Nelson Guzmán

Doctor en Filosofía, profesor de la UCV

guznelson@yahoo.es

Poder, violencia y soledad en algunos autores de la literatura latinoamericana

Noviembre de 2004

La literatura latinoamericana está cruzada de fantasmas y de la recreación de viejos mitos.  Pensar y repensar en América Latina  es acudir ineludiblemente a la manera como Alejo Carpentier retrató la geografía exuberante y los ríos del continente.  En las páginas de su novelística aparece el Orinoco fantasmal, creador de un mundo propicio para el diálogo con sus mitos y sus leyendas.  Al decir de Luis Harss en su libro Los Nuestros, Carpentier se volcó a retratar la naturaleza, indudablemente no estamos  ante un Emilio de Zolá y su intento fotográfico y naturalista de apropiarse de la naturaleza. Zolá describe en El vientre de París la vida de los mercados parisinos, los amaneceres y los diálogos de los marchand de legumes.  Su novela nos deja presos de la fascinación que ejerce la naturaleza sobre los hombres.

Sin embargo, la literatura hispanoamericana -vista desde las égidas de Miguel Ángel Asturias, de Gabriel García Márquez, de Roa Bastos, de Carpentier, de Borges, de Sábato y de tantos otros prohombres de nuestra lengua- va a estar enfrascada en la definición de nuestra identidad cultural.

La violencia va a ser una constante en la generación del boom literario en América Latina y no sólo ello, sino la soledad y la fundación de pueblos que se van dibujando y desdibujando a lo largo del camino.

A García Márquez le tocó refundar Macondo como pueblo prototipo de América Latina. Allí fue a buscar las nostalgias de su pasado. Extraña vida la de García Márquez, criado por sus abuelos y hasta los siete años profundamente influido por su abuelo paterno -hay quienes piensan que la figura del General en El Coronel no tiene quien le escriba esa “obrita” introductoria -a la profundidad de su imaginario- no es otra que la de su abuelo.

García Márquez nos narra de manera fabulada y plomiza la historia de las guerras civiles colombianas. La historia de hombres poblados de sueños perdidos en las guerras, atascados luego en la prisión de la muerte y el tiempo como fue el caso de El Coronel no tiene quien le escriba; quien esperó con silencio y prudencia durante muchos años la salvadora pensión que lo ayudaría a  sobrellevar su vejez con cierta dignidad económica. La lancha del correo llegaba siempre a Macondo sin noticias para él. Las élites a las cuales se había opuesto no les perdonaron ni a  él ni a los insurgentes su acto de rebeldía.  Su hijo Agustín moriría también guerreando y, sería esto un gran pesar para él y su mujer. El Coronel era un hombre justo, tenía sus fatuidades y a pesar de su estado de miseria económica, dentro de sus obsesiones le dio por preparar -para la pelea, y para que representara a Macondo ante otros pueblos- un gallo invencible, muestra de la dignidad y gallardía de esos hombres fantasmales abandonados a su propia suerte por el poder lejano y tiránico por el cual combatieron.

El mundo imaginario de los relatos de Gabriel García Márquez es abundantísimo en el uso de la hipérbole. Nos narra en El relato de un naufrago situaciones límites: la voluntad de sobrevivencia de un hombre extraviado en el Mar de las Antillas. Naufragio y soledad, sol chirriante sobre la piel, heridas profundizadas por la sal y la resequedad, ardores del viento sobre la conciencia de ese hombre descubridor del paraíso que en medio de su naufragio y soledad no está cierto de si habrá mañana. Momento éste extremado para la reflexión, momento de esperanzas, de fijación a la vida de soliloquio y de monólogo interior, momentos como los que vivía el Coronel cuando le crujían las vísceras y pensaba en el hambre y en las guerras civiles de su país.

El tiempo que maneja Gabriel García Márquez es el de la espera y el duelo, las nostalgias de sus personajes son infinitas. José Arcadio Buendía espera, noche tras noche, a su amigo Melquíades para que le descubra el mundo, para que lo ponga en contacto con los grandes inventos. Para que le enseñe las fantasías. Melquíades descubrió la fuente de la inmortalidad, pensó en un momento determinado José Arcadio cuando lo vio rejuvenecido con dientes nuevos después de padecer el beriberi, el escorbuto y la malaria. Melquíades encarnó una inmensa y gran complicidad con el fundador de Macondo, lo hizo propietarios del invento del hielo y de los imanes. Cada llegada del gitano a Macondo reiniciaba en el espíritu de ese pueblo el comienzo de una nueva irrealidad y de un nuevo proyecto.

Los hombres que nos describe García Márquez son alquimistas. Fantasmales lo arriesgan y lo juegan todo por la fundación de una  nueva ciudad. Los fundadores de Macondo -como lo dice Luis Harss- fueron las bandas desperdigadas por las guerras civiles; conducidas a la postre por hombres mesiánicos como José Arcadio Buendía, quienes buscaban la utopía y  la tranquilidad que podían prodigar las economías bananeras.

El tiempo del relato, de la crónica, y de la novela de Gabriel García Márquez es largo, cíclico y repetitivo. Entre la realidad y la muerte, las distancias no parecen mediar. José Arcadio se queda allí amarrado debajo del Samán hasta después de muerto. Allí habla y dialoga en una lengua extraña para los pobladores de Macondo, desde allí habita perplejo el tiempo de sus propios sueños. Desde allí esperaba a Úrsula su sempiterna mujer, compañera de la lógica histórica que pretendió fundar. Desde los arcanos de su locura hablaba con el cura del pueblo en latín, e intemperado del tiempo inmemorial esperaba el transcurrir de la historia de los Buendía (su familia) insertos en guerras civiles, en sucesos extravagantes como sería la desaparición de Remedios la Bella en el cielo, a ella se la llevó la brisa un día cualquiera.

La frenética realidad que nos presenta García Márquez es entre otras cosas la de los sueños vencidos de los hombres de América Latina. Aureliano Buendía peleó en treinta y dos guerras civiles y las perdió todas, además engendró diecisiete hijos naturales todos asesinados, al final el propio Aureliano sucumbiría a los sueños y a la fascinación de hacer pescaditos de oro. 

EL TEMA DEL AMOR EN GARCÍA MÁRQUEZ

La realidad que se nos presenta en la novelística de García Márquez en relación a la estructuración de la familia en América Latina es la tradicional. Los hombres engendran hijos por doquier: alcohol y guerras por los caminos de la patria. Aureliano Buendía tuvo diecisiete hijos naturales los cuales fueron muertos en un batallón de fusilamiento.

Las formas de amor en hombres como Florentino en El amor en los tiempos del cólera obedecen más bien al dramatismo tradicional de las novelas del romanticismo. En el caso de Florentino estamos ante un hombre que desfleca su propia piel por Fermina Daza. El instrumento utilizado por él ante la ausencia de la novia es el telégrafo, la clave morse le permite comunicarse con ella infinidad de veces al día. Florentino tiene el psiquismo de un hijo segregado; hijo natural al fin, hijo a hurtadillas, hijo escondido hasta la demencia. Florentino abandonado y segregado crece en la adustez de sus complejos de inferioridad. Hijo no declarado de un jerarca del pueblo, de una familia pudiente, pero al final hijo desde la otra orilla, no inserto directamente en los beneficios que podía tener como hijo de un matrimonio consolidado. Florentino es una fuente amarga de carencias, quisquilloso y romántico hasta el extremo sin el referente de la figura paterna que contribuyera a conformar su personalidad, siente en carne propia la prohibición de sus amoríos con Fermina Daza, padece el ostracismo de su único y verdadero amor y la amenaza infamante que le hace el padre de Fermina para que no se acerque a su hija.

Florentino es el hijo pobre de un hombre rico que seguramente sucumbe al frenesí de una noche de boleros y cumbias. Sus parientes ricos son los dueños de la empresa naviera, desde el sigilo sus familiares lo abastecen de las prendas de vestir que sus tíos van dejando, y que su madre le reajusta. Con aire de viejo, con cuerpo desgarbado y larguilucho con ropas no acorde con su edad, siente efervecer en su corazón el amor, amor fantasmal, amor de papelitos, de miradas furtivas, en síntesis: amor platónico de verdad. El Gabo nos pinta en este personaje la historia de una impostura, en un tejido social acordemente estructurado, un hombre como florentino no perteneciente a las élites del pueblo no podía aspirar a los favores del amor de Fermina Daza. Acá es magistral el autor del Amor en los tiempos del cólera, nos describe la manera como funcionaba el psiquismo de los hombres de los años treinta, cuarenta y cincuenta, una simple maniobra, un giro familiar bastaba para defenestrar una relación, separación temporal, cambio de lugar de la novia y el tiempo se encargaría de desgarbar esa ilusión. La situación nos revela la estructuración de las familias en América Latina y el alto grado de injerencia de esta en la vida de los hijos. La familia presenta una ideología: la del orden y la continuidad de una pauta cultural.  Aún dentro de sociedades planetariamente modernas en América Latina, asistimos a la conformación de una familia más cercana a los vínculos de sangre y de destino.

EL DESTINO EN GARCÍA MÁRQUEZ

Los personajes de la novelística del Gabo parecen desembocar casi todos en la tragedia.  Estamos ante un universo cerrado y sin salidas, en América latina los nombres se confunden hasta el frenesí como sucede en Cien Años de Soledad, en Latinoamérica la fígura del general, improverbial, luctuoso y sin embargo soberbio se repite permanentemente. Los vencidos terminan refugiados en su soledad en los álmacigos de sus recuerdos.  En El otoño del patriarca los dictadores en su oquedad encuentran siempre un sitio de reposo en donde -partida tras partida de dominó- recuerdan las antiguas glosas de su vida. Tiempo detenido, la memoria se sobreimpone a la realidad, los dictadores son felices en el poder de sus recuerdos por saber que su destino, el suyo, inequívocamentees la muerte. Allí en la casa de exiliados los conserva el Patriarca precisamente para no verse refractado en ellos y recuerdan las viejas congratulaciones y las adoraciones de su séquito.

El Patriarca acude de tiempo en tiempo a atizar la memoria y los recuerdos de los dictadores, y a ejercer su poder omnimodo, cuando desde los acantilados, cuando desde los terraplenes de su casa de ensueños ven pasar las barcazas de los mares.  El Patriarca los condenó allí después de deshacerle sus fortunas en los juegos de envite.

Los dictadores de América Latina, luego del inmenso esplendor de su poder, parecen enfrentarse a designios superiores al de las fuerzas humanas. Luego de haber abusado del autoritas, de haber tergiversado la justicia y la realidad como sucedió en el caso de la novela de Miguel Ángel Asturias, Señor Presidente cuando el pelele, un mendigo de la ciudad de Guatemala asesina a un alto general del gobierno; se aprovecha la oportunidad para convertir este crimen casual y producto de otras circunstancias en un lugar propicio para la persecución y el asesinato político de hombres que nada tenían que ver con  la muerte de ese alto dignatario de la seguridad social.

El destino, el poder, el capricho, van a ser los propulsores del acorralamiento que van a sufrir hombres que ayer mismo reunieron en sus manos todo el poder y la autoridad, como es el caso del dictador en América Latina. El dictador pasional que encarna la novela de García Márquez anhela el amor de las colegialas, él ha sobrevivido a todas las generaciones, él es el amo y el dueño de los cuerpos.  Hacia este hombre existe un poder reverencial, su ojo de Cíclope sigue al ciudadano latinoamericano hasta en sus sueños. El Patriarca adolece de un amor pertinaz y que se desdibuja permanentemente, su destino no es la mujer, no es el hogar, no son las complicidades del amor continuo, su destino es el de ser un gran dispensador de amor, satisfecho en los brazos de las colegialas que pasan por la trastienda de su mansión y a las que él ve casi ciego y arteroesclerótico como podía ver Don Juan a sus presas anheladas - o satisfecho con las prostitutas que su guardia de honor vestía de doncellas para así poder domeñar su rapacidad sexual.

Este modelo de locura sexual, y de fantasías también lo va a exponer Alejo Carpentier en El reino de este mundo, cuando uno de sus personajes satisfecho de deseos, embriagado permanentemente en alcohol, fraternizado constantemente en el amor de sus negras haitianas y mulatas cubanas decide regresar a Europa.  Entonces comprende que ese no es el camino, anhela el trópico, echa de menos el ron fuerte y el olor sexualmente penetrante de sus mujeres en América, y emprende el viaje inverso, regresa en busca de su identidad, de su propio tiempo, porque América le ha diluído la propia configuración de su yo. El tema sexual aparece y reaparece constantemente en la novelista latinoamericana, indudablemente hablo de la novela del boom y de lo que ha transcurrido hasta acá.

Sin embargo, sólo para citar un ejemplo en Venezuela muy anterior al boom, en la prosa de José Rafael Pocaterra  en su libro Crónicas del Doctor Bebé o de una política feminista, podemos examinar la conformación de la estructura patriarcal, machista y autoritaria de la familia venezolana.  Allí las mujeres son vistas como objetos sexuales desechables. Traspuestas de un lugar a otro como hace Bebé cuando es gobernador en Valencia con su novia oficial, cuando ésta, encinta, es ocultada en Puerto Cabello para evitar su afrenta de hombre público, pero le ha dado continuidad a un viejo deseo arquetipal del machismo: la fecundidad. Algunos autores nos ven como una cultura falocrática, y en esto parecen coincidir el Patriarca de García Márquez, algunos de los personajes de Alejo Carpentier, la propia vida real de los dictadores latinoamericanos imbuídos casi todos del  ansia de mesianismo.

Al final el guión de la memoria de los dictadores en América Latina está presagiado por el sino de la tragedia.

El dictador latinoamericano a diferencia de otras figuras arquetipales de la vida occidental va a estar embestido de un poder infinito como el de Dios, no conoce el arrepentimiento, maneja las leyes a su arbitrio, por encima de su jerarquía nunca estará la iglesia, pues él encarna el poder de la voluntad. El Estado termina siendo él mismo, no le teme a la condena de un Dios metafísico y supervisor, no claudicará como lo hará Don Juan, en la literatura Española, en sus diferentes versiones ante las fuerzas del bien. Don Juan al final pide clemencia al cielo, se culpabiliza por haber mancillado el honor de las doncellas. En cambio para este furibundo amador de la carne, para este furibundo palaciego engominado, para este déspota de la cotidianidad es un deber dar cumplimiento a su vitalidad sexual. 

ROA BASTOS Y EL PROBLEMA DE LA DICTADURA EN AMÉRICA LATINA

En Yo El Supremo nos vamos a tropezar con un dictador y déspota culto como fue el caso de José Gaspar Francia. José Gaspar Francia encarna la civilidad, sus métodos deben conducir al Paraguay hacia la autenticación como nación. Las masas que le toca conducir a Francia son campesinos en un estado total de atraso, se trata fundamentalmente de preservar al Paraguay de las ambiciones argentinas. Francia encarna con su mesianismo al reivindicador de la unidad nacional paraguaya.

Los hombres que se le oponen como lo expresa Roa Bastos en su libro Yo El Supremo, especie de biografía intelectual del Doctor Francia, son condenados a la prisión perpetua, las rendijas de sus calabozos son tapiadas hasta que el tiempo desaparece de sus vidas. Esos hombres adormilados, olvidados, desaparecidos de sí mismos, confinados del diálogo conspiran contra la dictadura de la manera más barroca para decirlo en un término de Alejo Carpentier. Ellos adiestran a los ratones, a las ratas, a los murciélagos para que envíen señales a sus compañeros a otros calabozos.

En el Paraguay que describe Roa Bastos todos son sospechosos, cada quien parece desear la cabeza del dictador. Existen comisiones encargadas de descifrar la caligrafía de aquélla inscripción que apareció en la iglesia de  la Asunción y que pedía la cabeza del tirano.

El tirano se sabe en la inmensa soledad de su poder, en la desconfianza que este engendra, él es el dueño de la nigromancia abastecedora del poder y de las leyes, a su capricho quedan las jubilaciones, las absoluciones, el perdón.

Pero debemos saber que un rasgo común -descrito para todos estos dictadores latinoamericanos en la pluma de nuestros grandes novelistas -consiste en que la dictadura no conoce el perdón, es una figura intersticial, primitiva, sólo exige la subyugación.

En Yo El Supremo vemos claramente que la conformación del yo paraguayo de la época se subsume en el dictador; éste milenaristamente, concibe que sus gobernados no han llegado a la mayoría de edad, y los manda a prisiones recónditas de donde emergerán famélicos, viejos hasta la hilaridad, esto acaece en el tiempo histórico, preñado del tiempo inmemorial.

En Yo El Supremo el dictador dialoga consigo mismo, monologa continuamente, no cree en el ethos, el mundo es objeto permanentemente de su desconfianza. Sabe plenamente que los hombres traicionan, que las flaquezas del cuerpo pueden conducir a caminos insospechados.

La literatura latinoamericana parece emerger desde los sueños, desde las irrealidades en penumbras. Los hombres saben que tienen un destino que cumplir, como el de Juan Preciado en el libro Pedro Páramo, cuando su madre le encomienda en la ansiedad de la muerte regresar a Cómala en la búsqueda de su padre. Cómala al igual que Macondo es un pueblo en extinción por las guerras, por los duelos y por el hambre, pero allí en esas realidades interticilales, sonambulesco, se conserva el poder. Poder sostenido en los sueños, en los suspiros de alegría que siente Eduviges cuando su hijo llega al pórtico de los muertos.  Poder que siente Víctor Hugo en El siglo de las luces cuando se sabe contenedor de todos los sueños.

Un rasgo constante en la literatura latinoamericana son las grandes utopías, los anhelos de paraísos artificiales desembocan en la traición de los ideales libertarios de juventud que tuvieron hombres como el Víctor Hugo de El siglo de las luces; quien de hombre probo desemboca en un entusiasta defensor de la tiranía.

OTROS INTENTOS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA

Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato representan otro estilo de apropiación de la realidad, Borges sucumbe permanentemente en el anhelo de su añorado Buenos Aires desvencijado por el tiempo. Borges constantemente vivió preguntándose por sí, y su pregunta crucial fue: quien soy.

Sábato vivé inmerso en los grandes sueños de los parques bonairenses.  Las figuras centrales de su novela son hombres atormentados como es el caso de Juan Pablo Castel, o mujeres con una gran magia y frenesí como su Alejandra de Sobre héroes y tumbas.

Siempre aparecerá un punto neurálgico en la temática existencial en los personajes de Sábato: su soledad. El ciego, esposo de Alejandra subsume aciago en su profunda -inmensa y brutal soledad.  Los ciegos para Sábato son un tema recurrente en sus novelas. Sábato confluye en diferentes caminos con García Márquez, con Jorge Luis Borges, con Roa Bastos, con Miguel Ángel Asturias, con el mismo Rómulo Gallegos tan despreciado actualmente- en un punto común: la violencia y la soledad que emerge del alma y de la vida de los hombres de América Latina.

Un rasgo común entre el ideario novelesco de Sábato y de García Márquez se refleja a propósito de la ceguera. El Patriarca de García Márquez, producto de la brutalidad del tiempo ve amainar sus facultades, la vista le falla, los pies le pesan una inmensidad, permanentemente se entrecruzan en su memoria recuerdos. La ceguera desapropia al dictador de la realidad más inmediata del mundo de lo empírico, lo hace vivir en los sueños, dialoga con personajes extintos, ríe de sus picardías y tropelías. Así, Patricio Aragonés, el doble del Patriarca aparece ante sí como una necesidad.  Durante tiempo se dedicó a fornicar por las galerías del palacio presidencial con las concubinas del amo del poder.  En una suerte de extrapolación psicoanalítica Aragonés en su hora final, a un balbuceo de la muerte, pues estaba envenenado por una flecha mortal, se aferra al Patriarca como el único pilar que puede atarlo a la vida.

El Patriarca es el amo del tiempo, ferozmente éste se ha ido olvidando de él, lo ha ido dejando amodorrado ensoñando el amor inveterado con sus concubinas, o la ansiedad que le produce hacer el amor con mujeres en el sigilo de cualquier día de pasillo, en la casa presidencial, sin importarle que sus eternos modelos femeninos estén imprecado de manantiales de sangres menstruales que inhabilitan para el amor placeroso. El Patriarca duerme su soledad con holgura, ha aprendido a leer los lebrillos de las pitonisas, sabe de su suerte, se aferra a la vida pues su único amor verdadero es el poder. Para mantener el poder y su condición despótica se necesitan de personajes como Patricio Aragonés; quien funge como doble del Patriarca; quien lo representa en las reuniones magisteriales.

Tanto en El otoño del Patriarca como en Yo el supremo, los dictadores van a ser propietarios de una conciencia que conoce de las fidelidades de sus súbditos. La mayoría de los hombres que están encerrados en las catacumbas o en  las prisiones oscuras que describe Roa Bastos en Yo el supremo, en algún momento fueron lisonjeros del régimen. El Supremo conoce de sus pensamientos, de sus prosas y de sus intenciones, el Patriarca por su parte también es despiadado con la traición y con la conjura.

Ernesto Sábato por su parte se preocupa en su novelística por los ciegos y el poder que generan.  Alejandra personaje central de Sobre héroes y tumbas es un ser fantasmal, atormentado, que traiciona a su esposo ciego en su propia casa, y que no logra zafarse del influjo que este grupo ejerce sobre ella.  El poder de los ciegos, sus conjuras, emergen por todos los vericuetos de la vida de los hombres, los estigmatizan, lo persiguen hasta el final, hasta convertir la vida de los personajes de las novelas de Sábato en un callejón sin salida, la violencia es ética existencial.  Alejandra habita en un caserón olvidado en las afueras de Buenos Aires, está atada a su matrimonio porque se siente persuadida de que no hay salida, la huida no es posible, el poder y la violencia de los ciegos la perseguirán donde esté.

BIBLIOGRAFÍA

 

CARPENTIER, Alejo: El siglo de las luces. Edit. Oveja Negra, 1984.   pp. 320

 

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______________________: El amor en los tiempos del cólera. Editorial Oveja Negra, Bogotá-Colombia.

______________________: El coronel no tiene quien le escriba. 7ma. edición, Editorial Oveja Negra.

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______________________: El relato de un naufrago. 4ta. edición, Oveja Negra, Colombia. 1981.

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POCATERRA, José R.: Política feminista: O el Doctor Bebe. Editorial Bolívar, Caracas, 1937.

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ROA  BASTOS: Yo el supremo. 3era. edición, Editorial El lector, Asunción-Paraguay, 1980.

RULFO, Juan: Pedro Páramo. Editorial Oveja Negra, 7ma. edición, Bogotá-Colombia, 1980.

SÁBATO, Ernesto: El túnel. Editorial Suramericana. 12da. edición, Buenos Aires, 1974.

 

______________: Sobre héroes y tumbas. Editorial Suramericana, 16ta. edición, Buenos Aires. 1974.

______________: Tango discusión y clave. Editorial Lozada, 2da. edición, 1965.

______________: Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1968.