hombres de carne y hueso que comen de una cierta manera, que trabajan de un cierto modo, que hablan de una manera peculiar, que intercambian su sexo de un modo y no de otro. Allí está dicho todo. Miles de años de historia se resumen en estas líneas maestras que definen eso que por economía de lenguaje llamamos la “humanidad”. Entonces ¿Por qué tanto rollo para entender la idea sencilla según la cual cada sociedad –en cada momento histórico—se dota de su racionalidad técnica, es decir, que come, habla, trabaja e intercambio su sexo con una determinada base técnica? ¿Por qué será que a los científicos de viejo cuño les cuesta tanto cargar con la constatación básica de que existe una articulación estructural entre lenguaje y práctica social, entre saberes y modos de vida, entre modelos cognitivos y modelos de producción social, entre ciencia y poder, entre técnica  y política?.

Hace ya casi dos décadas que andamos por allí animando este debate con el amigo Alex Fergusson, de pueblo en pueblo, mochila al hombro y un propósito obsesivo: hacer las preguntas impertinentes allí donde los dueños de la verdad montan su fiesta. Durante todos estos años hemos promovido en casi todas las universidades del país un seminario itinerante con el título “REPENSAR LA TÉCNICA”. Aportando tomos y tomos de material de apoyo, viajando a los rincones más apartados, dispuestos siempre a dejar sembrada alguna duda allí donde engordaban las grandes convicciones, ayudando a formular interrogaciones allí donde los dogmas hacen de las suya. De este largo peregrinar (que lejos está de haber concluido) va quedando una lección inapelable: la ignorancia no está en crisis.

Este rico itinerario muestra claramente—a su manera—la fuerza de la inercia para reproducir el viejo modelo de pensamiento, para garantizar la incesante continuidad de ese tipo de racionalidad que está en la base de la cultura académica que padecemos. Un gigantesco aparato de educación (desde el maternal hasta el post-doctorado) funciona todos los días para propagar ese viejo modelo de conocimiento. Durante siglos viene reproduciéndose esa lógica dominante con el concurso de millones de personas que trabajan naturalmente para garantizar la continuidad de este viejo paradigma. No es cualquier cosa lo que está en juego cuando se plantea un cuestionamiento de las bases mismas en las que se asentó el modelo de ciencia y de técnica que está incrustado en los tuétanos del sistema imperante. Ese enorme aparato se ha instalado como sentido común en todos los niveles de la sociedad y por ello no requiere de tantos costos para reproducirse.

Por fortuna la historia también tiene sus efectos perversos; la crisis de ese modelo se hizo patente hace ya varias décadas y hoy podemos augurar caminos diferentes para pensar  críticamente la razón científica de la Modernidad. Parece claro que el cientificismo más empobrecido por las visiones positivistas, por toda clase de empirismo en la academia y fuera de ella, toca a su fin. Hace ya rato que aparecieron en escena nuevas visiones del conocimiento, y con ello, otros modos de  entender el “desarrollo”, otra manera de mirar el “progreso”, una manera radicalmente diferente de entender la naturaleza del conocimiento y su complicidad constitutiva con la lógica de la cultura que impera en cada momento.

Asistimos hoy al “fin de la ciencia” entendido como el eclipse del viejo modo de pensar. Se ha inaugurada una era posmoderna que lleva consigo la emergencia de nuevos paradigmas, de otros modos de pensar, de nuevas maneras de producir el conocimiento. A su lado, emergen también nuevas búsquedas en el terreno de la producción material de la sociedad: una ecología política de nuevo aliento replantea profundamente los viejos conceptos de “naturaleza”, de “bienestar” de “desarrollo tecnológico”. A partir de allí se han abierto las compuertas de las viejas casillas disciplinarias, la complejidad se ha hecho palanca fecunda para entender de otra manera los vericuetos de esa palabreja que atormenta al hombre desde lejos: “la realidad”.

Se ha inaugurado un tiempo posmoderno que implica la emergencia de otro modo de hacer ciencia. Todo está en discusión (todo quiere decir todo). No hay un único camino para salir de los atascos en los que nos metió la Modernidad moribunda. Nadie ha dicho que “tenemos la verdad” (entre otras cosas porque tal “verdad” no existe). El mejor patrimonio del que disponemos a escala planetaria es un buen equipamiento epistemológico para formular las preguntas (esas preguntas que desenmascaran a los mandarines de la ciencia y sus rituales). Todo lo demás se va construyendo con la gente, con sus saberes y sus valores de uso. Con el talento de los creadores que se reapropian críticamente de las mejores prácticas en el campo de la investigación,  la innovación y la solución inteligente de los grandes y pequeños problemas.

Toca al Estado traducir una nueva visión de la ciencia y la tecnología en política pública, en asunto de todos los ciudadanos. Es en la cultura democrática donde se validan las estrategias y líneas de acción. La ciencia ha sido siempre cómplice del poder. Toca ahora una torsión histórica en la que se ponga al servicio de la gente, no sólo en la utilización práctica, sino en la propia concepción que le da sentido. Esa es la novedad de estos nuevos tiempos. Concluye un modo de producir el conocimiento y aparece otro. Usted lo toma o lo deja. Lo que no vale es querer competir en una carrera de Fórmula 1 con el coche en retroceso. ¿Verdad que no?