Nelson Guzmán

Doctor en Filosofía, profesor de la UCV

guznelson@yahoo.es

La historia como dignidad

noviembre de 2004

LOS HÉROES Y SU CULTO

Resulta en extremo complejo en la formación de la estructura imaginaria de un pueblo, de una nación, desvencijar las fuentes primigenias sobre la cual se ha estatuido el alma de una sociedad. Me refiero a la figura del culto. En este caso la égloga a los héroes. En Venezuela la matriz intersticial ha sido Bolívar y los prohombres de la independencia. Aunque bien es cierto que más allá en los zócalos de nuestros psiquismos está el pasado indígena y africano, de allí no podía partir la confección de un Olimpo, esos héroes deberían esperar otros estrados y situaciones que reivindicaran sus acciones, que cantaran sus gestas. Sin embargo permanecieron truncados en el tiempo, aplastados por una historia que no debió ser. Los héroes toman venganza, resarcen sus heridas con el agua florida de la naturaleza y siempre tienen herederos que los aguardan. Los héroes no mueren y las sociedades no funcionan sin sus miasmas, sin sus fuerzas vitales.

El destino del héroe es reaparecer, resurgir de las cenizas de la muerte para clarificar caminos, para desenredar ciertos entuertos. El héroe es burlado por la fatalidad, pero entre ésta y él hay una dialéctica que requiere del martirologio para que luego se presente la justicia reivindicada por su mano. Causa asombro que en las imputaciones del culto a Bolívar se otorgue tanta importancia al hecho de que éste asome con la fuerza que puede sólo poseer un Dios. Los Dioses tendríamos que decirlo, no han terminado de morir porque el hombre tiene la razón para reclamar la puesta en marcha de un mundo ecuménico donde la justicia y la equidad nos permitan vivir dentro de un ethos de la convivencia. El Bolívar de la historiografía romántica tradicional venezolana, el de Juan Vicente González y Felipe Larrazábal fue un ser invencible, un dechado de virtudes morales, y un soldado de arrojo parecido a los personajes de la Ilíada.

BOLÍVAR

Nos causa una profunda extrañeza la idea de alarma que el sector intelectual padece cuando escucha hablar del pensamiento del Libertador. Este proceso social de cambio no ha pretendido inscribir por ninguna parte en la memoria del pueblo un fanatismo. El problema es que Bolívar es impostergable en el alma típica del pueblo venezolano.

Bolívar es la fundación de la nacionalidad. Además es la ruptura con las cadenas que se ciñeron sobre América del Sur. Bolívar es el pueblo, Bolívar es el ejército. Es increíble como se compara con laxitud la figura del Bolívar de la Quinta República con los fines que persiguió Juan Vicente Gómez con su Bolívar. Lo que no se dice es que los venezolanos en el gomecismo no eran sino simples espectros, hombres que no habían recuperado para sí la idea de ciudadanía.

Los medios siguen manipulando y dilapidando la buena fe de los ciudadanos, se ha satanizado un proceso político que debe conducir al país a las luces. El Bolívar de hoy, al igual que Zamora y Simón Rodríguez no constituye otra cosa que el esfuerzo de las naciones por no perecer en el lodo. Los héroes son el artificio real para darle solidez y grandeza al proyecto de la confección de una gran patria. El sentido de este país se realiza con Guaicaipuro, con Tamanaco, con el Negro Miguel, así mismo con  Bolívar, con  Ezequiel Zamora, con Simón Rodríguez. La diferencia con la década de los sesenta es que los héroes de la patria están aquí, no hemos tenido necesidad como país de desprendernos de nosotros mismos, de importar modelos ajenos. La revolución no es la renuncia a la idea de universalidad sino la profundización de lo particular y lo universal.

El sustento ideológico que se ha impuesto la construcción de este proceso es la buena ponderación que debe tener en la memoria colectiva de nuestro pueblo la epopeya, gesta o como quiera llamársele de la emancipación nacional del imperio español. Los pueblos no pueden renunciar a su pasado, es un hecho cumplido que la unidad entre el ejército y el pueblo soberano moldeó en nosotros una voluntad de emancipación. Para desgracia de los detractores de este proceso la participación del ejército venezolano en la liberación de Colombia, Ecuador, Perú, y la creación de Bolivia es un hecho. Las armas de Boyacá, de Carabobo, de Pichincha, de Ayacucho existieron, no son un simple sueño de un dictador, vocablo con el cual la oposición trata de descalificar la gestión del Presidente Chávez. Con fortuna el ejército venezolano ha retomado su rol social, este no es el ejército que el veintisiete y veintiocho de febrero salió a ejecutar al pueblo venezolano, hay sin duda un profundo cambio. Todos los  que no tenían casas desaparecieron entre las tinieblas de la alta noche. Nadie los reclamó, nacieron para morir, o simplemente como dijo el Ministro de la Defensa de esa época “era necesario recobrar el orden”.

De una u otra manera todos los venezolanos fuimos cayendo durante los cuarenta años de la democracia representativa. El viernes negro, la quiebra de la banca, la fuga de nuestros capitales, el asesinato por sicariato, son costras que están tatuadas en el psiquismo de una población que busca una salida histórica que le garantice la plena distribución de la riqueza y la garantía de que el futuro existe. La oligarquía criolla y sus lacayos se han negado a comprender las aristas del mal que engendra un modelo económico que no toma en cuenta la condición humana.