Ángel Américo Fernández

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Propiedad privada, burocracia y socialismo

29 de agosto de 2006

La teoría Marxista en sus estudios sobre el capitalismo privilegió siempre el tema de la propiedad privada como aspecto clave de sus explicaciones. La tesis más común señala que la propiedad privada contiene el germen de la desigualdad, opone propiedad privada a propiedad colectiva sobre los medios de producción, enfatiza el carácter humano o socialista de ésta y, finalmente observa una contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación en el régimen del capital. Todo esto para concluir que el capitalismo condenaba a la pobreza a las mayorías y sólo un sistema que aboliera la propiedad privada y la sustituyera por la propiedad colectiva podría garantizar la recuperación de la igualdad social. 

Naturalmente, aquellas formulaciones fueron elaboradas en el tiempo histórico de un capitalismo que se abría paso de modo crudo y sin ningún tipo de elementos reguladores, tales como leyes, sindicatos, organizaciones, acción del Estado, etc.; Ese fue el capitalismo que vio Marx, el de la anatomía de la acumulación basada en la explotación de la mano de obra, mucho antes de las grandes transformaciones experimentadas por el sistema a finales del siglo xix  más el recorrido de los siglos xx-xxi. 

Obviamente, muchas de sus apreciaciones son veraces, otras pueden ser tenidas en cuenta como dato para el análisis, otras están palmariamente equivocadas, pero está claro que en los fenómenos sociales el mejor laboratorio es la historia y el paso del tiempo, es el mejor espacio para la contrastación de teorías y, es precisamente aquí, donde vemos el problema, porque por vía comparativa es posible sacar en limpio que son las sociedades apuntaladas en la propiedad privada las que han experimentado despegue y florecimiento, mientras que aquellas basadas en la propiedad colectiva, en el Estatismo y en la Burocracia socialista han colapsado, abortado o fracasado estrepitosamente. 

Si emprendemos la tarea de explorar la evolución de algunas formaciones sociales desde el propio nacimiento del capitalismo, encontraremos evidencias interesantes. Por ejemplo, la Inglaterra que experimentó las transformaciones tecno-económicas que condujeron a la Revolución Industrial tuvo por base una economía de pequeños propietarios productores de mercancías industriales o agrícolas, un régimen de pequeña propiedad como observa Marx y el historiador Maurice Dobb. 

La segunda ola de naciones Europeas que alcanzaron la modernización estuvo montada en una fuerte clase media de propietarios privados de sus tierras y pequeños negocios. 

Japón debió dejar atrás el feudalismo y la propiedad feudal de la tierra, instaurar la propiedad capitalista para alcanzar la fase de modernización y, hoy en día se levanta como una de las potencias mundiales combinando educación con competitividad y espíritu corporativo. 

Siguiendo con la ruta del lejano Oriente, después de largos años de estancamiento económico, surgen los nuevos tigres asiáticos, donde destacan Taiwán y Corea del Sur y lo hicieron claramente con economía capitalista, propiedad privada y mercado. 

El caso de China merece comentario aparte, pues tras un largo período de revolución Maoísta caracterizado por un fuerte control del gobierno central sobre la economía, el agotamiento de la economía planificada fue terreno abonado para las reformas económicas de Deng Xiaoping acometidas desde 1978 que restableció la propiedad privada en el campo. Más tarde la China post-Mao abandona por completo la economía centralizada y se abre hacia la inversión extranjera y el capitalismo más rampante para devenir potencia mundial y con un potencial de desarrollo difícil de ponderar. 

Los trabajos de Kornay sobre las economías de Europa del Este muestran que en aquellos países, cualquier tímida reforma que relajara las cadenas del estatismo, tenía como respuesta inmediata la acción individual orientada hacia el mercado. Ello parece encontrar confirmación en un examen de la historia reciente, pues se aprecia que aquellos países donde se impuso una economía centralizada, de base colectivista en combinación con una Burocracia Estatal fuerte de etiqueta socialista, fracasaron sin atenuantes. En esta dirección pueden citarse los casos de Unión Soviética, Alemania Oriental, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Albania; Y también Letonia, Ucrania, Georgia, Moldavian o, en Asia, Siria, Yemen, Pakistán, Birmania, Camboya, Laos, Vietnam. África tiene lo suyo en Angola, Argelia, Benín, Burkina, República del Congo, Eritrea, Etiopía y muchos otros. 

De modo que apelando a un análisis histórico comparativo, las economías colectivistas anudadas a un esquema de poder burocrático no pudieron despegar hacia el florecimiento, sólo las economías abiertas sostenidas en la propiedad privada han experimentado un rápido progreso. Igualmente, aquellas economías que, como la de China experimentaron un desarrollo significativo y se alejaron del estancamiento, lo hicieron sólo después de haber abandonado el viejo esquema planificado y colectivista y cuando adoptaron la propiedad y la inversión privada con un mercado abierto capitalista. 

Entonces causa estupor ver cómo se habla por allí con tanto entusiasmo de abolir la propiedad privada para sustituirla por la propiedad colectiva. Capitalismo y propiedad privada no garantizan la erradicación de la pobreza, pero está claro que los regímenes socialistas fuertemente centralizados ni siquiera pueden garantizar economías estables y un esquema de producción de riqueza sostenido en el tiempo. Si no se produce riqueza, cualquier posibilidad de distribución está sencillamente cancelada. Por lo demás, estos regímenes tienen una singular interpretación de la propiedad que rebasa cualquier exquisito teoricismo, a saber: NO HAY PROPIEDAD PARA EL RESTO DE LA SOCIEDAD, SÓLO PARA LA BUROCRACIA Y EL FUNCIONARIADO EN EL PODER.