Nesfran González

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Tips - Cuento

julio de 2006

El deseo se convertía para ellos en una obsesión, una vez que sus miradas se cruzaban, se producían chispazos que terminaba por consumirlos. Una vez iniciada la entrega no había marcha para atrás, la decisión de dejarse arrastrar era tomada por ambos casi simultáneamente. Él, sin temor alguno, dejaba caer sus párpados y la tomaba entre sus brazos sintiendo la fragilidad de su cuerpo y la fogosidad de sus movimientos. Ella, por su parte, jugaba con la luna para finalmente erigir castillos de arena a la orilla del mar. Todo era brillo y esplendor hasta que él salía de baño de caballeros y ella abandonaba el baño de damas. 

En su vida se había dedicado única y exclusivamente al trabajo arduo de ser azafata de un avión comercial, vivía sus mejores momentos entre cúmulos y nimbos, observada por un millar de personas que se desplazaban de un sitio a otro. Un día decidió despojarse de su uniforme y reiniciar un nuevo sendero que la mantuviese alejada de esos monstruos traficantes de cielos. Se sentía feliz y dichosa como si volara con aves emigrantes, el único problema era que no tenía paracaídas. 

Los teteros se habían sobrecalentado, ya que por su propio descuido no se estaba interesando por los quehaceres del hogar (la mente ocupaba sitios y lugares lejanos). Los niños no cesaban de llorar en la espera del alimento de manos de su progenitora y ésta, impaciente por la tardanza, realizaba sus oficios sumida en ese corre-corre al cual se estaba habituando. El llanto se prolongaba y esto terminó por exasperarla hasta que escuchó la bocina del auto que venía a recogerla. Eran las diez de la noche y el primer cliente no se hacía esperar.