Mario González Valdés "El Huillimario"

Ginebra

maminigonzaval@yahoo.es

Colaborador y corresponsal de www.clarinet.cl

Chile, una cultura apagada, como su limitada democracia

enero de 2007

Durante la segunda mitad de los años sesenta, y sobretodo, en los tres primeros de los setenta, Chile vivió una auténtica renovación en sus estructuras sociales, por varios llamados, proceso de cambios. Cambios sociales, económicos, educacionales y sociales.

Qué contraste con nuestra época, la actual, de espantosa regresión y de un desesperante conformismo, para no decir: mediocridad o inmovilismo ilustrado.

Desde los finales de 1964, Chile se enmarcó en la necesidad de una evolución social, llevando a cabo una reforma educacional  y un proceso de reformas sociales, como una respuesta a la ambición y al deseo de la gran mayoría de los chilenos, hasta ese momento marginados de la educación y de todo tipo de participación ciudadana.

En todo ese proceso, la cultura tuvo un gran impulso. Los nombres de Neruda, Matta, Arrau, Gabriela Mistral, sólo para nombrar algunos, no pasaron a ser islas dentro de la complicada geografía chilena, si no por el contrario, fue el inicio de la expresión y del desarrollo cultural de nuestro país, proseguida posteriormente, en los difíciles caminos del exilio. A sus ilustres nombres se agregaron muchos, pero muchos más, a lo largo y ancho de nuestra humanidad.

Era el cambio generacional de proyecciones históricas en nuestro marginado y aislado país, en los caminos del arte la educación y la cultura. El inicio de un debate, si ese proceso debía significar una ruptura, frente a un pasado a la vieja usanza del conservantismo clasista de la sociedad chilena, dueña del poder y la verdad absoluta, por generaciones y generaciones, en nuestra historia de dominación cultural, política y social.

Vino posteriormente el período de la inestabilidad política y en el orden público, desatados por los sectores más continuistas y conservadores de la sociedad chilena, apoyados y sustentados por una fuerte intervención norteamericana, con el fin de impedir, a como diera, el desarrollo de ese proceso de cambios en las estructuras sociales de Chile. Los instigadores de aquellos hechos, y muchos de sus protagonistas, no eran ni son ajenos a la actual derecha chilena, cuyas actividades se enmarcaron, y se enmarcan, en una constante conspiración contra la democracia.

Las consecuencias de esa conjura son, todavía hoy en día, incalculables. El temor y la angustia tiende a una repetición en la memoria colectiva por las atrocidades y atropellos cometidos. Las cautelas de mucha gente, y las amenazas continuas y persistentes de la derecha, torpillean la oportunidad de construir un régimen democrático más justo, solidario y moderno.

Estos miedos y temores, no son sólo psicológicos. La actual constitución  política chilena se hizo en un ambiente de terror y de violencia dictatorial. Es la que existe y perdura, disfrazada con ciertas facetas de aperturismo por simples reformas que nada, o muy poco, han cambiado su estructuralidad.

¿Y la cultura chilena en todo esto?

Si bien se ha hablado  de una transición sin traumas y pacífica, ella pareciera seguir viviendo en un largo período de estancamiento y de resignación, como una gran parte de nuestros conciudadanos y de nuestro propio país. Es el fiel reflejo de los tiempos que corren. Con una consecuencia psicológica mucho más grave, los límites  a la libertad de expresión. No es tan sólo, el producto de lo que entendemos como censura y la obligada autocensura, si no que la cultura chilena, como su democracia, está tutelada por la vigente constitución y el absurdo camino del neoliberalismo.

La censura neoliberal pesa de todas las formas y es aún más peligrosa porque no la advertimos. Es por medio de la asfixia económica que coarta la libertad de exprimirse, no tolerando la denuncia hacia sus intereses, ni permitiendo ningún tipo de reflexión. Permitiéndose con ello un aura liberal  que no tiene.

La cultura y el pensamiento son un simple enemigo hacia sus conceptos. La educación chilena está enmarcada en ese absurdo camino a la cual le ha sido llevada. La lectura es mínima y casi inexistente. Los libros son de subido precio, inalcanzables para la mayoría de los hogares, lo que motiva aún más una extrema marginalización cultural.

Hoy en Chile, es un secreto a voces que, desde aquellos días de septiembre de 1973, existe y perdura un apagón cultural de inestimables y desconocidas consecuencias. El bajo nivel educacional y la falta de una política cultural ha aumentado considerablemente. Los estudios observados  muestran que esa tendencia aumenta todavía más, especialmente en la juventud. Tan claro es este aumento que desde amplios sectores se reclama una política cultural más comprometida y enérgica por parte de las autoridades.

La sobrevivencia de nuestra cultura pasa por la transmisión y en la transmisión de nuestro patrimonio, nuestro conocimiento y nuestra creación.

Los medios de comunicación, en el avance de la globalización ha producido el predominio absoluto de la cultura, impuesta, como es lógico, por la forma en que aplica la expresión, escapando a todo consenso, sin limitaciones de ninguna especie. Una cultura envasada y tutelada por sus propios principios, el del dinero, la productividad y la competencia, donde ella no tiene ninguna posibilidad de desarrollo.

Llegará un día, si siguen así las cosas, en que pase en Chile, que su cultura, su propia cultura, va a conservarse en las catacumbas o en las ruinas de su propia memoria. Saldrán de ellas cuando se le defienda y se le divulgue, por el momento esa batalla la tiene y pareciera perdida.

Los sobrevivientes de esa guerra cultural impuesta por el neoliberalismo, soñadores de aquellos años maravillosos de los 60  y parte de los 70, que despierten. Lo que se está imponiendo en Chile, no es otra cosa, que una cruel represión  y un empobrecimiento cultural de catastróficas consecuencias. Nuestra época y las generaciones futuras no se lo merecen. Chile, y nos incluimos los de afuera, los que aún permanecen en el exilio, tampoco.

Todavía se recuerda una cita digna de una antología de la estupidez. Una frase memorable del ex dictador, recientemente y por fin fallecido, dicho en pleno reinado de su dictadura: " A las diez de la noche ya estoy en la cama, generalmente leyendo materias filosóficas, de historia, política, en fin. Leo un cuarto de hora..." 

Desgraciadamente, y dando a pensar, esa frase  parece no estar muy lejos, de nuestra transitoria realidad...como para hacernos reflexionar.