Luis Delgado Arria

delgadoluiss@gmail.com

Ser intelectual de izquierda ayer y hoy en América Latina

11 de septiembre de 2007

ORIGEN

La diferencia entre izquierda y derecha nos viene de la revolución francesa. Por entonces los Feuillants, es decir, los monárquicos se sentaban en la parte derecha de la cámara, mientras que los Montagnards se ubicaban a la izquierda. Los Feuilllants personificaban los intereses de la iglesia, la aristocracia y la realeza, mientras los Montagnards, del ala radical, usualmente arremetían contra aquellos.

METAMORFOSIS

Lo ha esclarecido la historia. Con base en cada coyuntura histórica y cada arena política específica los conceptos de izquierda y de derecha se han cargado (y han encarnado) semblantes bastante diferentes. Así las cosas, una cosa, por ejemplo, fue ser o militar en la izquierda en Latinoamérica por las décadas de los 50, 60 y 70, y otra muy diferente lo es serlo hoy día. Una cosa supuso enfrentar las dictaduras sanguinarias y oscurantistas de los Trujillo, los Somoza, los Duvalier, los Pérez Jiménez, los Strossner, los Pinochet, los Videla,  los Batista, los Galtieri, etc, y otra muy diferente es oponer la agenda de apertura de mercados, la firma de los TLC y los TLCitos con Estados Unidos, la aquiescencia de los biocombustibles y las veleidades neoliberales y corruptelas postmos de ciertos gobiernos autodenominados light latinoamericanos de hoy. Desde luego, todavía no encarna amenazas sistemáticas a la vida. Pero la temperatura y la agenda pro-fascista toma nuevos arrestos en el extranjero y en crecientes sectores de nuestras sociedades en el sub-continente.

LO DIFERENTE

Ser intelectual —o cumplir con la función de artista-intelectual hoy día en Latinoamérica— supone y amerita entonces trabajar en y accionar sobre un terreno bastante más ambiguo, más inestable, más movedizo. Tal como lo expresaba Manuel Vázquez Montalbán: «El intelectual debe, por un elemental sentido del ridículo, comprender que no se le otorga un papel de brujo del espíritu en torno al cual va a girar el ser o no ser de lo histórico, pero que evidentemente él tiene saberes [...] que lo pueden alinear en un sentido o en otro de lo histórico. Lo pueden alinear en la búsqueda de la clarificación de las injusticias presentes en el mundo actual o en la complicidad con la paralización e instalación en el Limbo». (Panfleto desde el planeta de los simios, Barcelona: Drakontos, 1995, p. 48)

NACIMIENTO Y ACCIONAR DE UN NUEVO ACTOR COLECTIVO/ INTELECTUAL

El denominado giro a la izquierda (roja y/o rosada) en Latinoamérica no es así escuetamente explicable desde la emergencia de una suerte de protagonismos hollywodienses de paladines ilustrados a favor de los pobres cuanto del respaldo multitudinario, paulatino y creciente en favor de agendas de cambio y tendencias más y más progresistas. Perder la pista de esta tendencia creciente en el sub-continente supone quedarse en el aparato electoral. La figura del intelectual/ enciclopédico o del prócer/ mesiánico parece así estar mutando hacia una nueva aleación reconocible más en la monada indisoluble intelectual/ líder/ pueblo. El intelectual colectivo que conjeturó Gramsci se hace presente de mil y una formas.

De allí que los protagonismos de parte de la llamada clase intelectual progresista o de izquierda esté mutando también hacia un nuevo activismo. Un activismo a caballo entre el ejercicio de la definición, fabricación y promoción de agendas libertarias. Entre la invención de una praxis estético/ progresista y revolucionaria, y el acompañamiento y aclimatación de estilos y ritmos de los liderazgos. Entonces, más que hablar del intelectual o de la clase intelectual en “Nuestra América” de hoy, pareciera que deberíamos atender hacia el inédito espesor que contiene esta nueva intelectualidad partera de una nueva praxis socio-estética colectiva, multitudinaria, indómita. Una praxis no precisamente definible, domable o predecible.

Tal como lo expresa Umberto Eco: «Los intelectuales como categoría son algo muy vago (…). Diferente es, en cambio, definir la “función intelectual”. La función intelectual consiste en determinar críticamente lo que se considera una aproximación satisfactoria al propio concepto de verdad; y puede desarrollarla quien sea, incluso un marginado que reflexione sobre su propia condición y de alguna manera la exprese, mientras que puede traicionarla un escritor que reaccione ante los acontecimientos con apasionamiento, sin imponerse la criba de la reflexión». (Cinco escritos morales, Barcelona: Lumen. Traducción Helena Lozano Miralles, p. 14-15).

VACAS SAGRADAS VS. INTELECTUALES ACTIVISTAS

Según el filosofo italiano Norberto Bobbio ser intelectual, ejercerse intelectual hoy supone ganarse el pan mediante la praxis cotidiana y casi siempre pagada de la  comunicación.  Pero, lo constatamos a diario: en América Latina cada vez más buena parte de los intelectuales que tienen capital simbólico, y tecnologías duras y blandas con qué expresarse, cada vez dicen menos, se comunican menos, conectan menos con la multitud. Podría decirse que ejercen más cabal y profesionalmente una suerte de afonía política. El corto circuito con la gente, con las mayorías se deja ver cada día más intenso e infranqueable. Es manifiesto, sin embargo, que la industria y muchas veces la institucionalidad cultural siguen estando del lado (y actuando en favor) de los intereses que preservan los intelectuales de derechas. Los artistas-intelectuales-activistas quedan así las más de las veces en la oposición. Coexisten en su plano intelectual profesional a contracorriente de los que afortunadamente se corrobora como dimensión dinámica y progresista en el plano socio-político en los niveles nacional, regional y sobre todo, comunitario. 

Para muestra un botón: ¿Quiénes son casi siempre los artistas y organizadores que hoy día siguen saliendo a representar a los países en tendencia de revolución en Latinoamérica en la plástica, la escultura, la arquitectura, la música, el cine, la literatura, el teatro, la reflexión filosófica y la investigación aplicada? Esencialmente los artistas y organizadores canónicos, los históricamente premiados, favorecidos, celebrados y, desde luego, conformemente canonizados por la misma institucionalidad dominante que por cierto hostigó, redujo y sistemáticamente negó todo vestigio de insurgencia artística alternativa.

La historia se reserva sus paradojas: justo el mismo medio artístico que albergó a gran parte de los activistas de izquierda latinoamericano, ahora, en el momento más progresista de la historia del sub-continente luego de la emancipación, ahora luce más descosido y frágil.

Tácticamente expatriados al mundillo de la comunicación alternativa, la academia y, sobre todo, de las bellas artes, pocos de estos líderes, ahora con cuotas de poder político se molestan ahora en dar vueltas a cuántas revistas literarias, de danza, fotografía, filosofía o socio-políticas más que en el pasado hoy se promueven, cuántas buenas escuelas más de música, teatro, cine o televisión revolucionarios se apuntalan. Cuántas nuevas iniciativas de investigación, promoción a la creatividad alternativa o popular, el intercambio y edición arbitrada se levantan. Queda claro: el mundillo cultural para algunos de ellos fue más una concha política coyuntural que una trinchera de y para la lucha y la auto-transformación de si mismos y de la sociedad.

ARTISTAS/ INTELECTUALES GUERREROS VS. ARTISTAS/ FANÁTICOS DILETANTES

En tanto que parte y hechura indisoluble del mismo pueblo, muchos artistas y activistas de la cultura socialmente comprometidos de nuestra América Latina aparecen hoy leyendo (y asumiendo estoicamente) los costos de un terremoto social y político cuya envergadura llama a priorizar más las grandes alianzas estrictamente políticas por sobre el terreno de las claridades y eficacia de las burocracias sectoriales-culturales emplazadas en la región.

Tal como ayer, el eventismo, el amauteurismo, la improvisación, el desdén hacia el trabajo y trayectoria estética y moral del artista-intelectual siguen siendo la norma. A excepción ce Venezuela, en donde recientemente se anuncia el reconocimiento de seguridad social para los trabajadores de la cultura, en el resto del sub-continente ser cultor popular, ser artista o ser intelectual sigue siendo sinónimo de excluido, bisutero, marchante, trabajador informal.

Retengo las palabras de una buena amiga chilena, excelente titiritera quien corrientemente respondía a la opinión popularizada según la cual un artista debe ser sobre todo, un aislado, un dandy, un individualista, con la conocida máxima de Velandia: Para ser un verdadero creador, en nuestro medio, “en cada uno de nosotros debe vivir un artista, un amante, un guerrero”.