Jorge Rivadeneira

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Historia de un Deicidio

julio de 2008        

En la portada de una  revista llamada Prosopon se reproducía la obra de un afamado  pintor cuyo nombre estaba escrito con caracteres ilegibles. Valiéndose de los colores primarios, el autor describía  una cueva en cuyo fondo se veían siluetas de animales, plantas y seres humanos que interceptaban la luz del sol. Sin duda, se trataba del mito de la caverna, mediante el cual  Platón  explica que las apariencias son ficciones, en oposición al mundo verdadero, que  es el suprasensible.  

En la revista Prosopon no se alude a la inversión de Nietzsche, para quien “la voluntad de apariencia, de ilusión, de engaño, de devenir y cambio es más profunda que la voluntad de verdad, de realidad del ser”. Y se omite esta precisión porque  parece que se quiere  subrayar una concepción del mundo  claramente platónica, con el aditamento de un refunfuño contra  la literatura, y por lo mismo de los novelistas, teóricos de las siluetas de la  caverna.   

En efecto, en las primeras páginas, casi como si fuese el editorial, con la clara intención de burlarse, uno de los artículos decía que Mario Vargas Llosa, el autor de La guerra del fin del mundo, leyendo a Nietzsche, se enteró  que Dios había muerto. La noticia le llenó de asombro. Si Dios ha muerto, ¿qué nos queda? Viniendo de un hombre serio, como Nietzsche, a pesar de su locura, no cabía la menor duda de ese fallecimiento, aun cuando no se especifica ni la fecha ni el cómo. Frente a semejante vacío, el famoso novelista decidió indagar exhaustivamente el asunto. Y al cabo de muchos años publicó los resultados de su investigación en un libro titulado “La Historia de un Deicidio”, en donde se demuestra minuciosamente que el autor del horrendo crimen es nada menos que Gabriel García Márquez, el realista mágico que escribió Cien años de soledad.

POSTSCRIPTUM

Se sabe que desde una  antigüedad casi contemporánea del diluvio, pensadores asiáticos, específicamente hindúes,  afirmaron que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza. Si esto es así, la inmortalidad de Dios depende de la inmortalidad de sus creadores, es decir que mientras sobreviva un hombre, sobrevivirá Dios. Por eso, cuando Nietzsche afirma que Dios ha muerto, literalmente está partiendo del supuesto de que Dios tiene existencia corpórea por cuanto para matar a Dios tendría que aniquilar a la humanidad toda.