Rigoberto Lanz

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UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
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Las palabras no son neutras

agosto de 2005

De una discusión muy intrincada podemos sacar buenas lecciones para la vida ordinaria. Asuntos que son complejísimos y que están reservados para los grandes gurús suelen tener una conexión muy sencilla con la experiencia de todos los días. Los problemas del lenguaje son uno de esos asuntos. Las palabras, los lenguajes, las informaciones, los discursos, los saberes, los pensamientos son todos artefactos inventados por los hombres, productos culturales, que se independizan y se devuelven sobre los hombres que les han creado. Es una experiencia fascinante que se estudia de muchísimas maneras, que genera encendidas controversias, justamente porque sigue siendo un cierto misterio, es decir, la comprensión de la naturaleza del lenguaje y sus variados roles en la vida social jamás serán acotados por esta o aquella ciencia, por este o aquel punto de vista.

En un libro con este mismo título que pronto pondrá en vuestras manos la editorial Monte Ávila he tratado, una vez más, de poner en funcionamiento una tesis algo distraída: la irrupción de una época posmoderna supone la re-elaboración de los discursos con los que pensábamos en la vieja Modernidad. De donde se deriva inmediatamente una hija menor: la lógica disciplinaria y el paradigma de la simplicidad son los más poderosos obstáculos para pensar cualquier cosa. ¿Dónde estamos hoy en relación con esa enfermedad del pensamiento llamada simplicidad?

En efecto, me parece que nos enfrentamos en la actualidad a la poderosa resistencia de una inercia cultural instalada en los tuétanos de la sociedad, en la lógica del sentido común dominante, en el discurso massmediático, en la cultura académica, en los ambientes más diversos del tejido institucional que hace del país tal cual lo que somos. Esa realidad profunda  e inasible que nos constituye tan poderosamente habita—a su manera—en los lenguajes, en las discursividades que hacen de nuestra subjetividad un  modo de ver y sentir típicamente venezolanos. En esas intimidades del lenguaje se esconden aquellos dispositivos que permiten que nuestras vidas transcurran con algún sentido, que la sociedad funcione…como sí. Los optimistas sostendrán que por allí pasan las fuerzas intersubjetivas de cualquier experiencia emancipatoria. Los pesimistas dirán que allí anidan las poderosas fuerzas que aseguran incesantemente la lógica de la reproducción de lo dado.

Sin ser necesariamente ecléctico yo diría que los dos tienen razón. No es posible producir una transformación cualitativa de las relaciones sociales dominantes sin generar, al mismo tiempo, un cambio cultural, una transfiguración de las mentalidades, una revolución epistemológica, la inauguración de un nuevo lenguaje que nombra lo que de otro modo no es nombrable. La cuestión es que tal proceso no se producirá por automatismo de “la práctica” o por efecto de un cambio en “la base económica” (como sostuvo torpemente un marxismo de manual en aquellos tiempos). El chance de generar transformaciones sostenibles en el orden simbólico de la sociedad supone inexorablemente un nuevo proyecto cultural, una acción concientemente direccionada en este campo, un horizonte de sentido que se proponga expresamente la tarea de cambiar patrones, hábitos, maneras, dispositivos, prácticas, discursos.

Lo anterior pasa inevitablemente por el terreno de las decisiones prácticas, por el mundo de las grandes y pequeñas orientaciones para la acción, por la políticas públicas, por lo que la gente realiza día a día en su vida cotidiana. Diríamos que es la sociedad toda la que está involucrada en un proceso de esta magnitud. Pero también es obvio que hay esferas de la vida pública más sensibles que otras a la hora de valorar estrategias para la acción. Aparece así una constelación de campos vitales que reclamarían la máxima atención en el diseño de estrategias: el mundo de la educación, la esfera de la comunicación, el terreno tecno-científico y, naturalmente, el ámbito propiamente cultural.

Las políticas públicas en esos campos deberían ser pensadas unitariamente, desde una mirada consistentemente transformadora, con plataformas de gestión expresamente concertadas, con concepciones armonizadas en los puntos de partida. La existencia de Ministerios al frente de cada uno de estos territorios no garantiza esa mirada coherente de un proyecto cultural alternativo. Al contrario, en más de un sentido se traducen en los hechos en obstáculos e ineficiencia para producir resultados de envergadura. Ello revela la necesidad de inventar las maneras de sortear las barreras que están a la vista para hacerse de una visión estratégica para un cambio cultural de fondo. No se trata sólo de atender con urgencia las brechas de inequidad y exclusión que en cada  uno de esos  campos heredamos desde tiempos remotos. Parece claro que la tarea política más apremiante es colmar este hiato de injusticia que hace inviable toda idea de vida en común. Pero no confundamos esta noble e inaplazable responsabilidad con revolución. Sospecho que esta confusión está instalada en varios niveles. De allí se desprenden numerosos malentendidos  y más de un equívoco a la hora de impulsar proyectos y tomar decisiones (unas y no otras).

Lo más importante en todo caso es conectar  la acción de todos los días con un horizonte emancipatorio en el que esté incluido el pensamiento con el que intentamos mirar la realidad, el lenguaje con  el que nombramos nuestros sueños libertarios, los discursos a partir de los cuales construimos el gran ideario de la revolución. Esos pensamientos, lenguajes y discursos tienen que ser cuestionados porque de oro modo estaremos condenando la voluntad de transformación a los límites de lo ya establecido.