Javier Biardeau

Sociólogo. Profesor de la Escuela de Sociología de la Universidad Central de Venezuela

 

Entre dinosaurios y unicornios: el lugar de los saberes emancipatorios y de la praxis contra-hegemónica

En el debate del "socialismo del siglo XXI"

junio de 2005

Para el diseño de los socialismos democráticos en el siglo XXI, nos encontramos en un paisaje rodeados de “dinosaurios” y “unicornios”. Hay algo más que una simple oposición entre lo “viejo” y lo “nuevo”, artilugio moderno por excelencia, o entre aquello que forma parte del un pasado “realmente existente” y de un “mundo imaginario” y por tanto, posible; sino una invocación a la prudencia para no caer de nuevo en las diversas figuras de la Barbarie, encarnadas en los despotismos de derecha y de izquierda. Los unicornios encarnan, entonces, la imprescindible conexión entre socialismo y emancipación, sin la cual, la utopía merece ser, como diría el filósofo  pragmático y liberal-democrático, Richard Rorty, una “fantasía privada”.

Sin embargo es conveniente hacer explícitos algunos elementos de la perspectiva que se pretende construir, como corriente ético-política, antes de avanzar con la argumentación, porque es relativamente fácil detectar dinosaurios y minotauros, pero muy difícil detectarlos, cuando se disfrazan de nuevos unicornios.

Hablamos de socialismos en plural, porque obviamente la experiencia histórica ha enterrado cualquier formulación universalista del socialismo con pretensiones de imponer una concepción unitaria y mono-cultural, como lo fue la experiencia soviética en su pretensión de construir una esfera de influencia de alcance mundial. Tampoco es posible replicar “modelos de revolución”, porque precisamente una “caja de herramientas” si es revolucionaria no operaría con estos contra-sentidos, y solo servirían como “cartas de navegación” aplicados a otros “referentes”.

Adicionalmente, existe a disposición de los interesados una amplia literatura donde se caracterizan los rasgos autoritarios y despóticos de las experiencias socialistas que se hicieron eco fácil de la crítica leninista a la democracia-liberal, sin ofrecer perfiles democráticos que rebasasen los límites de la democracia burguesa.

Por esta razón, resulta un extraordinario empobrecimiento teórico, con indeseables consecuencias prácticas, descartar en bloque el aprendizaje histórico de las luchas que desde el ala progresista del liberalismo político (izquierda liberal) propio del sistema-mundo moderno-colonial, y descartar en el patrimonio de la memoria socialista las luchas en pro de una ciudadanía democrática en la esfera de los derechos sociales y culturales, en nombre de la “dictadura del sujeto revolucionario”. En pocas palabras, en el reformismo socialdemócrata, hay algo que no se puede descartar a priori, aunque hay que tener un criterio muy afinado de selectividad para no caer presos en el programa político de apoyo al “capitalismo democrático de bienestar”, o si se prefiere, en una actitud defensiva ante las críticas al Estado de Bienestar o Estado Social.

Entre aquellos que justificaron una suerte de “socialismo liberal”, desde el punto de vista teórico, figuran pensadores de la intelectual de Norberto Bobbio, que no pueden confundirse con la llamada Tercera Vía a lo Giddens, o posturas “anti-fundacionalistas” (Postestructucturalistas? Postmodernos?) como las de Mouffe-Laclau, y su propuesta de “revolución democrática” para una nueva estrategia socialista. Lo que caracteriza a estas propuestas es su marcado carácter euro-céntrico, lo cual las aleja de las experiencias, especificidades y particularidades de los territorios sometidos a procesos de colonización modernización imitativa, trunca y refleja.

Nuestra tesis afirma que las luchas por los socialismos democráticos arrancan de dos puntos de partida:

a) del reconocimiento del papel de los “lugares de enunciación” y de “agenciamiento histórico-cultural”, reconociendo la geografía de las experiencias (Mignolo) y,

b) reconocer la posibilidad de una torsión de las proposiciones del ala radical-democrática del liberalismo político de tradición moderna, colonial y occidental, para rearticular sus formas y contenidos progresistas con otras formaciones de discurso y acción político-cultural que no pertenecen a la tradición política de la Modernidad euro-céntrica, pero que tienen clara conciencia de la conexión entre emancipación política, justicia económica, eco-dependencia y dignidad nacional-cultural. Aunque, a los buenos ciudadanos les moleste, gran parte del ideario socialista solo podrá ser reconstruido desde los márgenes del pensamiento euro-céntrico, sin necesidad de caer en el chantaje del “fundamentalismo” y del “fascismo de los vencidos”.

Sin embargo, quiero enfatizar que uno de los mínimos democráticos del socialismo posible será dado por los perfiles construidos desde una democracia participativa, radical, pluralista y protagónica, que rebasando los contenidos de la democracia representativa, permitirán la construcción de nuevas ciudadanías sociales y pluri-culturales. Otro de los mínimos democráticos del Socialismo posible será mantener la tensión permanente entre los instituyente, lo instituido y la institucionalización,  y en el terreno jurídico-político, entre poder constituyente, poder constituido y Constitución Normativa.

Tratándose de una democracia revolucionaria, y por tanto agonística de cabo a rabo, la deliberación y las comunidades de comunicación estarán permanentemente asediadas por la las pretensiones de desinformar, el rumor, la guerra psicológica y la “comunicación distorsionada” (Habermas). Por tanto, la democracia revolucionaria tiende a un estallido del paradigma liberal clásico que ha cosificado la separación entre economía, política, sociedad y cultura, por una parte; y entre el ámbito de “público” y lo “privado”, desconociendo la revalorización que de la esfera pública realizan la acción colectiva de plurales movimientos sociales. Sin embargo el desplazamiento del monopolio de la voz del liberalismo-democrático en los procesos de influencia social será un proceso de luchas contra-hegemónicas en el terreno de la construcción de significaciones y sentidos (de la guerrilla semiótica la multiplicidad de referentes de liberación sociocultural).

Así mismo, las “revoluciones parciales”, acotadas a la transformación democratizadora de estructuras estatales, relaciones sociales y economías nacionales, y a las transiciones “nacional-populares” hacia el Socialismo, han dado paso a una revalorización de las particularidades y especificidades de las posibles transiciones socialistas que reconocen que la construcción de un “socialismo mundial” forma parte de un espacio-tiempo de transformaciones que desborda a varias generaciones de movimientos, fuerzas y programas políticos.

Más que a obedecer a leyes de “necesidad histórica”, el socialismo será una construcción de la agencia humana, una “revolución contra el capital” (Gramsci) o simplemente no será. Y esta construcción de la agencia humana  transgeneracional tiene que derrumbar de manera más o menos consistente al muro geo-cultural y civilizatorio creado por la sociedad liberal-individualista del sistema-mundo moderno  y colonial. Nada mas y nada menos que transformar sistemas de valores, creencias y gramáticas ideológicas profundamente arraigadas!!!. 

Por otra parte, es muy difícil sostener hoy una mecánica de transición necesaria entre un sistema socialista y algo llamado comunismo. Lo que Marx visualizó como el fin de la prehistoria (el reino de la necesidad), y el comienzo de la historia (el reino de la libertad) sigue ubicándose en el reino del entusiasmo utópico. Y nuestra época dominada por la ultra-modernidad liberal-occidental segrega cada vez más una crisis de sentido sobre la posibilidad misma de tal entusiasmo utópico, canalizando estas energías en la subcultura del éxtasis posmoderno a lo Lipovetsky y de consumismo hiper-segmentado. Sin embargo, existe una fuerte sensibilidad posmoderna que se constituye en un “estado naciente” para reelaborar desde matrices político-culturales diferencialistas a los horizontes socialistas, de la mano de obras como las de Boaventura dos Santos. Esto no excluye una cuidadosa demarcación de corrientes que proponen jugadas neo-conservadoras.

Por otra parte, las corrientes postcoloniales ofrecen un invalorable aporte al desmontaje del occidentalismo, que puede ser aprovechado. ¿Acaso la experiencia soviética no se proponía alcanzar como meta la imagen de bienestar consumista del campo capitalista del “primer mundo”? ¿El año 1989 no fue acaso una pragmática evaluación colectiva del sistema soviético como fracaso de la promesa de ese particular “reino de la libertad” reducido a la pura y simple “soberanía del consumidor”? ¿Qué futuro le espera a las innumerables nacionalidades y culturas sometidas por la imposición mono-cultural del colonialismo?. Las razones postcoloniales pueden contribuir decisivamente a colocar en la agenda del debate las historias locales frente a los diseños globales, y  reivindicar los tonos de la descolonización del pensamiento en el propio terreno de los horizontes socialistas.

Por otra parte, no resulta descabellado enfrentarse a operaciones de transformismo ideológico de extraordinaria eficacia  a partir de los acontecimientos de 1989, como la asimilación del capitalismo realmente existente con el reino de la libertad, cuando la experiencia de millones de personas bajo el capitalismo mundial experimentan la mas intensa privación, humillación y sobre-explotación bajo el salvaje auge del proyecto neoliberal / neoconservador. Sin embargo, constatamos como las culturas mediáticas licuan estas experiencias y sugieren que la causa de esta situación es la “falta o ausencia de capitalismo”, y no la desregulación social y política de la lógica del capital. Los horizontes socialistas deben enfrentar los dominios desbocados del imperio mediático, que se ha constituido en el verdadero príncipe posmoderno de las corporaciones transnacionales, consolidando junto a otros aparatos culturales una red integrada de dispositivos de modulación del control, vigilancia y “persuasión coactiva” generalizada.

En síntesis, las controversias contemporáneas entre modernos (liberales, conservadores y radicales), posmodernos (conservadores, resistentes y oposicionales) antimodernos (fundamentalistas y nostálgicos de las monarquías del “ancien regime”), trans-modernos (pos-ideológicos o de izquierda) y poscoloniales (Latinoamericanos, Caribeños, Africanos o Asiáticos), pudieran generar nuevas recepciones y reinterpretaciones de lo que pudiera significar una nueva discusión de las experiencias y visiones Socialistas en el siglo XXI.

La dispersión teórica en el terreno pensamiento social es un factum de la situación presente, pero la realidad de los movimientos de protesta y sublevación por otra parte ha venido generando prácticas de articulación entre pensamientos-saberes críticos frente al capitalismo neoliberal y los movimientos de acción colectiva que van sedimentando los nodos de una reticular y molecular praxis contra-hegemónica. Sin embargo, hasta ahora, el estado del arte de la discusión no remite al Socialismo como foco central de la agenda de reflexión, sino a una apreciación de las tendencias, contradicciones y dislocaciones del “capitalismo global”.

Esta brecha de la reflexión pudiera comenzar a saldarse si se clarifican los términos del debate, y si se sabe hacia donde apuntan las nuevas aperturas conversacionales en términos políticos, pues pareciera que las fuerzas político-partidarias que se identifican con el ideario socialista a escala mundial poco dicen sobre la posibilidad de un nuevo socialismo en el siglo XXI, e incluso se encuentran en un franco retraso ante las lógicas impulsadas por los movimientos alter-mundistas (¿Otro índice de la  muerte de la fertilidad del partido de inspiración leninista?).

Hablamos de socialismos en el siglo XXI, porque sin esta lectura no habrá posibilidad alguna del “Socialismo del siglo XXI”. Para que sea del siglo XXI tiene que situarse inevitablemente en el siglo XXI; es decir abordar un talante contemporáneo y cosmopolita. ¿Qué significa en el presente histórico problematizar las experiencias socialistas y las visiones socialistas para el siglo XXI? Significa ni más ni menos, realizar un verdadero balance de inventario, y levantar sobre las huellas del siglo XIX y XX,  los nuevos horizontes socialistas, reconociendo las limitaciones colonialistas y euro-céntricas de proyectos que idealizaron un mito de progreso articulado exclusivamente al industrialismo, la burocratización de la existencia y la lógica unidimensional de la racionalidad instrumental. Entre estas huellas, es impostergable redefinir la relación de cualquier programa político con la obra teórica y política de Marx, por ejemplo, con todo el “socialismo y comunismo teórico”, y con los “socialismos históricos”. Hoy es inevitable, analizar desde una perspectiva no euro-céntrica todas las huellas del socialismo, y enfrentar la impostergable interdependencia entre nuevo socialismo (nueva economía mixta de estilo socialista con un marcado acento popular- autogestionario) y la nueva democracia (con marcado acento en la participación y protagonismo del mundo popular y de las escalas locales).  Un nuevo poli-centrismo democratizador y socializador a través de redes para un mejor-vivir (Villasante).

Al mismo tiempo nos enfrentamos a temibles “minotauros”. No solo es impostergable contar con el hilo de Ariadna y con las habilidades de la real-politik para enfrentar los minotauros de las formaciones capitalistas propias del sistema-mundo colonial-moderno, sino tener presente que el “socialismo histórico” creó sus propios horrores, laberintos y monstruos: los minotauros que bajo el codificación stalinista del llamado “marxismo-leninismo” pretendieron crear una “visión unitaria” del proceso de “transición al socialismo”, del “comunismo” y otras fabulaciones.  Hay que echar a la basura toda la dogmática estalinista, y sobre todo, echar a la basura las actitudes estalinistas(¡por supuesto, reconociendo sus extraordinario logros en el terreno del espionaje social!).

Incluso, consideramos que hay que romper con el imaginario jacobino de la revolución. La revolución socialista es una larga y zigzageante transición democratizadora que nace en las entrañas de las contradicciones y dislocaciones del capitalismo global bajo la convicción de que cualquier otra opción nos hunde aún más en la barbarie. Cualquier desvío del ideario democratizador y de la construcción de un protagónico poder popular conduce a cualquier revolución socialista al fracaso.

Estos minotauros de izquierda se encarnaron en vanguardias de aparato, burocracias, terrorismos de estado, servicios de espionaje, dispositivos de control, en despotismos diversos que han dejado desolado el entusiasmo utópico por el socialismo.

Tanto las formaciones capitalistas como las formaciones del colectivismo oligárquico, mejor difundido como “socialismo realmente existente”, han legitimado a la voluntad de dominio como fin y único móvil de la política, y es cada vez mas obvio que las personas comunes y corrientes intuyen y sienten que el fin último de la política a escala planetaria sigue siendo la conquista, acumulación y conservación de recursos de poder para someter a otros… a pesar de sus resistencias. A este sometimiento barnizado se le ha denominado pomposamente como “gobernabilidad”. Y obviamente, “gobernabilidad” contra el pueblo.

El socialismo democrático ha sido históricamente la lucha contra la separación entre propietarios y no propietarios, entre controladores de la gestión y dependientes del control, entre gobernantes y gobernados, entre los auto-denominados “ilustrados” y los hetero-denominados “incultos”, separaciones que reproducen incesantemente formas de explotación, dominio y manipulación ideológica. Por esta razón, el socialismo ha incluido en toda su historia luchas por la socialización de la gestión económica atacando las fuentes de la desigualdad y la explotación, la lucha por la socialización del poder político y la democratización del Estado, y simultáneamente, la socialización del saber y la construcción de una nueva plataforma cultural liberadora.

La hegemonía histórica del “marxismo autoritario” y todos los regímenes de aparato que se han denominado “socialistas” han presentado características regresivas desde el punto de vista de la tradición democrática, si se comparan históricamente con los regímenes de las sociedades liberal-burguesas reguladas por variaciones del “Estado democrático y social”, donde una mezcla de conquistas y cooptaciones ha dado lugar a los “derechos democráticos” y las luchas por figuras cada vez mas progresivas de  “ciudadanía” (cívica, política, social, cultural).

Frente a esta situación, voces como la de Rosa Luxemburgo en su análisis  de la revolución rusa nos lleva al quid del asunto:

“Y cuanto más democráticas sean las instituciones, cuanto más vivaz y enérgico sea el pulso de la vida política de las masas, tanto más directo y exacto será el influjo ejercido por estas, por encima de rígidas etiquetas de partido, de listas electorales envejecidas, etc. Cierto: toda institución democrática tiene limitaciones e insuficiencias, cosa que comparte, desde luego, con cualquier institución humana. Pero el remedio que han hallado Trotsky y Lenin, la eliminación de la democracia en general, es peor que la enfermedad que ha de curar: porque obstruye la fuente viva de la que podrían emanar, y sólo de ella, los correctivos de todas las insuficiencias inherentes a las instituciones sociales. La vida política activa, enérgica y sin trabas de las más amplias masas populares.” (RL)

Así mismo, la liquidación de las libertades democráticas es una obvia prolongación del imaginario jacobino:

“El presupuesto tácito de la teoría de la dictadura en el sentido leninista-trotskista es que la revolución socialista es una cosa para la que existe una receta acabada que esta en el bolsillo del partido revolucionario y que solo basta con emplear la energía para hacerla realidad” (RL).

Y en otro fragmento que para los pelos de punta ante la experiencia vivida en el siglo XX:

“(...) La libertad solo para los partidarios del gobierno, solo para los miembros del partido, por muy numerosos que puedan ser, no es libertad. La libertad es siempre únicamente la del que piensa de otra manera. No es ningún fanatismo de “justicia”, sino porque todo lo que de pedagógicamente, saludable y purificador tiene la libertad política depende de esta condición y pierde esta eficacia si la libertad ‘se convierte en un privilegio.” (RL)

Podríamos multiplicar exponencialmente la citas y los autores desterrados de la ortodoxia político-cultural. La genial escritura fragmentaria de Antonio Gramsci, los destellos consejistas de Karl Korsch, la tan ignorada obra del socialista alemán Arthur Rosenberg “Democracia y Socialismo. Historia política de los últimos ciento cincuenta años. 1789-1937”, y muchas voces más sepultadas en la memoria oficial de los aparatos.

Se ha sepultado del imaginario socialista que la democracia revolucionaria es “socialismo y más democracia”, y no “estatismo y menos democracia”.

La democracia revolucionaria trata de manera muy esquemática de fusionar en un proceso histórico marcado por la “política de las mayorías”, el autogobierno de la colectividad con grados superiores de control y posesión colectiva de los principales medios de producción de bienestar y mejor vivir. Y es aquí, donde democracia revolucionaria y democracia social se articulan para promover un nuevo proyecto de economía mixta de estilo socialista como forma de transición para el logro de un mejor vivir; es decir, de la escala humana y ambiental de una real emancipación para todos, contra los minotauros de izquierda y de derecha.

Por otra parte, los minotauros de derecha, los legitimadores de las formaciones capitalistas hicieron todo lo posible para reducir las expectativas  populares sobre el concepto de democracia, desde la codificación de Joseph Shumpeter hasta la Comisión Trilateral, interpretaciones que condenaron cualquier idea de profundización de la democracia como una amenaza para la estabilidad y la “gobernabilidad” del sistema político y económico; dando lugar a la democracia  de baja intensidad y al compromiso entre elites, coartada a la medida de los intereses de la plutocracia global y su diseño imperial.

Lo que se ha venido obturado, como señalaba Rosemberg, desde hace más de 200 años es que “la democracia como cosa en sí, como una abstracción formal no existe en la vida histórica. La democracia es siempre un movimiento político determinado, apoyado por determinadas fuerzas políticas y clases que luchan por determinados fines”; por tanto, tras las formas retóricas del movimiento hay que analizar los intereses y fines políticos que determinados grupos, sectores y clases persiguen.

En el caso de los minotauros de las formaciones del llamado “socialismo real”, desde la década de los 20 del siglo XX, los aparatos postergaron por “razones de fuerza mayor” un debate sustantivo sobre la democracia, y desde ese momento el socialismo democrático fue relevado por la esterilidad de una socialdemocracia sin socialismo (reformismo) y un “socialismo” sin democracia (revolución).  A partir de allí, y como afirma lúcidamente Edgar Morín, es obvio que “el socialismo dejo de ser un concepto unitario”.

No basta sin embargo, con racionalizar el fracaso del campo soviético a partir del cómodo expediente del chivo emisario. Stalin no fue el creador del Gulag. El Gulag habitaba ya en la desfiguración del horizonte ético y utópico que animó la “crítica de la economía política”, que se devaluó en una forma de pragmática política, en la desfiguración del “análisis concreto de la situación concreta” por el cálculo instrumental de fuerzas anónimas donde la condición humana fue solo cifra, variable,  masa de maniobra, y perdida de la voz y del rostro.

¿Cómo “cambiar la vida” (Rimbaud) desde ese lugar?.

Hablar de socialismo(s) en el siglo XXI implica una mirada frontal con la amnesia colectiva de los trayectos, márgenes y horizontes socialistas que quedaron tapiados en el camino. Y sobre todo cuestionar las premisas euro-céntricas y colonialistas presentes en el ideario socialista. Desde nuestra perspectiva, solo reivindicando a los socialismos desde los márgenes, poniendo a circular una proliferación de diferencias, tensiones e incluso oposiciones, es donde se hace  posible reavivar la llama del entusiasmo utópico, replanteando la construcción de la unidad en la diversidad a partir de metódicas democratizadoras.

La fecundidad de los Socialismos desde los márgenes contrasta con la esterilidad del “régimen de verdad” de los aparatos. Estos socialismos en plural, con sus desarrollos desiguales y especificidades histórico-culturales, permiten nuevos locus de enunciación, y permiten hablar del “socialismo” como una verdadera constelación de sensibilidades, ideas, creencias, valores e imaginarios de emancipación.

No se trata de simples oposiciones de valores, entre libertad e igualdad, por ejemplo; sino del modo de articulación de un complejo de valores en el cual están presentes de modo sinérgico el derecho a la vida, la justicia, la igualdad, la libertad y la solidaridad. El socialismo, desde nuestra perspectiva será la lucha por ampliar los espacios de  libertad (Foucault),  confrontando abiertamente las condiciones de desigualdad, injusticia, explotación, vulnerabilidad y exclusión que reproducen una “libertad real para algunos pocos”. Por esta razón, la estrategia socialista depende de una “revolución democrática” y de una praxis contra-hegemónica de fuerzas nacional-populares, que junto a movimientos anti-institucionales, anti-patriarcales, anti-autoritarios,  eco-políticos y de sensibilidades ecuménicas, planteen las bases de un nuevo espacio-tiempo de transformaciones radicales de todos los espacios de poder, moleculares y molares, como los Estados-Nación y las instancias de poder supranacionales.

Ciertamente, las definiciones de la democracia y del socialismo están condenadas inevitablemente al “conflicto de interpretaciones”, por una parte, y a una pluralidad de perspectivas, por la otra. Esta pluralidad ofrece fortalezas y no debilidades. Requerimos de una proliferación de sensibilidades a lo Benjamín, para rememorar y no perder nuestro vínculo con esas huellas, y renovar la lealtad con el a priori del dolor de la plural condición humana, fundamento precario de los saber(es) y los pensamiento(s) críticos, frágil fundamento que desmonta las certezas amalgamadas por los practicantes del racionalidad instrumental capitalista, y que no puede reducirse a una suerte de “humanismo sentimental”.

¿En que se ha transfigurado la vanguardia intelectual de los minotauros, sino en las voces del dominio y la exclusión? ¿Que diferencia existe entre la verdad oficial del príncipe moderno encarnado en el “Estado-Partido único” y este príncipe posmoderno que usa la “opinión publica” para modelar los patrones de interpretación y sensibilidad social?. ¿Qué queda en pié de la Modernidad liberal-eurocéntrica? ¿La soberanía del consumidor y sus simulacros de libertad?  

Nuestros minotauros son, en definitiva, las plutocracias capitalistas y las “nomenclaturas” políticas del colectivismo oligárquico, que han gestionado diseños globales sin huella alguna del poder de las historias locales y del protagonismo de los lugares-mundos de lo nacional-popular. En definitiva, será una democracia participativa, radical, pluralista y protagónica la condición de posibilidad de los horizontes socialistas.

Sin esta democratización sustantiva, el Socialismo del siglo XXI será de nuevo una reiteración de aquella sentencia: “Los sueños de la razón engendran monstruos”.