Peli

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El tigre de papel. La declinación de la nación norteamericana 

mayo de 2006

1.

Cualquiera que hayan sido las diferencias teóricas o políticas entre nosotros durante el siglo XX, los movimientos populares antiimperialistas del mal llamado Tercer Mundo compartimos una geografía social común y un discurso político, social y cultural contrapuesto a la hegemonía del capitalismo monopólico basado en EE.UU., las luchas antiimperialistas. Nos hemos enfrentado a las políticas imperiales neocoloniales durante la Guerra Fría y hemos planteado alternativas a la norteamericanización propalada por la industria cultural de EE.UU. En nuestra América Latina el antiimperialismo se expresó durante cien años en numerosos focos de resistencia a la aplastante presencia de la hegemonía norteamericana, tales como las organizaciones solidarias anticolonialistas; las revoluciones armadas socialistas como la cubana y la sandinista; el experimento reformista chileno; todas las variantes de partidos marxistas y una contracultura militante apoyada sobre todo en el aporte de países que en aquel entonces formaban parte del campo socialista. Hoy por hoy la creciente ingerencia del gobierno de Bush en el desarrollo del proyecto bolivariano ha reactivado la vigencia y la urgencia del discurso antiimperialista. Momento adecuado para plantearnos de qué imperio estamos hablando. Chávez ha dicho que EE.UU. es un tigre de papel. Veamos por qué. 

 

2.

Durante siglos, el imperio británico fue el agente económico, político, cultural y militar de la hegemonía mundial del capitalismo liberal. Luego, el imperio norteamericano cobijó la lógica expansiva diferente del capitalismo monopólico, basado en corporaciones multinacionales asentadas en EE.UU., pero desde la última década del siglo XX la nación norteamericana ya no es el centro económico, financiero o cultural del sistema capitalista mundial, aunque todavía es el centro político-militar imperial. Para apreciar la envergadura de la declinación nacional norteamericana, conviene destacar el dominio absoluto de EE.UU. durante la era del capitalismo monopólico, aproximadamente entre 1870 y 1950. El punto más alto fue el año 1945, a la salida de la II Guerra Mundial, cuando Estados Unidos acaparó casi el 50% del producto industrial mundial, generando tres veces más ingreso nacional que el Reino Unido y Suecia; ocho veces más que Alemania Occidental y diez veces más que Japón. Con el auxilio de los acuerdos de Bretton Woods, que establecieron tasas de cambio fijas, y la instalación del dólar como la moneda de reserva internacional, el keynesianismo militarista norteamericano motorizó la economía mundial por los siguientes treinta años, imponiendo urbi et orbi Hollywood, centros comerciales, aviones y automóviles. Todo cambió hacia 1975, coincidiendo con la derrota militar y retirada norteamericana de Vietnam. Dos regiones semi periféricas de la economía mundial, el este asiático y Europa central, del brazo descentralizado de las cada vez más omnímodas corporaciones planetarias (originalmente basadas en EE.UU.) emergen como productores de automóviles; computadores; electrónica; bienes de capital y telecomunicaciones, entre muchos otros rubros. Respaldadas por estados corporativos y desarrollistas hechos a la medida de los intereses de las descomunales burocracias empresariales transnacionales, las nuevas economías alcanzan preeminencia global, apañando a sus competidores propiamente norteamericanos con mejor ingeniería; mejor servicio y pensamiento corporativo más avanzado. En la última década del siglo XX, uno de los últimos bastiones de la supremacía nacional norteamericana, la industria cultural (con cifras de negocios de 50.000 millones de dólares anuales para 2001), comienza a ceder terreno frente a la industria cultural extramuros enclavada en Europa y el este asiático. Precisamente hacia 2001 también se consolida una vasta transformación financiera mundial, porque los Estados Unidos de Norteamérica se convierten en el mayor deudor mundial, con una deuda equivalente a aproximadamente el 20% de su PIB. Además, para aquel entonces la nación estadounidense ya importaba alrededor de 400.000 millones de euros anuales desde países del este asiático y de la Comunidad Europea —justamente los grandes acreedores del sistema mundial— para pagar por el déficit crónico y creciente de sus cuentas y mantener su economía a flote. Sólo China Popular, ojo, maneja papeles de la deuda norteamericana por un valor de más de 300.000 millones de dólares. La emersión de Europa central y del este asiático, expresada en estas cifras, indican clara y sorpresivamente que las enormes corporaciones globales —gestionadas en representación de sus accionistas por una burocracia tecnocrática internacional— tienden cada vez más a producirse y reproducirse descentralizadamente más allá de la nación-madre, reduciendo cada vez más a EE.UU al rol de objeto subalterno, primordialmente político y militar. La nueva lógica expansiva del capitalismo corporativo planetario neoliberal en el mercado mundial choca totalmente con el orden mundial vigente basado hasta ahora en países y naciones, incluyendo la propia nación norteamericana. La crisis política interna tenderá a agudizarse, porque George W. Bush y su camarilla administran EE.UU. apegados a las necesidades expansivas económicas, financieras, culturales y sobre todo militares de las corporaciones planetarias, y no con base en los intereses del pueblo norteamericano. Dicho de otro modo, los verdaderos gestores del ALCA, de los TLC, de las invasiones a Irak y Afganistán, de la amenaza de invasión a Irán y del antichavismo a ultranza son las invisibles burocracias conductoras de las grandes corporaciones planetarias, que actúan política y militarmente vía gobiernos de EE.UU., la Comunidad Europea y Japón, y comunicacionalmente vía industria cultural planetaria. Las mega corporaciones descentralizadas están interesadas en abolir a marchas forzadas las naciones tal como funcionan ahora, y el precio a pagar incluye la declinación de la nación-madre norteamericana misma como paradigma de la sociedad del bienestar.  El imperialismo del siglo XXI tiene un brazo militar, EE.UU. y la OTAN, que dan la cara, pero su comando estratégico es la presencia difusa de las megacorporaciones extendidas por todo el planeta. 

 

3.

Hasta ahora nuestro análisis político, económico y cultural se ha basado pertinazmente y durante décadas en el “norteamericentrismo”, del mismo modo que en la época del imperio británico se podía hablar de "eurocentrismo" como una referencia rápida al imperialismo. Tal vez llegó la hora en que el norteamericentrismo deba ser archivado urgentemente, en favor de un nombre más certeramente real como "corpocentrismo", descriptivo de una realidad completamente nueva con respecto a los términos financieros, económicos, políticos y culturales del mercado y del orden mundial preconizado por los oligopolios y sus burocracias invisibles, todavía insidiosamente ocultos tras la amenazadora imagen imperial del declinante Tío Sam y sus asociados nacionales imperialistas, que podemos considerar como los matones a sueldo de este proyecto imperial en vías de concreción  De hecho hasta ahora pudimos hablar de "anglocentrismo", "francocentrismo", “lusocentrismo”, “belgocentrismo” o “hispanocentrismo”, dependiendo del imperialismo nacional sufrido por nuestros pueblos, y a los que podemos añadir la espantosa historia del imperialismo japonés, el “nipocentrismo”. Además, y según los signos que afloran desde todos los rincones de la realidad mundial, podemos esperar un inminente “sinocentrismo”. Tal vez la expansión a escala planetaria de la exitosa “economía socialista de mercado”, impulsada por el estado chino y las grandes corporaciones planetarias, sea la expresión a carta cabal del nuevo orden social planetario —financiero, económico, político y cultural— que buscan denodadamente a sangre y fuego  las megacorporaciones. En este caso “sinocentrismo” y “corpocentrismo” serían sinónimos exactos, nombrando la misma realidad concreta extendida a todo el planeta.