Efraín Valenzuela  

efrainvalen@cantv.net

Juan Echeverría: entre improntas, versos libres y rimados

Caricuao, septiembre de 2006

1. SOBRE ALGUNAS IMPRONTAS 

Posiblemente las improntas se heredan sin estar al corriente, sin proponérselo. Se asumen sin ninguna sapiencia oportuna, ni caminos previstos. Nos aferramos a ellas en encuentros fortuitos e inesperados. Luego de avanzados los años, traducidos en implacable tiempo, descubrimos su herencia. Se sucede el encuentro de la identidad. La toma de conciencia.

Encontrarse  con la  poesía, a  través de la lectura a viva voz de su padre, en un poemario prestado, quizás dejaría en aquel niño, promesero de El Nazareno de San Pablo, desbordadas evocaciones: un montón de poemas sencillos, el humor y el amor de los seis años, la memoria de “un visitante intempestivo que llegaba  y se marchaba cada cierto tiempo sin avisar”. Las huellas de los primeros versos  parecen asomarse, de alguna manera, en la propuesta futura del poeta. “Hay allí algo de primavera archiva”.

Y es que la sonoridad de la poesía la escucharía en la propia voz de un “obrero, campesino, casi  analfabeto”, su padre, Juan Ramón Echeverría, quien ante las batalla sociales y los sucesos del 11 de Abril del año  2002, dejaría caer  aquella sentencia contundente y demasiado lapidaria: “salga usted a defender esto, hijo, porque ya yo no puedo. Humor, versos, ritmo y amor serían parte de una  herencia que le dejaría su padre cada  noche, y también en abundantes tardes de la llegada tempranera,  que luego de la  cena,  “papá me llevó a su cuarto, me monto en la cama y comenzó a leerme aquel montón de poemas sencillos y maravillosos del libro, me gustaban todos, el de un enanito extraterrestre, el que hablaba de las puyas, el de la tortuguita “periquito del agua”, el del zoológico, pero el que más me gustaba porque me daba una gracia especial era ese que decía”: 

“Allá por el año treinta

-quien sabe si más allá-

cuando yo era todavía

un niño de tierna edad

y con mi padre ciclista

salía al campo a pasear

el pedaleando adelante

y yo como un mono atrás….” 

A Juan Echeverría, el terremoto de Caracas del año 1967, también  le dejó, posiblemente, algunas improntas: un asma salida de una nevera y ese sentimiento disímil, áspero y apuesto de lo que puede potencialmente acabar con los sueños. Lo telúrico, de igual manera, podría haber dejado algunas impresiones: dispersas y confusas.

El  barrio también dejó sus trazas en la sonoridad de la guataca y en  lo cotidiano  de ese territorio que incorporamos a la cosmovisión del futuro. Desmedido estigma de solidaridad. La oniria transita con demasiadas deudas, muchas convocatorias colectivas, intrincados asuntos citadinos y herencia bucólica. La crónica de los sentimientos en esa  genética del espíritu. Lo colectivo le pertenece. La pandilla ahora se apodera de la conciencia de clases.

La rima religiosa, las impresiones de la fe, la Cruz de Mayo, San Juan Bautista; San Antonio, la llegada de una hermana, Lesvia Josefina, quien transitaría por el callejón en los brazos de su madre. Las impresiones que dejaría la oralidad de la nómada abuela, María Marcolina. El encuentro con Julio Ramírez, entre versos e historias bíblicas. Otras herencias guarda la memoria escondida. Así sucede con el ir y el devenir del poeta. La reflexión se trasmuta en pura inferencia: la heredad cotidiana se expresa  en verso emocional., en rima de  denuncia,  en poesía contextual. Sólo así es posible leer al creador.

2. ENTRE VERSOS LIBRES Y RIMADOS.

La lectura de los versos, libres y rimados, de Juan Echeverría, nos hace trastabillar sentimientos encontrados pero también podemos  hurgar en la impronta del amor. Palabras  demasiadas cotidianas se aproximan a una lírica habitual. De esa manera, entre el desamor y el compromiso con la revolución, se inicia el poemario Elegía a Llaguno, cuya autoría le pertenece. No dice el poeta:

 

Nos convocó la vida,

esa tarde cualquiera.

Un tremolar de oniria,

un decisivo empeño.

Tricolor y quimeras          

                                           

           Y yo te amaba tanto

                                              pero tú no entendiste

Nos convocó la patria,

el sagrado sentido

ese clarín cantante

ese grito perenne

ese amor aguerrido   

                                            Y yo te amaba tanto

                                            pero tú no me amaste 

Nacer en el mes de Mayo deja, cercanas y distantes rimas, octosílabos y  décimas, peligrosamente religiosas y populares.  Posiblemente cuando arriba al mundo el poeta Juan Echeverría, en la maternidad Concepción Palacios de Caracas, aquel sábado 27 de Mayo,  algo más allá de las 4  de la tarde,  del año 1967,  en algún pueblo agreste se entonaría, como presagio de lo heredado, versos a la Santa Cruz y esa impronta será parte de su verso andariego, tradicional, de  espinela...

La Cruz vino a ser la excusa

para el hombre agradecer

a la tierra y su vergel

por la cosecha profusa.

El hombre que ya no usa

la fe por sus muchos fallos,

recurre a ti sin desmayos

y dice premonitorio;

sin Cruz no existe Velorio

y no hay Velorio sin Mayo 

No dudamos que la sonoridad de la décima andaba extraviada en esta urbe que aprendió a hacerla suya. Catia, Antimano, Caricuao. Seguramente, también en la parroquia San Juan y  con el nombre de Juan sería bautizado. Quien lleva ese nombre es poseedor de una impronta bíblica, histórica, definitoria. Alarmantemente llena de lluvia, de sangueo universal, de vejez heredada, de silencio necesario, de profeta bautismal. Anunciar presagios será su premeditado destino poético. La crónica del verso rimado nos brinda la memoria:

Salió del parque del Este

aquella marcha estruendosa.

Dispuesta a cualquier cosa

salieron aquellas huestes,

con ellos iba la peste.

La guerra contra la paz,

de la violencia la faz

con su rostro más avieso

Marchando  como  posesos

gritaban: ¡Ni un pasó atrás¡

 

Estaban en Miraflores

desde muy tempranas horas

con sus gargantas sonoras

y sentidos avizores.

Endulzando sinsabores,

ello saben que  vendrán.

Firmes los esperarán

defendiendo esa trinchera

y escuchando Alí Primera

gritaban: ¡No pasarán!

 

Profeta de sentires, demasiado alejado de la metáfora, de la imagen exquisita pero contundente, veraz, desgarbada, romántica, panfletaria. Cronista de lo cotidiano. En eso de salir corriendo hacer revolución es posible tropezarse con algún Quijote moderno, con un Abel de los malvados o encontrarse con el Sucre de estas barriadas o con un patriota ensimismado, guerrero celestial. La poesía de Juan Echeverría pertenece a esa turba, entrenada y asesina. Lumpen homicida y guerrillera. Unos versos pistoleros, de revuelta, desdentados. Acorralado de sucesos.

Elegía a Lleguno será el escenario de toda la realidad nacional. La sangre corría por el asfalto descorazonado. Viles francotiradores llenaban de luto la memoria. Las televisoras privadas cumplirían fielmente su papel de celestinas de la emboscada. La Policía Metropolitana se constituye en punta de lanza. Miquilena declara en Venevisión. El jueves 11 de Abril del año 2002 se realizó la emboscada. Nos dice el poeta:

 

Larga marcha fue danzando

Ruidos onomatopéyicos

Miradas de odio plomizo

Manos y  rostros coléricos

Abismos con tempestades

Espasmos con rostros gélidos

No eran hombres ni demonios

Eran un follaje pérfido

Buscando sangre de hermanos

Aquel monstruo cadavérico

                                                                          Era Jueves y en aire

                                                                          Se presentía el encuentro 

En los textos del poemario Elegía a Llaguno no vamos a encontrar  sugerencias, tampoco imágenes  desde la exquisitez del verbo o de la metáfora construida. La palabra está allí desnuda,  diciéndolo todo, desparramada de toda su emoción. Sólo el contexto puede acercarnos a alguna construcción y varios versos sueltos que quedaran en la memoria como canto de combate. Pero existe una situación siempre paradójica en la propuesta  de Juan Echeverría, donde confluyen opuestos antagónicos históricos: marchas-contramarchas; dolor-alegría, lágrimas-risas; patriotas-escuálidos; consignas opuestas; muerte-vida; derrota-triunfo; la salida y el nunca regreso. Por ello ante una arremetida de la oposición golpista salta una moción patriota y revolucionaria. 

Y aquellos permanecían

A pesar del desencuentro

Entre la calle y el agua,

El espanto y el tormento.

Eran miles y millones,

Más bien un árbol entero

Con un deber amoroso

Entre sus ojos de duelo

Madres, hijas, hombres, niños

Hinchados de patria y fuego

                                                                         

   Era Jueves por la tarde

                                                                          Y el cielo ahora  estaba negro 

La propuesta de Juan Echeverría le sucede  igual que a la poesía comprometida, quizás verso a verso poco nos diga; pero en conjunto se constituye en un torrente desbordado de crónica proletaria. Un atropello de líricos sentires cotidianos. El barrio sabe con  locura sobre  la tristeza y la danza de la melancolía. La  dancística popular suelta sus más agudas y certeras tijeretas con su hambre, su oniria rebelde, su hermosura justiciera, siempre al ristre, de rojo. 

Saliste en la mañana, soldado de los pobres, caminante enjuto

Vacío los bolsillos…

Muerto de hambre…

Como un Cid pobrecito, pero rebelde siempre

Saliste como ayer, como hace una semana lo vienes haciendo

Con tu bandera  al ristre, calcada tú figura…

Saliste para el centro, tu moderna trinchera

Uniformado en rojo,

En rojo tú saliva, roja tu cabellera…

Saliste tan hermoso para buscar la muerte

 

No te espero ¡Hijo mío!

Soldado justiciero, Isaac sacrificado

Vi  el destino en tus manos cuando te despediste

….

Debo llorar por ti, hijo, pero ahora no puedo.

La patria también muere, tan igual como tú

¿La escuchas? ¿La presientes?

¿Quién falleció primero?

¿Acaso no es lo mismo una y otra caída?

 

Crónica de la angustia. Un verdadero diario de la realidad dolida. Un anónimo con demasiados nombres. Un verdadero terremoto social. La trinchera en la urbe, a pleno medio día. En este texto las balas se tornaron furtivas pero serían certeras. Demasiados lugares comunes desgarrados se encontraron con  millones de hijos de la Patria Buena. Demasiadas palabras cotidianas se entremezclan y tejen la memoria  de cualquier combatiente, áspero de tanto anonimato, para dejarnos el solo recuerdos desbordado en el asfalto de todos los días.

 

No eras nadie, ¡Hijo mío!

Nadie te conocía, con nadie conversabas

No tendrás homenajes, ni misas,

ni sesión solemne, ni discursos,

ni cantos, no oración…

Pero una madre hace del recuerdo un rosario

Conservaré en tu cuarto al franela del Che, y que no te llevaste

Quizá por no ensuciarla, seguro, de tu sangre.

Porque según tus cosas ese hombre está vivo,

Está vivo y tu muerto

¿O están vivos los dos? 

La perdida del proyecto soñado se asoma en este guerrero celestial, una mañana de un 11 de Abril. Un parto frustrado se apodera de la desesperanza. Son demasiadas muertes. Los Sucre salen de las barriadas, entonando los cantos, las consignas de entonces. Semillas sempiternas, regadas bajo el puente, caídas sobre el asfalto caliente, rociado de llovizna. Las balas apuntan a la historia pero hay un regreso de abundantes preguntas, muchas afirmaciones. 

Saliste de mañana

Patriota ensimismado, guerrero celestial

¿Con qué pan de justicia podré saciar tu hambre?

¿Sobre cuál avenida ofrendaste tus sueños?

Cómo entender  entonces el parto de este tiempo,

Si por lo que luchaste lo mataron también?

¿Dónde están tus  verdades,  si debajo del puente

las bañan con mentiras y las hace creer?

¿Dónde estás hijo mío?

¿Será qué regresaste?

Sucre  de estas  barriadas, te mataron también.

 

Pero en el poemario Elegía a Llaguno, nada se arredra, no existe posibilidad de la derrota. En todo caso, se sucede un desbordamiento de alegría-dolor-esperanza futura, que es tomada y arrancada de la cotidianidad presente y convertida en puro memoria dolida, así sea en verso rimado o libre. No hay, por ninguna parte, la posibilidad del fracaso, aún ante la muerte.

 

¡Pero tu volverás¡

Abel de los malvados, semilla sempiterna.

Hoy  día  11 de Abril, juro que volverás

Volverás hecho tromba de pueblo y corazón.

Volverás hecho cerro, barriadas populares

Volverás con tu hijos que los haré patriotas

No te puedo llorar, Hijo mío, Mi hijo

¡No hay tiempo que peder¡

Debo buscarte pronto para resucitarte

decir: Dios te bendiga

y salir presurosa a tomar tu lugar, 

La poesía de Juan Echeverría empuja la memoria hasta hacerla cámara de video o

clic-clac fotográfico y un nombre aparece  como una gran denuncia: Tortoza. Los medios industriales-masivos privados harían su labor de ventajosa trampa, de falsa acusación, de mentira pensada, de manipulación alevosa, de superioridad mediática. “Pues  bien, la infamia fue develada por un famoso video…” (Marciano, 2006). Treinta elementos de convicción apuntan convicción hacia lo azules y el poeta nos dice: 

Caballero andante, tu disparas vida, momentos imborrables,

….

y te dispararon balas.

Una sola, viajera, exacta, alevosa, bastó.

Una sola bala

Como decir una foto

Eterna y viajera,

De tiempo,

No instantánea

 

Tu nombre va en nombre de todos los  vivos, ¡TORTOZA!

De los resucitados de esa  tarde fatal

De la lluvia amorosa por el tiempo de Mayo

que con tu sacrificio derramaste en Abril

Tu cámara violada, borrada la evidencia

¿Dónde estará esa cinta que acuse a tu verdugo?

¿Dónde el instante bárbaro que tu lente captó?

¿Dónde las rojas manos del perfecto asesino?

¿Dónde las tempestades que inundan la miseria del que te disparó? 

Los disparos, las balas seguirán  yacentes  en lo evocado, en cada acusación, en aquel proyectil, que según El Nacional, recorrería más de 400 metros y doblaría en esa esquina, tantas veces concurrida, tantas veces llena de consignas. Recorrida por un obturador que apenas buscaba la verdad. Los señalados son hijos de un director del diario 2001. Demasiado presagio para disparar a quema ropa. Abundante reminiscencia contra la impunidad. 

No te conocí, Tortoza

Pero eres mi deudo,  mi muerto, mi conciencia

La conciencia de todos

El terrible testigo contra la impunidad.

Llaguno está en tu nombre,

en tu  cuerpo tendido

y  en el silencio  cómplice de algunos, tus colegas

o en la comparsa sádica,  suculenta y  macabra que otros

tan desalmados  pretendieron  bailar 

Los textos de este creador convierten a un nombre en reminiscencia  colectiva que acusa a todos los traidores. Un nombre que se ha transformado en verbo fotográfico, evocación  cotidiana, película jamás develada. Un nombre que es el sobrenombre de todos. Un flash que transcurre eternizado, que apunta con el dedo hacia la realidad. Muchas cámaras: testigos de la verdad recobrada. Por ello, el poeta parece sentenciar: 

Tu nombra va en el nombre de todos los caídos, ¡TORTOZA!