Justo Soto Castellanos

Filósofo colombiano

jusoc_1@hotmail.com

Introducción a Edgar Morin

septiembre de 2006

En  el ya recorrido por el pensamiento del presente no se puede dejar de mencionar, el aporte del pensador francés, Director Emérito del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia, Edgar Morin (1921).  Quien, contrario al caso de Habermas, procede del “mundo de la vida”, ya que cuando estudiaba su carrera universitaria, Licenciatura en Historia, Geografía y Derecho, en 1942, su patria, Francia, fue invadida por el ejército alemán Nazi. Entonces se desarrollaba la segunda guerra mundial y Morin entra a integrar la resistencia como “agente secreto”, ahí recibe su nombre, “Morin”. Posteriormente, una vez terminada ésta, en 1945, forma parte del ejército francés que interviene en Alemania y ayuda a su reconstrucción, en esa ocasión escribe su primera obra llamada “La hora cero de Alemania”. Desde 1951 inicia su trabajo en el “Centro de Estudios Transdisciplinarios” de la” Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales” que más tarde será denominada “Centre Nationel de la Recherche Scientifique” CNRS de Francia[1].    

El pensamiento moriniano se preocupa, desde muy temprano, por la excesiva compartimentación que se vivió en las ciencias, en especial en la primera mitad del siglo XX, tiempos en los que, gracias al paradigma neopositivista, existía el prurito de separar y definir de una forma “clara” y “distinta” los terrenos específicos y especiales de cada una de las ciencias, cuidándose de no “caer” en el terreno de los pseudo problemas y de los pseudo enunciados así como no transgredir los linderos de las otras ciencias. Esta situación, como ya quedó insinuado en el análisis realizado por la “Escuela de Frankfurt”, obedecía a una mentalidad en la que prima el interés de la productividad, del rendimiento, de la eficiencia, del mundo administrado y que llevó a desconocer y a dejar de lado los problemas profundamente humanos y calificar como pseudo enunciados los asuntos que tienen que ver con la ética y el sentido de lo humano mismo. Es más, se llegó a disolver el concepto mismo de hombre. Este tipo de paradigmas, en gran medida, fue producto y productor de la catástrofe humanitaria que significaron las dos guerras mundiales y los múltiples “conflictos de baja intensidad” que arrasaron todo el siglo XX y que aun se producen.

Edgar Morin, en “El Hombre y La Muerte”[2] se preocupa por investigar el problema de la muerte, asunto que, de alguna manera, tipifica a la especie y allí, al tratar de dar una solución al cuestionamiento que la muerte produce, extiende los lazos que unen los problemas antropológicos a los problemas biológicos y físicos. Más tarde continuará el camino con la obra “La Vida del Sujeto”, publicada en 1969, donde seguirá los problemas antropológicos en una espiral ascendente que lo conducirá de la antropología a la cosmología llevándolo a concretar la unión, desde lo físico a lo cosmológico, en un “Ensayo de Bioantropología” realizado en el “Paradigma Perdido”[3], obra escrita a comienzos de los años setenta.

Precisamente en la década de los setenta se realiza en Morin toda una transformación en la cual, a su ya sólida formación en “ciencias humanas”, se agrega el nuevo ingrediente de las llamadas “ciencias positivas” y respondiendo a la invitación de el biólogo molecular, premio Nóbel, Jacques Monod viaja a California al Salk Institute for Biological Studies[4], fundado por el también Nóbel Jonas Salk quien desarrolló la vacuna contra la polio. En el Instituto entre 1969-1970 toma contacto con las últimas teorías de la biología, la genética, la etología, la física, la química, en diálogo con ellas Morin va a proponer su “Paradigma de la Complejidad”, también denominado “El Pensamiento Complejo”.

El Pensamiento Complejo es una propuesta que recupera la dialéctica, por ello toma en consideración los logros Frankfurtianos, especialmente los aportes de Adorno para quien, a diferencia de Hegel, “la totalidad” que encierra y enclaustra el desarrollo de la realidad en estrechos marcos conceptuales  “es la no-verdad”[5]. Por ello propone que la ciencia se desarrolle en “agkuklios paideia”, expresión que en su versión griega quiere decir “en ciclos para niños” y que es el origen de la expresión ilustrada, “enciclopedia”, pero que ha perdido dicha connotación al ser transformada en una expresión que incluye la idea de una recopilación yuxtapuesta de saberes[6].

La idea del Pensamiento Complejo es que la ciencia ha perdido su integridad e integralidad. La hiperespecialización que se ha venido produciendo en las ciencias, fruto de la interrelación diversos factores como, los ya mentados, sociales, económicos y políticos es necesario además considerar factores mentales originados en la en la anatomofisiología del cerebro humano; factores intelectuales que obedecen a las ideas, las teorías y las doctrinas, que poseen su propia ecología y sus sistemas de defensa, que las hacen auto inmunes a los cambios; factores de la razón misma, que surgiendo del uso de la razón pueden llevar a la “racionalización”, creando con ésta un verdadero nuevo mito que se entroniza y no permite ver la realidad y; factores paradigmáticos, que obedeciendo a los modelos socialmente aceptados, los valores y las formas de actuar en la ciencia llevan a una visión hemipléjica de la realidad.

El paradigma moderno, al cual se opone Morin, encuentra su expresión filosófica en la propuesta de Descartes quien busca un conocimiento cierto basado en la “claridad y la distinción” fruto de la conciencia, coherente con su propia lógica, que plantea una división tajante entre lo medible, lo material y lo pensante, lo inmaterial entendiendo que entre los dos planos no hay comunicación posible o si ésta se produce, se realiza mediante una unión yuxtapuesta de los dos principios. Este paradigma, que maneja la promoción selección de los conceptos maestros así como la determinación de las operaciones lógicas que presiden todos los procesos, lleva a  disociar sujeto / objeto, alma / cuerpo, espíritu / materia, calidad / cantidad, finalidad / causalidad, sentimiento / razón, libertad / determinismo, existencia / esencia, etc.           

El Paradigma de la Complejidad busca recuperar y llevar a un nuevo nivel, la antigua concepción que hizo posible la ciencia misma y concebir todo como un “cosmos”, como un orden a pesar y mediante la irrupción del desorden mismo. En esta visión el “universo” vuelve a recuperar lo que inicialmente quería decir en latín, “uni”, uno, “versus”, tejido, un “único tejido”. De ahí que la propuesta moriniana se denomine “Pensamiento Complejo” del latín “complexus”, lo que está tejido en conjunto. Esta es la razón que lleva a Morin a citar con frecuencia el pensamiento de Pascal que aparece como exordio a su gran obra: “Siendo todas las cosas causadas y causantes, ayudadas y ayudantes, mediatas e inmediatas y siendo que todas se mantienen entre sí por un vínculo natural e insensible que une a las más alejadas y más diferentes, tengo por imposible conocer las partes sin conocer el todo, así como también conocer el todo sin conocer particularmente las partes”[7].

 

Piensa Morin que el problema no es sólo epistemológico, eso a pesar de haber realizado un profundo y extenso estudio que se concreta en seis tomos de “El Método”, obra que estudia “La Naturaleza de la Naturaleza”[8], “La Vida de la Vida”[9], “El Conocimiento del Conocimiento”[10], “La idea”[11], “La Humanidad de la Humanidad”[12] y la Ética. El problema para Morin es un problema de la acción, es un asunto que tiene que ver con la antropoética y con la política, ya que una visión “tuerta de la inteligencia”, epistemología, lleva a una acción limitada y limitante, amputada y amputante, ética y política. En este sentido es innegable la relación que posee el pensamiento moriniano con el pensamiento frankfurtiano.

En la fundamentación de su Pensamiento Complejo, Edgar Morin parte de tres teorías, todas ellas desarrolladas en el siglo XX, las cuales dan la base científica de sus aseveraciones. Ellas son: La teoría de la información, la teoría cibernética y la teoría de los sistemas. Cada una de ellas aporta al Paradigma de la Complejidad diversos elementos que se interretrorrelacionan formando un todo coherente que construye el tejido sobre el cual se levanta la interpretación del mundo y de la ciencia.

De la teoría de la información toma Morin la idea de cuantificación de la información desarrollada por Shanon en los Laboratorios de la I. B. M, en la cual un “bit” es una respuesta “si” o “no” a una pregunta inequívocamente formulada, pero considera Morin, que este concepto debe rebasar los ámbitos de la física y debe ser redefinido como un concepto físico – biológico -antropológico simultáneamente.

De la teoría cibernética, desarrollada por Norbert Wiener, encuentra Morin que ésta rompe, en el campo físico, la idea de la causalidad lineal, en donde A produce B y B produce C en un proceso indefinido, y plantea la idea de “feed- back”, de retro alimentación, en el cual A produce B y éste a su vez retroactúa sobre A.

De la teoría de los sistemas Morin toma la idea que ningún fenómeno u objeto se encuentra realmente aislado e independiente sino que éste está en interrelación con otros, los que a su vez determinan y son determinados por el fenómeno u objeto en consideración. Todos ellos conforman un sistema. La idea de aislamiento no es más que una abstracción, necesaria sí, pero un tanto problemática y por ello debe ser manejada con sumo cuidado.

De estas tres teorías y en interrelación con ellas Morin explicita tres principios, que, siendo fruto de su pensamiento, los aplica al mismo y  a los fenómenos que aborda: el principio dialógico

, el principio de recursión y el  

principio hologramático.

El “principio dialógico”, encuentra que en los fenómenos de la naturaleza se produce una verdadera “asociación compleja” en los cuales hay una concurrencia de elementos o de características disímiles que se presentan de una forma antagónica. Tal el caso de los fenómenos del mundo subatómico en el cual Niels Bhor encontraba que ellos tenían características de onda y de partícula, características que hasta entonces en la física se habían considerado irreconciliables, pero que éste físico se vio obligado a integrar, si es que se deseaba entender los fenómenos del mundo subatómico[13].

 

 

 

El segundo principio es el denominado “principio de recursión”, en el cual encuentra expresión la teoría cibernética ya que ahí se va más allá de la  “causalidad lineal” y se plantea la “causalidad circular” en la cual las causas producen un efecto el cual retroactúa modificando la causa misma. “Es un proceso en que los efectos o productos al mismo tiempo son causantes del proceso mismo”[14].

El tercer principio es el “principio hologramático” en el que la teoría de la información se hace presente con su idea del holograma, según la cual en cualquier punto del holograma se tiene toda, o casi toda, la información necesaria para elaborar el conjunto del holograma, es decir, que en cada uno de los puntos o en otros caso, partes de un todo, se encuentra el todo mismo. El todo está en cada una de las partes individualmente consideradas.

El Pensamiento Complejo de Edgar Morin no es una negación de la claridad sino es el reconocimiento de que todo se encuentra interrelacionado lo que significa para la ciencia que esta está enraizada, término de Morin, en la biología, en la psicología, en la antropología, en la sociología, en la política, en la cultura, y en las demás dimensiones del ser humano. Ella refleja la complejidad de su productor, el hombre y aplicando “el principio recursivo”, produce en un bucle al hombre mismo.

La propuesta moriniana lo lleva a estudiar en profundidad el problema de la educación en ella busca concretar su idea de una reforma del pensamiento, haciendo evidente aquello de que toda filosofía en última instancia es una filosofía de la educación. En 1999 con el auspicio de la UNESCO publica un texto bajo el título de “

Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, en él realiza una propuesta en la que plantea la necesidad de enseñar desde “el conocimiento del conocimiento” hasta “la ética del género humano”. Se hará una pequeña reseña del texto de Morin por considerarlo de suma importancia para la discusión del marco desde donde deben partir las investigaciones y las realizaciones de la ciencia de hoy.

El primer desafío de la educación es enseñar “las cegueras del conocimiento” que se manifiestan en “el error y la ilusión”. Generalmente se parte de la enseñanza de ciertos “conocimientos” pero no se enseña a “conocer lo que es el conocer”. Esa es una de las razones que llevan a perder el horizonte creando sistemas filosóficos, científicos que pretenden encerrar en sí mismos todo, llegando al dogmatismo. “Por esto es necesario desarrollar en la educación el estudio de las características cerebrales, mentales y culturales del conocimiento humano”.

El segundo desafío consiste en la necesidad de desarrollar “los principios de un conocimiento pertinente”. Morin constata que en el mundo actual existe un fraccionamiento y dispersión, fruto de la hiperespecialización, que hace que el conocimiento sea fraccionado y fraccionante, lo cual impide una adecuada comprensión de los saberes mismos y del mundo que la ciencia pretende entender, por ello estima que es necesario incentivar y promover un conocimiento que relacione el todo y las partes y las partes y el todo, esto mediante la inserción del texto, el contexto, lo global y lo complejo. Según Morin, no se trata de borrar o de omitir lo local en aras de una mundialización ni lo contrario. Así sería posible enraizar lo local en lo mundial y cómo esto afecta a aquello y concebir cómo lo mundial incide en lo local.

La tercera necesidad que se impone es “enseñar la condición humana”, ya que la hiperespecialización ha conducido a una politomía que hace que cada una de las dimensiones del ser humano sea analizada unidimensionalmente sin relación con las otras. Morin concibe al hombre como un ser pluridimensional el cual es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social e histórico. De ahí que se hace necesario recomponer el todo del ser humano mediante la colaboración de las distintas disciplinas, ya que todas ellas, en su conjunto son humanas. 

El cuarto saber que urge es “enseñar la identidad terrenal”. Se hace necesario enseñar a las nuevas generaciones la unidad de destino que tiene la especie humana la cual es fruto de la unidad de origen de la misma. En el tiempo de las exploraciones espaciales que llevan a otros planetas, verdaderamente a otros mundos, es urgente reconocer que el ser humano no es que sólo viva en la tierra sino que es de la tierra y que existe una intersolidaridad de todos los elementos que constituyen la trama del planeta. Esto sin ocultar y denunciar y hasta oponerse a las opresiones y sojuzgamientos que han acontecido y acontecen en el mundo.

El gran sueño de las ciencias, desde los griegos mismos hasta inicios del siglo XX, ha sido conocer lo siempre idéntico a sí, lo no cambiante, lo seguro, pero el desarrollo de la ciencia del siglo XX desde la microfísica, la termodinámica, la cosmología, la biología, la historia, etc.. ha mostrado que en toda la realidad, por doquier, emerge la incertidumbre y por ello es necesario educar para “enfrentar las incertidumbres”. Se hace necesario enseñar principios de estrategias que sirvan para concebir, pensar y poder esperar lo inesperado y afrontarlo.

En el sexto saber se va haciendo poco a poco evidente lo ya anotado en el sentido de que el problema va más allá del problema epistemológico y por eso se impone “enseñar la comprensión”. Para Morin la comprensión es el fin de la comunicación pero a su vez es el medio de la misma y aquí se afirmaría que lo que se busca es que ésta sea el mismo principio, en un bucle recursivo que se auto reproduce. Es hora de impulsar una educación que promueva una mayor y auténtica comprensión, la cual constituiría la paz como inicio, camino y fin.

El séptimo saber impone la enseñanza de “la ética del género humano”. En ese sentido, cambiando totalmente el paradigma neopositivista e integrando la crítica frankfurtiana, la educación, en todos sus niveles, es decir, incluyendo el nivel científico, debe incluir la promoción de la conciencia de que se es un individuo que hace parte de una sociedad y que se pertenece a la especie humana. A ese nivel debe promoverse, mediante la enseñanza,  una sociedad que parta de una antropoética adecuada y que promueva la democracia real en la cual el individuo controle la sociedad y la sociedad controle al individuo, una sociedad humana en la cual se tenga conciencia “de las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y la conciencia de pertenecer a la especie humana”.  “De ahí las dos grandes finalidades ético-políticas: la democracia, individuo sociedad, sociedad individuo y la humanidad como comunidad planetaria”[15].

En otro texto elaborado en el diálogo suscitado por la necesidad de responder a los desafíos de la educación francesa, Edgar Morin realizó una propuesta de “Articular las disciplinas”, allí inicia analizando el concepto de disciplina, el cual, según su afirmación, se establece a lo largo del siglo XIX y durante el XX.

La disciplina determina una separación y diferenciación de cada campo del saber y responde a la necesidad de especializar el conocimiento. Esta está determinada por un objeto de conocimiento y una manera particular de aproximarse a ese objeto, es decir, una metodología y unos conceptos organizadores del saber de dicha disciplina. Sin embargo, las bondades de la disciplina y de su cerramiento en estancos todavía no ha sido demostrada.

Acude a casos como el de Darwin, quien no era un especialista, y que tras su largo viaje en el “Beagle” y después de conocer el trabajo de Wallece se atreve a publicar su texto “El Origen de las Especies por Medio de la Selección Natural” en el cual se alejaba de las concepciones imperantes entonces y esto se produjo gracias a su mirada de no especialista sino a su mirada de aficionado, a su mirada de “amateur”.

Algo similar ocurre con el caso de Alfred Wegener quien cuenta, en su autobiografía, a la cual hace referencia Morin, que cuando era un niño recibió como regalo en uno de sus cumpleaños un atlas en donde aparecían los mapas del “nuevo” y el “antiguo” continente pero al observarlos con detenimiento se percató que Sur América y África encajaban perfectamente lo que más tarde lo llevó a proponer la idea de las derivas continentales, de las placas tectónicas, idea que más adelante fue corroborada por la geología. Esta visión se produce gracias a aquellos que no se encuentran enclaustrados en los límites ficticios creados por las disciplinas científicas.

Insiste Morin en que hoy está fisurado, fracturado, el paradigma moderno y que poco a poco va emergiendo un paradigma que busca la policompetencia, que es capaz de pensar simultáneamente el orden, el desorden y por la interacción, la organización. Por ello se hace necesario abrir las perspectivas educativas tanto en los liceos como en la universidad[16] enseñando y promoviendo los enfoques de la polidisciplinariedad, la interdisciplinariedad, la transdisciplinariedad y la metadisciplinariedad.

Al presentar someramente estos conceptos, se puede afirmar con Morin que: la “polidisciplinariedad” surge de la necesidad de asociar varias disciplinas en torno a un objeto de conocimiento común. En ella el enfoque no se comparte y podría ser similar a diversos arqueros disparando saetas a un mismo blanco.

En la “interdisciplinariedad” se puede presentar una especie de yuxtaposición de saberes en relación a un objeto común. Allí los saberes, cada uno afirma su soberanía como lo hace cada una de las naciones en la Asamblea de las Naciones Unidas. A pesar de ello, también puede presentarse una interdisciplinariedad que se puede convertir en cooperación, colaboración para obtener resultados comunes, pero estos no pasarían de una sumatoria. 

Otro concepto, de suma importancia, es la “transdisciplinariedad” en la cual debe emerger las características que atraviesan todas las ciencias, es decir, los esquemas cognitivos que constituyen a las ciencias mismas y en ese sentido dialogar, e interretrorrelacionarse desde ese sustrato común que traspasa a todas las ciencias.    

A pesar de lo anteriormente afirmado, la propuesta de Morin no consiste en destruir o diluir las disciplinas. El asunto es ecologizarlas, es decir, insertarlas en un todo contextual que tenga presente las condiciones sociales y culturales de las mismas. “Es necesario ver en qué medio ellas nacen, presentan problemas, se esclerosan, se metamorfosean. Y también cuenta la meta-disciplina, donde “meta” significa sobrepasar y al mismo tiempo conservar.  Uno no puede romper lo que ha sido creado por las disciplinas, uno no puede romper todo el encierro.  Se trata del problema de la disciplina o de la ciencia, como del problema de la vida: es necesario que una disciplina sea abierta y cerrada”[17].

Como aquí se expresa, la idea de Morin vuelve a la dialéctica en la cual la superación se realiza llevando a un nuevo momento el saber superado, conservándolo en un nuevo nivel. Aquí se explicita la necesidad de poner los saberes en “circuitos pedagógicos” para que se acerquen al problema de la vida, marchando de las partes al todo y del todo a las partes.      

Un último aspecto del pensamiento moriniano que se hace imprescindible resaltar, entre otras razones, debido a que Morin mismo se ha manifestado explícitamente sobre el asunto es “la responsabilidad del investigador ante la  sociedad y el hombre” [18].

En 1979 en la clausura de la 159ª Asamblea anual de la Sociedad Helvética de Ciencias Naturales, Morin expuso algunas ideas sobre el tema. Inició constatando que el problema del método en la ciencia es algo que falta en todo método y es “cómo abordar el problema de la responsabilidad del investigador” de ahí que se hace evidente la ausencia de responsabilidad científica y la ciencia de la responsabilidad.

Pero el problema está dado por el paradigma mismo que orienta la ciencia, que se sustenta bajo un postulado del “conocimiento objetivo”, que, de entrada busca la supresión del sujeto que conoce, el sujeto que hace ciencia y el problema se presenta debido a que la responsabilidad del investigador no es un asunto del objeto de conocimiento sino es un problema del sujeto que conoce, del investigador. En ese aspecto el postulado de la ciencia objetiva misma implica la irresponsabilidad del investigador, de allí se parte. No hay en ningún lugar un criterio que oriente la responsabilidad del investigador.

En este sentido la ciencia entra a autojustificarse de la forma más pueril e irresponsable llegando, en ocasiones, a justificarse en forma de ideología. Late aquí la idea expresada por Marcuse con respecto a la relación ciencia, técnica e ideología. Propone Morin la idea de una ciencia de la ciencia que partiría de una sociología de la ciencia, que debería ser mucho más sólida que la ciencia que contiene y que considera una idea de suma importancia para el pensamiento moriniano cual es la “ecología de la acción”.

Con ese concepto, “ecología de la acción”, Morin hace referencia a las condiciones en las que se realiza una acción, que a través de interacciones y retroacciones el sentido puede cambiar y producir efectos no deseados, incluso efectos totalmente adversos a los previstos y deseados. Este concepto puede ser utilizado para entender el fenómeno de la ciencia, en el cual se constata que la respuesta a la pregunta qué es la ciencia “no tiene respuesta científica” y la ciencia comporta, de hecho, una serie de paradojas.

Entre las paradojas enunciadas por Morin se tiene: primero, de un lado progreso en el conocimiento, de otro, aumento de la ignorancia frente a los resultados de la incidencia de los productos de la ciencia; segundo, de una parte, aumento de los beneficios reportados por la investigación científica y por otra aumento de los peligros producidos por la misma investigación; tercero, de un lado, aumento del poder generado por la investigación científica pero simultáneamente un alejamiento de éste que produce una impotencia dejando en manos de los políticos y de los que manejan la economía el control del poder.

Morin encuentra que hay una especie de oposición entre “la ética del conocimiento” y “la ética cívica humana”.  Frente a la ética del conocimiento el investigador es orientado por el deseo de saber, “libido scienti”, en el cual el deseo de conocer por conocer se convierte en el motor fundamental, de otra parte, existe un límite que no se puede establecer a priori, que constituye la primacía del ser humano y que se opone al primero cuando los resultados de la investigación pueden conllevar a una destrucción generalizada.

Morin plantea, en esa conferencia, posibles vías de búsqueda de una solución, la cual reconoce que aun ésta no está a la vista.  Una primera vía es “una toma de conciencia crítica” en la que el científico cuestione y ponga en crisis todo, hasta “lo que le parece evidente”. Una segunda vía o camino se conseguiría a través de una “ciencia de las ciencias” la cual ejercería la posibilidad reflexiva de la reflexión misma. Esta ciencia de la ciencia no debe ser una actividad exógena a la ciencia misma sino que debe surgir del interior de la ciencia, así podrá establecerse una interretrorrelación entre un pensamiento que reflexione sobre los hechos y un pensamiento que reflexione sobre la validez de los valores contextuados en la sociedad y la cultura.

Con estos planteamientos Morin insiste en la necesidad de una “reforma del pensamiento”, que sin borrar las disciplinas, las haga concientes de su inserción en el conjunto de la existencia humana. De ahí que es la propuesta de éste pensador una larga y profunda meditación sobre “El Método” como “camino” que implica no solo el conocimiento y la ciencia sino a la ética, a la política y en general a todo el destino y al caminar humano, ya que un conocimiento incompleto surge de una acción incompleta y lleva en un bucle auto-eco-productivo a otra acción incompleta, que se perpetúa en un verdadero “círculo vicioso”. Es por esto, que la propuesta de Edgar Morin es una de las más lúcidas invitaciones encaminada a liberar permanente y continuamente al ser humano, visto éste desde la perspectiva social, individual y de la especie. 

Notas


[1] Cfs. MORIN, Edgar; Mis demonios, Barcelona, Kairós, 1995

[2] Cfs. MORIN, Edgar; El Hombre y la Muerte, Barcelona, Kairós, 2ª edición, 1994 

[3] Cfs. MORIN, Edgar; El Paradigma Perdido, Ensayo de Bioantropología Barcelona, Kairós, 4ª edición, 1992 

[4] Cfs. MORIN, Edgar; Diario de California, Madrid, Fundamentos, 1973

[5]  MORIN, Edgar; Introducción al Pensamiento Complejo, Barcelona, Gedisa, 4ª reimpresión, 2001,p. p. 23

[6] Cfs. MORIN, Edgar; Aticuler les Savoirs, Buenos Aires, Universidad del Salvador, p. p. 50

[7]  MORIN, Edgar; El Método, La Naturaleza de la Naturaleza, Madrid, Cátedra, 1993. p. p. 25

[8] Cfs. Ibidem

[9] MORIN, Edgar; El Método, La Vida de la Vida, Madrid, Cátedra, 1998

[10] MORIN, Edgar; El Método, El Conocimiento del Conocimiento, Madrid, Cátedra, 1999

[11] MORIN, Edgar; El Método, Las Ideas, Madrid, Cátedra, 1992

[12] MORIN, Edgar; El Método, La Humanidad de la Humanidad, Madrid, Cátedra, 2003

[13]  Cfs. La expresión de este principio en El Método T I, p. p. 426

[14] Op. Cit. El Método T III, p. p. 112

[15] MORIN, Edgar; Los siete saberes Necesarios par la Educación del Futuro, Bogotá, Magisterio, 1999, p. p. 20

[16] Cfs. Edgar; Réforme de pensée, Transdisciplinrité, Réforme de l’Université, http://perso.club-internel.fr/nicol/ciret/bulletin/b12/b12c.htm

[17] Op. Cit. MORIN, Edgar; Aticuler les savoirs, p. p. 42

[18] Para la presentación que sigue véase:  MORIN, Edgar; La responsabilidad del Investigador ante la Sociedad y el Hombre, en Ciencia con Consciencia, Barcelona, Anthropos, 1984. p. p. 87-94