Juan Antonio Calzadilla Arreaza

juanant@cantv.net

La alucinación radioeléctrica        

25 de enero de 2007

Hemos llegado al punto de vivir en una sociedad televisada. Dondequiera que nos encontremos está presente el ojo encendido de un televisor. Tal vez ni lo veamos detenidamente, forma parte intrínseca del entorno. Si se apagara caería sobre la realidad una triste tiniebla.

El televisor sustituyó al prójimo como otro mundo posible. Sin televisión nos sentimos el uno y el otro huérfanos de mundo. Cuando una pareja quiere hacer el amor, apaga momentáneamente el televisor, aunque algunos prefieren el acompañamiento del ronroneo mecánico, “para saber qué está pasando”.

Nuestro robot radioeléctrico del siglo XX se ha convertido en nuestro amo existencial. Es el televisor quien nos mira. Mirándonos nos hace. Y a fin de cuenta no somos sino lo que en la televisión puede mirarse. Si no se ve en la tele no existe, y si no se parece es feo o imperceptible. Existimos en la medida de nuestra conformidad con lo televisable. Somos o no somos televisables.

¿Qué pasa cuando el medio se convierte en el objeto? La representación sustituye lo real, que no es real si no es mediatizado, la mediatización es la realización. El mundo televisado es un mundo alucinado. Entonces estamos ante una alienación de lo real. Un mundo ideal y sensual que dicta la forma, la imagen, la sensación, el deseo y el goce, y que deja en ridículo los entes reales por su imperfección. Lo real se vuelve más bien una copia, siempre mala, siempre imperfecta, del mundo televisible.

Los seres televisados encarnan la perfección de la existencia, se vuelven arquetipos vivos, semidioses o héroes, sus chismes y sus vidas sustituyen los propios nuestros pues ellos son la verdad de lo televisable. Infructuosamente soñamos con imitarlos para acercarnos un poco a lo “real”. Y si la televisión nos premia alguna vez por imitarla, y nos pasa una noche desafinando una tonadita mediocre, alcanzamos el colmo de la realidad, nos sentimos, ahora sí, cerca del éxito. El éxito de la clonación del sujeto humano.

¿Cómo no iban a querer unos astutos poderosos adueñarse del mundo alucinado y dirigir nuestras alucinaciones hasta convertirnos en autómatas? Si los Estados políticos se percataran realmente del poder con que cuenta la alucinación teledirigida en manos de señores que quieren vender, o que quieren producir consumo, que es el arte publicitario, o que quieren englutir voluntades para endosarlas a un inexpresado fin político... si los Estados ponderaran el poder televisivo de hacerse dueño de deseos y voluntades, temblarían... A no ser que sean Estados cómplices en el negocio de la alucinación dirigida. El poder psíquico va más lejos y cala más hondo que el poder jurídico. El poder mediático implanta y dirige el deseo, el placer, el gusto, la voluntad, es decir, el meollo de la vida humana.

¿Qué pasaría si este poder televisivo no tuviera límites, si pudiera manejar la opinión y la voluntad de las masas humanas televisables indefinidamente, haciéndolas alucinar cualquier cosa requerible, teniéndolas siempre alejadas de la realidad con espectáculo y comiquitas? Entonces llegaríamos al 1984 de George Orwell y el poder se haría omnipotente. Era la hipótesis heurística, la apuesta del régimen de Bush y Blair. Afortunadamente la realidad se ha impuesto a la psicosis dirigida y mostrado que el sujeto humano no es infinitamente manipulable. La mediática imperial no ha podido anular la verdad. Creer en la verdad es hoy una forma de resistencia. Una salvaguarda de la libertad.

Ya que no es posible vivir sin consultar el espectro radioeléctrico, ya que, por ahora, el televisor es indispensable, tengamos por favor una televisión de lo real, que no lo sustituya por la mercancía o el objeto sexual sino que lo haga amable en tanto que real. Una televisión real de lo real, y no la sustitución sadomasoquista del “reality show”.

¿Es posible otra televisión? ¿Es posible una revolución estética, una revolución del gusto? ¿Transformar la belleza? ¿Desear y gozar más allá del mercado?

Por una percepción y una recuperación de la realidad, si alguien puede todavía, por favor liberen el espectro, liberen a la sociedad de la alucinación radioeléctrica.