Fernando Mires

Técnica y terror

agosto de 2005 

Tienen razón los fundamentalistas islámicos cuando afirman que en un pasado no muy lejano existió en el mundo islámico una cultura que sobrepasó a Occidente en todos los terrenos. Ese pasado glorioso es visto, desde la perspectiva islámica –y no sólo desde la fundamentalista– como una gran pérdida histórica. La islámica es una cultura lastimada, entre otras cosas, porque arrastra consigo la conciencia histórica de una “gran pérdida”. ¿Cuándo comenzó a perderse todo? ¿Cuándo perdimos todo frente a Occidente? ¿Dónde lo perdimos? ¿Por qué lo perdimos? La sensación de vivir “la pérdida” es experimentada por los musulmanes como una especie de duelo perpetuo. Y cualquiera que haya alguna vez perdido algo muy valioso, o a alguien muy querido, conoce esa terrible sensación. Dolor, culpa, búsqueda del objeto de la culpa, proyección de la culpa a un objeto, odio, agresión, deseo de muerte, de la propia y de la del otro. En fin, la pérdida produce, porque es pérdida, una suerte de desvalorización, de sí mismo primero, de los demás después; y por eso se explica que las contrapartidas equivalentes de aquellos que imaginan haber perdido mucho, sean como siempre: el gigantismo fantástico, el deseo de omnipotencia, la grandiosidad total; todas éstas, características del pensamiento islamista actual. Se trata, dicho en breve, de compensaciones construidas para sobrellevar un sentimiento de pérdida histórica colectiva, cuyas razones reales no pueden o no quieren ser explicadas.

 

Utopía Técnica

 

“¿Cuándo empezó a irnos mal?” “¿Y por qué?” Según uno de los más eruditos conocedores occidentales del mundo islámico, Bernard Lewis, esas preguntas son planteadas con insistencia en las discusiones que tienen lugar en cada país musulmán.[1] El hecho de que ese momento sea situado desde poco antes del advenimiento del período renacentista, ha traído consigo que los pensadores islámicos hayan puesto su atención en una de las dos características esenciales del Renacimiento: el desarrollo técnico-militar; dejando de lado la segunda, en cierto modo la más importante del Renacimiento: el desarrollo de la ciudad política. Dicha omisión no es sin embargo casual; y en cierto modo tiene su origen en la posibilidad de que la superioridad militar pueda ser contrarrestada mediante la apropiación de las técnicas del adversario. Ésta es una de las creencias principales de las dictaduras de la región musulmana. Sus “conductores” siguen soñando que con la apropiación del más sofisticado dispositivo militar estarán alguna vez en condiciones de igualar e incluso desafiar a Occidente. Dentro de ese dispositivo está incluida la utopía atómica que acarició durante tanto tiempo Sadam Husein. Especialistas aeronáuticos norteamericanos coincidieron igualmente al destacar que la técnica de los asesinos del 11.S era de primera clase. Y no se trata de una excepción. El “robo”, o por  último, la copia o imitación, de la técnica occidental para, con el uso de esa misma técnica, destruir Occidente, es ya una doctrina entre los islamistas. Asan al- Scharqawi, uno de los teólogos del islamismo, lo dijo sin hacerse ningún problema: “Nuestro objetivo es aprender como se utilizan las armas modernas, más todavía, cómo se producen y se perfeccionan, con el fin de que podamos liquidar a nuestros enemigos”.[2]

No es casualidad que la mayoría de los terroristas hayan estudiado o estén estudiando profesiones técnicas o ciencias naturales. Y la mayoría en universidades o centros occidentales. La fascinación por la técnica que caracteriza a los terroristas tiene que ver sólo en parte con el hecho de que para la ejecución de planes terroristas se requiera poseer conocimientos técnicos especializados. Tiene que ver también con el hecho de que ni los conocimientos técnicos o naturalistas “puros” obligan a pensar ni a desarrollar sentimientos. Basta solamente entender. O lo que es igual, de los dos programas básicos de la razón, que son el pensar (que viene del sentir) y el entender, a los terroristas sólo les interesa activar el segundo. El pensamiento –sobre todo cuando es crítico– es para ellos una actividad peligrosa, pues no se puede pensar sin dudar, y el universo del terrorista islámico, no tanto porque es religioso sino porque es ideológico, excluye la duda. La técnica en cambio es una actividad que puede ser puesta al servicio de sus obsesiones religiosas. Es difícil por eso que un terrorista islámico estudie filosofía o sociología en Occidente. En eso se diferencian radicalmente de los terroristas occidentales entre los cuales se pueden encontrar muchos sociólogos. Estos últimos, por ser occidentales, ya están contaminados con la “epidemia política” e imaginan que con sus asesinatos prestan servicio a una determinada causa “política”. Las ciencias sociales, también llamadas “humanas”, tienen que ver mucho con política, y la política, en el universo cerrado de cada islamista, es una actividad pagana; más aún: herética.

En ese sentido, los terroristas islámicos tampoco se diferencian demasiado de sus antecesores europeos. El Gulag y Auschwitz fueron obras maestras de ejecución tecnológica. El asombro que despertó en Hannah Arendt la personalidad de Eichmann, encargado nazi de los campos de concentración, ocurrió porque no encontró frente a sí a ningún monstruo.[3] Eichmann además nunca había odiado a ningún judío. La verdad es que no sabía odiar porque nunca había aprendido a amar. Eichmann no era sino un tecnócrata normal, muy inteligente y, desde luego, racionalmente instrumental. Pero Eichmann no era capaz de diferenciar entre lo que es “bueno” y lo que es “malo”. Carecía de los medios para producir un discurso ético. Él era un instrumento al servicio de la muerte. Hacía simplemente, y muy bien, todo lo que se le ordenaba. Lo mismo, probablemente, se podría decir de Bejria, aquel burócrata ruso que llegó a controlar el aparato represivo de Stalin. Con el terrorista islámico ocurre lo mismo. Él es sólo un instrumento técnico de una “voluntad superior”. Sólo se limita a planificar y a ejecutar profesionalmente los designios de Dios los que le son traducidos por algún profeta de alguna organización sagrada, llámese ésta Al Qaeda, o Ezbolá. Sus sentimientos privados no cuentan; es que casi nunca los tienen. Ellos sólo son los robots que envía Alá a la tierra. En ese sentido, podría afirmarse que hay dos tipos de maldad. La maldad del que no tiene sentimientos (caso Eichmann) y la maldad del que tiene “malos” sentimientos (pienso en los soldados norteamericanos que torturaban en Bagdad).

Uno de los compañeros alemanes de estudio de Mohamed el Amir Atta (dirigente y planificador del comando 11.S.) en la Universidad Técnica de Harburgo, Peter H., se refería a su amigo como a alguien “dotado de una precisión increíble en el pensamiento”, acoplada con la capacidad de reaccionar de modo hábil, incluso virtuoso, sobre todo si se trataba de superar repentinas dificultades”. [4]

Sin embargo, lo que impresionaba a Peter H., lo que él llamaba “precisión en el pensamiento”, era sólo la habilidad robótica y mecánica que se requiere para vivir la vida como actividad instrumental. Nadie puede ser preciso en el pensamiento porque el pensamiento, al serlo tal, no puede ser preciso. Peter H. confundía, como suele ocurrir, la capacidad de entender, que Atta sin duda poseía, con la capacidad de pensar. El pensamiento, y eso lo sabemos desde Sócrates, es la capacidad de cada ser humano para establecer un diálogo consigo mismo; y ese diálogo suele ser caótico. El entendimiento, en cambio, es el dispositivo interior que permite resolver de modo sistemático problemas que no tengan que ver ni con la ética ni con la estética. El pensamiento no puede prescindir de los sentimientos. El entendimiento no precisa de ellos; más aún: en diversas ocasiones, los sentimientos son obstáculos para el entendimiento.

No debe extrañar que cuando un terrorista islámico es capturado, todo el mundo se asombra de la increíble normalidad de sus aspectos físicos. ¿Como pueden haber asesinado a tanta gente esos jóvenes de rostro tan agradables, tan bien vestidos, tan pero tan formales? Siempre el público, y me temo, los propios policías y jueces, esperan encontrar en los terroristas, dráculas de siniestras miradas cuya sangre cae desde sus colmillos insaciables. Pero no: se trata de personas que nunca llaman la atención de sus vecinos; quitados de bulla; en fin, “decentes” como tu y yo. Así entendemos muy bien al Profesor Dietmar Maschule, que dirigió el brillante trabajo de diploma de Mohamed el Amir Atta, cuando se refería de este modo a su ex estudiante: “Yo no descubrí en él nada que fuera peligroso. Él era tolerante frente a otras religiones. Él no era un “izquierdista”; no era amigo del comunismo. Él no llamaba en nada la atención”.[5]

“Qué capacidad siniestra, casi genial de simulación poseen estos monstruos”– podría más de alguien pensar–. ¿Simulación? No; mil veces no. El terrorista islámico no simula su normalidad; él “es” normal. Como muchos de nosotros, realiza en sociedad lo que la sociedad le pide, como siempre lo hizo en el país de donde vino. Probablemente, como era el caso de los pilotos de la muerte de New York, fueron desde niños muy buenos hijos. Quizás hicieron siempre lo que sus padres les decían. Nunca conocieron la desobediencia. Siempre aceptaron la autoridad. Si esa autoridad decía, hay que ser estudiosos; estudiaban. Si hay que cumplir con todas las leyes del tráfico; las cumplen. Si hay que pagar siempre los impuestos; los pagan. Si nunca hay que beber alcohol; no lo beben. Si hay que asesinar a niños indefensos; los asesinan.

Quizás, algunos torturadores norteamericanos de Bagdad eran también en los EE UU personas absolutamente “normales”. La diferencia es que el terror islámico se manifiesta frente a la ausencia de libertad; y el de los occidentales, por el mal uso de ella.

Inventar

En los institutos de ciencias sociales de la mayoría de las universidades europeas se enseña la llamada “crítica a la razón instrumental” que desarrollaron desde los tiempos de la Escuela de Frankfurt autores como Adorno, Marcuse y después, Habermas. No obstante, los mejores exponentes de la razón instrumental no vienen hoy de Occidente como afirma la escuela sociológica “clásica”. Porque la técnica coexiste en Occidente con la ciencia, con la crítica de la ciencia, con el saber filosófico, y no por último, con la civilidad política. En las cofradías islamistas en cambio, con lo único que coexiste es con el fanatismo religioso. Nada más. Los terroristas enviados a Occidente instrumentalizan una técnica que ellos nunca han inventado para ponerla –así piensan ellos al menos– al servicio de Dios.

No obstante, la creencia relativa a que mediante la apropiación de la técnica occidental el mundo islámico podría estar alguna vez en condiciones de desafiar al Occidente, no es una simple ingenuidad del pensamiento islámico. En el fondo es la misma creencia que acarició durante mucho tiempo la URSS, a saber, la de alcanzar al enemigo, incluso superarlo en el terreno militar, para poder definitivamente derrotarlo e imponer de este modo el comunismo sobre la tierra.

Tanto los estalinistas como los islamistas de ayer y de hoy, no quisieron ver la segunda característica que emergía desde el momento en que fueron construidas las primeras ciudades del Renacimiento, y ésta no es otra sino que el ideal republicano que con el correr del tiempo se convertiría en ideal democrático de vida. Porque ese ideal también es un invento; pero no un invento técnico sino que político. Ni siquiera desde un punto de vista instrumental estuvieron, estalinistas e islamistas, en condiciones de establecer la conexión entre espacio político- libertad de pensamiento- desarrollo del pensamiento científico- adelanto técnico- superioridad militar. Pues si Occidente se hubiese concentrado sólo en éste último punto, jamás habría aparecido en sus ciudades aquella capacidad de inventiva que sólo puede emerger cuando se dan mínimas condiciones de libertad y que terminan, a la postre, traduciéndose en la propia tecnología (incluyendo la militar). Puede decirse entonces que tanto estalinistas como islamistas confundieron la “consecuencia” con la “causa”. Y no podían sino confundirlas, porque si no lo hubiesen hecho, habrían tenido que cuestionar el propio orden interno: un orden religioso-cultural en el caso islámico; un orden ideológico totalitario en el caso estalinista.

Copiar las armas de Occidente era perfectamente posible. Y los estalinistas al menos lo consiguieron durante un tiempo, del mismo modo como hoy los islamistas están a punto de conseguirlo. Copiar su sistema político, significaba la ruina del propio orden en que estaban edificadas sus respectivas estructuras de dominación. De ahí que ambos, estalinistas e islamistas, optaran por emprender una modernización sin occidentalización. Por supuesto, el estalinismo fracasó en esa empresa. Y los islamistas continuarán fracasando; de eso no cabe duda.

Inventar es hacer algo nuevo. Eso sólo es posible en un mundo que no está dado. Quien cree que todo está dado de acuerdo a la voluntad de Dios, no necesita inventar nada. Lo tiene todo. La invención es producto de una falta, de una carencia, o de una ausencia. Puede ser, lo que se inventa, un verso, un artefacto, o una máquina de matar. El invento surge cuando nos damos cuenta que antes de que aparezca hay un vacío que necesitamos llenar con “algo” nuevo. Antes de cada invento viene el descubrimiento; y el descubrimiento viene de la curiosidad, que viene de la ignorancia. Antes del verso hemos descubierto su necesidad: quizás nuestra propia desesperación ante la muerte, la que necesitamos cubrir con un velo, o con una metáfora, que es casi lo mismo. Antes del artefacto, hemos descubierto el fuego, o las leyes de la mecánica celeste, o la ley de la entropía. Y antes de la máquina de matar, nuestro deseo de vida o lo que es casi igual, el instinto de la sobrevivencia sobre todo aquello que nos amenaza.

El invento es un hijo del descubrimiento, del mismo modo como la técnica es una hija de la ciencia. Y la ciencia viene de la filosofía, y la filosofía de la religión, y la religión de nuestra orfandad en el mundo. Orfandad y deseo de sobrevivir: eso es Occidente; y para lograrlo, debemos seguir inventando, descubriendo, incluso creando, imitando a los dioses, pecado altamente prohibido en aquellas tierras donde supuestamente habitan los dioses, como en el mundo islámico, entre otros. Los dioses en Occidente puede que sea tan verdaderos como los de Oriente; pero son incompletos, casi débiles; y necesitan de nuestra ayuda: los mortales, pues sin nosotros, los mortales, los dioses no tendría sobre quien reinar. ¿Cómo puede existir la inmortalidad de los dioses sino gracias a nuestra mortalidad? Esas son preguntas occidentales; no cabe duda.

Ahora bien, en la relación Occidente- Oriente islámico, tendría lugar en éste último un gran equívoco: la no-percepción del “invento” político. Al no querer ver el aparecimiento de aquel espacio de intercambio simbólico donde son dirimidos los conflictos de la ciudad, es decir, todo aquello que se conoce como la política, la cultura islámica siguió entendiendo a Occidente como una réplica de su propia cultura. Esto significa que así como la propia era una cultura islámica, la occidental era, para ellos, los islámicos, una cultura judeo-cristiana. Esa constatación fue durante casi todo el periodo medieval europeo, cierta; pero no lo era en un sentido absoluto o total. Pues ni siquiera durante el periodo de la Inquisición europea tuvo el cristianismo aquella potestad reglamentista que alcanza hasta el último rincón de la vida privada y que es tan propia a las zonas del Islam. Que la llamada “temprana” Edad Media haya sido un momento eclesial, no deja pasar por alto que la Iglesia vivió rodeada de herejías, tanto al exterior como al interior de ella. Algún día esas herejías se transformarían en protesta, las protestas en rebelión, la rebelión en reforma, y la reforma en secularización. Y la secularización en revolución.

Dicho en otras palabras: nunca las iglesias cristianas estuvieron en condiciones de ejercer un monopolio absoluto y total sobre la vida occidental. Siempre, aún en los momentos de más poder, hubo un surplus de realidad que el cristianismo no estuvo en condiciones de controlar, tanto en el poder monárquico-estatal, tanto en la vida íntima de los propios cristianos. Más aún: jamás desapareció, ni siquiera al interior de los conventos, aquel legado grecolatino del cual el cristianismo no es usurpador sino que en muchos casos continuador, aunque en el espacio teológico. Los grandes teólogos de la cristiandad medieval, desde Agustín, pasando por Tomas de Aquino, hasta llegar al mismo Francisco Vitoria, fueron no sólo cristianos sino que –en la mejor tradición de sus padres fundadores, Jesús y Paulo– aristotélicos y/o platónicos. Eso quiere decir que aquel momento político helénico y romano que permitió entre otras posibilidades la aparición del judaísmo cristiano, siempre permaneció en estado de latencia al interior del cristianismo medieval. Por eso, cuando renació la ciudad política, esa ciudad ya no podía ser una “ciudad de Dios”, hecho que comprobó Max Weber en sus comparaciones entre la ciudad occidental y la ciudad oriental.[6]

La lógica del desconcierto islamista

Aquello que no “quiso ni pudo ver” el Oriente islámico en Occidente es que Occidente no era sólo una cultura sino que un espacio de confrontación (y confederación) de diversas culturas. Por esa misma razón Occidente no puede ser definido por una religión sino que por su multireligiosidad. La hegemonía del cristianismo en Occidente fue una posición que ocupó sólo transitoriamente, disputándola a “los sin dioses” quienes terminaron al final imponiéndose ante el escándalo de todo Oriente (y del mismo Occidente). A partir de ese nuevo momento, el mundo musulmán que no podía concebir otro universo que no fuera religioso, dejó de entender a Occidente y con eso dejó de entender al mundo, y con ello, su propio lugar en el mundo.

El mundo islámico ha vivido en una situación de desconcierto permanente respecto a Occidente. Las religiones adoptadas en Occidente –en Occidente jamás ha  sido producida una religión mundial–  el judaísmo y el cristianismo eran y son considerados por los creyentes musulmanes como religiones primitivas. Ellos ironizan, y con cierta razón, sobre las explicaciones milagrosas o sobre los “misterios” propios del cristianismo. Del mismo modo, critican la supuesta “materialidad” del pensamiento teológico judío. El Corán, según sus teólogos, ha asumido lo que hay de verdadero en las otras dos religiones abrahámicas; todo lo demás, lo que quedó fuera del Corán, es en ellas, falso.

Pero si las que fueron trasplantadas hacia suelos occidentales eran falsas religiones ¿de dónde sino de ellas podía venir la superioridad que había alcanzado Occidente? La respuesta no podía ser más simple: fuera de esas religiones. Esa respuesta tan simple no puede, empero, ser aceptada por un islamista. Pues que la ausencia y no la presencia de religión pueda ser fuente de creatividad es para cualquier miembro del Islam, una idea nefasta. De modo que ninguna de las dos posibles respuestas a la pregunta que se hacen, puede ser contestada por los teólogos islámicos sin caer en peligro de blasfemia. Si la respuesta era que el judaísmo y el cristianismo podían ser la razón de la superioridad alcanzada por Occidente, aceptaban con eso que el Dios judío-cristiano podía ser tan verdadero como el propio. Si la respuesta era que esa superioridad surgía de la ausencia de religión, la blasfemia era aún peor. Frente al desarrollo científico, cultural, económico y militar de Occidente, el Islam no tenía respuesta. Y esa quizás también era una blasfemia. La razón de Occidente ha dejado mudos a los teólogos del Islam. ¿No sería mejor que Occidente nunca hubiera existido? ¿No será mejor que Occidente, ese agente perturbador de nuestras vidas, sea de una vez para siempre erradicado de la historia de la humanidad? Esas fueron las deducciones que los primeros grupos islamistas decidieron convertir en actos. En actos de terror, por supuesto.

La seducción científica

El terror viene en gran medida de la impotencia, y la impotencia de la incapacidad de comprender el mundo. Se ha dicho mucho en este sentido de la incapacidad que ha tenido Occidente para entender al Oriente, islámico o no. Eso es cierto. Desde un universo que no está cerrado sobre sí mismo, es difícil entender aquel otro que se abre y se cierra en Dios. No obstante, la incapacidad del Oriente islámico para entender a Occidente ha sido aún mayor, como destacó una vez el escritor palestino Edward Said.[7]

Pues, desde la perspectiva puramente islámica es imposible entender a Occidente sin entrar a cuestionarse a sí misma y eso es lo que los sectores fundamentalistas evitan a cualquier precio. ¿Dónde reside la fuente del éxito de Occidente? ¿En su técnica? ¿Y de dónde viene la técnica? La respuesta es, naturalmente, de la ciencia. Sin desarrollo científico el desarrollo tecnológico puede existir, pero de modo muy limitado. La ciencia exige y fomenta el medio técnico, pues para satisfacer su a veces descontrolado deseos de conocer, necesita instrumentos que no pueden ser sino técnicos. Es cierto, como dijo una vez ese genio de la física que era Heisenberg, que hay que diferenciar siempre un descubrimiento, que siempre es un hecho científico, de un invento, que siempre es un hecho técnico.[8]

Pero, habría que agregar, que si bien los descubrimientos se sirven de los inventos, sin esos descubrimientos, no habría muchos inventos.

¿Y por qué esa ciencia no está tan desarrollada en el mundo islámico como ocurre en Occidente? Esa era –y no es casualidad– la misma pregunta que se hicieron los ideólogos de la URSS con relación a ese mundo que llamaban “comunista”.

En la URSS fueron creados opulentos institutos de investigación donde científicos bien remunerados estudiaban sin cesar las nuevas formas del conocimiento que llevarían supuestamente al comunismo a elevarse lejos por sobre el capitalismo. En ese proyecto, la URSS alcanzó en un muy corto tiempo, aunque a un precio muy elevado, resultados altamente impresionantes. Pero en lo esencial, nunca pudo alcanzar el desarrollo científico de Occidente, particularmente el de los EE UU. Esa era una espina clavada en el centro de un sistema que, a diferencias del totalitarismo islámico que se declara religioso, se había declarado científico.

La ciencia era una suerte de religión “ad hoc” del estalinismo. La misma idea del comunismo estaba inscrita en un plan científicamente construido: la del desarrollo dialéctico de la historia, conocida más bien como el materialismo histórico que en la URSS llegó a ser algo así como “la ciencia de todas las ciencias”. Y pese a todo, el adversario capitalista que no se autonombraba científico, siempre superaba a la URSS cuyos más grandes científicos sabían imitar o plagiar a sus colegas occidentales.             

Pero no mucho más. La economía de la URSS fue forzada incluso con el objetivo de superar al capitalismo industrial, y justo, cuando ya había alcanzado esa meta, el capitalismo ya no era industrial sino que informático, o como escribí en otro texto, precisamente cuando la URSS había alcanzado la cima de la segunda revolución industrial, el enemigo ya había hecho la tercera.[9]

Sin duda fueron muchas las razones que llevaron al colapso de la URSS. Pero una de las más importantes fue aquella revolución informática que venía de Occidente. Y lo fue por partida doble. Por un lado, porque demostraba definitivamente que en el desarrollo científico la URSS no iba a estar jamás en condición de superar a Occidente; en especial a los EE UU. Por otro lado, la revolución informática revoluciona a las comunicaciones interhumanas, es decir, “abre” a la sociedad por y desde dentro, comunica a cada uno con sus exteriores, y con el resto del mundo y con ello hace imposible el cierre de las informaciones. Hay, en efecto, una incompatibilidad manifiesta entre un sistema totalitario y la computarización de la vida cotidiana. Es por eso que la microelectrónica nunca podría haber sido inventada en un orden político cerrado. A la inversa, la microelectrónica, gracias a la comunicabilidad que impone, termina por deteriorar las estructuras totalitarias pues la llamada “sociedad” se convierte en una entidad transparente por dentro y desde fuera. Fue quizás bajo el peso de esa evidencia que el resignado Gorbaschov decidió apresurar la transparencia del orden comunista. “No puede haber ninguna “Perestroika” sin Glasnost (transparencia)”, fue una de sus frases decisivas.

Los islamistas, en cambio, eligieron otro camino: utilizar la ciencia y técnica informática  inventada en Occidente, pero en contra del mismo Occidente. Esa es otra de las diferencias fundamentales del terrorismo islámico con los terrorismos que históricamente lo preceden. Se trata de un terrorismo microelectrónico. Su ideología es medieval, pero su tecnología es post-moderna. Los terroristas islámicos cometen asesinatos con la ayuda de las mejores computadoras y de los más sofisticados celulares. Incluso se mimetizan con la lógica computacional pues ellos mismos, en sus actos, se convierten en programas de acciones que lamentablemente no son virtuales. Pero como ya ha sido insinuado, el islamista no sabe diferenciar entre virtualidad y realidad. De la misma manera como en los sistemas computacionales penetran virus enviados desde fuera que los destruyen por dentro, ellos mismos, los islamistas, se transforman en virus cuyo objetivo es penetrar internamente a la “sociedad occidental”.

El islamismo post-moderno no puede prescindir de las ciencias occidentales para destruir Occidente. Se sirve de lo que Occidente produce, pero para destruirlo. En su relación con la técnica se deja ver precisamente el problema interno que desgarra al islamista. Por una parte, siente una inconmensurable atracción hacia lo occidental, lo que se manifiesta en la fascinación que experimenta frente a la tecnología. Por otra parte, es una fascinación (deseo) que, de acuerdo a las lecciones impartidas por los maestros fundamentalistas, deben negar en sí mismos. De este modo, cuando el islamista ha sido reclutado, realiza un proceso de conversión al transformar al objeto de su deseo de occidentalización –en este caso representado simbólicamente en un aparato técnico– en un medio de destrucción. Lo que ama, el objeto técnico –simbólico fetiche de su deseo de occidentalización– es la representación de su impulso de vida. Al fin se impone la voz de la muerte, pero en nombre de una vida eterna que ya no es su vida; y en ningún caso la vida de los muertos que ha producido con su acción. El esquema interno de cada terrorista está elaborado de acuerdo a la lógica del programa de la muerte.

Por cierto, son muy pocos los fundamentalistas que se declaran en contra de la ciencia. Más aún: casi todos dicen sentir  admiración por ella. Incluso enseñan en las escuelas del Corán (madrazas) que hubo un tiempo en el que las ciencias y el pensamiento filosófico habían alcanzado un gran auge en las regiones islámicas. Eso es muy cierto. Lo que callan es que ese auge tuvo lugar en períodos donde existieron ciertas aperturas de la sociedad islámica hacia el exterior, y sobre todo, cierta comunicabilidad con otras culturas, como fue el caso del para su tiempo alto desarrollo científico que alcanzaron los musulmanes en la llamada España de las Tres Culturas. Ese fue el espacio donde pudo florecer la ciencia y la filosofía de un Aberroes (1126-1198) y antes que él la de al-Farabi (870-950). De la misma manera, la medicina y filosofía naturalista de un Avicenna (980-1037) en Persia, surgió cuando en ese país las relaciones entre la cultura islámica y las asiáticas eran más intensas que nunca. Lo que además calla la enseñanza fundamentalista islámica es que esos grandes pensadores fueron acusados por los fundamentalistas de sus tiempos como apostatas, pues ponían al ser humano y no a Dios en el centro de sus reflexiones. En diversos periodos de la historia islámica, sus libros han sido quemados, acusados de Kufar (infieles).

Sin embargo, cuando teólogos fundamentalistas del Islam son preguntados acerca de por qué el desarrollo del pensamiento científico se encuentra hoy tan atrasado, sobre todo en las regiones donde ellos ejercen más influencia, tienen siempre la misma monótona respuesta: Occidente tiene la culpa; por ésta o por otra razón. Occidente siempre es culpable. No obstante, y en el fondo, ellos, los fundamentalistas, conocen la verdadera respuesta pero no quieren nombrarla. En verdad, ellos han prohibido a sí mismos dar la respuesta que conocen, y la respuesta es que para hacer ciencia se necesitan requisitos que no es posible encontrar en ningún orden social que no sea mínimamente secular o por lo menos “abierto hacia el mundo”.

La construcción de un pensamiento científico requiere de pasos que los órdenes sociales canonizados no permiten dar. Porque antes de alcanzar el conocimiento, se requiere de la ignorancia, y en consecuencia del uso metódico de la duda que es el medio que lleva a convertir la certeza en ignorancia (y viceversa). Pero la duda, instrumento de cada ciencia, puede ser muy peligrosa en un orden donde todo lo que hay que saber ya ha sido dicho; y más aún: donde todo ha sido escrito. La duda se traduce en preguntas; quien duda pregunta acerca del porqué de muchas cosas, y si ese porqué atraviesa las paredes del centro científico, puede sembrar estragos en un sistema que ha excluido a todos los porqué.

Es muy sintomático que en el lenguaje del Islam se denomine a todos los que no son islámicos como gentes dominadas por la ignorancia o Djahiliyya, término que algunos autores han traducido como barbarie. Esa traducción no tiene mucho que ver con el concepto occidental de barbarie. Un orden dominado por la religión y no por la política era, para los griegos, expresión de barbarie. En cambio, para la ideología islamista la más alta expresión de barbarie es un orden políticamente constituido Ese es, para ellos, un orden basado en la ignorancia, pues prescinde de la regulación divina. No obstante, para hacer ciencia y para practicar política se requiere de la ignorancia, que es condición, primero del saber, y segundo del actuar. En la fórmula socrática del yo sólo sé que nada sé se encuentra la clave del saber occidental.

No deja de ser interesante constatar como con relación al tema de la ignorancia el Oriente islámico y Occidente se encuentran posicionados en direcciones distintas. De acuerdo al Corán, la era de la ignorancia terminó entre los años 622 y 632 que fue cuando Mahoma fundó el primer gobierno islámico en Medina. A partir de esa fecha comienzan los tiempos positivos. Hacia atrás de esa fecha existían los llamados tiempos negativos; los del oscurantismo. La ignorancia de la humanidad comienza, de acuerdo al Islam, con el avance de la religión hacia las instituciones estatales. En Occidente ocurrió lo mismo, pero en sentido exactamente contrario.

La edad de la ignorancia, la llamada Edad Media, termina en Occidente cuando la religión comienza a retirarse de las instituciones públicas, particularmente desde el siglo XV en las ciudades italianas del renacimiento. La islamización del poder es el punto de partida de la modernidad islámica. La des-cristianización del poder es el punto de partida de la modernidad occidental. Se trata, como se puede ver, la que separa al Islam de Occidente, no sólo de una diferencia cultural, sino que de una diferencia temporal.

Ahora bien; con el fin de “la era de la ignorancia” en el mundo islámico, comenzaba, naturalmente, la era de la sabiduría, que era aquella en la cual los seres humanos se rigen por la letra del Corán. La verdad ya había sido revelada y no había nada más que revelar. Desde ahí en adelante, la ciencia debería limitarse a testimoniar la sabiduría divina. Hamza Boubaker, un conocido teólogo argelino, escribió: “El Corán nos enseña que aquello que llamamos Ciencia, sólo es nuestra ciencia; una parte ínfima de la ciencia absoluta de Dios que cubre todo el saber”.[10]

Conceptos provisorios

La ciencia obliga a trabajar con conceptos; pero cada concepto es provisorio y ha de ser negado alguna vez por otro concepto. Luego, un concepto es siempre destructivo. Todo concepto, para imponerse, requiere pulverizar a otro concepto. Y así sucesivamente, hasta que llega el momento en que aquello que ha cambiado no es sólo un concepto, sino un paradigma, y los paradigmas no son otra cosa sino constelaciones de conceptos agrupados en diferentes teorías[11] o como dicen hoy día los filósofos post-modernos: los paradigmas son programas de pensamiento. El cambio de un paradigma es un cambio en las formas y modo de pensar, y eso ocurre no sólo en la ciencia, sino que trasciende a ella. Como se deduce, un cambio paradigmático es lo menos que puede interesar a los fundamentalistas, sean islámicos o de cualquiera otra religión.

Pero los conceptos tampoco están dados; los conceptos hay que construirlos y luego denominarlos. Eso significa que hay momentos en que inevitablemente hay que trabajar en la ciencia sin conceptos. Esos son los momentos más peligrosos no sólo del pensamiento científico sino  del pensamiento en general: el “salirse del concepto”, o incluso el “actuar fuera de concepto”, constatación que hizo decir a Hannah Arendt que “pensar es peligroso”. [12] Y tenía razón: entre concepto y concepto hay por lo general vacíos que no están pavimentados con ningún concepto. Hay que llenar esos vacíos de algún modo para seguir avanzando. Es por eso que en la ciencia hemos construido los llamados conceptos a priori, o también las hipótesis provisorias, que son verdades no comprobadas. Eso significa que quien vive en la casa de la ciencia debe aceptar la condena de la incertidumbre. Esa incertidumbre no tiene límites, y si sigue avanzando, como debe ocurrir siempre en la práctica científica, puede alcanzar, y de hecho alcanza, al mundo de las creencias, hasta el punto que como concluyó Kant, Dios mismo puede y debe ser transformado en una hipótesis.

El lector puede imaginar que ningún fundamentalista está preparado para soportar esa carga de incertidumbres que comporta la ciencia. Y mucho menos para transformar a Dios en una hipótesis.

El precio que ha pagado Occidente para acceder a la ciencia no ha sido módico. Pero no había otra alternativa si es que queríamos llenar con “algo” ese “vacío de creencia” que caracteriza nuestro modo de pensar. Es cierto que hemos tenido que reemplazar las verdades establecidas por conceptos provisorios, y a veces hemos tenido que trabajar sin conceptos precisos. Entonces, no pensamos; divagamos; incluso, filosofamos. Suele suceder también que al abandonar un concepto para buscar el otro, nos perdemos en el camino; y lo peor, hay veces en que el retorno no es posible. Perderse en el pensamiento es un riesgo inevitable. Para reencontrar el camino hemos tenido que inventar otras ciencias; entre ellas el psicoanálisis y la psiquiatría. Y cuando no tenemos dinero para pagar al doctor –dijo un irreverente escritor chileno, recientemente fallecido (Roberto Bolaño) – escribimos poemas.

La libertad de pensar tiene costos enormes. Pero como nadie nos dio una religión total que regule cada minuto de nuestro tiempo, y porque no hay ningún profeta que piense por nosotros, tenemos que hacerlo por nuestra cuenta; y el riesgo de errar es siempre el más probable. Nuestro mundo, el occidental, es incierto; y por eso mismo es peligroso; está lleno de laberintos y de espacios no ocupados. Y cuando los dioses no nos ayudan, y casi nunca nos ayudan, tenemos que ayudarnos nosotros mismos, y como no somos dioses, nos equivocamos. La equivocación es condición normal de vida en tierra occidental. Vivimos equivocados y cometemos errores a cada paso; todos los días, a cada minuto. Pero esos mismos errores son condiciones que nos permiten seguir pensando, pues si no nos equivocamos, no tendríamos nada que corregir. Pensar es corregir. Gracias a esas correcciones hemos aprendido a inventar conceptos, ideas, cosas. También armas; si: las mismas armas que los terroristas –y quizás en estos mismos momentos– están empuñando.

Notas

[1]  Lewis, Bernard What Went Wrong?, Oxford University Press, 2002 

[2] Tibi, Bassam Die fundamentalistische Herausforderung  (el desafío fundamentalista)  Beck, Stuttgart 2002, p. 87                                                                         

[3]  Arendt, Hannah, Eichmann in Jerusalem. Ein Bericht von der Banalität des Bösen  (Eichmann in Jerusalen. Un informe sobre la banalidad del mal) Piper, München 1986

[4]  Der Terror Pilote von Flug 011 en Zeitdokumente, Die Zeit 2.2001, p.43

[5]  Ibid, p. p.42

[6]  Weber, Max Die Stadt (La Ciudad) en Wirtschaft und Gesellschaft,  Colonia, 1964

[7]  Said, Edward Orientalism Pantheon Books, New York 1978

[8]  Heisenberg, Werner Quantentheorie und Philosophie, Reclam, Stuttgart 2000, p.83

[9]  Mires, Fernando El Orden del Caos, Nueva Sociedad, Caracas 1995, p. 20

[10] En Allam Fouad, Der Islam in einer globalen Welt (El Islam en un mundo global) Wagenbach, Berlin 2004, p.119

[11] Mires, Fernando Crítica de la Razón Científica, Nueva Sociedad, Caracas 2002

[12] Arendt, Hannah Vom Leben des Geistes, Piper, München 1998, p. 123