Mayra Espina Prieto

Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS)

cips@ceniai.inf.cu

La comprensión sociológica del cambio. De la perspectiva simple a la compleja

2005 

Intentar un recorrido totalizador y exhaustivo por la comprensión sociológica del cambio social es una tarea casi irrealizable por su monumentalidad, pues desde el inicio mismo de la configuración de este campo del conocimiento como disciplina científica autónoma, proceso que podemos situar en la segunda mitad del siglo XIX (Wallesrtein 1995), se evidencia su clara vocación por la explicación del cambio, vocación  que se conserva hasta hoy.

Esa larga tradición sociológica de análisis de los procesos de cambio, en sus diferentes dimensiones-temporales (la historia, el presente, el futuro predecible, determinado o construible), espaciales (lo global, regional, nacional, local) y de escala de generalidad (la totalidad, las partes del sistema social, grupos, instituciones)-ha  producido una copiosa literatura, a lo que se agrega el hecho de que, siendo la sociología una disciplina pluriparadigmática, encontramos en ella una multiplicidad de enfoques teóricos y posicionamientos epistemológicos frente a la cuestión del cambio que hace aún más complicada cualquier aspiración sistematizadora y de síntesis.

Pero es que el propio surgimiento de la sociología, su razón esencial para convertirse en un campo de conocimiento autónomamente delimitado, se vincula raigalmente a un cambio de época, surge ella misma como instrumento de la comprensión y legitimación del tránsito de Europa hacia la modernidad.

El sociólogo español Lamo de Espinosa (2001) sintetiza esta idea explicando que “la sociología describió el triunfo de la modernidad frente a la tradición y, por ello, toda la sociología clásica está pensada a partir de una cesura que contrapone las sociedades tradicionales a las modernas y trata de pensar ese tránsito. Es, pues, en definitiva, una teoría de la modernización. (...) la perplejidad ante la emergencia de una nueva sociedad europea a partir del siglo XVIII fue la experiencia fenomenológica constitutiva de la indagación social, y así toda la sociología ha sido desde entonces una teoría de la modernización”.

Desde este punto de vista, y sin negar las profundas diferencias paradigmáticas al interior de esta ciencia social entre sus diferentes escuelas o corrientes, la sociología toda, en su conjunto, surge como una teoría del cambio, es una teoría o un conjunto de teorías de interpretación del cambio social. 

En este contexto, la indisolubilidad (complementaria o conflictiva, según sea el caso) de la díada orden-cambio, como centro constitutivo de la existencia y reproducción espacio-temporal de lo social, se configuró como una de las principales, sino en la principal, fuente de integración teórica de la sociología desde sus inicios hasta hoy.

Me parece muy interesante la manera en que el joven sociólogo cubano Alain Basail (2002) enuncia esta cuestión. Para  él “la labor teórica e historiográfica de los clásicos de la sociología partió de las preguntas sobre las causas y resultados de las múltiples expresiones de los procesos sociohistóricos de cambio que continúan siendo el centro de los programas contemporáneos, a saber: ¿cómo las fases o momentos específicos de la dinámica del proceso histórico expresan una secuencia acumulativa y se insertan en series de transformación “ regulares, normales y direccionales”?, ¿cómo influye la agencia humana no solo en el funcionamiento presente de una sociedad sino también en sus transformaciones a largo plazo?” . A ello yo añadiría el cuestionamiento sobre la relación entre el conocimiento social, la investigación de lo social, y el cambio.

En este contexto, la indisolubilidad (complementaria o conflictiva, según sea el caso) de la díada orden-cambio, como centro constitutivo de la existencia y reproducción espacio-temporal de lo social, se configuró como una de las principales, sino en la principal, fuente de integración teórica de la sociología desde sus inicios hasta hoy.

Este texto, por fuerza modesto en sus propósitos, solo pretende esbozar algunas ideas que marquen la ruta, o mejor, las rutas, simultáneas, paralelas y contradictorias, del recorrido que la sociología ha descrito en su interpretación (interpretaciones) del cambio social. El esbozo pecará de general y, para construir el recorrido, se apoyará en aquellos pensadores y propuestas que han tenido una influencia decisiva en el desarrollo de las ideas referidas al cambio en diferentes momentos de la historia del conocimiento social, sin tratarlos en detalle, tomando aquellas conceptualizaciones que nos muestran la fuerte presencia, persistencia y la multiplicidad teórica de las nociones de cambio en la sociología.

La idea central que organiza la reflexión que este texto propone es que la comprensión del cambio desde la sociología ha constituido parte consustancial de esta disciplina desde su fundación y ha seguido una lógica que va desde una visión simple, o precompleja, hacia una visión más cercana a la complejidad, todavía en condición de emergencia, pero que se va abriendo paso  desde el terreno de lo propiamente epistemológico hacia el metodológico.

Intentaremos identificar modelos teóricos y esquemas analíticos que la sociología ha construido  en diferentes momentos de su historia para la aprehensión del cambio. Entenderemos aquí por modelo una construcción teórica cualitativa que establece una generalización de cualidades y tipos de nexos causa-efecto de un fenómeno o proceso social dado, con la finalidad de ser utilizado como referente para la interpretación de sucesos análogos y como instrumento de pronosticación o explicación retrospectiva. La noción de esquema se toma como una síntesis de los elementos que deben ser abordados para el estudio de la estructura y la dinámica de un sistema o proceso social y que resulta de una operación lógico empírica de definición de indicadores que describen el sistema o proceso (la operacionalización de los conceptos sociológicos).

Comencemos el examen apoyándonos en algunas pautas de periodización. Wallesrtein (1995) distingue dos grandes etapas en el proceso de formación de las disciplinas sociales (incluida la sociología): la primera abarca el período entre la primera mitad del siglo XIX y 1945, que es la etapa de formación, y la segunda, de expansión y consolidación, se extiende desde la segunda posguerra a la actualidad.

Aunque coincido con esta delimitación de etapas, la segunda me parece excesivamente larga, con la consecuencia de incluir en un mismo corte histórico tendencias en el desarrollo de la sociología muy diferentes y que se asocian a condiciones económicas, políticas y sociales también distintas. Por ello propongo dividir en cuatro nuevos segmentos la segunda etapa: entre 1945 y 1960: expansión; entre 1960 y 1970: precrisis, entre 1970 y 1990: crisis; entre 1990 y la actualidad: reconstrucción epistemológica.

Una cronología curiosa de la historia de la sociología, y que también nos auxiliará en nuestros propósitos, es la que se establece a partir de un criterio generacional. Lamo de Espinosa (2001) identifica cinco “generaciones de pensadores”.

1.      Los pioneros (o “inventores de la sociología”): incluye pensadores como los nominalistas escoceses del siglo XVIII y Montesquieu.

2.      Los fundadores: abarca a los pensadores europeos del XIX que asumían el análisis de procesos “reales” o “positivos”, en oposición a lo especulativo (entre ellos Saint Simon, Comte, Tocquevitle, Marx, Spencer).

3.       Los institucionalizadores: introducen la sociología como saber académico, en las universidades. Durkheim, Mosca, Pareto, Weber, Simmel, Mead, Toennies, los vinculados a la Escuela de Chicago (Small, Thomas, Park y Burgess).

4.      Los compiladores (generación central del siglo XX): los que hacia la década del 40 tienen ya una producción madura y consolidada, como Lukács, Manhein, Parsons, Wright Mills, Norbert Elias , Merton, Adorno, Horkheimer, Fromm y Marcuse.

5.      Los constructivitas: protagonistas del tránsito hacia el énfasis en lo subjetivo, Bourdieu, Bell, Habermas, Coleman y Giddens. 

No se trata de que nuestro análisis vaya a ajustarse estrictamente y a completar estos esquemas de etapas, solo los colocamos aquí a manera de contexto que nos ayude a comprender rasgos de la producción sociológica en diferentes momentos y a ubicar en el tiempo las variaciones en los modelos de interpretación del cambio social.

Tomando algunos ejemplos de la primera etapa y de la segunda y tercera generaciones, que se distinguen por la formación de la sociología como ciencia (de su objeto, de sus posicionamientos epistemológicos, sus conceptos), es interesante observar que lo que algunos autores llaman visión sociológica del mundo o estilo sociológico del pensar, surgido a mediados del XIX, presupone, entre otros elementos, concebir la sociedad como un todo con carácter de sistema, cuyo funcionamiento y desarrollo se atiene a regularidades y leyes propias que pueden ser observadas por el hombre (Kon, 1979), en oposición a una visión de lo social como relacionamiento arbitrario de elementos aislados, donde aparecen mutaciones azarosas, sin una causalidad discernible. De igual manera, la causalidad del cambio aparece, como regla, en las definiciones de objeto y en la caracterización de las preocupaciones centrales de la nueva ciencia.

Augusto Comte, reconocido como padre fundador de la sociología, o cuando menos como el que le puso el nombre, incluyó en el objeto de su criatura dos partes fundamentales: el estudio del orden social o de la “estática” y el estudio del progreso social o de la “dinámica”. Considera que la tarea de esta nueva ciencia consiste en “percibir nítidamente el sistema general de las operaciones sucesivas, filosóficas y políticas, que deben liberar a la sociedad de su fatal tendencia a la disolución inminente y conducirla directamente hacia una nueva organización, más progresiva y más sólida que la que repasaba en la filosofía teológica” (Comte 1869).

Véase como desde el objeto y los fines, Comte supone en la sociología capacidad para identificar direcciones del progreso social, del cambio progresivo, y, aún más, para distinguir “las operaciones sucesivas” que compulsan este tipo de cambio e intervenir en ellas.

Por su parte Spencer, centrado en una visión evolucionista, concibe la sociología como una ciencia descriptiva dirigida a la determinación de las leyes de la evolución superorgánica, de aquellas que regulan el progreso del organismo social. La sociología es el estudio del orden progresivo de la sociedad como un todo. (Spencer 1876).

Wilfredo Pareto, en su Tratado de Sociología General (1916), argumenta que la finalidad de esta ciencia es la de formular leyes necesarias que subrayan en su conjunto el equilibrio social, mientras Marx Weber (1971) define la sociología como “una ciencia que pretende entender, interpretándola, la acción social para de esa manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos”.

Aunque Marx no solía denominar su producción como sociología, es obvio que su reflexión crítica sobre el capitalismo se corresponde con lo que aquí estamos entendiendo por modo de pensar sociológico y que una parte significativa de la propuesta marxiana está centrada en la explicación de la historia, de las leyes que rigen el tránsito de un modo de producción a otro y en la argumentación de la lucha de clases como fuerza motriz del cambio histórico.

La comprensión del cambio está vinculada a la del orden y el equilibrio: estos como conservadores de estados y cualidades, el cambio como su alteración, y ambos como componentes opuestos, pero que se presuponen (lo dinámico y lo estático, lo estable y lo móvil) en la lógica de funcionamiento de la sociedad como un todo integrado.

En general, el cambio en su dimensión histórica y pensado hacia la totalidad de lo social es una preocupación típicamente sociológica en esta etapa fundacional, que quedó plasmada en propuestas teóricas diferentes para su interpretación. Amitai y Eva Etzioni (1995), en su introducción a una impresionante compilación de textos sobre este tema, publicada por primera vez en 1965, distinguieron los siguientes modelos interpretativos del cambio social:

  • Modelo de ascensión lineal: presente en la obra de Spencer y Comte, que coinciden en concebir la historia de lo social como un proceso evolutivo y de progreso. Spencer, a semejanza de la evolución orgánica, lo enuncia como proceso de creciente diferenciación e interdependencia de estructuras y funciones del organismo social. Comte definió tres estadios del desarrollo del pensamiento humano y de las formas de organización social: el teológico, el metafísico y el positivo. Ambos comparten la certeza optimista de que la historia describe irremediablemente una línea ascensional que entrelaza en su lógica el pasado, el presente y el futuro de la humanidad.

  • Modelo cíclico recurrente: Oswald Spengler (1995) a inicios del siglo XX elabora su teoría del ciclo vital de las culturas, donde argumenta que toda gran cultura aparece, llega a su máxima posibilidad y desaparece, cumpliendo, como cualquier entidad orgánica, un ciclo de nacimiento, infancia, madurez, vejez y muerte, sin que ello tenga un efecto acumulativo.

  • Modelo cíclico/lineal: este modelo combina los dos anteriores con una tendencia resultante ascendente. Los Etzione toman a Weber y a Toynbee como exponentes de este modelo combinado. Weber explica el tránsito de una estructura a otra a través de un proceso de pérdida de legitimidad de la estructura vieja y de su sustitución por otra nueva que se construye sobre la anterior mediante el surgimiento y toma del poder por un líder carismático. La posterior “rutinización del carisma” estabiliza la nueva formación que alguna vez se deslegitimará. Pero, por otra parte, y sin contradecir la visión cíclica, Weber entiende el desarrollo de la cultura como racionalización creciente, como incremento de la coherencia y la racionalidad interna de la acción social. Podríamos inferir que la línea de ascenso está integrada por el conjunto de sucesión de ciclos de legitimación-deslegitimación de las estructuras sociales. Toynbie (1995) se centra en el desarrollo y la desintegración de las civilizaciones explicándoles mediante ciclos que combinan nacimiento de una civilización (que se produce al dar respuesta exitosa a un reto histórico) –crecimiento (verificado a través de sucesivas respuestas exitosas que engendran nuevos retos)—desintegración por el estancamiento de las “minorías creadoras” que dejan de dar respuesta exitosa a los retos). Toynbee percibe gradaciones entre las civilizaciones y una dirección de ascenso civilizatorio en el largo plazo.

  • Modelo dialéctico- conflictual: entiende la historia como cambio progresivo no absolutamente lineal, que tiene lugar por la resolución sucesiva de contradicciones dialécticas, de enfrentamiento de fuerzas sociales contrarias. Cada nueva contradicción expresa un grado superior de desarrollo de la forma de producción y reproducción material y espiritual de la sociedad. Este es el modelo que se infiere de la concepción marxista, o dialéctico materialista de la historia, y se expresa muy nítidamente en la teoría de la sustitución de un modo de producción por otro, desde la comunidad primitiva, pasando por el esclavismo, el régimen feudal y el capitalismo, hasta llegar a la sociedad comunista. 

Los modelos anteriores, identificados por los Etzioni, tienen como fundamento el tipo de relación que aparece  en la sucesión de los acontecimientos históricos, pero me parece que otra clasificación que podríamos establecer es la que se deriva del espacio y el papel que se  atribuye a factores estructurales externos o a aquellos vinculados a la intersubjetividad innovadora. De aquí se desprenden otros tres posibles modelos:

  • Modelo determinista externo: tanto Spencer como Spengler (el primero convencido de la inevitabilidad del progreso y el segundo del de la decadencia de toda civilización humana) consideran el cambio y la historia fuera del alcance efectivo de la intervención humana, movidos por fuerzas que se escapan a su control.

  • Modelo posibilista: Weber está más inclinado a entender el cambio y la historia, sino desconectados de estructuras externas, sí con una mayor apertura a la posibilidad de intervención humana. Aunque concedió una elevada importancia a la institucionalidad, como red que a la vez que es creada por el hombre lo limita en su acción, entendió que el surgimiento de líderes carismáticos abre momentos de innovación. Sin embargo, ello también estaría sujeto al proceso de racionalización creciente, que marca una cierta lógica trascendente del cambio.

  • Modelo determinista-posibilista: Todavía hoy es materia de debate si el marxismo supone un reduccionismo economicista-determinista o si, por el contrario, consideró adecuadamente las dimensiones culturales y subjetivas del cambio. Igor Kon (1979), defendiendo esta última posición nos dice: “Marx recalca el papel rector de la producción material en el desarrollo de la sociedad, pero al propio  tiempo, está lejos de la teoría del automatismo social (...). Al deducir la división social de la sociedad, su estructura clasista partiendo de la economía y, ante todo, de las relaciones de propiedad, Marx demuestra que esa determinación no es unívoca, que a un mismo sistema social le son inherentes distintas potencias de desarrollo, que se revelan en los intereses y se materializan en la actividad de distintas clases (...)”. Para Kon la perspectiva marxista de la lucha de clases promueve “a primer plano el problema del sujeto de la acción social y de la evaluación de sus posibilidades reales”.

Coincido plenamente con esta valoración sobre el marxismo y su visión del cambio histórico, y por ello creo que es mas adecuado ubicarlo en un modelo dual, pero al mismo tiempo considero que el carácter de “determinación de última instancia” de la dimensión económica de los sistemas sociales sobre las otras dimensiones, coloca siempre a lo cultural y lo intersubjetivo en un plano subalterno y derivado, de manera que el cambio determinado por estructuras materiales objetivas, externas con relación al sujeto, constituyen el centro de este modelo. A ello se une su criterio de la necesidad histórica del advenimiento de la sociedad comunista, a través, fundamentalmente, de la toma del poder por la clase obrera, por su capacidad para resolver definitivamente el conflicto entre trabajo y capital. Se trasluce aquí un cierto teleologismo, una lógica intrínseca de fin último, irremediable en el curso de la historia, en cierta medida al margen de la voluntad humana. 

Una característica muy marcada de lo que podríamos llamar visiones clásicas del cambio o “modelos clásicos de causación” (Basail 2002) es la de apelar a la explicación por causas últimas: identificar un factor, o conjunto reducido de factores, de última instancia que pueden ser aislados del enmarañado contexto de desenvolvimiento del cambio social y probar su fuerza (con carácter de necesidad, esencialidad y suficiencia) para desencadenar el proceso de transformación de que se trate. En esta dirección podemos encontrar dos grandes modelos; el objetivista-materialista, que considera como factores explicativos del cambio elementos de naturaleza económica, tecnológica, medioambiental, biológica y demográfica, y el modelo idealista o culturarlista “donde se reconoce el papel independiente, causal de la ideología, la religión y el ethos” (Basail 2002). En el primer modelo podríamos ubicar, por ejemplo, a Marx y a Spencer, y en el segundo a Weber.

Consustancial al modo de pensar sociológico, presente en las propuestas de objeto y modelos anteriores, es un concepto de cambio social que, en términos generales, lo concibe como la mutación en un estado inicial del todo social, o de alguna o algunas de sus partes constitutivas, que altera el estado inicial íntegra o parcialmente, y que genera nuevas propiedades o, incluso, un nuevo estado diferente del inicial. Incluye surgimiento, desaparición o transformación de elementos y cualidades.

Con el propósito de enfatizar en los aspectos comunes de las conceptualizaciones del cambio en los mas diversos paradigmas sociológicos, fundacionales y contemporáneos, intencionalmente he construido aquí un concepto de cambio social que se caracteriza por un alto grado de generalidad, pero, para objetivos mas finos, es necesario añadir a este las especificaciones que lo distinguen en diferentes teorías.

Por ejemplo, Serrano y López (1991) sintetizan tres grandes definiciones de cambio. Para las teorías evolucionistas, donde lo esencial en la organización social es la estructura que el enlace de las partes forma para configurar el todo, y su tendencia a la estabilidad, el cambio se define como “ cualquier alteración en el status quo de un organismo, situación o proceso que afecta la estructura, la tecnología y los recursos humanos del sistema”. El cambio evolutivo es intrínseco a la estructura, el no evolutivo se produce como efecto de la intervención de causas externas que alteran la estructura. El supuesto analítico básico es la relación estructura-estabilidad.

Para la teoría estructural-funcionalista el supuesto de partida es el de la relación sistema-función-equilibrio, y el cambio se entiende como la reformulación de estructuras y funciones sociales, en una secuencia que incluye desequilibrio inicial, aparición de fuerzas reestablecedoras del equilibrio y surgimiento de un nuevo equilibrio. El cambio se verifica por la presencia de tendencias disfuncionales.

En las teorías del conflicto (incluyendo al marxismo)  lo cambiante se concibe como un proceso natural y contínuo de formación de las estructuras sociales, que se explica por  la presencia en toda sociedad de elementos contradictorios, en cuya interacción se generan distintos tipos de transformaciones, incluidas las autodestructivas.

No es necesario extendernos más en los ejemplos. Por su representatividad, trascendencia posterior y reconocimiento generalizado como “clásicos”, los autores y modelos referidos ilustran de manera clara los rasgos más importantes que caracterizaron la comprensión del cambio desde una perspectiva sociológica en los albores de esta disciplina y que nutrieron lo que podríamos llamar la visión simple, clásica o precompleja.

Si analizáramos estos modelos y conceptos siguiendo la lógica enunciada por Lamo de Espinosa (2001) de que toda la sociología ha sido una teoría de la modernización, ellos funcionan como instrumentos analíticos de las transiciones modernizadoras. Salvando sus diferencias, lo que encontramos de común en esos modelos, y que son los rasgos de la visión clásica precompleja del cambio social, perdurable hasta hoy, sería:

  • El cambio como cualidad consustancial a la existencia de los sistemas sociales y como mecanismo de respuesta a conflictos y de adaptabilidad o generación de sistemas y estados nuevos, como desestabilizador de equilibrios y generador de equilibrios nuevos.

  • Causalidad y legalidad inteligibles.

  • Linealidad y proporcionalidad en la relación causa efecto.

  • Posibilidad de encontrar fuerzas motrices, portadoras e impulsoras del cambio.

  • Carácter subalterno y no esencial del azar.

  • La historia como cambio progresivo universal que marca una ruta ascensional que es posible recorrer por todas las culturas o pueblos.

  • Determinación estructural de los cambios.

  • Predictibilidad.

  • Relación de oposición entre orden y cambio.

  • El cambio como mecanismo del progreso, del desarrollo, diríamos después. 

La segunda etapa de la evolución del pensamiento sociológico está marcada por la operacionalización de la concepción del cambio social, en el sentido de que se expanden extraordinariamente las investigaciones cuantitativas, empíricas, concretas y aplicadas en numerosos campos particulares del cambio ( la familia, los grupos sociales, la vida rural, la movilidad social, etc.), que requieren para su realización de la definición de indicadores que permitan encontrar evidencias mensurables del cambio y el manejo estadístico en la verificabilidad de las hipótesis. Es la explosión de la sociología del dato empírico, de la demostración y la explicación, de aquella que busca su legitimidad en la utilización de métodos similares a los de las ciencias duras.

Paralelamente, y en conexión con lo anterior, en esta etapa tiene lugar también una especificación de la teoría de la modernización, estableciéndose con mayor precisión sus direcciones concretas tomando como patrón las transformaciones ocurridas en Europa y los Estados Unidos. Se consuma la identificación de modernización con desarrollo (Sontag 1994) y la oposición entre sociedad tradicional y sociedad moderna, y los indicadores que marcan la ruta de tránsito, posible y deseable, entre una y  otra se convierten en foco de atracción privilegiado de la sociología, como explicación del cambio en su escala más general e institucional.

Aunque se mantiene la preocupación por el cambio en su dimensión histórica, la teoría y la investigación sociológica se concentran mas en los mecanismos de cambio de las estructuras sociales del presente y la posibilidad de manejarlos, de intervenir en ellos para potenciarlos o corregir su dirección.

En este período, dentro del estructural funcionalismo se elabora una propuesta analítica del cambio social (Parson 1966) cuya influencia hegemonizó buena parte del pensamiento social y en cierta medida se conserva hasta hoy. Esta propuesta, denominada “modelo de diferenciación” (Etzione 1995) se aplica al estudio de los cambios de un sistema y se sustenta en la idea de que el sistema social en su conjunto sigue una lógica evolutiva de incremento de la diferenciación; transita ininterrumpidamente de unidades que concentran un conjunto de funciones hacia la diferenciación de estructuras dentro de esa unidad que se especializan en funciones específicas. Las diferentes funciones adquieren estructuras propias. A seguidas se produce una reintegración de las nuevas unidades y estructuras especializadas para conectarse entre si a través de nuevas normas e instituciones de relacionamiento. Diferenciación-reintegración actúan como mecanismos que alteran un estado inicial de equilibrio funcional del sistema y establecen otro nuevo, crean una nueva estructura social.

Recuperando este modelo de diferenciación parsoniano se elabora en esta etapa un esquema de análisis de los procesos de modernización que tienen lugar en la contemporaneidad. El tránsito desde sociedades tradicionales que, por supuesto, se ubican en un estadio inferior del desarrollo (universal, posible, deseado y necesario) hacia sociedades modernas, incluye elementos como industrialización y urbanización crecientes; paso de técnicas de producción simples y tradicionales a la aplicación de la ciencia en el logro de tecnologías de avanzada; tránsito desde una agricultura de subsistencia hacia la producción agrícola mercantil de gran escala; diferenciación estructural y especialización de las instituciones sociales; integración y reintegración sistemática de unidades sociales; modificación de normas y sistemas de valores tradicionales por la incorporación de otros mas flexibles y abiertos al cambio y a la innovación; institucionalización y formalización creciente de las relaciones sociales, que debilita el peso de lo familiar (ver, por ejemplo, Smelser 1959 y Germani 1962)

Dentro de los intentos de elaboración de una teoría del cambio en esta etapa, no puede desconocerse a Ralph Darendorf que, en oposición declarada al estructural-funcionalismo, toma los conflictos como centro de atención de su sociología. Darendorf (1958) identifica dos modelos de sociedad: el centrado en la estabilidad ( propio del estructural-funcionalismo) y el centrado en el cambio, Para él, el modelo de estabilidad, integración y función se sustenta en los supuestos de que toda sociedad es una configuración relativamente persistente y bien integrada de elementos, donde todo elemento contribuye al funcionamiento general  y que este descansa en el consenso.

El modelo de cambio, antagonismo y disfunción supone, por el contrario, que toda sociedad está sometida al cambio y  a la experiencia del conflicto en todo momento, que todo elemento de una sociedad contribuye a su cambio y que toda sociedad descansa en la coacción que algunos de sus individuos pueden ejercer sobre otros.

Darendorf no considera una perspectiva mas adecuada que otra, si no que lo social es una combinación de ambos aspectos y que el cambio no puede ser entendido subsumiéndolo y subordinándolo dentro de una interpretación de lo estable y lo integrativo como las cualidades esenciales de los sistemas sociales. Creo que el gran mérito de esta propuesta es haber colocado en el mismo rango de importancia para la reproducción de los sistemas sociales la estabilidad y el cambio.

Para Lamo de Espinosa la “tensión constitutiva” de la sociología en el período que va de 1918 a 1989, es la oposición entre marxismo y anti-marxismo (Lamo de Espinosa 2001). En lo que respecta a la comprensión del cambio  en esta etapa , se hace mas fuerte la antinomia explicativa entre los factores económicos y la esfera de la reproducción material y la conflictividad clasista, por un lado, y la esfera valorativa cultural y lo consensual por el otro.

La vertiente anti-marxista, cuyo exponente máximo en esta etapa es el estructural-funcionalismo, toma la cultura, comprendiéndola como sistemas normativos y valores de orientación de la conducta, como la dimensión integradora y explicativa por excelencia de lo social y sus cambios.

La línea que sigue la tradición marxista, y que está incluyendo ahora tanto a pensadores que reflexionan desde y sobre la sociedad capitalista, como a aquellos que tienen como “experiencia fenomenológica” la transición socialista, continúa colocando sus énfasis argumentales en la esfera de la producción material y sus contradicciones, en sus enlaces con los conflictos de clase.

Sin espacio para detenerme en la transición socialista como tipo de cambio que se está verificando en la etapa y en la manera en que la sociología lo ha interpretado, quiero al menos comentar que la sociología que se produjo en los países socialistas sobre este particular no se separó radicalmente de la lógica construida por la teoría de la modernización, e interpretó la transición socialista como un proceso progresivista irreversible, que seguía un cursos regular universal, válido para todas las naciones que siguieran ese camino.

El llamado “comunismo científico”, una pretendida sociología particular del marxismo que se autoproclamaba científica y consideraba al resto anticientífica, identificó, a la usanza modernizadora, el conjunto de elementos (“regularidades”) que marcaban el tránsito del capitalismo al socialismo y de este a la sociedad comunista, entre ellos: la necesidad de la creación de la base técnico material del socialismo y el comunismo ( industrialización, electrificación, infraestructura, etc.) amplia utilización de la ciencia y la innovación tecnológica, en su carácter de fuerzas productivas, como base de la elevación sistemática de la productividad del trabajo; perfeccionamiento de las relaciones sociales a través de la eliminación de las relaciones de explotación y del proceso creciente de homogenización social; formación del hombre nuevo a través de una socialización que le permitiera incorporar valores y normas colectivistas y solidarias. En esta teoría queda elevada a ley del progreso universal la “ineluctabilidad histórica del triunfo del comunismo mundial como etapa superior de la civilización” (Mdrzinskaya 1973).

Aunque centradas en la naturaleza clasista de las sociedades postprimitivas y precomunistas y, por tanto, en la necesidad de eliminación del dominio de clase y de la solución del conflicto trabajo-capital, que es lo que distingue a estas regularidades, como puede apreciarse, muchas de ellas coinciden con la concepción del cambio modernizador.

Lo que sucede es que detrás de la oposición real entre marxismo y anti-marxismo hay un conjunto de coincidencias en el modo de producir saber sociológico en ambos posicionamientos que, como herencia de la modernidad, atraviesa todas sus propuestas y sus respectivas visones del cambio, a saber: la creencia en el carácter científico objetivo del conocimiento social y en la racionalidad occidental como fuerza motriz de la historia y en el universalismo de la razón; comprensión de la historia como proceso progresivo, inevitable, irreversible, necesario y posible de ascenso desde lo tradicional a lo moderno; preeminencia de la nación y del estado como escenario preferencial y sujeto del cambio social y carácter secundario de actores de escala micro; visión evolucionista del ser humano y la sociedad. (Lamo de Espinosa 2001): creencia en la inagotabilidad y la positividad de la innovación tecnológica como factor de cambio ascencional; aceptación de la oposición tradición-modernidad. En resumen, coinciden en una visión simple del cambio social.

Las diferencias se concentran mas bien en las causas últimas y en el rumbo predecible: para  la perspectiva modernizadora y el estructural funcionalismo la expansión ascendente de la racionalidad occidental (léase la dupla estado-mercado como instancias principales de la coordinación social, y la efectividad productiva y el crecimiento económico como criterios de desarrollo).Para la postura marxista, el fin de la sociedad de clases y de toda desigualdad, sustentado en la socialización de la propiedad sobre los medios de producción y en la eliminación de las contradicciones que impiden el despliegue sistemáticamente ampliado  de la potencialidad de progreso de las fuerzas productivas.

Lo más relevante en el modo de estudiar el cambio social en la sociología en esta etapa puede sintetizarse en la operacionalización de la noción de cambio y en el establecimiento de un esquema lógico general que guía la investigación empírica en este campo y en el propósito de la sociología de intervenir de alguna manera en la promoción de cambios deseables, especialmente a través de su contribución al diseño de políticas sociales. Esta última vertiente ha sido muy clara en América Latina, iniciada por las propuestas de modelos de desarrollo por la vía de la industrialización sustitutiva  elaborado por CEPAL (Sontag 1994).De igual modo, es un período de desarrollo de las metodologías de medición de impactos y experimentales y de lo que podríamos llamar “las tecnologías de cambio”.

Una versión del esquema lógico para el análisis del cambio social que quedó elaborado en la etapa puede ser la siguiente:

                                     Esquema lógico para el análisis del cambio social 


Tanto si seguimos la lógica generacional como la de etapas vamos a encontrar que lo que sucede en el entronque de los años 60 con los 70 y en la década de los 80 en la sociología puede ser caracterizado como de crisis del pensamiento social, de cuestionamiento de su real condición de ciencia, de su carácter explicativo y su posibilidad de encontrar causas y leyes, del supuesto de objetividad (separación sujeto-objeto en el acto de conocer) que sustentaba el diseño de sus instrumentos y la validez de sus conclusiones, de la creencia en la universalidad del desarrollo y de la propia posibilidad de construcción de universales como finalidad de la ciencia social. Son los momentos del énfasis en la diversidad y en lo múltiple, en la subjetividad y la intersubjetividad como constructoras de realidad, en los significados y lo simbólico, en la cotidianidad como espacio privilegiado del relacionamiento social, en los actores sociales como agencias del cambio.

El “giro constructivista en la sociología”, le llama Lamo de Espinosa (2001)  y lo caracteriza como “la inauguración de nuevas corrientes (teoría del intercambio, etnometodología, fenomenología, interaccionismo simbólico) que colocan de nuevo al actor en el centro del análisis y a la cultura y la construcción social de la realidad (constructivismo) como procesos determinantes”.La realidad es un mundo de símbolos y representaciones.

Este giro crítico afecta tanto a la corriente marxista como a a la funcionalista y desemboca en la “crisis de los metarelatos” y en la sentencia de “discursivas”  que el pensamiento postmoderno decreta para las ciencias sociales.

Vale aclarar que no se trata de que de pronto quedara clausurada la vertiente estructurista, cuantitativista, homogenista y empírica de la sociología que, de hecho, sigue vigente hasta hoy, sino que cada vez se expande con mayor fuerza esa otra corriente que la niega  y cuya expansión tiene como efecto sobre la investigación concreta el rescate y la multiplicación de las metodologías cualitativas, el abandono de diseños cerrados y deterministas, la búsqueda de los significados, la visibilidad de los actores anteriormente preteridos (las mujeres, las minorías discriminadas por motivos raciales u otros, las culturas subalternas, los diferentes inferiorizados todos), la concentración en lo local, el énfasis en la irrepetibilñidad, la negación de las causalidades lineales.

Ese cambio de rumbo o, mas bien, la coexistencia conflictiva y la mezcla ecléctica de los rumbos estructuristas y de significados, de explicación y de comprensión, cuantitativista y cualitativista, determinista y acausal, se reflejaron en la investigación sociológica del cambio en la conservación de los modelos y el esquema construidos en momentos anteriores  y en la configuración de lógicas nuevas, estructuradas especialmente alrededor del supuesto de no universalidad de una dirección única del cambio, de la relativización de las nociones de ascenso y descenso y de la relevancia de la subjetividad en las transformaciones sociales.

El tema de los movimientos sociales, nuevos y viejos, y de su ubicación en determinadas relaciones de poder, emerge como una problemática esencial para la sociología del cambio, en la intención de comprenderlo confiriéndole protagonismo a la capacidad de impulsar cambios a actores disímiles y desde una postura desestructuradora (Krischke 1993).

Un estudioso de los movimientos sociales urbanos en América Latina describe así esta situación; “De la estructura sin sujetos, se pasó al análisis de sujetos liberados de cualquier constricción estructural.(...) actores destituidos de sentido histórico descorren desenvueltos la multiplicidad de caminos existentes en una sociedad destituida de determinaciones (Kowarick 1992).

Obviamente este diagnóstico es útil sólo para  ilustrar el extremo subjetivista del asunto y resultaría excesivo si pretendemos aplicarlo a la sociología en su conjunto, donde en ese período se estaban produciendo también análisis centrados en lo estructural y otros que respondían mejor a una dialéctica estructura-acción, externalidad-internalidad, donde la antinomia es entendida como dialógica. Tal es el caso de Guiddens (1998) y de Bourdieu (1986). Probablemente es este último el que muestre con mayor nitidez la emergencia de una sociología de síntesis e integración, como llama Ritzer a estos desarrollos sociológicos (Ritzer 1993), donde se resuelven las relaciones de pares antinómicos que caracterizaron toda la historia de la disciplina hasta ese momento (los pares acción-estructura, objetivo-subjetivo, economía-cultura, individuo-sociedad, macro-micro, entre otros) y donde las estructuras son vistas como constricción externa que limita el repertorio de acciones de cambio que tienen ante sí los actores, pero que a la vez son producidas e internalizadas por estos (significadas) y pueden ser alteradas por la acción. Es una especie de modelo marxoweberiano de comprensión de la relación orden –cambio.

Un tema que lamentablemente  tampoco podré abordar aquí, pero que deseo apuntar, es el de los aportes de América Latina a la comprensión crítica del cambio social. Este aporte latinoamericano (que se ubica desde la etapa de expansión de la sociología hasta hoy) recorre el espectro teórico del cambio, en su sentido de desarrollo y de historia, hasta el metodológico, en el sentido de cómo estudiar y hacer el cambio en el presente.

En realidad, desde finales del siglo XIX  América Latina comienza a producir una reflexión critica  sobre la versión europea de la modernidad, configurando una “resistencia intelectual”, como la llama Aníbal Quijano, que se consolidó en el período que comienza con la segunda posguerra, de la mano de la problematización del desarrollo y el subdesarrollo (Quijano 2000).

En el terreno metodológico la Investigación Acción Participativa, propuesta mundialmente reconocida e iniciada por Orlando Fals Borda (1978), y ampliamente expandida en nuestra región con posterioridad, coloca a la investigación sociológica en condición de instrumento de autoconocimiento y autotransformación, reconociendo la capacidad de los sujetos populares como productores de conocimiento sobre ellos mismos y su entorno y de cambio.

Creo que la “resistencia intelectual latinoamericana” a la perspectiva modernizadora y universalista del cambio social, que se entronca con la corriente de estudios postcoloniales desarrollada especialmente por autores africanos, ha producido en los años 90 y en el inicio del actual siglo una critica muy aguda y una propuesta analítica que abre nuevas opciones al abordaje del cambio social. Sugiero al lector interesado la revisión de autores que podríamos incluir  en el rubro de “críticos de la colonialidad del saber” como Fernando Coronill, Arturo Escobar, Edgardo Lander, Walter Mignolo, Alejandro Moreno, Hugo Zemelman, Antonio Elizalde, Carlos Vila y Aníbal Quijano, entre otros. Ver Lander 2000)

En esta línea Quijano apunta: “(...) el mito fundacional de la versión eurocéntrica de la modernidad  es la idea del estado de naturaleza como punto de partida del curso civilizatorio cuya culminación es la civilización europea u occidental. De ese mito se origina  la empíricamente eurocéntrica perspectiva evolucionista, de movimiento y de cambio unilineal y unidireccional de la historia humana” (Quijano 2000).

Si buena parte de la disciplina sociológica había sustentado su condición de conocimiento científico en la posibilidad de develar las fuentes y leyes del cambio y de predecir e intervenir en sus rumbos futuros, el desgaste de esta creencia irremediablemente supone un agotamiento de la sociología como ciencia, capacitada para enunciar una causalidad universal. Es este el balance de la etapa de crisis que parecía irrecuperable, pero dentro de ella misma se generaron las propuestas que permiten considerar la apertura de una nueva etapa, de reconstrucción epistemológica, que incluye una visión diferente del cambio social.

Entre todos los variados elementos que integran esa reconstrucción, rescataremos aquí los que tienen una relación más directa con la posibilidad de renovar la teoría sociológica del cambio. Considero que en el centro de esta renovación se sitúan la apropiación, desde el conocimiento social, de los aportes de la teoría de la complejidad y la sociología reflexivista.

Intentando una apretadísima síntesis, riesgosa para tema tan vasto y complicado, puede decirse que a partir de una recreación de principios de las teorías de la información, la cibernética, la teoría de los sistemas, la ciencia del caos y la microbiología, se ha fundado la teoría de la complejidad o la perspectiva compleja (Morín 1996), de la que se han trasladado a las ciencias sociales supuestos como los siguientes:

  • Noción de universo como totalidad, donde se simultanean orden y desorden y que se organiza a través de información, en un proceso contínuo de disipación y generación de incertidumbre (Morín 1996).

  • Noción de retroacción, mecanismo mediante el cual el efecto actúa sobre la causa, pudiendo incluso amplificarla, y que permite que  un sistema adquiera funcionamiento autónomo (Morín 1996).

  • Relación todo-parte donde el todo es mas que la suma de las partes, pero, a la vez, menos que estas, pues ellas poseen cualidades inhibidas en la formación del todo, que pueden emerger en determinadas circunstancias.(Morín 1996).

  • Posibilidad de comportamiento autopoiético de los sistemas sociales. Los sistemas aotopoiéticos son organizacionalemnte cerrados (se construyen y producen a sí mismos en lugar de ser programados desde fuera) e informacionalmente abiertos (captan y producen continuamente información) (Luhman 1982),

  • Noción de adaptabilidad de los sistemas complejos, donde los elementos constitutivos están fuertemente asociados entre sí y tienen ,a la vez, capacidad potencial de actuar individualmente, como agentes autónomos del cambio, e influir sobre los demás, abandonando las rutinas (comportamientos tipificados en un repertorio preestablecido) para adaptarse a nuevas circunstancias (Luhman 1982).

  • Noción de sistema abierto, que combina orden por equilibrio – donde se observan patrones de comportamiento que constituyen un criterio de evolución del sistema, lo que permite prever el punto a alcanzar y visualizar un atractor, una posición preestablecida hacia la que se dirige el sistema- y orden producido fuera del equilibrio- donde no existe un principio organizador y un estado atractor únicos, inscriptos en la naturaleza del sistema, es el mundo de las bifurcaciones, el azar, la incertidumbre y los tiempos múltiples (López Pettit 1993).

Aunque la tradición sociológica se ha empeñado, aún hoy, en tratar el ámbito del cambio social como si este tuviera lugar, invariablemente, en sistemas cerrados y en equilibrio, comprender que su comportamiento se acerca más al de los sistemas abiertos, autoorganizados, que combina equilibrio y desorden, posibilita construir una visión más flexible de la causalidad social, de la idea de futuro y de las formas de intervención en el cambio, que necesariamente tiene que incorporar el peso del azar, la incertidumbre y la subjetividad, no como factores secundarios, sino como elementos que pueden adquirir carácter de determinación en el curso de los acontecimientos y el rumbo de la historia. Esta perspectiva, lejos de significar la total impotencia humana ante la contingencia, significa la potenciación de la capacidad innovadora, de rompimiento de rutinas que toda sociedad tiene.

En lo que concierne al reflexivismo, quiero referirme a la idea de que no es posible establecer una separación entre observador y observado en ningún campo del conocimiento y menos aún en el social. El observador social es interno al sistema y pertenece a un orden similar a lo que observa, el orden lingüístico y de significados. El y su “objeto de observación” son sujetos con igual capacidad de producir, cambiar y significar la realidad y en el proceso de comprensión del cambio, se cambian a sí mismos, a través del flujo intersubjetivo. Se trata del sujeto reflexivo, de la reflexividad del conocimiento social.(Ibáñez 1992).

Luhmann, en su nueva teoría de los sistemas argumenta  que una teoría social no tiene un centro único desde el cual legitimar la observación. Para él, el policentrismo de la observación, del posicionamiento del observador, es condición indispensable para producir conocimiento acerca de sistemas sociales que están en proceso de diferenciación constante. No hay observadores externos, capaces de romper los límites que el propio desarrollo del objeto impone al desarrollo de la observación. (Luhmann, 1982). En esta concepción “observador y observado” forman parte del mismo sistema cambiante descrito.

En correspondencia con la postura reflexivista, es propio de la reconstrucción epistemológica un replanteo de la pregunta sobre la conexión entre la investigación social y el cambio, ubicada en el terreno de la relación entre saber y poder, centro analítico típico de la sociología crítica.

Se trata de que la potencia de cambio de la ciencia social es evaluada desde la óptica de a qué intereses satisfacen las direcciones de transformación que ella legitima como positivas o  intenta propulsar, los problemas que es capaz de construir y solucionar, para quiénes son problemas y a quiénes favorecen las soluciones. El cuestionamiento de los fines y la postura ética se conciben como instrumentos de la producción de conocimiento, no como un obstáculo ideológico, y la investigación es concebida como  productora de cambios.

Jesús Ibáñez adelantó muchísimo en el debate sobre estos temas. Consideraba que  “un investigador extrae información mediante la observación y devuelve neguentropía mediante la acción. Participa visiblemente en la observación, pero no participa visiblemente en la acción (la acción pertenece a los clientes o jefes). Pero los dispositivos de investigación  social implican una acción sobre la sociedad que transforma la sociedad. Tienen una cara visible semántica (observación) y una cara invisible pragmática (acción): respectivamente, lo que dice y lo que hace la investigación.” (Ibáñez 1998).

Ello quiere decir que los dispositivos de investigación lo son simultáneamente de observación y de acción, productores de datos y de cambios. y que, de hecho la investigación social provoca alteraciones sobre lo que observa, algunas de ellas concientemente diseñadas y otras como consecuencia inevitable, no programada , del acto de observar, y sucede así porque los sistemas sociales son del orden lingüístico y su observación supone un intercambio de información, de significados, entre sujeto observador y sujeto observado que los modifica a ambos.

Ibáñez distingue tres perspectivas metodológicas en la investigación social: la distributiva, cuyo dispositivo de construcción de datos fundamental es la encuesta; la estructural, a la que corresponde el grupo de discusión,  y la dialéctica, cuya técnica por excelencia es el socioanálisis. Cada una de ellas es expresión de una potencia de cambio y una relación con el poder diferentes. El lo expresa así:  “Un observador (..) y un actor (...) están en un punto-momento de observación y/o acción. Ese punto-momento expresa un poder: y hay que explicitar ese poder. El proceso de esa explicitación se desarrolla en tres momentos: absoluto, relativo y reflexivo. En el momento absoluto el  poder está implícito, el observador actor está fuera del sistema que observa y sobre el que actúa y no tiene en cuenta que está fuera (...). En el momento relativo el poder es parcialmente explicitado, el observador-actor está fuera y reconoce que está fuera (reconoce la posibilidad de muchos observadores cada uno con su perspectiva (...). En el momento reflexivo el observador-actor está dentro del sistema que observa y sobre el que actúa (y se reconoce como dispositivo de autorreflexividad de ese sistema).(...). Dentro de las técnicas de investigación social, el primer momento corresponde a la perspectiva distributiva, el segundo momento corresponde a la perspectiva  estructural, y el tercer momento corresponde a la perspectiva dialéctica.” (Ibáñez 1998).

Estas reflexiones sugieren la idea de que desplazarse desde la condición de dispositivo de poder manipulador externo, de instrumento  de producción de conocimiento enajenador a la de dispositivo autorreflexivo , productor de cambio emancipador, es uno de los retos mas sobresalientes que la sociología tiene ante sí en esta etapa de reconstrucción de sus saberes.

Siendo coherente con su idea de que toda sociología lo es de algún tipo de modernización, Lamo de Espinosa considera que en la etapa actual los sociólogos marcan una nueva cesura constitutiva” lo post-moderno, post-burgués, post-capitalista (Lamo de Espinosa 2001).

Desde mi punto de vista se significa con ello el advenimiento de un nuevo cambio de época muchos de cuyos rumbos no están pautados ni contenidos en lo ya acontecido, y en el cual lo innovativo y lo emergente tendrán una extraordinaria relevancia. Esto es materia de la nueva sociología del cambio, en su actual etapa o tendencia crítica-reflexivista- compleja, que privilegia  entre sus temas recurrentes en el inicio del nuevo siglo el de los efectos de la globalización  de la economía, el multiculturalismo y la diversidad en las sociedades contemporáneas y su tránsito hacia nuevas formas de conexión local-global, la constitución de actores del desarrollo en diferentes escalas (comunitaria, nacional, regional, global), la multiplicidad de caminos del cambio progresivo y de la comprensión del progreso mismo y las posibilidades autotransformativas de los sujetos sociales. Quizás a la propuesta generacional de Lamo de Espinosa, deberíamos añadir, como rasgo de la contemporaneidad, “la generación de la perspectiva sociológica de la complejidad”. 

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