Nelson Guzmán

Profesor de Pre y Postgrado de la UCV. PhD en Filosofía (Universidad de Paris 8, Francia) y PhD en Ciencias Sociales (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales, Francia)

guznelson@yahoo.es

Terrorismo, razón y paz

junio de 2005

La razón busca la historia, en ese engendro de pasiones y de egoísmos el espíritu le ha encomendado imponer orden. Aunque los pueblos hayan sido desbordados por el odio y la ira, nadie quedaría exento de esta finalidad universal. Con este optimismo Hegel creyó encontrar una fundamentación a su filosofía, la multivocidad de los hechos iba a poder ser gobernada por una sustancia racional que haría posible la reconciliación. Hasta el momento las pasiones se habían encontrado, los pueblos habían afilado sus hachas de piedra, erguido presurosos sus navajas, blandido sus espadas, hecho estallar la pólvora de los cañones, y preparado los zumos infamantes de los venenos para vencer al adversario. Las convicciones habían servido para todo, Sócrates razonablemente murió tomando la cicuta mientras esperaba que  sobreviniera un mundo mejor.

Cada quien había prometido de lo suyo, cada cabeza generaba y producía justicia, racionalidad y sin embargo los hombres seguían matándose; creyendo en el Estado, en los principios, en un mundo mejor. La última resignación no podía llegar, el suelo de los caminos lucía bullente. La modernidad tuvo sus ídolos, los ungió del verbo proceloso y apostó a ellos, allí estuvieron Louis Antoine Saint-Just, G. J. Danton, Maximilien de Robespierre - entre otros - los hombres de la Revolución Francesa, pero también figuraban en esa larga galería de paladines de la razón: Napoleón y Bolívar, cada quien fue haciendo válida y necesaria su verdad. Había un solo problema: la emancipación. La razón no podía tener lo circunstancial como mezquino -verbigracia la entrega de Miranda a los españoles, el fusilamiento de Piar, el decreto de guerra a muerte, eran parte de esa razón histórica. No había nada insensato en esta.  Dentro de un país sufragado por los odios estas decisiones contaron y han contado con la venia de la tolerancia, a pesar de la intolerancia y de la muerte producida. Acá nos ha pasado como en todas las experiencias y las latitudes de la historia, la razón conoce y reconoce el verbo y la prosapia acomodaticia. Recordemos la vieja verdad, un día después de la caída del nazismo nadie - como dijo Hannah Arendt - quería reconocerse en esa fe, después de la tragedia todos presentan sus caras inocentes.

La historia se había mostrado como justicia, como heroicidad. La civilización llevaba años luchando con los instintos en un esfuerzo por suprimir lo perverso, lo bajo. La modernidad mostrará con Hegel que más allá de la imposición de la autoridad, los hombres lucharan por lo que ellos mismos consideren como justo. No era a la racionalidad de los conventos a lo que se debía obedecer, algo había cambiado en la historia. Se mostraban la ética de la convicción y de la responsabilidad y sus tareas y fines eran  conquistar la paz para el hombre y los pueblos.

En la modernidad se ha presentado el terrorismo como una forma de horror; éste no busca sino aniquilar al rival, no es un diálogo exactamente lo que se está mostrando, sino el principio del mal. Tal vez podamos hablar de los terrores con-sentido y los sin-sentido. Un terrorismo basado en los atentados, en el sacrificio directo de ciertos objetivos declarados de guerra, puede ser calificado de necesario, se puede acudir al tribunal reclamando  que si no hay justicia histórica con respecto al otro; ésta la encarno yo, de allí podría desprenderse una verdad que parece distar mucho de la gramática real del mundo como bondad o como concordia. Todos estamos infamados, sorprendidos por la tolerancia represiva que han tenido los países fuertes con respecto a los débiles. Algo viene pasando con la historia, la injusticia parece haber sido confinada al ayer, en el pasado estuvieron los campos de concentración, la exterminación física y cultural de los judíos, el aniquilamiento de las comunidades gitanas que hizo Hitler en Europa, pero parece quedar rezagado en el olvido el destino más próximo de los afganos y su cautiverio en la base de Guantánamo. Además podemos observar en la modernidad tardía -en la Posmodernidad, o como quiera que la llamemos- la fatalidad de una vida y de una manera de ser hombres para aquellos que han nacido iraquíes, palestinos o miembros de cualquier país cuyos intereses no sean los del amo del norte. La pregunta cabría hacerla en torno de qué propiedad o garantía histórica, o  don divino están asistidos los Estados Unidos de Norteamérica para tratar al mundo de acuerdo con sus intereses, Dios ha desaparecido y el Tío Sam ha esgrimido el báculo de la justicia. El mundo se ha vuelto una factoría del Tío Sam, por doquier golpes de Estados, experiencias de ríos de sangre, allí no muy lejano en la infamante historia el caso de Chile, la puesta de rodillas por parte de los británicos con Argentina violando todas las sindéresis. La historia ha sido fuerza, y donde no hay solución está el argumento de la guerra justificable. No importan los hechos sangrientos, o arrodillarse, entre tanto voy viendo tus ojos implorando piedad, aprieto más mi bota para pisotearte, para afrentarte, para demostrarte que debes ser parco porque sino la justicia divina de mis cañones y de mis cohetes te esperan, es muy simple yo tengo las armas, poseo la bomba solo mata gente, las armas biológicas, puedo volar el planeta, pulverizarlo y mañana no quedará recuerdo sino el que mi pluma diga, quedaran los programas que yo ordene, a quien yo presente como dictador lo será, las satrapías son las del otro, no las mías. El hombre no vale nada, todos habríamos nacido para la miserable vicisitud de ser inferiores, subdesarrollados miserables, lacayos de los amos del mundo, de los dueños de las tecnologías.

La explicación psicologísta del terrorismo podría atribuírselo sin chistear a viejos odios seculares, a la impotencia del que ha estado humillado y ofendido por centurias y que necesita saciar su sed de sangre con el odio. Pero el terrorismo también puede ser parte de la estructura de la razón técnica, detrás de éste pueden estar los intereses de los perros de la guerra, o de un estatuto epistemológico que no conoce de la ética y de la moral tal cual la manejamos comúnmente, o como no las ha enseñado el sentido común. El terrorismo también consiste en la justificación de lo injustificable, el terrorismo mediático es otra de las grandes formas de terrorismo, ir preparando y fraguando en la conciencia colectiva las condiciones de posibilidad de una guerra es terrorismo, cada quien comienza a apurar sus pipetas, sus matraces para que de allí emerjan los zumos del odio, aceite caliente, reverberante para someter a los invasores que vienen sobre mi casa o mi apartamento. El terrorismo es mi pistola que debe inexorablemente matar para enseñarle al otro, al marginal, al pobre, al condenado de la tierra que yo soy la ley, que yo creo que el final del mundo es esta pequeñita quincalla que tengo, que el universo son los trescientos dólares que tengo almacenados en mi alcancía. El terrorismo demuestra el claro resquebrajamiento que el cristianismo y las religiones comienzan a sufrir en su interior, matar al otro debe ser algo así como tomarse una merengada de ron de poncigue y luego refrescarse la garganta con eucalipto. El terrorismo pone en juego la desesperación de los bandos, posiblemente cuando el gobierno siente que la voluntad popular se le ha ido puede ejecutar formas de terrorismo. El asunto consiste que un atentado criminal estudiado y ejecutado por una cabeza calenturienta encuentra su justificación en la acción de la dignidad. Pero el problema no puede quedar allí, cuando un Palestino vuela un autobús con ciudadanos judíos presumiblemente lo hace por la dilapidación y el genocidio sufridos en carne propia, para estos actos la condena es supina, ajustable a la racionalidad de cada grupo. Todos condenan hipócritamente a pesar de que la inquieta y astuta conciencia celebre en sus interiores ese triunfo de los míos. Pero los muertos siguen allí revolcándose en el dolor de sus heridas, comprendiendo en el último aliento de la vida que nada en esta miserable existencia ha cambiado. Como lo dice Ernest Tugendhat no hay guerras justas, pero al gusto de cada grupo de intereses existen las guerras justificables, de aquí podríamos detectar que posiblemente el amo del norte por encima de toda la cordura de la tierra necesita extirpar, masacrar a un pueblo como el iraquí. Como lo ha dicho reiteradamente Noam Chomsky esto se ha repetido cada vez que le ha venido en gana sin que la pertinaz garganta y pluma de los intelectuales del mundo no se olviden y resignen al cabo de un tiempo. Así ha sido siempre, no hay porque preocuparse escuchamos en las calles, no es tan responsable Sharon como Noriega, Bush como Saddam Hussein etc., recordando el viejo adagio del ya periclitado R. Garaudy podríamos decir ya no es posible callar.

Hegel aspiró siempre para la racionalidad la reconciliación entre el interés particular y el interés universal. Los hombres deben encontrar en el Estado el gran organón que los represente, que satisfaga sus necesidades. El Estado es el garante de la justicia y en este sentido está representado por las normas, por los principios de una época, pero allí mismo están: la pasión, los odios y las iras encendidas, ninguna historia podrá hacerse sin lo volitivo. Hegel dirá en su Filosofía de la historia universal que cuando las sociedades viven en período de paz, de tranquilidad, la acción realizada por el infractor hace que el derecho se reafirme y se vuelva contra el infractor, allí se revitaliza el derecho a través de la punición de la infracción, es el logos de la historia que busca permanecer, declararse defensor de las garantías, de la vida. Pero una sociedad en ebullición deberá ser necesariamente transgresora, habrá una diferencia entre lo radical y la radicalidad. En Venezuela desde hace más de una década la pobreza crítica se ha vuelto espantosa. Los sociólogos especializados en la pobreza han hablado de una barrialización de la ciudad, nadie encuentra donde esconderse, ningún ciudadano parece lucir al resguardo. Las entradas de las universidades muestran mercados de chatarras, los pórticos de las viejas edificaciones resguardan por la noche a los sin abrigo. La clase media corre espantada de esta ánfora del horror, la izquierda opositora al gobierno responsabiliza de esta masacre al presunto tirano, y allí sigue el espanto, de esos que no votan, que engullen por las noches los mendrugos del día de faena, que nada saben porque las únicas oportunidades que han tenido son la rapiña y la indigencia. Vivimos en una sociedad descompuesta, en un estallido social presumiblemente estos grupos serán exterminados como perros de la calle, pero esto no asuntos de lo políticos sino de la política, que equivocado está quien piense que gobernará en fraternidad con este espanto que recorre las calles. El fracaso de la democracia en Venezuela ha radicado en que muchos no quieren ver la película de horror.

La figura del caudillo parece residir inmanente en la historia. El caudillo recoge los planteamientos de los que no tienen voz, a tenor de sus predicas enarbolan la justicia y la equidad como fines. La masa no pide resultados inmediatos al caudillo, al lado de éste residen dificultades, inconveniencias que el pueblo perdona, pero el poder y la sugestión histórica son frugales si no van acompañadas de programas inmediatos de erradicación del hambre y de la seguridad social. El caudillo encarnaría la realización de la “felicidad” que no es otra que la objetivación de la idea. El caudillo tendrá allí en su exterior la oposición de las otras fuerzas que buscan realizar historia, cada cual se reclama de la justicia, el asesino ve en su impiedad la razón de la historia, el hedonista la historia como placer y goce, el reaccionario considerará que la irrupción de la plebe podría significar el caos. El destino de los grandes héroes de la historia para Hegel es trágico, la historia no se hace sobre un jardín de rosas, sino sobre las ambiciones, entre la esquizofrenia de los unos y de los otros,  no hay lugar para la catarsis. La historia no es clínica, no es terapia, no son pañitos calientes entre unos y otros para evitar ofenderse. La historia es la voluntad de poder, de fuerza (Nietzsche). El interés de la historia estará representado por la subjetividad y la voluntad libre, con esta determinación Hegel va a desmarcarse de la idea de que la historia podría ser llevada a cabo por una casta, por sus intereses. La historia es la adecuación, o esta adecuada a la moral de una época, de una ciudad de un Estado, la historia es la razón. La historia no es algo inefable, ella está gobernada por la pugnacidad. Los hombres en su acción perseguirán la realización del principio de identidad. La historia retira del hombre en la acción sus fines propios (egoístas), y sucede, se transparenta allí eso que Durkheim llamó el suicido altruista, es decir el Caudillo, el Líder lo sacrificará todo a cambio de nada. La historia es pasión y pasiones, nunca se ha dado una historia sin estallidos, sin convulsiones, pues allí están las voluntades sociales queriendo determinarse. El caso venezolano es clave, el siglo XIX fue la resolana de los máuseres, la estridencia del caudillismo, la voluntad heroica de lo que significó la guerra de emancipación, y el siglo XX tardíamente fundado en Venezuela ha sido la debacle de un país que enjugó sus lagrimas y su dolor, hasta que vino el estallido, hasta que la razón histórica reclamo su realización porque ya no soportaba más la masacre de Puerto Cabello, la bofetada de Carúpano, los banqueros prófugos, la explosión del caracazo, la ley violada y pisoteada, y tantas otras cosas más. Ha irrumpido una voluntad de emancipación realizada o no, pero finalmente necesidad de recuperar la racionalidad, el derecho a la vida, y al futuro.

Bibliografía

  • Les enjuex de la tolérance des guerres, de religión au choc des cultures. « Magazine Littéraire » N° 363, Mars 1998

  • Les nouvelles morales, éthique et philosophie. « Magazine Littéraire » N° 361, Janvier 1998.

  • Hannah Arendth philosophie et politique. « Magazine Littéraire » N° 337, Novembre 1995.