Nelson Guzmán

Profesor de Pre y Postgrado de la UCV. PhD en Filosofía (Universidad de Paris 8, Francia) y PhD en Ciencias Sociales (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales, Francia)

guznelson@yahoo.es

Augurio y fatalidad en la poesía de José Antonio Ramos Sucre

septiembre de 2005

EL TORMENTO DE UN PSIQUISMO PERTURBADO

LOS APOGEOS DEL TIEMPO

 La poética de Ramos Sucre da cuenta de un psiquismo atormentado. Su cuerpo es perseguido presuroso por fuerzas de las que no puede escapar. El paisaje en donde su yo se desenvuelve está rodeado de peligros. El suelo por el cual emprende la huida es de pesadumbre, y caos. Las imágenes que atenazan su alma colindan con el delirio. No hay un solo gesto en esta poética que nos hable de sosiego. El mundo espiritual de este  cumanés expresa con claridad el descenso a los infiernos. La vida se le presenta como una emboscada, vive en la autodefensa, tras él se manifiestan a raudales con rostro propio fuerzas que intentan aniquilarlo, por ello esta poesía conceptual huye de las formas de la convivencia común. Ramos Sucre es un prestidigitador que exorciza demonios, los tormentos que le asechan,  con la catarsis del lenguaje y en este afán estas fuerzas se vuelven más rutilantes, lo esperan. Cada punto de su vieja ciudad está en él. Se sabe interprete de voces inescuchadas.

La noción de confabulación es reiterativa en su percepción. De allí que en el escrutar de sus metáforas tropecemos con huidas, éstas nos encierran en un circulo infinito de tormentos que se expresan en una vida en donde se cierne el mal, y muestra sus celadas para dar cuenta de la víctima desde el tormento. Quien se poetiza es Ramos Sucre, sus demonios están en él, son perpetuos, roen sus vísceras, parten y retornan como las olas de su poema Preludio; finalmente lo aniquilarán. El autor nos va conduciendo de la mano a lo que habría de ser su final trágico. Hay en su obra una especie de anticipación de su destino.

Ramos Sucre sabe de las fuerzas que apuran el cáliz. Escrutó los demonios y éstos se manifestaron pertinaces para exponerlo al reclamo, a la crucifixión. No habría lugar para esconderse, las fuerzas siniestras, el universo del derruir total estaban en sus metáforas, en el lenguaje, en los símbolos; éstos, retrotraídos del inframundo, se habían avecinado contra su psiquis. Es así que el autor va biografiando el ser que lo rodea. El poema A un despojo del vicio nos muestra lo pusilámine del mundo. La mujer que busca refugio en su yo padece el mismo desvanecimiento y crueldad que la adversidad había asignado a su psiquismo atormentado, sólo que ella espera la piedad, la misericordia, cosa que no está en el universo de posibilidades de nuestro autor. La confesión y la escucha ejercen la fascinación, el poeta se sumerge en el rastreo de una mujer que ha conocido las tinieblas y que esperaba la liberación por la muerte.

La poética de Ramos Sucre se funda en la experimentación del yo, así dice “Yo defendía el reposo del agua” “Yo distinguía desde mi balcón, retiro para el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre la raya del horizonte”. Ese yo concienzual va atenazando las cosas, nombrándolas. Los versos de Ramos Sucre son tajantemente designantes. El balcón desde el cual contempla al mundo sirve para el devaneo, para el soliloquio. Las cosas en su utilidad nos prestan una visión, una propiedad. El mundo de este poeta es pesadillezco, situaciones extrañas rodean a un yo que delira, que divaga en el éxtasis, ilusiones auditivas y delirantes confeccionan un mundo donde personajes irreales se le presentan, le hablan, lo tocan y desandan los pasos del mundo a su costado, es el caso de su poema El Familiar. Aquel hombre emergido desde lo más hondo de su lenguaje decide acompañarlo y como a toda visión terrorífica el yo no lo ve de frente, no lo interpela. Sus palabras eran molestas. Ese personaje es presunción, despierta aún en los perros la desazón, el ladrido. Estamos ante un mundo que inexorablemente se va yendo, o ante edades olvidadas sólo recuperables en el rezongo de los tiempos, en la nostalgia del pasado y en el desconocimiento de Cronos.

La psiquis guarda un mundo que se ha hecho extinto. El mundo en fuga aposenta su residencia en lo onírico, desde allí los hombres añoran y entristecen por las formas desaparecidas. La palabra poética parece ser el único surco donde se resguardan todos aquellos inexorablemente lacerados por el tiempo. Desde el tiempo inmemorial y para seguir hundiéndonos en él aquel hombre que lo ha acompañado, aquella forma extinta, regresa del universo de los muertos a los reyes hacinados y confinados, pero allí descubre que aquel ser es sólo bruma, polilla de los días fenecidos, forma verbal del yo. Los hombres no están solos, yacen acompañados por todo lo que ha aspirado eternidad y no ha podido tenerla.

El detalle autobiográfico es crucial en la poética de ese ser de una acerada vida interior que fue José Antonio Ramos Sucre. Su poema Cansancio nos permite reconstruir en parte la cotidianidad de Caracas, las circunstancias que conformaron su entorno. Allí aparece un ser extraño que le despierta gratitud y fuerza para alegrar su cotidianidad. El amor para él resultaba imposible. Su captación del mundo invocaba la tristeza, lo expresa de esta manera “Imposible el amor cuando todo ha caído al suelo”. La vida es concebida por este poeta como enfermedad.

En el fondo, en las trastiendas del hombre está el tiempo confiscando la inocencia. Esa mujer, sus aires juveniles la dotan de la destreza de eludir el dolor como fatalidad. La vida es presentada por nuestro autor desde la noción de martirologio. El escruta en la cotidianidad los logros de la inocencia de esa figura juvenil que tropieza por las tardes. En el imaginario del poeta cabe para esta bella el sigilo de la preocupación. No se plantea su interlocutor del silencio irla envenenándola, anunciándole las catástrofes que pueden venir. Este ser sirve como referencia en lo que significa el trazado de dos vidas diferentes. El poeta es un ser atormentado, mustio y lúgubre. La niña es ingenuidad, incentivo de los sopores pasionales y recuerdo con referencia al responso de los días que fatalmente deben marcharse.

En Ramos Sucre subsiste una noción de vida que la asemeja al dolor. El tiempo presenta al hombre sus presagios. Los agravios de la vida no parecen tener otro cause que el sufrimiento y la tristeza. De allí que sea importante que tratemos de comprender la noción de mundo que maneja este creador. Su tarea es presentir los días vividos, sostener allí para el soslayo del espíritu viejos recuerdos. La poética de Ramos Sucre colinda con la prosa y con la necesidad explicativa que tiene el yo de referirse al él mismo. Hay una honda acentuación sobre su experiencia con la soledad. Ramos Sucre fue un poeta de lo irreconciliable, sus temáticas son insolubles al espíritu. La evanescencia como elemento de la vida nos va haciendo lejanos los instantes. Estaríamos así sumergidos en lo irremediable y lo tortuoso de la existencia. El universo donde habitaría el hombre sería holocausto, ontológicamente a cada quien lo espera una dosis de la amarga pócima de los sufrimientos.

El paisaje donde se anuncian las situaciones que evoca Ramos Sucre nos hacen acreedores de lugares desolados y desaparecidos. Los espinos anuncian martirios. Las situaciones están frenéticamente tatuadas por el testimonio de la fatalidad. Los ambientes y las situaciones presagian la desolación, el miedo. Los problemas de este poeta son esenciales, los seres se van paseando por sus propios abismos “El eco burlesco anuncia la muerte desde el matorral” (Lied).

La condición y disposición de su psiquismo lo han enfrentado al mundo. Siente como vital para la comprensión del hombre el alejamiento. La vocación del misticismo es una virtud de la sabiduría. En Elogio de la soledad contrapone dos visiones diferentes, las del hombre común, las del hombre de la técnica y aquella otra consagrada a un destino superior. La contemplación de aquel que sueña en silencio, que vive al eco de otras épocas y paraísos es de una raigambre reveladora. La noción de mundo que maneja este autor resiente los viejos dolores de pueblos desgarbados, es como si la historia se le acumulara como un desflecar de voces sufrientes hundidas en la vocinglería del tiempo.

En la poética de este bardo hay  un viaje en el lenguaje, comprende desde la espesura de los tiempos los dolores, los suyos parecen ser muchos. La pesada carga del poeta es el martirologio de yacer crispado. Allí al frente suyo, una calle más arriba de su alma está la historia que se le manifiesta a cada instante. Las viejas figuras irreprochables del mundo como son las del peregrino de individualidad y las del santo, se hacen visibles en los dictados de su prosa poética. Hay en este escritor una vocación de redención y la noción de una manera de vivir expresada como secreto, como frescor resguardado en los blancos mármoles del tiempo. 

El PASO DEL TIEMPO

La poesía de Ramos Sucre encuentra en lo preterido una razón de ser. La historia de su misógino yo, de hombre de espacios de arcángeles marcha al encuentro con otros destinos; con otros hombres que amaron la gloria, el esfuerzo y el sacrificio. En ellos encuentra una razón de ser superior. El mundo de los héroes es elevado genera un universo de comprensión por encima del individuo de la masa. La sustancia poética que proyectó este ilustre cumanés estuvo ceñida a las creencias de la poesía romántica. El retiro era entonces la antesala del verbo, de la comprensión profunda de la vida. Escribe nuestro autor desde la exquisita convicción de que a pesar de ser el solamente el laudator de una época inmemorial quiere hacérselo saber al lector diciéndole “(No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del vicio la desprendida perla de rocío.”(Elogio de la soledad). Hay una razón moralizante en esta poesía, la confección de una ética de una profundad absolutidad en relación de la vinculación del yo del poeta al mundo.

La palabra confiere el éxtasis al poeta que prefiere la gloria de los mitos a la terrenalidad del mundo. El mito garantiza el contacto directo con hombres que existieron transidos por una sed de gloria. Ramos Sucre admira también la sacralidad de todas aquellas almas que en la Edad Media prefirieron el claustro al mundo. La vida cenobítica y el retiro fueron sus ideales de vida. El temple de esta poética se engendra en el ritual.  Ramos Sucre recoge los dolores mórbidos de la eternidad. Aspiró la gloria desde otro temple diferente, la parsimonia del lenguaje poético lo sitúa en otra dimensión. Las palabras, las suyas, van liberando mundos ajenos al universo de la vida corriente.

Un día sueña en el poema Entonces con lo que podríamos tipificar como el amor romántico, lleno y desvaído, dirigido a un ser eterno al cual debe encontrar como el mismo lo manifiesta allí donde “Junten lejanas neblinas”. El poeta piensa en la fatalidad del transcurrir, en sus improntas, siente ya la oquedad de los días “Para sufrir el ocaso de la juventud ya estaré preparado para la partida de muchas ilusiones y el desvanecimiento de muchas esperanza”. La frase engendra una filosofía de vida, señala una poética de un hondo pesimismo donde persisten problemas irresolubles de la filosofía, del sentir del mundo. Los recursos de su entendimiento y de su memoria lo preparan para comprender “los imposibles afectos” y luego la lapidaria comprensión de memoria le hace ver que en su alma anidara el cansancio de vencidos anhelos. Su auto comprensión del mundo lo sitúa lejos de éste. No hay reconciliación posible, simbólicamente el viaje está cerrado. La única posibilidad que le queda es adaptar sus ojos al feo mundo. Su cuerpo y su razón serán una roca, una cripta herméticamente cerrada donde la humanidad no tendrá ningún tipo de acceso.

Esta poética es sigilosa ante la resignación, sabe el bardo preparar en cierta forma su partida. Un día decidirá que no puede con la carga, y entre el éter y el incienso partirá a otros universos, a diferentes raudales, posiblemente en la búsqueda de días que pudiesen generar otros sosiegos. Ramos Sucre va escrutando y armando las fuentes del pesimismo poético, todo le habla de no reconciliación, los seres y amores de su vida son desvaídos, se manifiestan como ángeles alados que se hunden entre las brumas. La realidad y el sueño asumen cada uno un estatuto ontológico diferente. La realidad del bardo cumanés es inmerecida por un realismo del cual se niega a participar. El  afirma haber llegado al mundo cargado de aflicciones, nada ha podido calmar sus dolores, mitigar sus heridas. Y cuando encuentre el amor en otros parajes, más allá de la inexactitud del modernismo, de la ambición y del oro, accederá una manera más franca de ser “Al encontrarte, quedaremos unidos por el convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se atormenta con el afán del oro”( Ramos Sucre Entonces en  La Torre de timón).

Ese amor inencontrado, soñado y realizado en los sueños tiene la convicción de que les otorgará la posibilidad de la huída de una época hundida en la barbarie, en la guerra, en el afán de lucro. El mundo es sacrificial. Los hombres sufren del aspaviento, de la molicie, de la incomprensión, yace allí una tierra fantasmal, la naturaleza muestra sus dolencias.  Ramos Sucre ha optado por la perpetuidad de la soledad “Huiremos en un vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huella,…” La Torre de timón).

El yo poético del autor se ha robustecido de tal manera que la tierra no le merece, la apellida como maldita; ésta es como una especie de prisión del cuerpo, en ella vivimos la reclusión y la desafección que es uno de los reclamos permanente que nuestro realiza. En sus poemas se dan cita individuos y expresiones desencantadas del cosmos, los seres caen en la fascinación de locuras alucinadas. No hay manera de señalar que nuestro autor habla de esta o aquella ciudad desconsolada, lo hace simplemente de seres de tinieblas, de expresiones vivénciales que recorren lo irreal. Los personajes presurosos con los cuales trabaja Ramos Sucre muestran sus cicatrices, la perdida del juicio. La Alucinada encarna todo esto, los hombres siempre están ante el estupor.

La poesía de Ramos Sucre guarda una escondida ambigüedad autobiográfica. Cada uno de sus personajes expresado en poemas nos narra sus siniestros, su oquedad. Cada quien está compelido por la elección y resolución irremediable. El tiempo va señalando espantos. No es posible el retorno “El tiempo es un invierno que apaga la ambición con la lenta y fatal caída de sus nieves. Pasa con ningún ruido y con mortal efecto:…”( El solterón  La Torre de Timón). A Ramos Sucre todos los tiempos se le han vuelto imposibles y arcanos. Su juventud se extinguió Ahora comienza la misantropía, el odio de lo bello y de lo alegre, el remordimiento por los años perdidos. “Trabaja, pena la imaginación del soltero viejo, daría tesoros por el retorno del pasado, no muy remoto en que pudo prepararse para la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer…”(El solterón Torre de timón ) Esta poética es de inmensos presagios, hay un miedo milenario del derruir de las facultades a que el tiempo somete al hombre. En ese coqueteo entre la soledad y la experimentación de salir de los rediles de la civilización Ramos Sucre accede a conquistar las tinieblas riesgosas de su propia búsqueda. Hay el reproche que se hace el individualista posiblemente negado a escuchar los fragores de los niños. En estos años Ramos Sucre es un joven que avecina sus años de soledad, su decisión del silencio.

Este hombre como lo diría Nietzsche es lúgubre, ha exorcizado todos los espantos del mundo, ha juzgado que las tinieblas son su única reconciliación. Hay un escrutar autobiográfico. La muerte será la encargada de saciar todos sus dolores. La conciencia del hombre que ha sobrevivido a sus amigos sabe que la muerte como camino de reconciliación es preferible a los sufrimientos del cuerpo, al ocaso de la vida. José Antonio Ramos Sucre enfrenta el dilema ontico de la separación de la vida como finitud. Hay una especie de premonición de su fatal destino. Este poeta asume la realización de una estética de lo fundamental. El problema que le preocupa es el deslabramiento de la vida del hombre.

EL MUNDO LIBIDINAL EN LA VIDA DE UN POETA

Ramos Sucre siente su soledad, desde ella atrapa formas y voluptuosidades femeninas. En su memoria viven eternamente las alucinaciones de siempre. Le apasiona la faena sexual y se inspira en fraguar un erotismo señorial ya extinto. Con frecuencia lo recalca “Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en el escondrijo de un bosque…”  La tribulación del novicio en La Torre de Timón. Editorial Monte Ávila Latinoamericana. Existe en Ramos Sucre el refugio como forma de existencia, su sensorialidad es perceptiva, más que los objetos que fecundan el deseo están las imágenes fervorosas. La fuerza delirante del deseo lo seduce, nos está contando un retazo de su juventud.

Su confesión tiraniza su forma de vida. La poesía es su catarsis, en ella las fuerzas del sátiro se empecinan en el deseo, en la voluptuosidad. Los sentidos se exacerban hasta poseer la figura inmarcesible, pues subyace en su lenguaje el declinar de la realidad; ésta es una carga, allí posiblemente no están los seres de sus anhelos. La realidad le recalca en lo más íntimo que no puede ser expulsado de los territorios de la existencia la fragua de la carne, lucha invicto por la castidad, como un ser extraño irrumpe en las noches boscosas llenas de sátiros, de faunos y sabe de la vida en el arte de la imaginación. La formación cultural, la suya ha estado preñada de la inocuidad, del derruir de una vida que es más que la que lleva el poeta. Ciudades arteras y provinciales han tatuado su universo simbólico. El sentimiento comunitario lo aterra, en una carta dice que la humanidad es una reata de monos.

Ramos Sucre nos va mostrando sus limitaciones. Lo tiene atrapado el presidio de las normativas. Su psiquismo ha sido castigado por las reglas, por la fuerza de la prohibición, por la rigurosidad de lo insostenible. En su universo intrapsíquico su hondo deseo es la vida. Le fascinan las aguas, la libertad y los cantos de las aves. Desde esos hemisferios de lejanzas, de las suyas propiamente, sueña con la libertad y la reconciliación con la cotidianidad. El yo se le desdobla en el esfuerzo, sin embargo ha sido muy fuertemente poseído por viejas formas que no pueden darle las claves de la vida, es por ello que este poeta está más cerca del mito que de lo humano. Anhela que se posen sobre su cuerpo la intemperancia de las lluvias, los cielos. Lo acongoja el frenesí y el éxtasis de quien se arropa con las aguas del firmamento, pero a la vez ha puesto constricciones a su cuerpo. En tribulación del novicio lo expresa con meridiana claridad “Sufro por mi estado religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y encierros pago el delito de esta rebosante juventud;. La Torre de Timón. Monte Ávila Latinoamericana.

Su psiquis es el escenario del combate entre el deseo y la prohibición, sabe que lo convocan las voces del mundo, pero debe apaciguarlas, no ceder a sus tentativas. El yo es moralista, el cuerpo es ebriedad, en este ejercicio irrealizable y a medio camino se trenza en batalla. Sabe el poeta de la constricción, se enfrenta a la virilidad juvenil, los deseos no se apagan, los trata de arrinconar, de exorcizar, emergen sin embargo en ruda lucha. No bastan los preceptos, los templos, las oraciones, el cuerpo orgiástico está en permanente rebeldía. La carne mórbida no encuentra saciedad, ni lugar seguro.

El yo sufre el espanto de la caída. La noción y la rusticidad del pecado atormentan su conciencia. Cual un apóstol, meridiano como el Mesías, prepara su cuerpo para la confección de un pensamiento en el olvido de si mismo, y aparece la transfiguración. Las formas verbales de la aparición del recato lo impulsan, lo sostienen con énfasis en un universo que no puede sostener. A Ramos Sucre lo ha abandonado el sueño, su cabeza es una maraña de tribulaciones, de sugerencias de mundos idos. El vive en ciudades que finalmente no le pertenecen, se sabe aislado, de un lado el provincianismo de la poesía de su país, y del otro la falta en donde se puede hundir. Como un héroe celestial, como la figura del querubín defiende la renuncia. En él existe una lucha entre vida, cultura y esperanza, batallan las formas y las tablas que la cultura cristiana le entregó.

Ramos Sucre lo sabe, el mundo con sus efigies, con sus portentos de seducción lo convoca al delirio y al encanto de la voluptuosidad. Dentro de sus imágenes poéticas cobran sentido su fe religiosa, los iconos de Jesús sangrante en la cruz y de su madre llorando el dolor del mundo a los pies de su hijo moribundo, lo anterior logra liberarlo de la convocatoria del éxtasis. Hay una fuerza crisis existencial en el universo de creencias de un hombre que restaña los flecos y los deseos del cuerpo con fe. Hay una lucha entre la conciencia y la lujuria.

Ramos Sucre se intenta preservar de los caprichos raudos del trajinar dentro de una poética tomada fuertemente de fe cristiana, pretendiendo a fuerza de combate preservar la imagen del santo. Difícil entonces contemplar al mundo desde la lejanía. La sapiencia de la observación no hace otra cosa que exacerbar los dolores. El debe renunciar a lo pasional y carga sobre sus hombros los efectos de una fe, pero allí hay dos intenciones expuestas al desasosiego, a la no resignación. El mundo poético es su catarsis, el alivio de sus visiones, cuando las pone fuera; éstas cobran fuerza, maduran hasta mostrarnos lo subterfugios de una civilidad, y de una manera de ser.

En prosa poética Ramos Sucre nos va narrando el efecto que poseen en él las doncellas cautivadas en su numen. A pesar de su proscripción las resguarda, impide la acechanza anhelada por viejos marinos que en mares y aguas borrascosas anidan en su alma el deseo y la perversión. El autor proclive a la reverencia de la beldad sufre en su carne el acto macerado por el seductor. Ante el silencio y la complicidad de los otros se retrae ante la truhanería de las voces, y del sigilo que prepara el acecho de la presa anhelada. En la poesía de este cumanés se intercalan tiempos memoriales con formas del presente “Los juglares celebran la fuga de los enamorados”. Como lo señala en La cuita aquello fue el rapto de la lujuria sobre la seráfica representación de seres virginales. La sensación de la conciencia poética del autor es la del engaño, se ha mancillado una inocencia, más no la conciencia de la eternidad seráfica que aquella joven guarda y que ha dado pie al zarpazo galante.

La tesis de las formas ausentes en la vida de los héroes y los santos cobra vigor en la poesía de Ramos Sucre. Para decirlo en los términos de la tradición de la cultura occidental, hombres como Moisés esperan alucinados el pastoreo del ser. La conciencia alucinante y alucinada sabe del otro, del guía, del mundo de presagios. El pueblo es ingrato, a diferencia de los héroes y los santos que mueren en el desprendimiento total y el absurdo, el pueblo se presenta en el proscenio henchido de sus ambiciones, en la aspiración perenne de la futilidad del goce. Desde el misterio recoge Moisés las reglas, logra apaciguar el clamor de un pueblo y le impide sumergirse en el vivaqueo de la existencia. Además vaticina el castigo y las plagas que deflagrarán a Egipto. Las reglas y los fundamentalismos de las religiosidades Judea cristiana las presenta Ramos Sucre como expresiones del sentido de Occidente. Recrea nuestro poeta la simbólica en donde se desarrolla la cultura. En los siglos, en el lenguaje del arte de Miguel Ángel queda plasmada la historia; ésta se ha hecho de silencios, de formas mermadas, de luchas y de trascendencias. Moisés expande el espíritu civil de las sociedades. La conciencia busca de nuevo en la historia, la regla y la imposición de la norma moral universal.

La fatalidad es el sino permanente de la poética de José Antonio Ramos Sucre. La muerte le arranca a la vida su inocencia; ésta viene agazapada, y horada fieramente la vida de los hombres. En Duelo de arrabal lo pone de manifiesto con claridad dejando constancia de su agudo sigilo sobre los hogares pobres. La gente llora a los suyos, la cuna de los niños pobres en palabras del poeta es el seno de la tierra. El dolor se diluye en las subjetividades de los individuos que viven la cotidianidad. No hay tiempo para otras empresas pues la vida está puesta al servicio del afanoso laborar. Ramos Sucre va historiando las subjetividad. La existencia formulada en términos de la nomenclatura de este poeta está colmada de dolencias. La muerte para el pobre no es más dolorosa que su cotidianidad. El sentido que cobra la reflexión del bardo que estudiamos nos da las proporciones de la melancolía de Occidente. Los cielos mandan el castigo; éste se ha expresado como una constante en la vida del hombre. Las plagas azotan como castigo a cada instante.

LA VIDA CENOBÍTICA COMO UN INSTANTE DE EXHALACIÓN

Las aspiraciones de un poeta como Ramos Sucre era la paz, sus visiones estaban pobladas de retiros conventuales. El mundo lastimaba cruelmente sus sentidos. Sus nostalgias eran los tiempos idos. En esa casa como un gesto de voluntad los árboles enlazaran las copas gemebundas, el poeta será visitado por los pájaros. La búsqueda está señalada con claridad, se marcha hacia el encuentro de un lugar donde se pueda encontrar la verdad. Ramos Sucre consiente que esto es un prodigio inalcanzable. Su vida estaría tatuada por la pasión del asceta, el pensamiento doblara a las emociones. El pesar de la circunmundaneidad del mundo- para utilizar un vocablo de Heidegger- le pesa, constituye un obstáculo para la realización de ese yo que se pretende en soledad, en silencios, en lugares extintos, es como sí el poeta se hubiese construido un mundo cuyo solaz no fuera otro que la contemplación. Una serie de filtros harían llegar con sordina el mundo brutal al juglar. Los árboles en el Discurso del contemplativo impiden el choque, contribuyen a que el vate sea como una especie de monje, un personaje del retiro, de orfandad. El fue un ser mustio, siempre en actitud reservada hacia las cosas del mundo. Se sabía destinatario de la muerte. Esperaba no conmoverse con lo externo. Su poesía posee una vaga añoranza de la salvación, sus versos se presentan testimoniales y dan cuenta de su vida extraña,  así dice:“ Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la borrasca”

Ramos Sucre es un ser en espera del misterio, sabe que un día en su espaciosa casa de los sueños poéticos vendría a acecharlo la muerte, para ese instante presagiaba serafines; llama a ese momento la santidad de su hora. Un hálito de profundad religiosidad circundad la visión del yo, y de las interioridades de este creador. La profundidad de su soledad, de su retiro, de su vida y soledades está mediado por una aspiración de perfección “… y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo” Discurso del contemplativo. La Torre de Timón. Monte Ávila Latinoamericana.

Ramos Sucre lo presiente, ante que los hombres, todo un mundo de deificación animal y vegetal asistirán a sus exequias, siempre aspira lo extraño, lo no corrientemente plausible. Su mundo se forjado en los encantos de las imágenes, su verbo ha redimido del silencio y de la falta de sentido universos que están allí y cobran significaciones en las visiones de un poeta atormentado que se ha dado como norte la meditación y el retiro del mundo. El hombre cenobítico está en capacidad de atrapar al mundo y de no sumergirse en las anfibologías de los designios culturales. Las preocupaciones filosóficas que lo asisten en su conciencia atormentada eran la finitud de la vida.

En el poetizar de este bardo encontramos la historia, el ayer heroico de los hombres que han construido el país. En sus anhelantes gemas recoge a hombres como Zamora, está allí lo ineludible, y los trazos de su historia expuestos en forma parca, resaltados en la metáfora sin las estridencias de las palabras. La muerte redime a nuestro héroe. Siente el poeta la fuerza de la tiranía del combate, sabe de los odios, conoce el oprobio, está en una Escuela pública venezolana en 1912 develando el busto de un héroe, diciéndonos que somos hijos del sacrificio, de lo impetuoso, señalándonos para el futuro que los jóvenes del hoy se sienten pequeños ante la épica de nuestros santos y valientes hombres.

El poeta  trasluce en Plática profana  como el historiar romántico, la historia como epopeya, como redención. A grandes trazos va sintiendo el lector el culto de lo grande, de lo alado, la aparición de hombres especiales cuya misión es la gloria y la redención. Le asigna una función inmarcesible a la educación, lo dice exactamente es la fragua, es el combate. El poeta comprende la ruralidad ante la cual viven aquellos sus coterráneos. La lírica de Ramos Sucre también es presagio ante la historia, el futuro se hace y nace acerado en la templanza y en la voluntad de los fundadores, de aquellos que fueron vaticinados por la noche para eternizarlos como fue el caso de E. Zamora. El poema crítica las formas desmedidas en que la ambición material se ha apoderado de las almas, hay el vaticinio de lo que seguirá siendo el país. Hay dos ideales en este concebir el tiempo, y de la historia, la del hombre probo, y las del demonio que arrastra a los hombres hacia la molicie, que nos confina a lo más pedestre. Los hombres deben alcanzar el progreso pero también la gloria.

Las figuras eternas que Ramos Sucre augura son las del poeta y la del héroe. De ambos nace el porvenir; ésta viendo el choque de dos civilidades. El sueño contrapuesto a lo materia. Se anuncia la emergencia y caducidad del mundo clásico substituido por la Edad de la pragmática. Esta edad es la del hierro colado. Se está construyendo un mundo de la intrascendencia, de lo fútil, de lo vacuo. La civilidad parece haber dado cuenta de los grandes ideales. El arrojo ha sido substituido por el cálculo.

Ramos Sucre desvela un mundo de dolores, hombres que se fueron envueltos al sepulcro entre los mantos de su épica sin cosechar nada “… y que nuestros batalladores por la civilización descendieron al sepulcro, despidiéndose de la lid desconsolados…”  José Antonio Ramos Sucre Obra poética Ediciones Dirección de Cultura UCV.

Zamora fue un hombre épico, empinado en sus virtudes, columbró con su caballo los polvos del suelo patrio, guerreó hasta hacerse inmarcesible, hasta llegar al instante postrero, el de la bala que le quitó la vida y lo dejó flotando en la memoria, rechinando en las galaxias de los héroes. Hay una visión en este poema de Ramos Sucre que lo aproxima como a Borges a la voluntad gallarda de la valentía que a la deshonra de la pendencia que a su juicio constituyeron nuestras guerras civiles, donde el crimen se elevó prodigioso. Venezuela heroica para el autor recoge un pasaje y el destino histórico del pueblo venezolano. En Tiempos heroicos los de nuestros héroes, se sirve de las imágenes griegas, del valor y del heroísmo para galardonar la gloria de nuestros próceres. La tragedia domina este verbo, de sus lances con la vida salen los hombres redimidos hacia la eternidad. La historia de muchos de ellos ha debido ser más épica. En oportunidades Ramos Sucre presenta de forma reiterativa la historia patria. Los hombres son posesos de fuerzas ya extinguidas, de un coraje inexistente hoy.

POÉTICA DE  OBSESIONES VITALES

En el universo poético de este autor persiste tanto la idea de la salvación como la del la huida. Sus imágenes nos adentran en un mundo fantasmal, hay un hondo manifestarse de lo extinto. Siempre hay un lugar más lejos para el refugio, lamentablemente en él no es sino simple esperanza. Las voces y las experiencias de su psiquismo lo mantendrán cautivo de sí, le impondrán el ritmo de sus visiones, finalmente es presa de ellas. Los escenarios de sus ciudades lo llevan de un lado a otro, el yo no vacila en la huida pero siempre surge el tropiezo, su psiquismo está en falta. No puede persistir, le quedan varias opciones, la ebriedad, la locura o la muerte y con ésta juega durante años hasta que finalmente lo atrapa. No ha sido en vano el viaje de ésta, gracias al acoso de su pasos el poeta pudo ver el rostro del sol, presagiar el andar y la persecución del gato pardo y por que no decirlo, comprender su profundo silencio. El tormento de Ramos Sucre no es externo, no se le impone como una moda literaria, sino que emerge dentro de él, se sabe un incomprendido, sabe que las formas del mundo no son las suyas. El vaticinio es lo lúgubre, el suelo por donde bordea la aspiración de los querubines es negro, es inhabitable.

La figura del verdugo lo persigue, lo combate, sabe de él, no puede huir. Los seres de sus tropiezos emergen desde si mismo. Es la fascinación de la conciencia ante un tipo de vida diferente, el de la experimentación. Se escudriña la vida inconsciente, se parte del sentimiento de gregarismo y la tierra se vuelve inhabitable. Hay formas infernales del ocaso, los perros negros como evocación de formas preteridas de la vida “Entreví los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz…”  El recurso de salvación siempre lo deposita en Dios, sus zancadas no lo llevan por ahora más allá que al regazo de esta forma de seguridad. El elemento religioso está en él sin que pueda escapársele, víctima del tormento, creciendo dentro de un universo de imágenes donde el inconsciente está a flor de piel, el cuerpo comienza a lacerarse, a atormentarse. El cuerpo habita en un tiempo y en un espacio que no le pertenecen, los registros de su época lo desbordan. La modernidad ha dado un peso a lo inesencial. Dios lo escucha, pero su imagen es sedicente debe inconfundiblemente alimentarse de la turbación del peregrino. El pecado original le impide ser inmune a un universo de genuflexiones vacías.

La Torre de Timón es un libro dominado por los preceptos. Hay un elogio a la guerra, a las ideas desairadas por el tiempo. Esta poética se construye sobre las imágenes exquisitas de hombres destemplados para su tiempo, pero que marcan historia, labradores de formas ausentes. Comprende el poeta el ideal romántico de la idea de superioridad del héroe, quien lo arregla todo, pues lo derruye la cotidianidad. Para utilizar palabras de Nietzsche la argamasa esencial de un hombre postrero es la brevedad.

Los santos y los valientes se presentan dentro de este universo poético como seres superiores, de otra extirpe, no conturbados por el dispendio de la vida “ Del soñador es la sed del martirio, la curiosidad por la aventura, la exposición de la vida ante la utilitaria vejez. El valor es en su alma, desterrada y superior, un artístico anhelo de morir”. Existe en Ramos Sucre el decir grandilocuente que exalta la grandeza del temperamento metafísico, el soldado, silente, egregio encarna como el santo y el héroe ecos de un tiempo que el hombre de la cotidianidad no puede vivir, hay una idealización del ejército “También es el ejercito una orden hidalga y abstinenteEn la muerte de un héroe. Arrastrando la profunda herencia del romanticismo el prócer y el héroe se potencializan por encima de sus circunstancias; éstos debe perecer sin hijos y jóvenes. Posiblemente el tanto vivir fractura la épica, desmembra el acto heroico hasta convertirlo en una acción canalla. Le canta biográficamente a Manuel Bermúdez; quien era “gravedad amarga, señoril entorno, atrevimiento sereno, prenda infausta (Debía su ánimo al ejemplo, porque nació donde vegeta la energía varonil”) En la muerte de un héroe.

Canta también al linaje, y las a prosapias de un cruzado como  fue José Francisco Bermúdez, los días de la guerra independentista venezolana habían sido tan hondos y dejado tanta precariedad en el gusto, en la vida, en el olfato, en el rayo silente, que se tornarían imprescindibles, ellos mismos habían gestado una épica. Nuestros héroes en esta historia de musculatura propia, de motivos de gran certidumbre, de sangre que se había derramado al lado del malecón de la vieja ciudad de Cartagena, lo habían asistido fuerzas como la espada del Cid.

Nuestro autor lauda al militarismo del siglo XIX venezolano. Los nombra y los detalla como una casta de seres opuestos a la moral hipócrita y convencional. “Venezuela debe lo principal y más duradero de su crédito a la valentía de aquellos militares que con el siglo diecinueve surgieron apasionados e indóciles” Laude en La Torre de Timón. Ediciones de la UCV.

A Ramos Sucre le interesan los mitos, está preocupado por la génesis y estructura de una nación llamada Venezuela. Crítica a la filosofía convencional que ha vuelto cenizas y escombros aquellas epopeyas. La filosofía ha perdido la fuerza. Los hombres han interpuesto la condición científica para menguar la fuerza de la historia. El poeta en su condición de adivinador, de taumaturgo de la historia ha sido reducido tal vez por el positivismo. Ramos Sucre examina como el pensamiento patrio ha sido mezquino con Bolívar. El libertador ha sido un hombre dilapidado, deshonorado, no se ha vindicado suficientemente su rebeldía, el riego y la temeridad de aquellos hombres que ganaron sus méritos en combate.

Hay en su poema Laude un elogio de aquellos militares del siglo XIX “Para los mansos la medalla de buena conducta; para nuestros héroes el monumento elevado y la estatua perenneLaude. Ediciones Dirección de cultura de la UCV. Ramos Sucre se enfrenta en la necesidad de reivindicar el genio de Bolívar, toma a este personaje como un visionario de la historia. No le interesan las opiniones adversas sobre el héroe. La historia se funda desde la fuerza y la temeridad.

Ramos Sucre nos arrastra a la ruinas de ciudades sin nombre, lugares perdidos, más puros, jugosos de silencio. En el viaje poético su yo conoce, y tantea personajes escardados por el tiempo, seres atormentados. Esas mujeres alucinadas son más frescas, vivencian universos más prósperos, llenos de plenitud hasta que la razón las invade, las plena, dilapida sus éxitos. Las formas espectrales que se han apartado del mundo retienen para sí formas verbales inaudibles desde las esferas de la razón. La niña es presa del mal, se asoma a rituales extraños que envuelven en la locura, las lontananzas del mar se yerguen sobre ella, su razón es estorbada por el argumento insólito, por el ritual inesperado. Nadie esperó que aquellos años se fraguaran en ella de esa manera. En la poética de Ramos Sucre el sufrimiento enarbola los densos ramajes y prepara para el congoja. Aquella niña inocente quedo allí como testigo de impiedad, como el sopor y la pesadez de la venganza. Reinos prósperos fueron heridos por las represalias. El tiempo queda como testimonio, como secreto de otros anhelos. Los seres atormentados se resienten en su propia soledad, fueron abandonados, quedaron inaudibles, atrapados de su propio tiempo, víctimas de su propia equidad.

Nos encontramos que tal que los hechiceros el paraje malsano había desviado destinos, hundido civilizaciones. La mala fe las blasfemias y la molicie habían destruido un destino civilizacional, viejos filtros, imprecaciones y maldiciones pudieron haber truncado la historia. La mujer demente que describe Ramos Sucre en La alucinada había quedado allí cargando y guardando en sí historias que habían sido truncadas. La alucinada hundida entre tinieblas, lacerada por la ignominia del olvido había quedado  como garante de un tiempo estorbado y aniquilado por una voluntad pérfida. El poema recoge las viejas heridas inesenciales lanzadas en  la cultura occidental a los lugares prósperos.

La virgen está enfrentada a la Venganza del delirio, próxima a los duendes, desgarbada por la aparición y presencia de fuegos fatuos que ahondan sus ensueños. Asoma acá estridente un universo de fuerzas que dictan la pauta para alguien que no posee ya tiempo. La candidez de la virgen sería sólo el simple resguardo de una prosperidad fenecida. Allí interviene el yo del poeta retrayendo para el más acá el desolvido, lo inopinado de circunstancias borrascosas que se hundieron en la locura y los sayales del tormento. Los seres de esta poética desembocan en la cautividad del ostracismo, siguen en la permanencia de su otredad. Los lugares fenecidos y sus ruinas son el reservorio de épocas idas, expropiadas por la soledad.

 La poética de Ramos Sucre recupera la imaginación, en lodazales de espantos los espectros, sus voces, van esgrimiendo la propiedad de la nostalgia, la desaprensión de los lamentos para un mundo que ya está exhausto. El universo del lenguaje del poeta redimensiona desde el más allá el encanto ya extinto de la majestad de cantos que necesitan de nuevo su propiedad. Esas voces son escarbadas, sacadas del fango del olvido. Hombres y memorias recuperan para lo humano su condición de testigos del cielo. Se horadan los viejos surcos del silencio. Esta poética es confesional, los seres trágicos de otras épocas perviven en nosotros, aún sin contar historias presagian las horas pasadas. En Ramos Sucre los espantos y sus tormentos tienen su lugar. Contra el viejo realismo de una gramática poética plana insurge esta catarsis de las formas inconscientes, de lugares y tiempos fenecidos en el silencio del olvido.

El desafecto, pócimas extrañas tal vez hayan hundido a aquella niña para siempre en los arcanos, pero la poesía de José Antonio Ramos Sucre es lenguaje, forma protuberante de rastreo de las potestades del alma. No puede abandonarlo el esfuerzo de lo onírico, la poesía ha descendido al inframundo, a los sótanos del alma. Aquel inconsciente puesto a flor de piel da cuenta de venganzas que parecieron hacerse añejas pero que continúan estando allí a destajos, hilando sobre heridas que resisten su dolor en la orfandad. Se recuperan-con estas formas verbales, con estas maneras de decir- regiones que no eran capitales para la poética venezolana de la época. La poesía historializa, permite la refacción del tiempo ido, nos entrega el psiquismo y las derrotas de las familias, del individuo. Las aguas, los fuegos, el firmamento  resarcen la herida abierta, está planteado de nuevo el problema del hombre y de la dignidad de lo vivido.

 Ramos Sucre conmemora y lauda la muerte de uno de sus amigos José María Milá Díaz, le conmueve la resignación de aquel hombre con respecto a la aceptación de la lepra. Para él aquel ser padeció la vida. El sentimiento que resalta nuestro autor es el de los ángeles, el del linaje dispuesto a la resignación. Exalta las benditas cenizas de su amigo que no necesitan los cementerios benditos, lo cual sugiere que hay hombres de linajes superiores como éste cuya frente está nimbada de eternidad. Este poema no es más que una oración fúnebre para alguien a quien el considera de una alcurnia superior y poseedor de una templanza egregia. Acá se mezclan el perdón, y los castigos que sufre el cuerpo del hombre en el infierno que es la vida. Los recursos poéticos nimban al personaje cantado a la suprema majestad de los arcángeles, historiza en él la vida del hombre. La poética de Ramos Sucre canta las horas lúgubres, las derrotas y se deja deslindar hacia la inmortalidad con el alumbramiento de la vieja ciudad que lo vio nacer. Los hombres padecen en sí la perpetuidad del pecado, guardan tesoneros la resignación y expurgan de sus adentros las penas, eso hizo este egregio poeta.