Esteban Emilio Monsonyi  

Etnociencia de los pueblos indígenas venezolanos. su status epistémico y pertinencia social: una aproximación desde la diversidad antropológica

Conferencia presentada en la LVII Convención Anual de AsoVAC, San Cristóbal, 18 al 23 de noviembre de 2007

Publicado en enero de 2008

I

Divulgar las ciencias ha sido y sigue siendo un reto de relevancia considerable en cualquier parte del mundo, especialmente desde el momento –ubicable tal vez a principios del siglo XX– en que se generaliza la educación escolarizada y la instrucción obligatoria. No hay por qué insistir en que para nuestros países de América Latina, con la excepción parcial de México y el Cono Sur, ese proceso de consolidación de una educación generalizada se tardó un poco más que en la mayor parte de Europa y los Estados Unidos, pero lo que nos interesa destacar aquí es el carácter universal del fenómeno, más allá de sus aspectos cuantitativos y cualitativos. En lo que toca a la Revolución Científico-Tecnológica en el contexto del llamado Modelo Civilizatorio Occidental, su inicio suele situarse a comienzos de la Edad Moderna, a partir del Renacimiento Italiano como fecha pivotal. Durante los siglos subsiguientes, tanto el Método Científico como las disciplinas científicas –especialmente las llamadas “ciencias duras”– van conquistando espacios de excelencia académica en los centros de enseñanza superior y otras instituciones dedicadas a la investigación pura y aplicada. A raíz de este proceso va apareciendo un sinnúmero de inventos de toda naturaleza y categoría, cuya generalización y comercialización nos han conducido aceleradamente hacia las actuales tendencias globalizadoras, aparte de otras causas igualmente importantes.

Sin pretender en estas breves páginas, cuyo objeto es dar a conocer las etnociencias y el contexto que las rodea, hacer un compendio de la historia de la Ciencia como tal, es menester para nuestro propósito partir de unas consideraciones generales de índole más bien crítica, sin caer en ningún tipo de exageraciones o afirmaciones aventuradas. Respecto de la Ciencia y las ciencias cabe todo tipo de actitudes, comportamientos y reacciones humanas, dada su inmensa significación en cualquier sentido y bajo todo punto de vista. En estos siglos contemplamos el desfile de las respuestas personales y colectivas más diversas desde un escepticismo sano o enfermizo, a veces rechazos dogmáticos verdaderamente brutales inducidos por ciertas creencias religiosas, aceptación tranquila o resignada según los casos, un entusiasmo más o menos subido y –algo ciertamente muy característico– el endiosamiento de la Ciencia llegando a extremos acríticos e hiperbólicos. Con este maremágnum de confusas pasiones humanas incluso en torno a algo tan transparente y presuntamente objetivo como lo es el conocimiento científico se viene llenando el ambiente intelectual de la modernidad, la contemporaneidad y ahora esta nueva etapa aún en plena conformación que es la postmodernidad, sobre la cual no existe hasta ahora un mínimo de consenso incluso entre sus corifeos y portadores (Lanz, 1996).

Si uno opta por una perspectiva de sensatez y reconocimiento a los méritos cuando y donde los hubiere, no puede humanamente retraerse a una admiración de muy altos kilates, ante todo lo que han significado los cambios y procesos directa o indirectamente atribuibles al desarrollo de las ciencias. Ello comprende, naturalmente, todo lo positivo así como todo lo negativo y mediocre que de algún modo emana de los esfuerzos de los hombres y mujeres de ciencia, haciendo ya notar con cierta ironía que hasta la Ciencia ha sido históricamente bastante machista; a pesar de la existencia y obras de geniales personalidades femeninas como lo es su prototipo, la investigadora de nacionalidad polaca Madame Marie Sklodowska: esposa del también físico Pierre Curie, con cuya ayuda ella descubre dos nuevos elementos radiactivos, el polonio –en memoria de su tierra natal– y el radio en 1898. Recordemos que nuestro razonamiento permanece todavía en los predios de lo que se considera la Ciencia Occidental en su versión más académica y ortodoxa, para luego pasar a caracterizar las etnociencias a cuyo examen dedicaremos la mayor parte de este trabajo. La razón de nuestra opción heurística es la aparente imposibilidad de intentar siquiera una leve aproximación conceptual al fenómeno etnocientífico sin hacer previamente algunos señalamientos sobre lo científico a secas, seguidos de una transición hacia el otro ámbito. 

Pensamos que es realmente conveniente –aun estando entre investigadores profesionales– tratar de disipar algunos estereotipos y preconcepciones sobre la “Ciencia” que a veces desde el subconsciente individual y colectivo influencian y configuran tanto nuestras actitudes como actividades en relación con algunos de sus campos. La opinión pública, en su vasta mayoría, continúa creyendo que la Ciencia –dicha así, en singular y con toda su dureza semántica– es creación y obra de la modernidad occidental, especialmente de sus grandes instituciones académicas. Ningún ser humano medianamente sensato sería capaz de negar que en tal afirmación se esconde por lo menos una verdad a medias: pero ni remotamente es toda la verdad. Nada de los desarrollos científicos de los últimos siglos habría sido posible sin la existencia y disponibilidad de conocimientos y nociones anteriores o aquellos propios de los pueblos no occidentales, sometidos a un largo colonialismo en su mayor parte. Nos limitamos a consignar este hecho sin desmenuzar sus implicaciones en este momento. Tampoco se suele tomar muy en cuenta que los recursos materiales necesarios para adelantar y perfeccionar investigaciones –de origen mineral, animal o vegetal– afloran y se diseminan en ámbitos espacio-temporales muy diferentes de los grandes templos del saber, distantes en unos casos y temporalmente anteriores en otros. Mucho se repite que las mejores universidades e instituciones especializadas –de donde proceden los conocimientos más avanzados y la tecnología de punta– están ubicadas en algunos países ricos y privilegiados; pero pocos se detienen a reflexionar acerca del hecho evidentísimo de que la escasa democratización de ciertos saberes y procedimientos se debe justamente a la falta de equidad en la distribución mundial del poder y la dominancia excesiva, en todos los terrenos, de las grandes y medianas potencias sobre el resto de los países (Chomsky, 1997, 2005). 

Los argumentos dirigidos a poner de manifiesto todas estas matizaciones son en realidad muy fáciles de encontrar y poner en práctica. Cada vez que un país inicia un proceso autónomo de desarrollo, los resultados se hacen prontamente visibles en su progreso científico y tecnológico, trátese de Japón, Surcorea y ahora China y la India. Por otra parte, en las naciones líderes ya tradicionales en la actividad científica, por ejemplo Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania, se multiplican año tras año los investigadores de procedencia no nativa, inmigrantes venidos de otros países, a pesar del difícil ascenso social de estos sectores poco favorecidos. Recalcamos todo esto para relativizar y situar en su justa dimensión esa idea tan extendida de que la “gran ciencia” pertenece a Occidente y nada más que a Occidente, basada en indicadores endebles e históricamente variables como la lista de inventores o incluso los Premios Nóbel concedidos hasta la fecha. Si recapitulamos este aspecto de la cuestión que nos ocupa podemos decir que la total universalización inclusive del presente status quo científico-tecnológico –sin manejar todavía otras opciones epistémicas y tradiciones cognitivas o transformadoras de la realidad– sólo será cuestión de tiempo, esperamos que bastante breve, a menos que siga prolongándose por varios decenios más la terrible discriminación y opresión que aún pesa sobre continentes como África y América Latina. 

Una vez desmontada la pretendida filiación “occidental” –al menos netamente occidental– del quehacer científico-tecnológico, tenemos que volver la mirada hacia otro nudo problemático, igualmente sujeto a un conjunto de consabidos estereotipos y preconcepciones. Se trata esta vez de la valoración tanto positiva como negativa –por lo general excesivamente positiva o excesivamente negativa, dada nuestra tendencia a la polarización y a la pendularidad– de la Revolución Científico-Tecnológica per se, así como de sus resultados directos e indirectos, tangibles e intangibles. Hasta hace muy poco, cualquier individuo considerado “culto” y “esclarecido” se sentía forzado a repetir de manera mecánica y tal vez dogmática que la Ciencia es el summum de la verdad, de la excelencia y del enaltecimiento óntico y espiritual de nuestra especie, no por nada denominada Homo sapiens. En términos algo menos abstractos, cuando alguien pronunciaba la palabra “ciencia”, el ser humano debía inclinarse, entrar en éxtasis reverencial y sentirse tocado por el hálito de lo supremo, de lo óptimo, de lo insuperable. Recuerdo todavía las palabras de un colega lingüista chileno, por desgracia ya fallecido, quien ante una discusión desesperadamente larga y confusa sobre el uso de ciertos alfabetos indígenas concluyó afirmando: “esto se está poniendo pesado, pero yo no me asusto ni me arrepiento; la Ciencia está con nosotros, y la ciencia es la razón última”. 

Sólo ya bien entrada la segunda mitad del siglo XX empezaron a atreverse algunos filósofos y estudiosos del hecho científico a formular, primero tímidamente, algunos reparos y observaciones, sin ser en el acto tildados de iconoclastas, irreverentes o simplemente ignorantes. Al menos ante cierto público académico, la ciencia se había entronizado como una divinidad, incluso como el Dios sustituto del ser supremo judeocristiano, principalmente en los países más ligados a Occidente. Paradójicamente, mientras más atea se confesaba una persona, en mayor medida solía endiosar a la Ciencia y a su hermana menor la Tecnología. Aun dentro de esa ortodoxia paradigmática caben confusiones y contradicciones. Es de lamentar que hasta hoy, pese a nobles y loables esfuerzos de algunos, el miembro medio del estrato poblacional científico-académico sigue discriminando fuertemente entre ciencias “duras” y “blandas”, reservando esta última categoría a las ciencias sociales y humanas y, por supuesto, a las humanidades como tales. Es posible que el desenvolvimiento de estas disciplinas algo menospreciadas haya sido más lento y vacilante, pero hoy día existen suficientes pruebas de su alto grado de desarrollo; si bien a raíz de los prejuicios que aún se mantienen el financiamiento que les toca es mucho más bajo y su estabilidad institucional siempre corre amenazas ante el consabido pragmatismo de políticos, administradores, hombres y mujeres de negocios, y hasta planificadores universitarios. Son incapaces de darse cuenta de que sin las ciencias sociales –independientemente del respeto que nos merezcan– no habrá nunca paz en el mundo ni soluciones medianamente aceptables para los impostergables problemas sociales. Nos parece importante traer a colación estos elementos de juicio, si de verdad nos sentimos deseosos de comprender y apropiarnos de otros paradigmas de pensar, sentir y actuar (Morin, 1995).

II

Vayamos al grano. Una de las posturas intelectuales que más suele repetirse es aquella según la cual todo conocimiento, especialmente el científico, es en sí positivo, necesario, importante, inclusive incriticable, admitiendo al propio tiempo que la aplicación de cualquier tipo de saber es frecuentemente inapropiada, inconveniente o simplemente mala. Es el caso clásico del rechazo a los armamentos de destrucción masiva o, en menor medida, a la navegación espacial como prioridad, al invento y difusión de tantos objetos aparentemente prescindibles o de puro lujo y boato. En este caso la ecuación resulta sumamente sencilla: un conjunto de excelentes conocimientos científicos traen como resultado muy a menudo aplicaciones deletéreas o al menos bien distantes de las verdaderas necesidades humanas. Sin embargo, para nosotros el problema ético y epistémico envuelto en esta caracterización no es tan sencillo. Estamos concordes en que ningún conocimiento puede ser considerado malo per se en un sentido absoluto. Vale decir, siempre es mejor saber que ignorar. Pero si nos interesa transitar la vía de las jerarquizaciones y prioridades, nos asiste todo el derecho del mundo para interrogarnos e interrogar a los demás si es de verdad lo más correcto dedicar ingentísimos recursos al desarrollo infinito de aquellas ramas y aspectos del conocimiento científico y la promoción de aquellas de sus aplicaciones que vayan desembocando en la obtención masiva de los productos que hemos criticado, especialmente de los armamentos.

Por ejemplo, ¿por qué no se financia mejor la investigación médica especializada para terminar de derrotar enfermedades tan insidiosas y de presencia multitudinaria como variados tipos de cáncer aún incurables, el mismo sida y tantos otros males que continúan azotando a la humanidad? Y para continuar el mismo razonamiento, otra pregunta: ¿por qué no investigar con mucha más intensidad en dirección al logro de fórmulas que abaraten y universalicen el tratamiento medicamentoso o quirúrgico de toda clase de enfermedades, especialmente las de incidencia masiva en los países en vías de desarrollo? Tampoco constituye secreto alguno que la promoción y financiamiento de la investigación científica no prioriza debidamente la tan pregonada lucha contra la pobreza y la miseria, la desnutrición y la malnutrición, la oferta de viviendas adecuadas para los miles de millones de personas necesitadas (Stiglitz, 2003). Más bien los informes internacionales de última hora nos señalan el poco éxito en la superación de las carencias humanas, a tal punto que en los continentes del llamado Sur del planeta se registran menos progresos que regresiones, aun después de cierto amainamiento de la fiebre neoliberal y ultracapitalista. Sería absolutamente injusto, hasta estúpido e inicuo, culpar en primer lugar de casi toda la crisis planetaria a la ciencia académica o al estamento científico. Pero parece igualmente cierto que en la mayoría de las catedrales del saber, precisamente en las que se cuenta con mejores recursos, los investigadores más reconocidos y remunerados orientan sus conocimientos y saberes, despliegan sus talentos y capacidades –diríamos incluso que se ven obligados y presionados a actuar en esa forma– hacia la satisfacción de la demanda de sectores oficiales y particulares de carácter oligopólico y muy minoritario, dueños del poder en sus distintas fases y manifestaciones. Con esto, irremediablemente, dejan un poco de lado el enfrentamiento directo, sincero y eficiente de todo lo que hoy día constituye el verdadero drama de la decadencia del planeta, ya decretado en emergencia roja: recalentamiento, contaminación, desaparición de ecosistemas y especies biológicas, agotamiento de recursos y lo demás; todo aquello que nadie ignora pero que muy pocos asumen como materia de compromiso vital e ineludible (ONU 1992, 1997).

El objetivo máximo de la Ciencia con mayúscula es precisamente propender a saberlo y conocerlo todo para luego poder transformar lo que sea necesario cambiar, así como conservar aquello cuya perpetuación responda a la diversidad ontológica y forme parte de lo que por aproximación cabría denominar nuestro patrimonio telúrico-cósmico, tanto de origen natural como cultural, tangible e intangible (UNESCO, 2001). Pero como es imposible realizar tan magna tarea en forma simultánea por el carácter imperfecto, limitado, gradual y procesual de todo lo humano, lo ideal sería tratar de jerarquizar y priorizar –de modo flexible, jamás impositivo o fanático– la obtención, procesamiento, perfeccionamiento, aplicación, seguimiento y evaluación de aquellos conocimientos, y actos creativos derivados de ellos, que presenten la mayor capacidad de mitigar o si fuere posible derrotar la más que inminente crisis planetaria: toda la problemática que hoy día hace del globo terráqueo un espacio invivible, tanto para seres humanos como para el resto de las especies. Sin embargo, sería aventurado negar que las disciplinas científicas institucionalizadas no están encaminadas ni podrían en este momento transitar la vía de un compromiso existencial de tal magnitud. Prácticamente toda la demanda, la mayor parte del financiamiento, presiones políticas, económicas y militares de toda índole, están allí para potenciar y llevar al paroxismo el culto acrítico al crecimiento, al desarrollismo. No cesa la ocupación humana de los espacios considerados vacíos, la explotación interminable de los recursos materiales y energéticos, con fines de consumo incontrolado o la mera expansión del poder por el poder mismo. Sigue en agenda el triunfo pírrico de cierto sector de la humanidad sobre todo lo existente y lo casi destinado a desaparecer en aras de una megalomanía aparentemente invencible.

Nuestra argumentación pretende ser balanceada, razonablemente equitativa, reconocedora de los inmensos aportes reales y potenciales de un quehacer científico-tecnológico siempre en expansión creciente. Esto nos lleva, al mismo tiempo, a considerar las orientaciones, directrices políticas y militares, intereses económicos y de otra naturaleza, que influyen poderosamente en todo el acontecer universal, repleto tanto de grandes éxitos como principalmente de problemas de solución cada vez más difícil. Una situación de esa naturaleza condiciona de modo bastante estricto lo concerniente a la ciencia institucionalizada y a sus actores principales y secundarios, a sus promotores directos e indirectos. Pareciera presentarse la necesidad imperiosa, ya devenida inevitable, de tomar en cuenta y apersonarnos con seriedad de otros paradigmas alternativos de conocimiento, entre los cuales descuella actualmente el denominado saber etnocientífico. Éste procede de nuestra sociodiversidad histórica y actual, de la existencia hoy día vigente de multitud de formaciones sociales generalmente pequeñas o minúsculas desde el punto de vista demográfico y geopolítico, pero también ejemplarizantes en rubros de extrema importancia: valoración del orden cósmico; conservación integral y transgeneracional del ambiente; proporcionalidad entre la acción humana individual y social frente al resto de la naturaleza. Las etnociencias fomentan una ética intrínseca e ínsita en el ser social como parte responsable y solidaria con la totalidad de lo existente. Sólo así pueden contribuir a la continuidad del mundo sensible y suprasensible que rodea a las sociedades donde juegan un rol prominente, condicionándolas hacia una creatividad viva y diversificada, mas nunca destructiva, prepotente o meramente indiferente para con las consecuencias de su actuar cotidiano.

Sería difícil continuar explayándonos por esta línea de pensamiento sin correr el riesgo de que nuestras palabras sean tomadas como idealización o exageración de las bondades inherentes a un conjunto de sociedades, cuyo común denominador sería una relativa independencia respecto del mundo globalizado occidental, tomado en el sentido más lato posible. Nada más lejos de nuestro propósito. Sabemos y entendemos perfectamente que las sociedades no occidentales, relativamente grandes y también las pequeñas y diminutas, siempre tuvieron sus máculas y defectos; ahora en mayor grado con los fenómenos aculturativos y deculturativos de origen colonial, así como por la presencia a menudo corrosiva de una modernidad muy mal difundida y aplicada, cuya consecuencia suele ser la subproletarización cuando no la mendicidad y la indigencia. Pero también es verdad que se trata de millares de sociedades enraizadas a veces en el pasado más remoto: entre ellas existen muchísimas provistas de características que ofrecen estímulos y asideros para reorientar y redimensionar de diferentes maneras el muy desviado modelo occidental. Éste, dejado a sus solas fuerzas, no muestra la capacidad ni la voluntad de propiciar una verdadera transformación restauradora del equilibrio cósmico. En ningún momento pensamos en trasladar mecánicamente o utilizar en forma directa y menos aun acrítica cualquiera de los atributos insertos en los contextos específicos de estas comunidades. Ellas pertenecen a pueblos muy diferentes del mundo urbano, moderno y postmoderno, a que nos hallamos acostumbrados incluso en nuestro continente suramericano tan preterido y marginado. Pero una cosa es la descontextualización mecánica de cualquier conocimiento o técnica foránea y otra muy distinta el examen crítico y detallado de algún elemento o complejo etnocientífico, con posibilidad de reinserción y adaptación a nuestro propio contexto sociocultural, con miras a cambiarlo y mejorarlo de modo provechoso y realista.

Por otra parte, no temo equivocarme al sostener que hoy día los pueblos indígenas y tradicionales, con sus modelos societarios, culturas, idiomas y sistemas simbólicos, ocupan un espectro muy importante del acontecer mundial más actualizado. Las pruebas son múltiples y la información fácilmente accesible, de manera que sólo para ganar mayor fluidez y en aras de una mejor comunicación vamos a recapitular algunos hechos: el pronunciamiento referente a los aportes conservacionistas de los pueblos indígenas en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo –también conocida como Cumbre de la Tierra– (Río de Janeiro, junio de 1992); el Primero y Segundo Decenio de los Pueblos Indígenas del Mundo, decretados también por las Naciones Unidas; la Declaración Universal de la UNESCO para la diversidad cultural (2001); la Declaración de los derechos de los pueblos indígenas (UNESCO, 2007); los múltiples textos legales y constitucionales –entre ellas la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, del año 1999– que reconocen en forma explícita la existencia y algunos derechos colectivos de estos pueblos.

III

Con elementos de tanto peso, no creemos que cause consternación alguna nuestra insistencia en un cambio paradigmático extensivo tanto al quehacer científico-tecnológico como a la reorientación de las políticas públicas a nivel nacional, internacional y supranacional. El problema es cómo hacerlo, en vista de que el cuestionamiento de paradigmas y las ofertas de cambios paradigmáticos ya se han convertido en una suerte de actividad lúdica cotidiana, cada vez menos transparente y enturbiada por contradicciones, incompatibilidades o meras incongruencias. Con todo, ahora menos que nunca estamos dispuestos a renunciar a un objetivo que consideramos crucial, dado nuestro compromiso generalizado con la suerte futura de Venezuela y el mundo y con ciertas temáticas de naturaleza más específica como son la diversidad social, cultural y lingüística; amén de un orden mundial progresivo que sin propender a lo perfecto posibilite en un grado aceptable el logro de unas aspiraciones siquiera mínimas para una existencia colectiva decorosa y digna para todos, sin excesivos privilegios ni insultantes exclusiones y restricciones. Por tanto, en lo sucesivo trataremos de dar unos lineamientos para una ubicación complementaria y compatibilizada del componente etnocientífico dentro del acervo cognitivo actual.

Nuestra tarea no es fácil pero tampoco estamos arrancando de la nada. Con una orientación u otra, con los sesgos a que hubiere lugar, hace ya por lo menos un siglo y desde diversas disciplinas se viene trabajando en la descripción, clasificación e interpretación de los conocimientos y saberes inherentes a los pueblos del mundo (Mosonyi, 2004), tanto occidentales como no occidentales, pues la etnociencia no puede ser discriminatoria ni privativa para la parte de la humanidad totalmente ajena al ámbito de la bien o mal llamada civilización occidental. La antropología y sus ramas, especialmente la etnografía, se han encargado desde sus inicios de sistematizar nuestro conocimiento sobre los conocimientos –valga la redundancia– de los millares de pueblos existentes, todos ellos divididos además en comunidades con ciertas particularidades específicas (Fundación La Salle, 1988). Para una ortodoxia científica muy positivista y enclaustrada en un evolucionismo unilineal todo esto representaría variedades de lo que como niños tuvimos que enterarnos bajo el epígrafe de “conocimiento vulgar”, situado en las antípodas del “conocimiento científico”. Era todavía la época del cientificismo más absoluto que nos obligaban a acatar a pie juntillas; algo que ya pertenece a un pasado reciente pero que ha dejado bastantes resabios para complicar aún hoy la postulación de cualquier episteme que vaya más allá de la ciencia rigurosamente admitida en sus propios términos. Nosotros aceptamos el reto, entre otras razones por buscar complementariedades y compatibilidades, en ningún caso el destronamiento o la sustitución de algo ya existente, consistente y suficientemente probado como lo es la ciencia y la actividad científica, mucho más allá de cualquier crítica o señalamiento que de manera justa o injusta quepa formular.

Al proseguir con nuestro planteo sobre los conocimientos históricamente acumulados y parcialmente codificados en forma casi anónima por tantas sociedades, a estas alturas de las investigaciones antropológicas y para-antropológicas, incluidas aquellas hechas parcial o totalmente por representantes de culturas no occidentales –los portadores de estos saberes bajo escrutinio– no nos ofrece dificultad alguna hacer un listado más o menos exhaustivo de una cantidad de resultados impresionantes por su variedad e interés (Mosonyi, 2006). En orden cronológico, la etnobotánica y la etnomedicina (Clarac et al, 2000) han sido los saberes colectivos que más han llamado la atención ya hace tiempo de los investigadores académicos de diversos países, especialmente de aquellos donde se ubican los centros más reconocidos del quehacer científico. Revelaría incluso desinformación y severos prejuicios el no haberse percatado de los enormes conocimientos que pueblos como los indígenas del Amazonas –los de filiación tupí-guaraní por ejemplo– poseen sobre el ambiente selvático que los rodea todavía. Este saber, aun siendo de carácter integral, muestra especial concentración de esfuerzos en las plantas medicinales.

De vez en cuando nos enteramos de conflictos referentes a la propiedad intelectual, ya que el investigador universitario “ingenuo” –a veces no tan ingenuo sino acostumbrado a considerar a los chamanes indígenas como meros “informantes” y transmisores de un saber silvestre envuelto en un pensamiento salvaje– no tarda en registrar sus hallazgos como algo absolutamente propio, una suerte de materia cruda cuyo camino hacia el procesamiento científico apenas comienza. Los movimientos indígenas y pan-indígenas, bien organizados por lo menos desde hace cincuenta años en la mayoría de los países del mundo, adversan con toda razón tal actitud, por cuanto se trata de hechos, fenómenos y recursos inherentes a sus propias culturas y sociedades. Ellos se sienten dueños de sus saberes –cualquiera que sea el nombre que en una lengua extranjera se les imponga a los mismos– y también se afincan al derecho de propiedad colectiva sobre los productos que emanan de su saber milenario, obtenidos en el decurso de una larga historia transgeneracional (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, 1999). En honor a la verdad, casi nunca se trata del rechazo total por parte del indígena a colaborar con un investigador universitario nacional o extranjero, sino de los malentendidos causados por unas relaciones humanas enteramente asimétricas, en que siempre el occidental es el que sabe, el dueño de la verdad y de todos los derechos, quien impone las decisiones y se queda con el dinero, por más señas.

El espacio es muy reducido para un discurso de carácter descriptivo, por lo que nos limitaremos en esta oportunidad a dejar en claro que aparte de ese complejo etnobiológico, contenido en las culturas de los distintos pueblos del mundo y cada vez mejor conocido por la investigación académica, existe un sinfín de conocimientos etnocientíficos de muy diversa índole que tan sólo muy poco a poco van surgiendo de una nebulosa anonimia, sólo descifrable para los miembros natos de cada cultura milenaria o tal vez para sus mejores aliados e investigadores comprometidos. Con todo, vienen haciéndose enormes progresos en trabajos cada vez más analíticos y específicos sobre las agriculturas amazónicas, su carácter compuesto de especies múltiples e imitativo de los ecosistemas de bosque tropical. Ya existen suficientes estudios probatorios de que el llamado conuco indígena itinerante preserva el suelo, propicia la fertilización y reciclamiento de cada espacio utilizado y, lo que más sorprende, es capaz de crear nuevas especies y variedades vegetales o de difundir otras a partir de sus lugares de origen. En otras palabras, esto comprueba que mientras la gran mayoría de los intentos “occidentales” de llevar agricultura moderna, productiva y rentable a la Amazonía ha conducido al fracaso y a la desertización, las agriculturas originarias de los habitantes locales han mantenido y aun aumentado la biodiversidad.

Las tecnologías propias de cada pueblo y comunidad poseen la ventaja de la adecuación al medio y la utilización de recursos renovables y reciclables (Heinen, 1988). Incluso nos parece dogmático afirmar de buenas a primeras que tales saberes y procedimientos tecnológicos no son extrapolables fuera de su ámbito específico. Esto es demasiado prejuzgar para algo que todavía no conocemos a la perfección. Lo que sí hemos corroborado responsablemente es que aquel aspecto de la aculturación de comunidades nativas en que se destaca la incorporación masiva de tecnologías foráneas y de objetos procedentes del comercio globalizado las ha conducido a la ruina más estrepitosa y a una dependencia rayana con la mendicidad. Por ejemplo, cuando una nevera se convierte en símbolo de status –independientemente de que haya o no corriente eléctrica o las condiciones mínimas para su funcionamiento– un número creciente de miembros de comunidades indígenas involucradas tendrán necesidad de obtener trabajo asalariado o emigrar a centros poblados cercanos o distantes, originando así un desequilibrio demográfico y económico de proporciones incalculables. Ello luce grotesco sobre todo si comparamos la situación actual con su pasado etnográfico reciente en el que eran totalmente autosuficientes y hasta poseían cuerpos atléticos gracias a su buena alimentación (Arvelo y Jiménez, 2001). Este ejemplo podría multiplicarse por miles.

Cabría referirnos a multitud de renglones que conforman los conocimientos etnocientíficos, muchos de los cuales podrían funcionar perfectamente fuera de su contexto original incluso en las grandes urbes del mundo. Las arquitecturas de las comunidades nativas ofrecen una variedad e interés que a veces dejan perplejos a los mejores arquitectos de los países occidentales y occidentalizados. Nosotros nos hemos dedicado preferencialmente a otra rama que hemos denominado “etnociencia social”: la manera como los indígenas conviven, el mantenimiento y los cambios en su identidad histórica, sus formas de gobierno local y regional, sus redes interactivas generalmente derivadas de los complicadísimos sistemas de parentesco cuyo prototipo máximo lo vemos en los aborígenes australianos pero que también aparecen en los pueblos indígenas de nuestros propios países (Mosonyi, 2006). A manera de anécdota, un amigo wayuu oriundo de El Moján, estado Zulia, encontró parientes muy solícitos y colaboradores en la ciudad de Riohacha, Colombia, sin que mediara entre ellos ninguna relación previa de carácter comercial, laboral o incluso social: les bastó con su álgebra familística, para parafrasear a los antropólogos sociales de la escuela británica. Últimamente ha estado en el tapete la discusión sobre el llamado “socialismo indígena” al cual hemos hecho algunos aportes que el magro espacio no nos permite ni siquiera resumir (Mosonyi, 2007). Nos limitamos a un aserto muy compacto según el cual existe multitud de elementos, valores, principios y fenómenos en estas culturas perfectamente aprovechables para la planificación de nuevos tipos de sociedad, como posibles alternativas tanto a las diversas variantes del capitalismo como a los modelos socialistas cuestionados o fracasados por insuficientes o inaplicables (Bracho, 2006). 

IV

Como expresáramos antes, nos hemos dedicado en estos últimos párrafos a una enumeración heurística de diversos fenómenos etnocientíficos, hasta ahora inconexos en cuanto discurso y que ni siquiera se acercan a lo que pudiera ser en un futuro un paradigma epistémico alternativo. Por tanto, intentaremos de algún modo consagrar los párrafos finales para acercarnos no propiamente a una paradigmática sino a una sintagmática de lo que pudiera ser un panorama totalizador de los saberes existentes, en cuyo seno se encuentren y ojalá se puedan complementar la ciencia occidental constituida, otros saberes propios de las sociedades más conocidas y las etnociencias emanadas del imponente universo de los pueblos generalmente denominados indígenas y tradicionales, aunque por allí entrarían también numerosas comunidades “campesinas” del propio continente euroasiático. Estamos conscientes de que la tarea propuesta será de largo aliento, pero en la medida en que se vayan logrando resultados, podrá surgir una mejor articulación entre los saberes y entre las diversidades, por cuanto se trata básicamente de un proceso creciente de inclusión, en ningún modo de supresión o sustitución y menos aun de contradicciones antagónicas: el pluralismo cultural y la interculturalidad, es decir, las relaciones respetuosas y horizontales entre las diversas expresiones y manifestaciones culturales parecen constituir, hoy por hoy, el mejor modo de acercar entre sí a todos los integrantes de nuestra especie y establecer bases para una cultura de la paz y la convivencia universales (Texier, 1995).

Nos referimos algo más arriba a una sintagmática de conocimientos y saberes como respuesta, algo audaz pero necesaria, a la ruptura de paradigmas que caracteriza el estado actual de la Ciencia en un período de crisis y confusión sin salida aparente. Con la mayor discreción y sin pretender arribar a verdades inconmovibles, me permito señalar que el andamiaje del pensamiento occidental prevalente, especialmente sus aspectos relativos a las teorías y métodos científicos, privilegia en grado excesivo el eje empírico de la temporalidad por encima de la espacialidad, más exactamente la meta-temporalidad frente a la meta-espacialidad. Voy a dar unos ejemplos mínimos para hacerme entender de la manera más transparente posible. La causalidad y todas las formas de explicación de los hechos –independientemente de lo elemental o sofisticado de algún fenómeno particular que se quiera dilucidar– se fundamentan en un antes y un después, sin mirar a los lados. Esto vale para la etiología de las enfermedades igual que para la experimentación nuclear o la puesta en práctica de cualquier invento. Todo ello constituye sin duda alguna la gran fortaleza y la reconocida eficacia de la Revolución Científico-Tecnológica, pero es también su mayor debilidad y más grave limitación. Si nos atenemos rígidamente a este tipo de jerarquización, ni los símbolos, ni el lenguaje, ni el arte, ni los sentimientos o emociones de las personas ni la sinestesia vital entrarían en la categoría de conocimientos porque se yuxtaponen en el espacio antes de constituir una secuencia temporal, y aun dentro de la temporalidad la relación entre los elementos sigue siendo aleatoria. Para dar un ejemplo sencillísimo, el aprender un idioma como el francés, el karibe o el esquimal, dentro de una concepción puramente occidental del mundo no constituiría la adquisición de nuevos conocimientos, ya que solamente estaríamos cambiando de aparataje simbólico: serían en todo caso las mismas cosas y realidades expresadas por símbolos, palabras y relaciones gramaticales distintas, pero sin la presunción de producir nada nuevo en materia de causalidades.

En este breve trabajo tenemos que conformarnos con poner en escena algunos fundamentos que trataremos de desarrollar más adelante, en contribuciones específicas y aspectos aún inéditos. Pero ya en este momento nos sentimos seguros de que una episteme universal de índole sintagmática está en capacidad de resolver un número elevadísimo de problemas en lo que todavía parece constituir una situación conflictiva entre los saberes: científicos o no científicos; occidentales o no occidentales; con criterios de verdad absolutos o relativos; simbólicos o fácticos. Por otra parte, todos los paradigmas hoy existentes o meramente posibles caben dentro de una sintagmática amplia que los incluiría a todos ellos y permitiría indagar, con la extensión y profundidad necesarias, las relaciones que los unen o los separan. La especificidad de las innumerables ciencias y disciplinas constituidas e institucionalizadas tampoco correría ningún peligro, porque éstas continuarían avanzando hacia sus objetivos, con la ventaja adicional de extender su mirada a los espacios laterales y exteriores que anteriormente estaban vedados. En ningún punto existe la amenaza de sufrir alguna merma o pérdida, sino que se abriría una multitud de conductos hacia un mayor enriquecimiento de la existencia humana y planetaria y, lo que es importantísimo, hacia un control efectivo de los factores desintegradores que hoy nos amenazan de múltiples maneras inclusive con un desenlace apocalíptico y sin posible retorno.

Para concluir agregaré algunos ejemplos, a fin de ilustrar de la manera más comprensible esa dimensión de la meta-espacialidad epistémica, más allá de la restricción de lo temporal y meta-temporal. Dentro de una visión superespecializada de la ciencia, hay investigadores que tratan de perfeccionar, por ejemplo, un arma de destrucción masiva o un combustible extremadamente potente. En la actualidad todo esto se realiza en un aislamiento total respecto del contexto sociocultural y político en que tales investigaciones se desenvuelven. Se hace abstracción de su razón de ser, así como de sus consecuencias una vez que los resultados estén patentes. Si se produce una bomba o un dispositivo sólo-matagentes, esto tampoco lleva a cuestionamiento alguno: es la aplicación lineal del saber para determinada finalidad. En cambio, si se tomara en cuenta –tal como proponemos– toda la sintagmática del saber en su dimensión meta-espacial además de meta-temporal, las cosas cambiarían de manera radical. Allí se preguntaría inmediatamente en torno al por qué de esas investigaciones en lugar de realizar otras distintas, socialmente más pertinentes. Se cuestionaría de manera radical el aval institucional o el financiamiento de dichas actividades, porque podrían encontrarse miles de otras que favorecerían en grado muchísimo mayor un conjunto de iniciativas conducentes a perfeccionar, de una u otra forma, a las sociedades, en salud preventiva, ahorro energético, uso balanceado de los recursos y todo lo demás que sea necesario para revertir el suicidio planetario (Gore, 2007). La sintagmática de los saberes no es la solución pero sí constituye una novedosa vía de acceso hacia el planteamiento de alternativas enriquecedoras.

Referencias bibliográficas

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