Martín Hopenhayn

Los que moriremos en el 2030

abril de 2004

Los nacidos en el 55 moriremos en el 2030.  Aunque tengamos que partir el año que viene, en el 2020 o en el 2050.  Igual partiremos en el 2030.

Nos pasaremos la vida muriendo de repente, arrastrando un pirata en la nariz y alcoholizando el alma con pasiones prestadas.  Nos calentaremos una mano con la fogata de los espejismos, mientras con la otra firmaremos cheques, nos aferraremos al tubo del teléfono y remaremos esta ciudad espúrea del único modo sobrevivible: espúreamente.

Festejaremos cada fin de década como si un giro imprevisible nos esperara del otro lado, confiados en que la mañana siguiente nos despertará de la borrachera recostados sobre una arena dulce, dramáticamente dulce.  En cierto modo será así.  Y en cierto modo, todo lo contrario.  Pero no renunciaremos a ese pálpito que nos anuncia siempre la cercanía –y nunca la presencia- de la felicidad, la posibilidad de poner la realidad de cabeza por un segundo, el encuentro posible con el orgasmo individual o de los pueblos.  En otras palabras, nos seduce y acosa ese lugar que alguna vez nos prometieron los nacidos en el 35 o el 45.  O que nosotros creímos que nos prometieron.

Seguramente, los años que vienen no serán muy distintos de los que acaban de pasar.  Nos volverán a defraudar la timidez de la vida, la aridez de la política, los desencuentros del amor.  Tendremos, al igual que antes, filones de plenitud que vanamente intentaremos retener o prolongar.  En esta ansiedad, huérfana de padre y abuelo, nunca terminamos de soltarnos las trenzas.  Ni prolijos ni chascones, acabaremos siendo tiernos cuando queríamos ser eróticos, pragmáticos cuando juramos ser utópicos, prudentes cuando creíamos ser irreverentes.  Eso nos complica.  Pero nunca tanto.

        Seguiremos navegando como hasta ahora: con la sensación de no terminar del todo de nacer, de haber sido paridos a medias.  Seguiremos recomponiendo estos retazos dispersos de una cultura inacabada, juntando la culpa con la pasión, la esperanza con el cinismo, la realidad con la película.   Nos reconoceremos en la calle y nos diremos, antes de volver a despedirnos: “toma, somos de la tribu de los nacidos en el 55, años más o años menos; aquí andamos, estirando el chicle, chancleteando, llenos de proyectos que nos dan sentido y nos abruman al mismo tiempo.”  Nos miraremos a los ojos con un sutil gesto de complicidad para regresar al mundo de los otros convencidos que somos especiales y distintos.  Pero también, no tanto.

Y moriremos en el 2030.  Aunque sea un poco antes o un poco después, lo mismo da.  Moriremos de muerte artificial, de un domingo en las sienes o un infarto en las ganas.  Y los últimos años los pasaremos como todas las generaciones: a media máquina, sacando cuentas pendientes, conformándonos parcialmente con lo que le pudimos ratonear a esta vida de gatos.  Probablemente daremos a nuestros hijos y nietos menos consejos de los que hemos recibido de nuestros padres o abuelos.  No tanto por falta de evidencias, sino porque sabremos que ellas son efímeras, provisorias, casi inconfesables.

Así llegaremos al final.  Zigzagueando entre la cobardía y la amabilidad, presumiblemente desencantados, casi místicos del relativismo.  Enfrentaremos la partida tal como lo hemos enfrentado todo desde que llegamos –la ley del Padre, el enemigo de turno, la rutina-: como tarzanes de jardín, con enormes trincheras y pistolitas de agua.  Con el consuelo de que nadie volverá a salir disparado del 55 para volver a caer en el 2030, de que nadie podrá meterse en nuestra piel, sentir esta tibieza del 55 en las venas, amargarse suavemente, al estilo de los que mueren en el 2030.  Algún día, alguno de los nacidos en el 65, en el 80 o el 2000 se estrellará en una noche de invierno contra esta sensación del 55, y dirá para sí: “Tal como ellos decían, entre el vértigo y el desgarro.  Pero nunca tanto”.