Ricardo Cappeletti

Integrante del Nuevo Espacio

Analista político chileno residente en Montevideo

cappelettiuy@yahoo.com

Irak, entre la Horca y el Talión

enero de 2007, publicado en abril de 2007

En medio de una ceremonia acorde al terror que le ha impuesto al pueblo iraquí la ocupación del ejército imperial y aliados, Saddam Hussein fue ejecutado en la horca, retrotrayéndonos en el laberinto  del tiempo hacia la Edad Media en plenitud .

Una sensación de profunda repugnancia nos produjo la  exhibición  mediática de  tan deleznable y retrógrado hecho, independientemente del juicio de valor que nos anima  sobre la comisión de  delitos de "lesa humanidad" por parte  del otrora hombre fuerte del intervenido estado árabe, quien no tuvo su día ante el tribunal.

Va de suyo que en la actual cultura de la globalización troglodita y consumista, impuesta a sangre y fuego, la morbosa oferta de  barbarie adquiere carácter de hito y la noticia responde a los bajos instintos que animan al mercado de la información.

La fiebre del consumo se entrelaza a  la doctrina de pensamiento único que muestra sus garras  bajo la inequívoca premisa de que "estás conmigo o contra mis intereses".

Parece entonces que  la Declaración Universal de Los Derechos Humanos y principios como la autodeterminación de los pueblos y el irrestricto  respeto al Derecho Internacional u organizaciones que el hombre se dio luego de las más devastadoras conflagraciones bélicas para construir  coexistencia pacífica,  hubieran  pasado a la clandestinidad.  

Nadie puede desconocer la brutalidad que animó a Hussein en sus 24 años de férrea dictadura, consolidándose como jefe máximo del Partido "Baath" en la ancestral medialuna fértil, cuna de la civilización occidental.

No es menor sin embargo, el despropósito de la principal potencia militar que lo consolidó como aliado estratégico para luego desconocerle, perseguirle e incluso invadir su patria so pretexto de capturar armas de destrucción masiva. El baño de sangre de esta nación tutelada  por los ejércitos que representan el interés de las compañías de combustible fósil, la imagen de Saddam de pie ante sus verdugos, el bombardeo de población civil inocente en el Líbano, la construcción de muros en Palestina, son hechos de extrema gravedad y crueldad, sólo comparables en el devenir histórico a los atroces crímenes de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, a los propósitos de limpieza étnica que impulsaron el accionar político y militar de Milosevic en la ex Yugoslavia o a las criminales dictaduras militares que campearon en los años 70 y 80 en nuestro continente.

En varios de estos señalados sucesos que registra la conciencia de la humanidad y a posteriori de su gestación, se formalizaron  sendos procesos con jueces independientes e imparciales, para los cuales, tales genocidas y sus cómplices fueron dotados de las mayores garantías .

El Tribunal Penal Internacional pudo haber juzgado a Saddam, en circunstancias muy distintas a las que fue sometido, imponiéndole una significativa y alternativa condena  a la pena de muerte, aberración que continúa vigente en algún lugar del planeta y en la concepción política  de cavernícolas y reaccionarios, que no comulgan con el respeto a la vida, don que en el mundo de la fe y de tradiciones milenarias sólo otorga Dios.

Y en el terrenal arte de gobernar, quienes nos representan y quienes somos pueblo,  debemos reflexionar y construir paradigmas y valores sustentados precisamente  en el culto  a la vida desde su propia concepción.

Luchar por los derechos humanos y su vigencia en cualquier rincón de este violento e injusto mundo representa alimentar el basamento ético y moral para proyectar progreso, verdadera paz y justicia social.

La reacción internacional frente a la medieval ejecución de Saddam se erige como un signo alentador en tiempos de guerras e intervenciones imperialistas y de unánime repudio ante  la muerte como instrumento idóneo para practicar la  justicia.