Modesto Emilio Guerrero

Buenos Aires

modestoguerrero@gmail.com

Gilberto Santacruz o la poesía paraguaya del exilio

22 de noviembre de 2006

Como señala Martín Odoriz, en una perspectiva correcta, sobre la poesía paraguaya de Gilberto Ramírez Santacruz, "… la titánica prosa de Roa Bastos opacó la posibilidad de difusión de otras de sus plumas".

 

Eso es cierto, y es, justamente, una buena razón para dar conocer al lector venezolano y latinoamericano (y por el medio usado, también al lector de cualquier parte del globo) la poética de Gilberto Santacruz, un poeta paraguayo de nuestros días.

El pasado 20 de noviembre, en el salón de actos de la Casa del Chaco, en Buenos Aires, (provincia del noroeste de Argentina) fue bautizado el libro "Obra Poética", de Gilberto Ramírez Santacruz.

Santacruz es parte de lo que pudiéramos definir la cultura paraguaya del exilio, aunque él mismo, strictu sensu, no sea hoy un exiliado. Pero lo es en un sentido histórico, vale decir, porque Santacruz crea su poesía en una ciudad –Buenos Aires– que fue refugio de lo mejor del espíritu de creación del gran pueblo guaraní arraigado en el Río de la Plata. Entre Buenos Aires y Montevideo fue creada buena parte de lo mejor de la cultura y el arte paraguayos. Roa Bastos, harto conocido, es apenas la muestra más universal, pero aquí crearon José Asunción Flores, Pérez Cardoso y Agustín Pío Barrios, músicos de reconocimiento mundial, el poeta Elvio Romero, considerado uno de los grandes de la lengua castellana de la postguerra, entre una veintena de creadores en las letras, la música, el periodismo y el ensayo.

La hermosura de la creación paraguaya del exilio se asienta en la tragedia humana que lo impuso: el forzado exilio político y de sobrevivencia de tres generaciones que tuvieron que mudarse a las provincias fronterizas de Argentina, Uruguay, Brasil, y cuando podían al Caribe y Europa. En todo caso, forzados por dictaduras y la intolerancia del autoritarismo militar y civil, cuya historia en ese país se remonta a casi un siglo.

El imperialismo siglo XX nunca le perdonó al pujante pueblo paraguayo haber construido una nación, una cultura y unos regímenes independientes, con suficiente autonomía de los imperios dominantes, como para ser condenaros por éste. Antes y después de la Primera Guerra Mundial, fue planificada la destrucción del Paraguay, así como fue planificado el arrasamiento de la grandiosa Haití, o el atropello continuo sobre las orgullosas México y Argentina. Por nombrar algunos casos muy conocidos.

Esa capacidad de la burguesía y la clase media paraguaya para crear independencia y autonomía económica, a pesar de perversiones políticas internas, se la hicieron pagar caro al pueblo guaraní. Dos guerras devastadoras en menos de 40 años, destruyeron lo más progresista de la nacionalidad paraguaya.

Los mejores hombres y mujeres de tres generaciones de creadores fueron echados del país, o simplemente asesinados entre las guerras, la represión dictatorial y la persecución. Docenas de ellos, sufriendo las privaciones del casi millón de emigrados paraguayos en las ciudades fronterizas y capitales del Río de la Plata, crearon un arte paraguayo del exilio. Gilberto Ramírez Santacruz refleja en su vida –su memoria– y en su poesía esa historia poco difundida.
El escrito que reproducimos a continuación da cuenta de ello. Fueron expuestos en el acto de presentación del último libro del poeta, "Obra Poética". El escrito es del conocido periodista y poeta argentino Ricardo Sarmiento, director de la Agencia SRS.

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Buenas noches a todos. Gracias a todos por su presencia  esta noche en que vamos a asistir a algo más que a la presentación de un libro de poesía. Estamos, en realidad, formando parte de un acto de integración cultural y social entre los pueblos de Paraguay Argentina.

Sé, por todas las experiencias vividas como profesional en los procesos de integración, que ésta solo se logra cuando se abrazan sus culturas.

Aquí, gracias a la incontenible voluntad democrática de nuestros pueblos, tenemos el privilegio de asistir a un reflejo  del amor a la libertad  y a la creación literaria, un escenario que une al Paraguay y a la Argentina, a través de la "obra poética" de Gilberto Ramírez Santacruz.

Agradezco también a la editorial Arandurã, que publica esta obra poética haciendo honor al significado de su nombre  guaraní. Arandurã puede traducirse como "algo para la sabiduría". Y es sabio enaltecer a la sociedad con el espíritu elevado de la poesía.

Con Gilberto nos encontramos en plena dictadura, en el año 1978, aquí en Buenos Aires, cuando decidimos estudiar periodismo.

Yo venía de Mendoza, donde la dictadura había cerrado la escuela de Periodismo. Gilberto había llegado apenas tres años antes con sus padres. Su familia debió exiliarse en Argentina por la falta de libertades y derechos en el Paraguay dominado por otra de las dictaduras latinoamericanas que en aquel momento resultaban tan presentes en nuestras vidas.

Recuerdo que Gilberto era el más joven de nuestro grupo cuando empezamos el primer año de periodismo. Y por alguna razón, nos hicimos amigos con la naturalidad con que se acercan los excluidos de un sistema.  

Luego, con el tiempo, nos dimos cuenta de que ambos veníamos de escenarios hermanados por las carencias.

Yo era un campesino criado donde terminaban los viñedos y empezaba la cordillera.

Gilberto viene también de una región "chokokué", una región campesina del Paraguay, en Caazapá.

Ambos crecimos sin energía eléctrica en nuestra infancia. Gilberto me decía, "aún en las noches sin luna, sabíamos quién pasaba por el camino. Conocíamos a la gente por su forma de caminar, por sus movimientos…"

Y es precisamente esa intimidad con la vida la que provoca la búsqueda del conocimiento, intentando encontrar el porqué de la pobreza, la marginalidad que sufren aún hoy muchos de nuestros jóvenes en toda Latinoamérica.

Esa fue la búsqueda que nos acercó al ejercicio del periodismo. Pero al aprender a expresarnos de una forma socialmente diferente a través de nuestra profesión buscábamos una forma especial para transmitir o re transmitir nuestra experiencia de estudiantes humildes, enfrentados a las limitaciones económicas. En algunos casos a riesgo de, por periodistas o solamente estudiantes o simplemente jóvenes, perder nuestra libertad en cualquier momento.

Así, en este clima es que aparece la poesía de un modo abierto en nuestras vidas.

En aquel momento, nos unió la poesía en un proyecto literario que se reflejó finalmente en una revista que llamamos Nova Arte. Por allí, entremezclados estudiantes, docentes tan jóvenes como nosotros, como Enrique Záttara, estudiantes como Laura Klein, a quien pueden ver hoy a través de sus ediciones en las librerías del país, periodistas que combinaban poesía con el canto y la música clásica como Julio Sevares, un joven sensible como Néstor Restrivo que hoy es periodista y analista de procesos socioeconómicos en uno de los principales diarios del país.

Con Gilberto compartí también la redacción de Ámbito Financiero. Julio Ramos, su director, un día lo llamó para felicitarlo por una cobertura. Para él nuestro reconocimiento como maestro de periodistas: nuestro maestro.  

A Gilberto y a mí, y a otros tantos jóvenes de hace casi 30 años, nos había precedido en esta inquietud por acercarnos a la literatura, a través de la poesía, el Grupo El Ladrillo que integraron María del Carmen Colombo y Vicente Muleiro. Nos antecedía una revista literaria prestigiosa como El Escarabajo de Oro, que dirigían Abelardo Castillo y Liliana Hecker.

Pero nos limitaba la opresión dictatorial. La falta de libertad. Ya en aquel entonces había desaparecido un periodista y poeta, Roberto Santoro, miembro del grupo literario que editaba la revista "El Barrilete", desde los años 60. El Barrilete era un grupo donde había periodistas como Rubén Cáccamo, y otros nombres como Alberto Costa o Carlos Patiño.

Y así nació la poesía de un Gilberto, retraído, tímido, que apareció de pronto con un cuaderno de poemas, a veces una guitarra, y que despertaba la ternura de nuestras compañeras por eso de los tantos misterios femeninos que los hombres nunca llegaremos a descifrar.

Y esto nos divertía, claro.

Pero en esa sensibilidad irán confluyendo la rebelión libertaria del joven paraguayo exiliado; la sensualidad o erotismo del poema provocado por el deseo, aún casi adolescente, de encontrar la sonrisa de una compañera de vida…Pero también estaba allí presente la  natural calidad humana de un joven capaz de sentir con igual intensidad alegría o dolor, sentimientos que jugaban en torbellinos sin fin alrededor nuestro, un joven capaz de convertirse en portavoz de los sentires de su propio pueblo: aquel Paraguay que sufre aún dolores centenarios de postergación, de sangre y lágrimas derramadas por la insensatez de las armas.

Gilberto Ramírez Santa Cruz, amigos, es un poeta. Pero es más que eso. Es un poeta de su pueblo. Y más aún, es un poeta de dos pueblos, porque nunca olvidó su origen "chokokué" (campesino) del Paraguay, y porque vivió y enfrentó las mismas vivencias que los argentinos vivimos a causa de las dictaduras.  
 
 
Yo he conocido a un ser muy especial, que hoy también alimenta desde su poesía y su periodismo, a la hermandad cultural entre Argentina y Paraguay. Patricia Da Luz, desde el desenfado de quien vive desafiando a la vida, me enseñó que "la poesía es la forma más hermosa de dejar en libertad a las palabras".

Y Gilberto ejerce, en "Golpe de Poesía", esa libertad de la palabra que libera del temor cuando dice -en tono familiar y a través de las expresiones de Bertold Brech- en un poema en el que homenajea al periodista paraguayo, Alcibíades González del Valle: "quisieron amedrentarte, pero para vos la cárcel nunca fue un castigo…quisieron atemorizarte, pero para vos la muerte o la tortura nunca fueron un peligro…quisieron acallarte, pero para vos la crucifixión de tus manos nunca fue una atadura…quisieron doblegarte, pero vos seguías escribiendo el epílogo del dolor paraguayo de Barret y recorrías a pie, todo el Paraguay por tu oficio de reportero veraz…"

El dramatismo de la poesía profunda lo llevó a expresar en sus "Primeras Letras", con toda la crudeza : "el hombre se devora a sí mismo/ el tuétano tiene hambre de hueso/ el hueso tiene hambre de carne/ la carne tiene hambre de venas…" Y en este juego dramático, quizá con el candor de un joven del año 1980, conjugó en su  poesía lo que el catedrático español, de la Universidad de Valencia, José Vicente Peiró Barco llamó "anadiplosis" que es algo así como versos encadenados por la repetición de una palabra al final o al principio de un verso…

Pero yo, sin ser catedrático sino un simple periodista, reconozco a través de su poesía, a este Gilberto Ramírez Santa Cruz con quien, alguna vez, nos declaramos hermanos de la vida.

"Yo tengo hambre de poesía/ yo me alimento de poesía/pero acepto que ella me succione/ y no la vida, como a muchos indiferentes…", dice mostrando su compromiso con el oficio de escribir palabras para que permanezcan libres.   

Pero sin desatender la reflexión metafísica bajo la impronta del saber popular, como cuando expresa "el hombre tiene hambre de tiempo/el hombre se alimenta de tiempo/sin saber que se devora a sí mismo…"

Y muta en juglar candoroso cuando revela que "enamorarse/ significa estar dispuesto a cantar/ como los pájaros/ en todas las primaveras…"

Y así es Gilberto, mi amigo, mi hermano, nuestro amigo argentino y paraguayo a la vez, capaz de reflejar las dos culturas en un solo poema, en castellano, en guaraní o en yopará, que es la síntesis cotidiana de las dos lenguas en territorio paraguayo.  

Por esto, quizá, es que se transformó en heredero de Elvio Romero quien alguna vez le dijo: "Caro poeta: he leído con fruición tu nuevo libro de poemas (Descalzo sobre el asfalto), y siento que se instaló con fuerza la poesía en tu nueva escritura. Han cobrado densidad los versos, novedosos en nuestro Parnaso paraguayo, que tan necesitado anda de voces que le den nueva resonancia. Los largos años de la opresión, con su secuela de inhibiciones y autocensura, le han cortado las alas a nuestra poesía, pero ya están levantando vuelo nuevamente, como lo demuestra tu poemario, lleno de novedosos fulgores. ¡Enhorabuena!. El camino está abierto y espera tus realizaciones. Un abrazo de tu compañero. Elvio Romero".

Pero en este camino no sólo recibió los apasionados abrazos de sus amigos y compañeros. También encontró un reconocimiento claro en las palabras de un miembro de la Academia Argentina de Letras, el poeta y periodista Antonio Requeni: "Gilberto Ramírez Santa Cruz escribe, no con tinta, sino con sangre sus versos -armoniosos o exasperados-, como si quisiera crear un espacio de salvación. Gilberto Ramírez Santacruz, es un poeta"…

Y todos sabemos que esas tres palabras simples ("es un poeta") encierra el reconocimiento más caro para todos los que creemos en la palabra como una herramienta para crear y recrear la vida en la síntesis de un verso.   

Gilberto tiene también la lucidez de expresar el sino dramático con que siempre se vive la poesía: "el poeta no canta ni llora solo/ no vuela ni escribe solo/pero vive ignorado y muere solo".

Es así como recibí un día el privilegio de sentirme reflejado en una página de "Golpe de poesía" (en el poema "nuestros pasos"). Allí Gilberto hace una breve crónica de nuestra esencia común, transmitiendo un mensaje de hermandad espiritual, profundamente humana, que compartimos con Gilberto desde hace tantos años: "nuestras muertes sonríen/en nuestros poemas diarios/de nuestras vidas tristes".

Por esto es que cuando la vida nos reencuentra, siempre lo ha hecho a través de la palabra convertida en periodismo o en poesía.

Y fue, en uno de esos tantos días, que Gilberto me sorprendió desde las páginas de la revista dominical del diario Clarín, diciéndome, y diciéndonos a todos, que la poesía está viva y vivirá siempre que haya una inteligencia elevada y una sensibilidad de pueblo en los zapatos.

Por eso agradezco estar aquí, compartiendo este momento tan grato y que deseo compartir, especialmente con mi hija, Lucía, que está aquí presente, como prueba de que el amor a la libertad, los sentimientos, la amistad, el afecto, la hermandad tan simple y sincera que nace del corazón, es lo más trascendente en la vida de un hombre.

Y por ese privilegio que me ofreció Gilberto al invitarme a presentar, nada más ni nada menos, que la obra completa de toda su vida, es que me permití, un día, retribuir su gesto con un pequeño regalo, que, como no podía ser de otra manera, y como aprendí de Hamlet Lima Quintana, solamente está construido por palabras.   
 
 
Este regalo es: 

Un poema en el zapato 

Para mi amigo Gilberto, paraguayo y poeta 

Hoy desperté con un poema en el zapato

Y así fue. Algo tan simple…

Solamente abrí los ojos asombrados del tiempo

y encontré una sonrisa

dibujada con palabras silvestres,

con retazos de vientos

veteranos de selvas y desiertos… 

Hoy desperté con un poema en el zapato

y créanme lo que digo, es verdad…

si hasta la tinta de un diario del domingo

me confirmó el hallazgo

desafiando a la razón más fría

que mi corazón ha sufrido

en su esencia de pájaro… 

Hoy desperté con un poema en el zapato

y entendí la locura del Hamlet que vivió

entre Lima y Quintana

o aquel Armando Tejada que siendo apenas Gómez

desafiaban al mundo con palabras

de niños doloridos

que sangran desde el alma

en la eternidad de un verso

enarbolado en las calles… 

Hoy entendí a aquellos Pablos

que encendían poemas clandestinos

o incendiaban ideas al óleo o al grafito

para mostrar al mundo la iniquidad humana, 
 

Hoy entendí a don José Pedroni

y su cajita de música,

a ese Héctor Negro sereno,

o aquel José cubano,

o a Don Elvio Romero,

al Federico que aún hierve

en pasión republicana como un volcán eterno,

o a ese Víctor hidalgo

que venció a sus verdugos

cantando dignidades del hombre con acentos chilenos

rodeado de almas libertarias,

hermanos de esa Violeta heroica

envuelta en su tristeza de hembra enamorada… 

Hoy desperté, por un poema,

que estaba en un zapato… 

Ya no sé qué decía,

pero escribí estas palabras para darte un abrazo… 

 

Ricardo Sarmiento

Buenos Aires, 04 de noviembre de 2006