Gilberto Gil [1]

 

Postmodernidad a la brasilera

13 de julio de 2005

En una de mis últimas estadías en Francia yo me he divertido—como cualquier viajero que cambia de continente—haciendo el inventario, por curiosidad,  de los canales de televisión que se ofrecían en mi habitación del hotel. De ese modo yo pasé un rato navegando por una veintena de canales árabes que me han impresionado por su diversidad musical: uno podía ver programas de música tradicional muy “pura”, música folklórica mezclada con sus ingredientes cosmopolitas que encontramos ahora por todos lados, música urbana ligera con cantantes encantadoras y grandes orquestas de rock, rap y música electrónica… Una manifestación de eso que uno puede denominar la “glocalización” (la mezcla de lo global y lo local en el lenguaje musical, los medios de producción, los públicos).

En el fondo pasa lo mismo en Francia, la misma cosa en Brasil y más o menos en todas partes del mundo: una música universal, tendiendo hacia la uniformización, pero con una elocuente presencia de la dimensión local, de la diversidad. Esta “glocalización”  es el horizonte hacia el cual nosotros marchamos.

Pero si ustedes franceses y nosotros brasileños vivimos esta misma situación cultural en el dominio musical, pareciera que nosotros la hemos conocido desde mucho antes que ustedes. Desde su origen  Brasil es mestizo por su población; desde el origen somos multiculturales e interculturales. Tomemos por ejemplo la música del Nordeste con su acordeón, el tambor zambumba, el triángulo; en Río de Janeiro los tamborineros, la bandolina y la guitarra flamenca. La presencia en la música tradicional de un mismo país de instrumentos venidos de todas partes es el resultado de un largo proceso que ha comenzado  con las exploraciones de los primeros navegantes europeos y continúa hoy con la difusión planetaria e instantánea de la música.

Brasil no encontró su  lugar en la modernidad. Pero hemos superado este dilema: nosotros llegamos a la post-modernidad sin haber sido modernos. Luego de cuatro o cinco años yo me he formulado preguntas sobre  el tropicalismo en el cual--junto a Caetano Veloso, desde luego--  yo me he sumergido con pasión hace unos cuarenta años. Reflexionando en torno a una síntesis entre la música popular brasilera, la samba, el bosa nova,  el jazz, el pop, se trataría para nosotros de aprehender la cultura como una entidad fragmentaria, como un conjunto plural de elementos mediante los cuales  buscamos un inter-lenguaje.

Nosotros estimamos que la potencia cultural de un pueblo consiste en su capacidad para digerir la realidad global, pero al mismo tiempo, en imponer su singularidad. Nosotros pensamos el tropicalismo como un movimiento moderno, pero me parece ahora que ese ha sido el primer movimiento post-moderno.

Yo estoy conciente que esto puede parecer paradójico a los franceses, dado que la cultura es con frecuencia anunciadora de movimientos por venir. Pero nosotros elaboramos antes que Europa una respuesta cultural frente a la globalización. Es una cuestión de ciclo histórico: cuando las potencias coloniales—Francia, Gran Bretaña, España, Portugal—estuvieron forzadas a la modernización por la explosión económica de Estados Unidos, Brasil también fue obligado a salir adelante. Excluido de las bondades de la modernidad por su situación colonial, Brasil  experimentó las premisas de eso que todavía no se llamaba la post-modernidad.

He allí por qué Brasil propone hoy un nuevo modelo de poder. No se trata ya de un poder fundado sobre la dimensión militar, comercial o industrial, sino sobre la capacidad de atraer al otro, su capacidad de seducción: un poder cultural.

La propagación de la música brasileña en el mundo entero, su peso y su influencia en culturas extremadamente diferentes en los cinco continentes (incluida la canción francesa) pueden ser vistas –haciendo una caricatura—como una suerte de  colonización suave y consentida.

El modo como Francia nos acoge en la ocasión  del “Año de Brasil” es significativa: se nos reconoce claramente que algo tenemos que decir, que mostrar, que enseñar. Lo hemos dicho, el modelo de influencia había sido el poder colonial de las potencias europeas o el poder moderno, pragmático, económico, de los Estados Unidos. Lo que me satisface de la situación de Brasil en el mapa del mundo actual es que él muestra un modelo diferente. En el tiempo del tropicalismo nosotros teníamos una idea, una ambición, un sueño que ahora yo tengo la surte de ver realizados: la posibilidad que nuestra cultura y nuestra nación se impongan al mundo, no como una potencia clásica, sino como una fuerza de integración y de acercamiento.   

[1] Ministro de Cultura de Brasil/”Le Figaro”/Paris, 13/7/2005 (Traducción de Rigoberto Lanz)