Javier Biardeau

Sociólogo. Profesor de la Escuela de Sociología de la Universidad Central de Venezuela

 

La gramática política de los buenos y los malos. Sobre la retórica maniquea de las dos izquierdas en el contexto de la discusión del Socialismo del siglo XXI

julio de 2005

La política venezolana está cruzada de síntomas de toda especie. Las condiciones de producción, circulación y recepción de discursos sobre el llamado “socialismo” se dinamizan correlativamente a las transformaciones, tensiones, conflictos y extravíos propios del enlace de situaciones cada vez más fluidas. En este contexto móvil,  a veces positivamente caótico, lábil e instituyente, se le agrega la readecuación de tradiciones, memorias y posiciones de sujeto que han vivido el descentramiento del orden soviético a modo de desgarradura; sin asegurar, que los residuos de la gramática política de estalinismo hayan desaparecido. El estalinismo es algo más que un vocabulario, es fundamentalmente una actitud y un estilo de sedimentar prejuicios, una forma de dividir el campo político en la cual no solo se sabe que es el mal, sino lo peor, que es el bien. Es una figura del poder pastoral y un intento obsesivo de conquistar adhesiones para una causa…justa, por supuesto!!!.

Es sintomático entonces, que la tradición de todas las generaciones muertas oprima como una pesadilla las formaciones de discurso y el cerebro de los vivos. No se trata sin embargo, de los residuos del platonismo, del logo-centrismo, de la metafísica de la presencia, del etnocentrismo occidental, de las meta-narrativas, de la modernidad liberal, del colonialismo intelectual sino de una actitud estalinista que se alimenta de todo estos juegos de lenguaje, de estos presupuestos instalados como hábitos de pensamiento, invocando un acatamiento a un principio de realidad que luce a veces conmovedor, despertando la pietas de la que nos habla Vattimo; sobre todo, por la articulación de un positivismo ramplón con un liberalismo progre de anticuario.

Sin duda, sobre el trazado de fronteras entre buenos y malos hay una decisión, que opera no en la inocencia del vacío sino en la determinación de una genealogía de la moral y de la política. Cuando se habla desde el bien, existe una suerte de efecto retórico cuya fuerza de ley nos arrastra al asentimiento y a la servidumbre cultural, pues ¿quién osaría hablar desde una defensa del mal absoluto del GULAG, o justificando las atrocidades cometidas por los servicios de inteligencia y contrainteligencia de cualquier Estado Nacional que haya pertenecido el campo soviético?. Sin embargo, cuando se asume imaginariamente una voz de corrección política, de autoridad política, de liderazgo político, desde lo bienpensante, no cabe duda que se esta en pos de una ambición política. Establecerse como discurso-amo en un campo de significaciones, fuerzas y sentidos de la política. Si, pero agregaríamos de una política absolutamente maniquea y que es capaz de justificar la “coexistencia pacífica” con el Imperio afirmando que: “(…) hay mucho margen de maniobra para gobiernos no alineados con Washington” (p.26). ¡Que sentido de realidad tan realista!

Tal vez sea así, la política es el terreno de los discursos-amos, pero como señalara muy tempranamente Marx, asumiendo la voz trágica del poeta Esquilo, el cantor de Prometeo, palabras que dirige al mensajero de Júpiter: “no cambiaría mi suerte miserable por tu esclavitud”.

Quienes abandonaron la lectura crítica y directa de Marx, ya sea por la urgencia de la pasión política, por los manuales estalinistas o por los dictados de la lógica de aparato, tal vez podrían hacer testimonio de lucha recreando aquel imperativo categórico, en legible interpretación de sus manuscritos económico-filosóficos, que anidaba en el espíritu emancipador de aquel barbudo: “(…) echar por tierra aquellas relaciones en que el hombre (ser humano) es un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable”(Marx; MEF, p.124). En síntesis, creemos como Marx que la infelicidad no es mas que la sumisión, incluida la de los dictados del Imperio, cuya lógica de imposición ha desaparecido del campo perceptivo de los que saben olvidar y aprender: la llamada “izquierda moderna”. Por que es muy distinto luchar contra relaciones sociales (y geopolíticas) que humillan, sojuzgan, discriminan y anulan la dignidad del género humano; que luchar contra posiciones de sujeto, que equivocadas o no, han levantado un entusiasmo nacional-popular y una esperanza por el cambio que ninguna bienpensante socialdemocracia pudo levantar. Sin este vuelo a las alturas, llevados por el huracán de los simples que claman justicia social, quedaremos reducidos a piojos de coyuntura.

El espíritu “marxiano”, aunque no suceda así con las polémicas desatadas por sus decisiones políticas, esta impregnado de humanismo libertario en el cual la democracia y el socialismo se conjugaban para superar las relaciones sociales instauradas por el modo de producción y reproducción capitalista. Nada más alejado, entonces, que la complacencia histórica con la Segunda y Tercera Internacionales, encargadas de crear una suerte “corcet” conceptual al pensamiento intempestivo de Marx. Si no se cuestionan las bases históricas de la codificación oficiosa del mal-llamado “marxismo”, la apertura conversacional para nuevos faros de pensamiento anti-sistémico quedará clausurada, y el espíritu “marxiano” quedara de nuevo enjaulado. Y con el, posibilidades de recrear con radicalidad la viabilidad de la democracia revolucionaria y del socialismo.

El espíritu “marxiano” fue siempre además, anti-sistémico, acorde con premisas en las cuales el movimiento de lo real, dadas sus tensiones, conflictos y antagonismos, no podría subsumirse a los cuadros fosilizados de una lógica conceptual constituida desde la anulación de diferencias, particularidades y matices. Socialismo, democracia y pensamiento anti-sistémico forman una trilogía que requiere ser recreada de manera radical, atendiendo a las necesidades radicales de cambiar la vida misma y sus relaciones dominantes. Este legado de crítica radical al pensamiento y al sistema de vida del mundo burgués es lo que la socialdemocracia reformista no ha podido digerir en su proyecto de otorgarle un rostro humano al capitalismo, y tampoco pudo ser digerido por el espíritu leninista al posponer las tareas del pensar radical, correlativas a la transformación de las relaciones sociales dominante, para construir una experiencia revolucionaria capitalizada históricamente por el estalinismo, fase superior del autoritarismo. Todos estos preámbulos son pretextos explícitos para abordar la impostura de un montaje editorial que pretende  no solo dividir para no sumar, si no que pretende hacer un acto de segregación, para excluir de la izquierda la conjunción de las palabras socialismo, democracia y revolución.

En pocas palabras, lo que nos ofrece la carátula de portada del libro: “Dos izquierdas” es precisamente la imagen condensada de una falsa apuesta, que puede ser interpretada como síntoma del fracaso histórico tanto del estalinismo como del liberalismo socialdemócrata, en tanto opciones que plantearon en diversas etapas históricas la construcción simultánea del socialismo, la democracia revolucionaria y el pensamiento anti-sistémico. Podríamos decir, que la ausencia de cualquier reflexión autocrítica sobre el liberalismo socialdemócrata anuncia un subtítulo: el fracaso de estas dos izquierdas, para a modo de suplemento afirmar…la necesidad de otras izquierdas. Pues de eso se trata, de construir, incluyendo algunas ruinas de estas dos izquierdas, un campo plural de las izquierdas para recrear los Socialismos del siglo XXI.

Constatar el viraje de los resultados electorales hacia la izquierda del espectro ideológico-político latinoamericano no conduce necesariamente a una experiencia colectiva de recreación de un nuevo socialismo, una nueva democracia o nuevos faros de pensamiento crítico. Como muy bien lo señala Petkoff, “(…) el concepto de “izquierda” puede ser mistificado. Encubre mucho más de lo que revela y aplicado indiscriminadamente puede conducir a gruesos errores de apreciación”(Petkoff; DI, p.28). Precisamente, uno de estos errores y mistificaciones es confundir las estrategias y tácticas del ala progresista del liberalismo político socialdemócrata (“el centro pragmático, viable y realista”) con las posibilidades plurales de recrear nuevas figuras de socialismo, democracia y pensamiento anti-sistémico. Ese centro anclado en la táctica y en el arte de lo posible ha obturado cualquier posibilidad de reconstruir la praxis radical en el movimiento socialista.

Ciertamente, la izquierda y la derecha tiene muchos matices, pero quién confunda la transición al socialismo, con la lucha contra la pobreza y la exclusión a través de “grandes  reformas”, cuyo límite sería evitar las “venganzas que la “macro-económia” puede tomarse cuando se la maneja con desaprensión e irresponsabilidad”, luce muy coherente con la Agenda Venezuela, pero muy poco coherente con la protestas populares contra el capitalismo global en todo el mundo. Nuestro Dios oculto, la macroeconomía capitalista; es decir, una suerte de fetichismo teórico anclando los pies sobre la tierra, el sentido de realidad y el pragmatismo de cambiar “grandes reformas”, para no cambiar simplemente nada. Si es apelando a la pragmática de la macroeconomía capitalista que fijamos los límites de las “grandes reformas sociales”, entonces no hay nada nuevo bajo el sol. Viva el gran viraje de CAP.

La “izquierda moderna”, la que marcha por el camino del reformismo avanzado, que compatibiliza la sensibilidad social con la comprensión de que las transformaciones en la sociedad pasan por el desarrollo económico con equidad y por el fortalecimiento y profundización de la democracia (p.30), es sencillamente una impostura propia de la Tercera Vía liberal-socialdemócrata, que como gran estafa pretende domesticar los impulsos de cambio revolucionario que se mueven en diferentes movimientos sociales y fuerzas políticas a escala mundial. Resulta grotesco que para lograr sus objetivos retóricos, sensibilidades a las que se le atribuyen dotes de inteligencia, monten un verdadero espantapájaros ideológico que parece salido de los laboratorios de guerra psicológica para calificar a la izquierda arcaica y borbónica (la que no olvida ni aprende) como “castro-chavismo”, una suerte de nuevo lexema que resuena con aquel del “castro-comunismo”, tan utilizado contra la propia familia de movimientos a la cual Petkoff, paradójicamente pertenecía. ¿Qué se pretende realizar con el establecimiento de una “frontera ideológica” de buenos y malos en el campo de las izquierdas? ¿No se estará desplazando la impotencia transformadora del liberalismo socialdemócrata hacia un nuevo “chivo expiatorio”? ¿No será precisamente esta centro-izquierda pragmática y realista, un avergonzado liberalismo político que no quiere grandes tensiones ni con la comunidad de negocios, de la cual depende económicamente,  ni con el Imperio, que realiza los dictados de su Dios Oculto: la macroeconomía capitalista?.

Es posible que las tareas de olvidar y aprender no solo estén del lado de los malos de la narración ideológica que propone semejante texto, el llamado “castro-chavismo” y sus aliados naturales en América Latina, sino que quienes tengan que pasar por una dolorosa prueba de olvido y aprendizaje sean los “buenos” del cuento: los modernos, pragmáticos, realistas, viables, liberal-demócratas, moderados, los autodenominados, justos y libres.

Para las izquierdas plurales, las que plantean una renovación radical del socialismo, la democracia y el pensamiento anti-sistémico, no se trata solo y únicamente de metabolizar la experiencia  de la lucha armada, la crítica al modelo soviético, las desventuras del allendismo y del sandinismo, romper con la identificación especular con la revolución cubana y asimilar la democracia liberal-representativa. Se trata de algo mucho mas complejo, profundo y decisivo, romper con el maniqueísmo en el campo político de las izquierdas, reconociendo que hemos aprendido a reconocer lo que no queremos ser ni devenir: ni la fracasada historia del polo liberal-socialdemócrata ni la terrible pesadilla estalinista, tropicalizada o no, para juntar de todas las maneras posibles que emerjan, lo que nunca tuvo que separarse anulando la viabilidad del socialismo: la reformas radicales y la revolución anti-sistémica. Para decirlo contra Aristóteles: ni lo uno ni lo otro sino muchos contrarios.

Podríamos aventurarnos en refutar párrafo por párrafo afirmaciones presentadas en este texto, pero nos pareció más relevante apuntar a su espíritu de apuntalar una vetusta opción política que iría en busca del reconocimiento de los poderosos como opción electoral. Quién sabe, a lo mejor el marketing político del Imperio compra esta oferta, para definir los que es potable o no como izquierda: una izquierda sumisa a los dictados de la macroeconomía capitalista y el consenso de Washington. Desde los márgenes, junto al espíritu del humano errante que fue Marx, quién tomo para sí el lema de Terencio:

HOMO SUM ET NIHIL HUMANI A ME ALIENUM PUTO

   PD: para seguir leyendo: 

§         Democracia y Socialismo. Arthur Rosenberg.

§         Socialismo y Revolución. Lelio Basso.

§         MARX Intempestivo. Grandezas y miserias de una aventura crítica. Daniel Bensaïd.