Francisco Rodríguez

Sociólogo. Profesor Titular de la UDO (Bolívar)

franciscorodriguez50@cantv.net 

La violencia de la civilización

septiembre de 2006

Resumen:

La evolución del sistema capitalista como modo de producción localizado en la civilización occidental, hacia un sistema global con vocación de hegemonía universal, ha secretado una racionalidad cuyo fundamento es una lógica terrorífica y totalitaria del “mercado>objeto>consumo. Esto conduce finalmente a la construcción de un “estilo de vida” también global basado en la violencia. La construcción de una “civilización de la convivencia”, es el “cordón sanitario” a la globalización de la civilización de la violencia y por lo tanto de la muerte. 

Palabras claves: civilización de la violencia, racionalidad global, guerra de civilizaciones, cultura de la muerte.

I.- La violencia como racionalidad global:

El tema de la violencia hoy, ha dejado de ser un problema secundario para pasar a ser el principal problema de la civilización capitalista global. El tema de la guerra global planteado como consecuencia de la doctrina de la “Seguridad y defensa nacional”, constituye toda una estrategia de los centros de poder mundial para mantener la hegemonía planetaria. Al mismo tiempo que es un excelente mecanismo de equilibrio de la economía que desde hace algún tiempo viene presentado períodos de crisis cada vez más frecuentes y prolongados.  

Esto significa control de los centros de producción de petróleo para una civilización cada vez más necesitada de energía que alimente un monstruoso aparato de producción y consumo. Para ello es necesario el control total del Medio Oriente, única región del mundo que desafía abiertamente a los centros de poder de la civilización occidental y en donde, al mismo tiempo, existen las más grandes reservas de petróleo del planeta.   

Una civilización cuyo estilo de vida está basado en el consumo como la única forma que tiene el individuo de vincularse al mundo real, de tal manera que aparece como el único acto que merece ser visto como “real”, es por esta razón, una “civilización de la muerte” porque está orientada a la destrucción de todo. Destrucción de los objetos en el consumo, destrucción de la naturaleza para la producción, destrucción de las estructuras culturales y modos de vida que constituyen resistencia a la implantación de la civilización global y por tanto destrucción de los pueblos que desafían la hegemonía de la “Cultura occidental”.  

La violencia destructiva, entonces, no es más que un síntoma de la locura de una civilización enferma de poder, de “verdad absoluta” (porque cree que son los únicos que tienen la verdad), de egocentrismo etnocéntrico por la creencia en su condición de “raza superior” y por lo tanto excluyente de los “grupos étnicos inferiores”. 

Este síndrome de la “civilización paranoica ha generado “delirios de grandeza” que los lleva a definirse como el “eje del bien” por oposición al “eje del mal” y por lo tanto la parte de la humanidad que merece llamarse realmente humana y civilizada. Y por primera vez en la historia de la cultura occidental, tenemos que hablar de una “civilización divina”, porque no es que sean enviados de Dios o hijos de Dios, sino que los centros de poder de la civilización capitalista global, se  representan a sí mismos como una real  “encarnación de Dios”. 

La divinización de la sociedad, parte de considerar que solamente un orden social que ha llegado a tales grados de perfección científico-tecnológica y niveles de vida basados en el consumo-confort, merece considerarse como una civilización divina, en sí misma.   

Las ideas delirantes de persecución que se generan de esta patología, empuja a atacar  a todo aquel pueblo que desde este punto de vista represente un peligro para la civilización. Esta es la “teología política” del departamento de estado  y en este contexto se entiende lo que está pasando hoy en Palestina, el Líbano y el mundo árabe en general. Pueblos árabes que constituyen resistencia frontal a la homogeneización compulsiva del mundo por la civilización capitalista global-anglosajona y de los cuales han surgido el fundamentalismo como una respuesta de refugio que empuja a “restearse” consigo mismo y el terrorismo, como una respuesta suicida, igualmente patológicas.  

Israel, no es más que un instrumento del mundo occidental, en esta guerra de civilizaciones, para la realización de los propósitos de una civilización necrófila. La invasión a un pueblo tradicionalmente de  pastores y comerciantes, como es el Líbano, la muerte de civiles (predominantemente mujeres, niños y ancianos), la destrucción de toda la infraestructura de un país pequeño; nos instala ya definitivamente  en la guerra global de una civilización de la muerte.  

II.  La cultura de la muerte: 

El ser humano es el único animal que tiene conciencia de la muerte, sabe que va a morir, siente la “angustia del terreno”. Los otros animales, huelen la muerte pero no saben que son mortales. El instinto de conservación empuja al animal a evitar el peligro, pero no le permite comprender el hecho en sí de la muerte. El hombre tiene conciencia de la muerte, pero hay un problema, no la acepta; al menos a niveles del inconsciente.  

Esa condición de “Ser autoconsciente de la muerte” que la niega al mismo tiempo, y  que caracteriza la condición humana, crea una paradoja, pues de tanto tratar de escapar de la muerte, el hombre la evoca permanentemente. Ella está más presente, cuanto más se intenta huir de ella. Esto  marca al hombre indefectiblemente en todas sus manifestaciones: económicas, culturales, políticas, etc. 

En todas esas manifestaciones de la vida social, el problema que es la muerte para el hombre está presente, cuando éste intenta negarla. La acumulación de capital, la compulsión al atesoramiento de bienes materiales, de fortuna, etc., no es más que negación de la muerte. La búsqueda de poder político, cada vez más y más poder, no es otra cosa que un intento desesperado por negar la muerte que sabemos nos viene pisando los talones. Así mismo podríamos decir de las grandes manifestaciones culturales. 

Construcciones arquitectónicas grandiosas como las pirámides de Egipto, grandes catedrales en la época medieval, manifestaciones artísticas, etc., dan fé de la gran capacidad que el hombre tiene para crear cosas que le permiten comprobar que está vivo y que vivirá eternamente en esas grandes obras. 

Pero también en la vida cotidiana encontramos esas mismas manifestaciones de negación de la muerte que se convierten en su afirmación más contundente. El que mata para sentirse vivo, espera con ese acto negador de la muerte, poder escapar de su fría guadaña. Vana ilusión, porque lo que hace es reafirmar su presencia cuando mata al otro para no sentirse él mismo muerto.  

De múltiples maneras, la sociedad contemporánea se ha venido convirtiendo en en una “Civilización de la muerte”. El siglo XX inauguró este período de la evolución humana, cuando el estado nazi se convirtió en una inmensa “maquinaria de muerte”. 

Antes, en las guerras, se mataba al enemigo porque constituía una amenaza en el plano militar. Sin embargo, los judíos nunca constituyeron una amenaza real desde el punto de vista militar para el estado nazi. Su inmenso poder de destrucción no era más que un pretexto. Luego pudimos observar este mismo fenómeno en el surgimiento de USA como un gran  imperio generador de muerte. Lo vimos en Corea, luego lo observamos en Vietnam, en muchos  países  latinoamericanos,  en  Irak 92  y ahora lo veremos claramente, de nuevo en el caso de Irak. Las guerras actuales  matan más civiles que militares.  

Hoy, en la vida cotidiana, la muerte se ha banalizado, vale decir, se ha convertido en un hecho más o menos sin trascendencia, un hecho trivial; cosa que había sucedido antes con los estados como en el caso de los nazis pero no con el hombre común.  

Asistimos a una época de “banalización del mal”. Esto significa que el valor de la vida se ha devaluado considerablemente, al mismo ritmo en que se han devaluado las monedas en la economía contemporánea. Y en este proceso de la implantación de un sistema social tan materialista como el capitalismo de consumo (antes fue el capitalismo productivo), a medida que se revaloriza el mundo de los objetos, se desvaloriza en la misma proporción el mundo de la persona. 

Todos hemos oído noticias tan escandalosas como la muerte de cualquier joven para robarle los zapatos en nuestro país. Y es que en  Venezuela, se ha venido entronizando también, como en el resto del mundo, una “Cultura de la muerte”. Basta con leer la crónica roja el día lunes para constatar esto. Aún sin guerra los fines de semana sangrientos nos dejan como saldo trágico un promedio de 100 muertos por causas violentas. Parece que como dice la canción mejicana hoy en nuestro país, la vida no vale nada. 

El hombre ha perdido el carácter sagrado que siempre tuvo en cualquier civilización a pesar de la violencia y la muerte  que   siempre  hubo.  La  quiebra   de  valores  es  responsable  de  la entronización de valores puramente instrumentales centrados en el yó del individuo y no en  el carácter relacional de la persona.  

Valores egocéntricos: posesión de bienes materiales, dinero, status social, consumo, confort, goce inmediatista, etc., por oposición a valores interpersonales como: solidaridad, amor al prójimo, respeto por el otro (y por sí mismo), tolerancia, compasión, etc., que son valores que conducen a promover situaciones de convivencia, y no de enfrentamiento y de orden caníbal como es lo que estamos observando hoy en día. Una situación en donde lo que predomina es el culto al objeto y no a la persona humana, el goce sin compromiso por encima de la responsabilidad y el individualismo egoísta del  “sálvese el que pueda” por encima del colectivismo responsable y solidario. 

Por otro lado tenemos el terrible expediente de la instalación  en nuestra sociedad ya con carta de ciudadanía de una “cultura de la violencia”. Por todas partes respiramos el aire maloliente de un clima de violencia permanente: la familia, la comunidad, la TV, las crónicas rojas de los diarios y ahora el mundo político, son vivos ejemplos de esa ecología en la cual estamos todos metidos; la “ecología de la violencia”. El caso más típico es el de una sociedad que condena a más de la  mitad de la población a una situación de exclusión social. Esto también es violencia, violencia estructural.                                                                                                                  

Finalmente para completar este cuadro muy apretado de condiciones que favorecen la aparición de la violencia, tenemos que debido al endurecimiento de la vida social en nuestros tiempos contemporáneos, hemos terminado convenciéndonos de que si no es por la violencia no podemos lograr nuestros objetivos.  

Esto es una verdadera tragedia para una sociedad que desprecia mecanismos como: las leyes y normas sociales, las instituciones, la conciliación, la mediación y la comunicación, para resolver los conflictos. 

III. GUERRA  DE  DIOSES  O  CHOQUE  DE  CIVILIZACIONES:  

El  terrorismo  ha  existido  siempre  que  exista  un  imperio  con  excesiva  concentración  de  poder. Así  fue  el  caso  de  Roma; los  “Celotes”  eran  grupos  de  guerilleros  judíos que  realizaban  atentados en  contra  del  Imperio  Romano. Es  el  arma  del pequeño  y  débil en  contra  del  grande  y  poderoso. No  obstante,  es  detestable   por  su  carácter  de  ataque  por    la  espalda  y  generalmente  con  víctimas  inocentes. Lo  que  ocurrió  el  11  de  septiembre  en  Nueva  York  fue  una  carnicería;  algo  abominable,  propio  de  bárbaros  y  dementes  que  el  mundo  civilizado,  cuerdo  y   democrático  tiene  que  rechazar  de una  manera  enérgica.           

El  mundo  consternado  se  pregunta  quienes  y  porqué  razón  suceden  estas  cosas  y  la  respuesta  no  es  simple. Demasiadas  personas  implicadas  en  esta  carnicería  y  demasiadas  cosas  capaces  de  generar  un  clima  propicio  para  realizarla. El  capitalismo  de  la globalización, cuya  Meca  son  los  Estados  Unidos,  ha  generado  demasiados  enemigos  con suficientes sentimientos  antinorteamericanos  y  antiglobalizadores  como  para  propiciar  un  ataque  de  esta  naturaleza. Desde  Seattle  hasta  Génova, crece  la  resistencia.       

El  capitalismo  en  su  versión globalizadora  es  arrogante, soberbio,  avasallante   y  generador  de  pobreza  y  exclusión  social. Todo  el  que no  ha  podido  ingresar  al  proceso  de  globalización  en  condiciones  de  propietario  de  capital  y  tecnología  o  de  gran mercado, se  ha  ido  convirtiendo  en  un  paría  excluído  del  sistema. 

 A  su  vez  este  sistema  se  ha  vuelto  intolerante  con  todo  lo  que  signfica  diferencia  racial,  cultural  o  étnica. La  derecha  ultraconservadora  norteamericana  y  europea  ha  alentado  el  surgimiento  de  movimientos  neonazis  cuyo  racismo  recuerda  los  aciagos  años  de  los  campos  de  concentración  nazis.   

Desde  que  comenzó  la  guerra  fría,  USA  ha  desarrollado  una  política  exterior  de  intervencionismo  y  árbitro  del  nuevo  orden  mundial. Se  ha  convertido  en  un  policía  global  que  persigue  y  hostiga  a  cuánto  antisocial  amenaza  a  la  civilización  occidentral. Desde  el  comunismo,  los  movimientos  de  liberación  nacional,  hasta  los  líderes  providenciales  de  estados  teocráticos  fundamentalistas  como  Sadam  Hussein,  ayatolas,  o  simplemente  jefes  de  estados  delincuentes  como  Noriega.    

Sin  embargo,  el  enemigo global  actual  no  es  el  portador  de  una  ideología  política  que  como  el  marxismo  proponía  el  reino  de  Dios  en  la  tierra. El  enemigo  de  hoy  representa  una  etnia  que  se  fundamenta  en  una  creencia  religiosa  cuyo  reino  no  es  de  este  mundo  sino  del cielo,  como  es  el  caso  de  los  movimientos  islámicos  fundamentalistas.

El hezbolah  o “partido  de  Dios”  libanés,  el  movimiento  Hamas  palestino  o  los  Talibanes  de  Afghanistan, los  clérigos  iraníes o  iraquiés, se  han declarado enemigos  irreconciliables  de  la  civilización  occidental  y  Estados  Unidos  como la  cabeza  visible  de  esta  civilización  aparece  como  el  “Gran  Satán”  para ellos.  

Para  este  tipo  de  creyentes  la  muerte  violenta  es  una  vía  expedita  para  llegar  al  paraíso  de  tal  manera  que  declaran  la  jihad (guerra  santa)  a  todo  el  que  no  forma  parte  de  esta  manera  de  ver  al  mundo. Y  esta  jihad  islámica  es  ordenada  directamente  por  Dios.  Se  trata  de  una  visión  apocalíptica  que  pretende  erigir  el  reino  de  Dios  en  medio  de  una  gran  destrucción,  es  decir  “un  Armagedón”.  

La  muerte  es  el  principal  ingrediente  de  esta  orgía  de  sangre  en  la cual  pretenden  envolver  a  Occidente  como  personificación  del  mal  en  una  lucha  bastante  vieja  del  “bien  contra  el  mal”. Estados  Unidos  es  la  gran  “ramera  de  Occidente”,  la  “nueva  Babilonia”  y  por  lo  tanto hay  que  declararle  la  guerra  hasta  destruirla  totalmente. No  por  azar  los  ataques  estuvieron  orientados  al  centro  del  poderío  militar (el  Pentágono)  y  al  cerebro  del  capitalismo  financiero  global  como  es  Wall  Street.          

Es  una  guerra  de  dioses; el  judeo-cristianismo  de  un  lado   con  el  occidente  capitalista  e  Israel y  el  mundo  islámico por  el otro. Pero  el  mundo  islámico  es  un  universo  de sociedades  mayoritariamente  teocráticas  (gobernadas  por  sacerdotes)  que  han  evolucionado  hacia  un  fundamentalismo  religioso  como  respuesta  al  proceso de  penetración  del  capitalismo  globalizante  y  la  cultura  occidental  en  general,  al  interior  de  sus  sociedades.  

La  destrucción  de  las  tradiciones  culturales  más  profundas  que  en  estas  sociedades  se  confunden  con   las  costumbres  religiosas,  ha  desencadenado  una  reacción  de  reafirmación  de  los  principios  fundamentales  del  Islam,  de  una  manera   muy  primitiva  y  patológica,  para  escapar  al  proceso de  occidentalización  que  de  manera  inexorable  se  les  venía  (y  se  les  viene)  encima.      

La  percepción  de  destrucción inminente de  su  universo  interno es  proyectada  afuera  como  visión  apocalíptica  del  mundo. De  ahí  que la  “guerra  santa”  o  Jihad  islámica  sea  una  expresión  de  esa  visión  apocalíptica.    

Sin  embargo  los  dioses  de  occidente  no  parecen  ser Jesucristo,  ni  tampoco  Jehová;  no,  otros parecen  ser  los  dioses del  occidente  capitalista  postindustrial  globalizante: el  dinero,  el mercado, el  consumo  masivo,  el confort, el  poder, la  ciencia-tecnología  y la  TV.  Mas  que  dioses  son  éstos  ídolos,  tótems  que  nos  están  conduciendo  por  los caminos  de  la  idolatría.  

Tradicionalmente  las guerras  siempre  fueron  por  motivos  religiosos,  luego  vinieron  otros  motivos:  expansión  colonial,  mercado,  etc. Hoy  parece  que  estamos  regresando  a  las  guerra  religiosas,  guerras  de  dioses.   

A una  guerra  santa  desatada  por  los  muyaidines (guerreros  sagrados)  Occidente  ha desatado  su  guerra  santa  también. La  teología  política   desplegada  en  los  medios  masivos  de  comunicación    habló  de  la  operación  que  USA  desplegó,    llamada “Justicia  infinita”(a  última  hora  fue  cambiada  por  el  nombre  de  libertad  perdurable).  Especie  de  “Cruzadas”  en  la  época  de  la  globalización  para  acabar  con  los  infieles  que  amenazan  al  “reino  de  Dios”  en  la  tierra  en  el  cual  se  ha  convertido el  capitalismo  corporativo. 

Esta  guerra  mediática  muy  propia  de  la  aldea  global,  quizás  sea  más  destructiva  que  la  que  se  lleva  a  cabo  en  el  frente  militar  pues  es  una guerra  de símbolos,  signos, imágenes  e  íconos  y  reproduce  la  visión  racista  y  prepotente  que  Occidente  siempre  ha  tenido  acerca  de  todo  aquél  que no se  corresponde  con  el  prototipo  dominante  de  la  cultura  occidental. Hombre  blanco, caucásico,  con  rasgos  de  la  modernidad  triunfante;  es  decir,  el  civilizado. Los  demás  serían  unas  exóticas  criaturas  con  rasgos  de  civilizaciones muy  primitivas  que  se  corresponden  con  el  prototipo  del  hombre  no  blanco,  es  decir,  el  bárbaro. Este  sería  un  prototipo  del  hombre  perverso  y  degenerado  en  oposición  al  hombre  blanco  occidental,  noble  por  naturaleza presidente. 

Los  medios  de  comunicación  han  recuperado  una  dimensión  teológica  del  problema  proyectando  lo que  sucede,  en  términos de  un  relato (mito) en  donde  Dios,  o  las  fuerzas  del  bien  se  enfrentan  con  el  diablo  o  las  fuerzas  del  mal. El  Apocalipsis  está  cerca  y  próximo  a  realizarse  en  la  gran  batalla  final  que  será  la  “guerra  del Armagedón”. 

La  Modernidad  mediática recurre  a  las  fuentes  antiguas  de  la  religión  como  campo  en el  cual hay  consenso  automático,  para  terminar  de  cuadrar  nuestras  conciencias  con  el  ejército  de  masas  consumidoras  ávidas  de  sentido  y  significaciones  trascendentales  en  un  mundo  que  se  debate  en  una  banalización  de lo  sagrado  y  de  todo  lo  realmente  significativo, en  forma   realmente  agobiante.               

Puesto  que  ya  no  hay  comunistas que  combatir  porque  fueron  derrotados  y  su  ideología  ya  no  convoca  a  nadie  en  esta  época  de  postguerra  fría, se  recurre  a  la simbolización  religiosa  como  imaginario  que  puede  producir  el  consenso  necesario  para  definir  y  combatir al  enemigo  político  cuando  nos  encontramos  en  una situación  de  “fin  de  las  ideologías”.  

Este  imaginario  mágico-religioso  es muy   primitivo  pero también  mucho  mas  eficaz  a  la  hora  de  definir  al  enemigo  y  convocar  a  alianzas  para  combatirlos. La  Modernidad  arrogante  y  soberbia,  herida  de  muerte  en  su  narcicismo patológico  por  la  injuria  que  estos  ataques  significan,  apela  a  un  recurso  que  ella  misma  ha  tirado  a  la cesta  de  la  basura,  como  es  la  cuestión  religiosa.  Pero  no  nos  engañemos  porque  se  trata  del  uso  político  y  estratégico   de  unos  símbolos  y  no  un verdadero  acto  de  contrición. 

Conclusiones:          

Creo que el principal problema hoy en  el mundo y particularmente en Venezuela, es el problema de la violencia. Este problema tiene mayor  probabilidad de acabar con la humanidad  que cualquier plaga o catástrofe natural por el carácter de “Racionalidad global” que ha adquirido  Es por ello que se hace urgentemente necesario realizar esfuerzos sobrehumanos por detener al “monstruo de las mil cabezas” que es la violencia. Para ello tenemos que construir entre todos (estados, líderes, padres de familia, profesionales, instituciones, etc.) una “Cultura de la convivencia”, retomando como cuestión de vida o muerte el tema de los valores y la formación ético-moral, hoy olvidada por una educación formal e informal que está viendo para otro lado. La reconstrucción del sistema de valores que deben apuntar a sustituir un sistema de valores del mercado y la dominación. La reconstrucción  de la familia como valor fundamental, la regeneración de los tejidos sociales comunitarios, el fomento del desarrollo del concepto de la “dignidad de la persona”; en fin, o  construimos una “cultura de la convivencia” y por tanto de la vida,  o perecemos por los embates de una “cultura de la muerte”.  

Abstract:

The evolution of the capitalist sistem, as production way located in the western civilization, toward a global sistem with vocation of universal hegemony, it has secreted a rationality whose foundation is a terrifyng and totalitarian logic of the market-object-consumption. This leads finally to the construction of a lifestyle also global based on the violence. The construction of a “civilization of the living together” it is the “sanitary cord” to the globalization of the civilization of the violence and therefore of the death .

Keys words: civilization of the violence, global rationality, civilizations of the war, culture of the death