Nelson Guzmán

Profesor de Pre y Postgrado de la UCV. PhD en Filosofía (Universidad de Paris 8, Francia) y PhD en Ciencias Sociales (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales, Francia)

guznelson@yahoo.es

Violencia y paz perpetua

junio de 2006

La consideración con la cual Kant inicia sus reflexiones sobre la paz perpetua estatuye que los tratados de paz nunca deben dejar espacios, o subterfugios tramposos para otras guerras que puedan venir. Una consideración de este tenor continúa dejando el problema intacto, y estaría generando una forma de discurso que introduce el sosiego, o en todo caso una taima en un proceso presto a estallar de nuevo por una de las aristas dejadas para emprender la guerra en cualquier momento. Un tratado que verdaderamente conduzca hacia la paz debe liberarse de dejar cosas para después, no discutir hoy, para mañana tener presto los cañones introduce una trampa en el lenguaje. Para Kant sería preferible más bien hablar de armisticios que de tratados de paz. Los vocablos paz perpetua buscan erradicar las formas violentas de unos tratados que en sí mismos constituyen otro motivo de guerra.

Una segunda consideración que Kant introduce con respecto a la paz perpetua estará señalando la imposibilidad de seguir desarrollando e instrumentando el lenguaje de la anexión. Desde el punto de vista racional los Estados y las Naciones no son botines de guerra que se pueden incorporar a mis dominios por la fuerza, llamase anexión por el intermedio de la artillería, o por la ley utilizada como legitimidad, en la cual se podría argüir cualquier taxativa para invocar un tipo de acción como esta. Lo básico que señala Kant es la ley, los Estados están hundidos en las tradiciones, en sus costumbres y en sus leyes, de allí arranca el tronco de su legitimidad, de su fuerza, cualquier tentativa que se haga a este respecto desvencija la historia, la tuerce dentro de figuras irracionales.

El poderío es el de la razón, el de la equidad. La crítica kantiana va dirigida a considerar como insostenible la práctica del colonialismo. La anexión desfigura el contrato, fragua en la historia el caos dentro del orden. La ley de la razón, considerará como infranqueable y totalitaria una sociedad que se haya legitimado en sus motivos desvencijando el derecho del otro. En estos motivos como lo dice W. B. Gallie subsiste una crítica al sistema prusiano y a su totalitarismo y falta de libertad. El  problema del dominio no será el de éste por sí mismo, o el de su instalación o sincronización como una forma práctica y utilitaria, lo que se está discutiendo en todo caso son las formas de equidad y de racionalidad. La racionalidad estatuye como garantía de la paz perpetua, la no intromisión en los asuntos domésticos de una cultura, de un Estado, de un pueblo que tiene sus propias consideraciones sobre la historia. Esa idea colonialista y falsa de que yo soy el salvador, el liberador de la barbarie, lo que engendra -según Kant- es otra forma de salvajismo. No es lícito para la razón de que yo con mi razón particular -de país devenido potencia- secularice y universalice aquello que yo considero como cierto. Las guerras se han dado por las ambiciones, por el afán de dominio. El estallido de un mortero, los muertos en nombre de la paz seguro generarán otras víctimas, plagarán el suelo de sed de sangre, de afán de venganza. La consideración kantiana sobre la guerra y la paz apunta a estatuir razones jurídicas que soporten la paz, y el argumento a este tenor es claro, sólo la razón hará sostenible la paz. El éxito conquistado con los misiles imputan una historia de la violencia, en la actualidad todas las guerras son por el petróleo, por la cocaína, por el domino sociopolítico, por el control de territorios. El problema pareciera estar planteado en la posibilidad de alienarse o de no hacerlo. Las formas discursivas ante el peligro han recurrido a los nacionalismos, y a esgrimir los símbolos patrios. En la historia se comienza a dar con frenesí aquello que Hegel llamaba en sus escritos de juventud- la puesta en el tapete de los viejos sarcófagos de la identidad cultural. En la guerra de Irak se juega el futuro de la humanidad, países como Alemania y Francia saben que de producirse una victoria desproporcionada por parte de Estados Unidos indicará el principio de tierra arrasada, de la aparición sin discusión de un nuevo centro. El mundo sería controlado por el Tío Sam, la vieja Europa habrá encontrado nuevamente con  su verdugo.

Las viejas razones que Kant ofrecía como garantía para que pudiese sobrevenir la paz perpetua luego de la guerra, parecen ya estar periclitadas en la sociedad de la modernidad tardía. Kant recomendaba por razones de eticidad no utilizar envenedadores, asesinos y sobre todo no violar los Tratados de paz. Estos deberían ser motivos de la guerra para sostener la paz, pero la guerra indica ante todo la perdida de la mutua confianza. Posiblemente en las guerras anteriores la palabra fuese un documento, pero a partir de Hiroschima y Nagasaki todo es posible en una guerra. Las guerras de hoy persiguen desaparecer al otro de la faz de la tierra. Las superpotencias han comenzado a fungir como dioses, como garantes de la vida y de la continuidad. Posiblemente nazismo y neonazismo hayan sido la últimas forma de irracionalidad no justificada, pero las guerras de hoy engendran la barbarie y formas discursivas donde yo digo que voy a decapitar al otro, y que acabo de lanzar sobre Bagdad tres mil misiles y fuego de artillería para decapitar al gobierno iraquí y se ve como normal, como una razón justificada, Estados Unidos se ha convertido en el gran dispensador de ética. Las guerras hoy -como lo ha dicho Baudrillard- las vivimos en casa comiendo maní, tomando Pepsi-Cola, apostando con nuestros hijos si caerá Bagdad o no lo hará. Existen en las guerras ultramodernas principios que no estaban en los comienzos, las refriegas cuerpo a cuerpo, espada a espada, lanza a lanza, tiro a tiro, son casi inexistentes, los misiles teledirigidos, las pistolas con mira telescópica, el fuego de las metralletas a pesar de su asepsia producen sus saldos horripilantes. De los cadáveres no quedan sino cenizas, tasajos, desproporción, brazos sin  identificación y familiares que guardaran en sus corazones imbéciles la honrilla de la patria, de los principios, de la civilización. No hay motivos para el arrepentimiento, yo liquido y puedo sentarme mañana tranquilamente con mis hijos a comer hamburguesas sin la menor pizca de conciencia maltratada. La guerra ha sido realizada por una entelequia llamada patria, futuro, porvenir.

La idea de Kant de una guerra no encuadra para nada con las motivaciones que llevan hoy a los hombres hacia esta. Anteriormente los hombres creían en una verdad, tenían una patria a ultranza que defender. Yo actuaba encuadrado con respecto al otro dentro de unas reglas de guerra en las que ambos taxitamente estábamos de acuerdo en respetar, hoy los hombres se baten por el control, por no fenecer, por no desaparecer para siempre, y por ser reconocidos en una patria que no los quiere como los chicanos, salvadoreños, puertorriqueños, panameños y colombianos, etc. que siempre han sido y serán ciudadanos de cuarta en los Estados Unidos. La humanidad actual puede encontrar el obstáculo de que la fuerza de una nación adquiera tanto poderío, desproporción y poder de fuego que ya la mutua hostilidad, el temor reciproco se pierdan y por ello la posibilidad de la paz. Cuando la conciencia de un Estado se sabe indetenible la posibilidad de la paz se torna lejana. Las fuerzas de la guerra encarnadas en las superpotencias y en sus operadores militares tienen la certeza de que con sólo oprimir un botón, y con un solo impulso los hombres puede desaparecer de la faz de la tierra.

Kant ha sospechado que la guerra de exterminio entre los pueblos, aquella que desconoce los principios y la intermediación de la ley tiene un llegadero, la paz de los cementerios. La analogía kantiana con respecto al derecho es que estos eventos retrotraen al estado natural, al lenguaje del más fuerte. El espíritu ha sucumbido a la fuerza de las ambiciones, al reciproco mal. Las guerra de inteligencia, aquellas guerras que una vez terminadas continúan utilizando la intervención de los espías gestan la posibilidad de otra guerra, el espíritu no ha terminado de mediar si la paz es válida cuando los resortes del mal comienzan a realizar su trabajo, entonces estaríamos hablando de una paz imperfecta. La posibilidad del control, de mantener el sistema social estaría en manos del soberano; el Príncipe, el Estado, la ley, la democracia deben garantizar la paz, y ésta garantía se realiza teniendo en cuenta que el otro, el ciudadano sujeto a la ley ha admitido la existencia de un poder que lo controle, al cual debe obedecer. La ley para Kant actúa como mecanismo autocorrectivo que a través del ejercicio de la razón permite enmendar las fallas, hacer posible el cambio de una ley caduca, en este sentido también se habla de la permisividad de la ley, lo cual engendra en la acción un mecanismo no obligante. La permisividad crea en el derecho la posibilidad de crear la tolerancia. La acción legal no se vuelve entonces un mecanismo de imputación y de obligatoriedad sin salida, es por ello que en el derecho a pesar del código escrito, de las taxativas de la gramática existe la invocación a la justicia, a todo aquello que se salga de la ley y que no sea contemplada por ésta.

Para Kant la paz es la superación del estado de naturaleza. La ley crea la posibilidad de superar la hostilidad natural y crea la posibilidad de convivencia en la vida civil. Le toca a la autoridad soberana garantizar la paz, para que esto exista ha sido necesario el establecimiento de un Estado de mutuas seguridades. Las soluciones de convivencia las encuentra Kant en el lenguaje, todos hemos aceptado la representación civil, el respeto al otro, la tolerancia, sin ese pacto la paz no vendría por añadidura. La razón y la Constitución Civil sostienen un mundo de múltiples convivencias. En el caso actual de la guerra los Estados Unidos han violado el principio de jus cosmopoliticum, se trata de que estamos inscritos dentro del ejercicio de un orden mundial de la razón que ha sido tratado y pateado con la sin razón de los misiles y bombas. El miedo ha llamado de nuevo al estado de naturaleza, se busca controlar un sector importante del mundo como es el Golfo Pérsico, eso significará crudos baratos, reconstrucción de ciudades, puentes y carreteras, buenos negocios sin importar los ríos de sangre, la paz perpetua buscada empieza a sufrir la veneración de las bayonetas y de los muertos. Las ideologías con sus promesas resultan insuficientes ante las voliciones y estímulos de los egoísmos, hemos construido una civilización vulnerable a las peticiones y requerimientos exteriores, los intereses perversos señalan un rumbo desobediente de las pautas de la razón. La razón universal -la  que se construye sobre el epicentro de los intereses del imperio- resulta tan insuficiente que faltando a la máxima kantiana del derecho, se ha convertido en una razón que prohíbe al otro ciertas acciones, que le señala rumbos a los Estados sin entrar a considerar que ella misma debería formar parte de esos acuerdos, porque para que una democracia se ejerza como tal, debe haber un mínimo de reconocimiento y de capacidad de respeto hacia el otro. Nunca se podrá alcanzar el respeto sincero con las armas, o la coherencia con los estallidos nucleares, la guerra sólo busca suprimir y los hombres deben abdicar sus principios por miedo al más fuerte y al más grande.

Kant no creerá -por ningún respecto- que las cualidades para el mando, o para la vida civil le sean transmitidas al hombre por la herencia o por los privilegios del nacimiento. No se podrá explicar la vida civil, su desarrollo, por el azar. Existe un principio más válido, más sostenible: la razón. El principio que estableció la guerra contra Irak es un no-principio. Las constituciones civiles no podían admitir la guerra nos decía Kant, sólo era el fin del derecho y la construcción de un estado unilateral del predominio de la voluntad del amo lo que podía sostener una guerra, en una sociedad no republicana los hombres no son ciudadanos, son cuerpos movidos por un discurso que los considera bestias, disponibles y sufrientes del oprobio. La guerra de Irak constituye la violación de todos los acuerdos, es la voluntad del amo, la fuerza del imperio no asume la responsabilidad del respeto de los tratados. El régimen de W. Bush actuando unilateralmente, sin escuchar las voluntades disidentes escogió la masacre, se ha dicho que los viejos y nuevos países colonialistas han tomado la ejecutoria de la guerra en sus manos, en todo caso la ética, su constitución y sus problemas cayeron en el olvido. W. Bush se abrogó a sí mismo la representación de la voluntad general, cosa parecida ha hecho T. Blair y José María Aznar. El discurso de los derechos ciudadanos ha caído en el olvido, más allá de que Husseim no represente un régimen democrático, W. Bush ha decidido -como lo ha dicho Chomsky-desconocer la decisión autónoma de un Occidente reñido con la guerra, y con espanto por sus propias experiencias del horror. Se juega en esta guerra el futuro de potencias como Francia e Inglaterra, se juega la dignidad de los iraníes, y el destino de países como Venezuela. Nadie podrá resistir un enclave norteamericano en el Golfo Pérsico, muy cerca geográficamente están otros colosos que aún no han salido al escenario, pero que podrían hacerlo es el caso de Corea del Norte, o China -fuerzas desconocidas por la voluntad imperial del amo del mundo, los Estados Unidos pueden entrar en el escenario a disputarle la hegemonía.  En tan sólo un año y  medio dos guerras señalan a las claras el fracaso de las políticas de paz; éstas disputas y la bilis del imperio lo han llevado a lo largo de la historia a tener ingerencia directa en los gobiernos de los países extranjeros. Como bien lo hubo de considerar Kant el legitimo derecho a la autonomía se conquista con la guerra; ésta preserva en caso de agresión, cuando las fuerzas del derecho se hacen inactivas e insuficientes para contener las ambiciones de los vecinos surge la legitima defensa, esta se realiza en aras de preservar el sentimiento de identidad.

Kant hubo de creer en la posibilidad de constituir una federación de Estados tutelados por un centro; éste debía representar la idea de civilización, así como también tener la capacidad de encarnar un proceso pacífico y racional. La coherencia de la razón nos evitaría el miasma de las pasiones, limitaría la voluntad imperial de un Estado sobre el otro. La razón crea en los individuos el derecho a la hospitalidad, a la efectiva convivencia en paz. Los hombres a través de ésta adquieren el instrumento de la paz perpetua, la razón se presentaría así como el límite a las injusticias, al saqueo. Los pueblos inmersos en sus ambiciones con frecuencia olvidan el criterio de hospitalidad, el otro no existe sino en la medida que es mi servidor. Kant considerará que las diferencias culturales e idiomáticas entre los pueblos tienen en su seno un germen de odio, allí le otorga a la naturaleza una sabiduría que mantiene la guerra como límite y separación, pero estos factores serán vencidos por la razón; ésta sobre una base argumentativa racional propicia el entendimiento y acuerdo.

El comercio –según Kant-  propicia la paz. Los costos de la destrucción serían tan macabros para un gobierno que los comerciantes en aras de su reciproca coherencia propician la paz. Kant dirá que la posesión de la fuerza perjudica los principios de la razón. La fuerza de la espada es disipadora, desaparece las diferencias, impone un orden, una determinidad y borra de la faz de la tierra la tolerancia.

La prudencia como teoría y como acción es exigida a los pueblos pequeños y débiles. El amo del Norte considera imprudente aquello que le afecte y le contradiga. El viejo precepto de la doctrina Monroe ha cobrado una vez más vigencia para el imperialismo América para los americanos. La política del garrote se ha vuelto a entronizar en el mundo, la soberbia, la necesidad de pervivencia y la disputa por el control ha llevado a W. Bush a arrinconar la ética, a saber que el gran sueño americano necesita de la sangre de los débiles para sobrevivir. Sangre y petróleo conforman en la actualidad el duple necesario para la destrucción del mundo, ya es sabido que por los menos setenta años dependeremos del petróleo y de los hidrocarburos. Lo que no se pueda conseguir con los acuerdos internacionales será adquirido con los tanques, con las bombas solo mata gente; la esquizofrenia ha invadido una forma de racionalidad que está más allá del derecho. Las guerras actuales arrinconan las discusiones ridículas de sí permitimos o no el aborto, de sí permitimos la clonación, la iglesia católica ha sido sustituida por el belicismo del protestantismo, por el gran sacerdote de la verdad los Estados Unidos. La permisibidad de hoy tiene otros alcances: la muerte, el improperio, la invasión. En menos de cincuenta años la nación de George Washigton, y de Abraham Linconln ha estropeado la identidad y la dignidad de los pueblos. La historia exige páginas que hagan saber sobre la ficción de la paz de un país que no duda en sembrar de cenizas las villas y países opuestos a sus convicciones. W. Bush y sus gendarmes parecen haber asimilado muy bien el precepto kantiano “… si te has apoderado de una nación vecina, échale la culpa a la naturaleza del hombre, el cual, si no se adelanta a la agresión del otro, puede tener por seguro que sucumbirá a la fuerza”. [La Paz Perpetua, Edit. Porrua, pag 239]

 Kant ha descubierto que a la base de los acuerdos, y de los tratados está la fuerza; ésta empuja hacia una dirección. La voluntad en la historia surge como necesidad de imponer y marcar lo deseado. Para Kant la moral a priori señala el justo fin y la concordancia, en la medida que el Estado garantiza la libertad y la igualdad, los hombres pueden aspirar a la justicia, la cual será obra del derecho y de la acción de la razón pura. Kant ha expulsado de su sistema la posibilidad de que seamos imputados por la maldad, por la conducta torcida, allí no está la verdad pues está no obedece a principios, son objetizaciones del hacer, acciones cuya práctica no pueden conducir la voluntad de los Estados. Las máximas de desobediencia de la voluntad del pueblo con respecto al soberano podrían destruir la idea del sistema social, ese tipo de anomia para utilizar un vocablo extraño al universo de reflexión kantiana, podría destruir al gobierno, hundir a los hombres en la revuelta, de allí lo  ilícito -en la filosofía kantiana- de apelar a la fuerza como mecanismo de contestación ante el soberano, la legitimidad pretende mantener el orden social, la sabia que necesita ésta es la creencia. Kant considerará de rigor el mantenimiento de la fuerza para conservar el orden, en un escenario convulso el soberano, debe estar en la capacidad de imponer los limites de la sensatez, se tiene claro que en la democracia se le ha dado un mandato a un cuerpo de gobierno para que este maneje e imponga el orden de acuerdo a la adecuación que debe existir entre razón y realidad. Uno de los elementos de interés que se presentan en las reflexiones de Kant atiende sobre todo a la prudencia. La máxima proclamada, publicitada, gritada a los cuatro vientos podría tener el inconveniente de ocasionar la perturbación, podrían entonces manifestarse, o reactualizarse las viejas ambiciones de poder y de dominio, naciones más poderosas cuando un país medianamente fuerte pretenda anexionarse a uno débil podrían intervenir reclamando su parte. Kant sabe plenamente que trata con los hombres, entiende además que la vida humana está atravesada de sensaciones, de intereses, y de ambiciones; la mayor parte del tiempo mantenidas en reclusión para evitar los conflictos, y las disputas. El problema de la constitución del bien público en la actualidad es que los hombres  han comenzado a estar insatisfechos con su suerte, su destino les parece gris, muchas fuerzas han vilipendiado los preceptos morales. El imperio se ha declarado en guerra contra la humanidad, por todos lados se avecina el peligro de las armas biológicas, la religiones como contención no son suficientes, el principio sofistico que se defiende: es que se trata de devolver a la humanidad el mayor bien, la bondad se ha aniquilado a sí misma, la civilización como altura de la especie se ha revelado insuficiente y presumiblemente marche hacia su fin.

Bibliografía

Magazine Littéraire N.293 Hegel et la phénoménologie de l’esprit. November de l993. Paris. France.

Magazine Littéraire Kant et la modernité. N 309- Avril 1993. Paris. France. Magazine Littéraire. N 361 Les nouvelles morales. Janvier 1998. Paris. France

Magazine Littéraire No 324Septembre-1994 Marx apre de Marx. Paris. France