Juan Antonio Calzadilla Arreaza

juanant@cantv.net

El valor de los valores        

junio de 2006

Escuché decir a un interlocutor muy apreciado: “Acabaron con todos los valores.”

Es una frase lo suficientemente dramática para empujar a comenzar un ensayo. ¿Qué es valer, qué es valor, qué es lo que vale? Y por consecuencia: ¿qué ya no vale?, ¿qué hacía valer lo que ahora se nos ha hecho insignificante o irrisorio?

El diccionario de filosofía, entre su hormigueo parsimonioso de renglones, nos dice que la noción de “valores” sustituyó en el siglo XIX y XX a la noción de “bienes” de la tradición ética. Y nos añade que las teorías del valor se dividen entre las que creen en su “necesidad” y las que plantean su “problematicidad”.

Posee valor aquello que es considerable como un “bien”. Será bien para la hoy maltrecha naturaleza humana, aquello que le resulte útil, provechoso, sea en lo físico o en lo metafísico. Será un valor metafísico la “inmortalidad del alma”, o la “verdad incólume y eterna”, no salpicada de llanto o de sangre. Esos valores eternos y necesarios (Bien, Belleza, Verdad, Justicia) dan fuerza al alma magullada por la historia y la arrullan a lo largo del camino hacia la muerte, tras la cual advendrá el Retorno del Reino.

Los valores ideales trascendentes aliviarán el vía crucis histórico que es la paga necesaria de la Beatitud Suprema. Allí estará el Bien que no es sino bueno, la Belleza pura más allá de todo lo bello (que siempre es defectuoso), la Justicia que no sabe ser sino justa (y nunca interesada ni en la más mínima porción en nada del mundo), la Verdad desnuda en su pura doncellez impoluta. Los valores trascendentes son Ideas o Esencias platónicas. Son ellas las que dan el valor a lo existente según su grado de semejanza con relación al modelo ideal. Se vale en proporción a la semejanza con el modelo perfecto. Este es el mecanismo del Valor idealista.

Pero lo grave, me dice mi interlocutor, es que ni siquiera valores trascendentes, ni siquiera valores metafísicos, idealistas, desesperadamente irreales, nos han quedado. Ni siquiera con que Platón se siente a la diestra del Padre nos ha quedado Cielo. Ni el cielo más sublime y etéreo ha sobrevivido.

Y eso me preocupa. Reformulemos la noción de Valor, digo. Tal vez no tengamos ya valores trascendentes, eternos y necesarios, ¿pero y qué de los valores “problemáticos”, es decir, los generados históricamente y en función de la utilidad social y colectiva? ¿No nos llamamos “materialistas” de la posmodernidad? ¿Querría decir que nuestros valores (me incluyo por cortesía sociológica) son “el ser alguien”, “ser triunfador”, “competitivo”, “exclusivo”; será que nuestros valores son “comprar”, “consumir”, “poseer”; será que nuestra virtud mayor es “tener dinero” en metálico o en plástico, en virtud del principio de que “sólo el dinero todo lo puede”?

Son valores históricos, constituidos según una fecha y un sitio en el seno de nuestros sujetos, como los móviles que trenzan su deseo y su acción social más o menos inconcientemente, según la capacidad mental dejada a cada sujeto.

Ello nos lleva a una primera definición:

“Valor” es lo que orienta nuestros actos con eficacia instintiva, pues es lo que se convierte en objeto del deseo y de la acción. No hay objeto de la vida humana que no esté revestido de Valor (según un doble sistema de coordenadas: un eje que va de máximo a mínimo y otro que va de positivo a negativo: lo que se llama “una escala de valores”). Una cosa desprovista de valor deja de ser objeto. El Valor es lo que hace que una cosa valga. Nos movemos y actuamos con cosas que valen algo.

Me satisface, pero no me consuela, dice mi interlocutor. Tiene razón.

Pues tal constatación realista sobre la calidad de los valores actuales nos empuja a otra consecuencia:

Nuestros valores son totalmente “problemáticos”, históricos, materialistas y mercantiles. Lo cual nos permite al menos un consuelo: si unos valores son históricos, es decir, formados en la realidad del espacio y el tiempo y de la interacción social, deben ser posibles otros valores también históricos. Los móviles del deseo y de la acción humanos son modelados por la historia. Si el deseo humano actual fuera universal, eterno y necesario, estaríamos acabados. El valor está allí donde está puesto el deseo. La proyección del deseo es por naturaleza multifocal. Entonces otro mundo es posible. ¿Pero enfocado hacia qué?

¿Se podrá hablar, entonces, otra vez de Bien, Belleza, Verdad, Justicia?, dice mi interlocutor.

Me recuerda unos clásicos textos de Nietzsche, en La genealogía de la moral, de donde se podría extraer un par de tesis:

—Todo lo más “alto” tiene un origen bajo. La monarquía procede de la piratería. Los altos valores trascendentes y eternos tienen un rastrero origen inmanente e histórico. El valor idealista es la máscara que se da el poderoso después de su crimen. La mayor imposición del pillo es que se le llame bueno.

—Los valores tienden a invertirse, lo que era bueno pasa a llamarse malo, lo que era malo pasa a considerarse bueno.

Es posible que todo lo que hoy signifique el más alto valor sea lo que menos valga, algo así como la comida chatarra. Es posible que estemos amando y deseando lo que más envenena la vida, lo que más la degrada y la destruye. Estaríamos poniendo el valor en nuestra propia destrucción. Es posible que los más grandes hombres sean los peores rufianes, que los más santos sean los más sanguinarios e inquisidores.

El verdadero Poder sería el control de Valor.

Una recuperación del valor debería pasar por un enderezamiento de los valores, una reversión de las escalas. Tal vez lo más valioso es lo que más hemos venido despreciando. La lucha contra el poder capitalista es una lucha por el deseo y en el deseo. ¿Cómo convertir al sujeto del deseo en sujeto de otros valores? ¿Cómo redireccionar la carga del valor apartándola de las redes libidinales del universo capitalista? ¿Dónde descargar el valor, esa pesada y volátil carga humana? ¿Se puede desear la revolución si todavía lo que se desea en el fondo es el culo de la catira y el celular de cuarta generación?