Ángel Américo Fernández

angelferepist@cantv.net

Epistemología transcompleja

julio de 2006

En el recorrido epistemológico que se desplaza desde Feyerabend hasta Prigogine pasando por Morin y otros aportes sustantivos, es posible mostrar la debacle del paradigma determinista y el fin de una ciencia de la simplicidad que ha quedado imposibilitada en su composición, estructura, reglas epistemológicas, lenguaje, leyes universales etc., para pensar un mundo que definitivamente no puede ser descrito en términos de  periodicidad,  linealidad y  reversibilidad; un mundo ajeno a visiones unidimensionales, extraño  al reduccionismo de lo repetitivo, renuente a ser comprendido como tautología y, en consecuencia, un mundo complejo, precariamente predictivo y, por tanto, abierto al futuro. 

Un mundo multidiverso, en su trama, es sus manifestaciones fenoménicas llenas de bifurcaciones y cuyo devenir intrínseco comienza a verse marcado por el papel esencial del desorden, de la no-linealidad y del no-equilibrio; que recupera en todos sus niveles la historicidad que con un bisturí de precisión había logrado extirparle la serenísima ciencia de lo simple, que se reencuentra con el tiempo como gran matriz creadora de nuevas estructuras, tiene necesariamente que ser interrogado y estudiado con nuevos paradigmas de múltiples focos de iluminación para poder dar cuenta de su complejidad.  

Ello implica abandonar una visión del mundo mecanicista-determinista, la aburrida  cognición del orden y dejar a la deriva las viejas postulaciones de esquemas globales  y totalizantes de comprensión para reconocer “el descubrimiento de lo mutable, lo temporal, lo complejo”[1]. Este cambio involucra también y de manera decisiva al sujeto del conocimiento, al observador del mundo que por la aspiración idealizada de la objetividad devenida mito de una ciencia del  saber sin fisuras, había sido separado-excluido de la explicación por el handicap que representaba el ingrediente de la subjetividad con la que supuestamente solo aportaba opacidad al proceso de conocimiento. Pero, la complejidad del acto del conocimiento es incompatible con la segregación del sujeto porque “El determinismo sólo es concebible para un observador situado fuera del mundo, cuando lo que nosotros describimos es el mundo desde dentro”[2]. 

De modo que para comenzar tenemos que la ciencia llamada clásica se ha edificado sobre dos grandes supresiones, la eliminación del tiempo y la eliminación del sujeto del conocimiento. Y solo así ha sido posible el nacimiento de un paradigma de la simplicidad y de una epistemología muy pobre y reducida que entre otros defectos arrastra una concepción de lo real equivalente a lo dado, una imagen de mundo como uno e infinito que conllevó a principios mecanicistas de explicación y la ausencia de historia y temporalidad, ponderadas como  despreciables por no guardar sintonía con el paradigma de lo exacto, mientras sólo se admitía su presencia en fenómenos de rango menor como los sociales que eran estudiados por pseudo-ciencias. 

De allí han surgido todas las reducciones y simplificaciones que han caracterizado a la ciencia en los últimos tres siglos, pero además tales bajas se constituyeron epistemológicamente en las condiciones indispensables para postular leyes universales, leyes eternas e inmutables que eran la aspiración de un saber monolítico capaz de condensar el ideal de completud. En este sentido, dice Prigogine “Durante varios siglos-prácticamente desde la fundación de la física por Galileo, Descartes y Newton-, la idea de simplicidad, la búsqueda de un universo fundamental, estable a través de las apariencias, ha predominado en las ciencias naturales…Hoy día hay que rendirse a la evidencia de que a cualquier nivel que nos sea accesible, desde las partículas elementales hasta la cosmología, la naturaleza ya no se aviene a este paradigma clásico”[3]. 

Por su parte, la ausencia de historia y tiempo tuvo en las ciencias consecuencias negativas de monto descomunal porque a fuerza de querer edificar un saber universal, el conocimiento de la naturaleza se deslizó por una autopista de idealizaciones para las que era menester hilar muy fino y con mucha precaución para que emergiera en limpio lo reversible, lo causal, lo legal, pues con E. Morin “se trataba de disipar la aparente complejidad de los fenómenos, a fin de revelar el orden simple al que obedecen”[4]; mientras que las ciencias sociales que admitían el tiempo y la historicidad y, por tanto incluían incertidumbre e impredictibilidad, eran tenidas como pseudo-ciencias, saberes menores incapaces de formular leyes universales, verdadera tabula de medida, alfa y omega para legitimar una ciencia. 

A partir de allí surge la diferencia esencial apuntada por Prigogine entre dos culturas: Las ciencias humanísticas y las letras, por un lado, y las ciencias exactas, por el otro. “una contraposición que proviene del hecho de que el ideal de la ciencia es el ideal de un esquema universal e intemporal, mientras que las ciencias humanas se basan en un esquema histórico ligado al concepto de situaciones nuevas o de estructuras nuevas que se superponen a otras”[5]. Esa escisión guarda correspondencia con la racionalidad cartesiana-newtoniana que separa al hombre de la naturaleza y que dibuja la imagen de una ciencia en la que el hombre se halla frente a un universo autómata que podía manipular y controlar, pero paradójicamente, ese poder gigantesco tenía un precio demasiado alto “la inquietante extrañeza del ser humano en relación al universo que describía”. 

De ese modo se configuró un tipo de ciencia completamente ajena al mundo, sólo destinada a describir ciertos ámbitos de la realidad donde operaba la causalidad y la simplicidad. En esta dirección es menester recordar a la sazón que la ciencia moderna nace de la mano de la astronomía, enderezada al estudio de trayectorias y movimientos de los planetas, donde no existe “ni principio ni diversidad y cuya perpetuación idéntica está contenida en la descripción de cada uno de sus estados instantáneos”[6]. En ese contexto paradigmático era posible encontrar simplicidad, regularidad, causalidad y reversibilidad, lo cual contribuye enormemente al desarrollo de la ciencia, pero es ahora en el Siglo xx (xxi), cuando es posible evaluar el impacto y las consecuencias nocivas de tenor epistemológico que tuvieron sus líneas de  abordaje. 

La ciencia en cuestión en cuanto patrimonio de la cultura occidental al efectuar la operación cartesiana que separa al hombre o sujeto pensante de la naturaleza (res extensa) en la vía de producir un conocimiento “claro y distinto”, estaba elevando al trono un paradigma de corte disyuntor-simplificador que, como apunta Morin ha enrarecido las comunicaciones entre conocimiento científico y reflexión filosófica, privando a la ciencia de la posibilidad de reflexionar sobre si misma, de generar una autoconciencia para dar cuenta de sus propias implicaciones, de sus presupuestos, de sus propios problemas.  Ese paradigma en su movimiento de disyunción aísla los tres grandes campos del saber, física, biología y las ciencias del hombre, pero además intenta remediarlo con un ingrediente más grave y empobrecedor, la simplificación. 

La reducción de lo complejo a lo simple (reducción de lo biológico a lo físico, de lo humano a lo biológico. Una hiperespecialización habría aún de desgarrar y fragmentar el tejido complejo de las realidades, para hacer creer que el corte arbitrario operado sobre lo real era lo real mismo. Al mismo tiempo, el ideal del conocimiento científico clásico era descubrir detrás de la complejidad aparente de los fenómenos, un Orden perfecto legislador de una máquina perfecta (el cosmos), hecha ella misma de miro-elementos(los átomos) diversamente reunidos en objetos y sistemas…Finalmente, el pensamiento simplificante es incapaz de concebir la conjunción de lo uno y lo múltiple (unitas multiplex). O unifica abstractamente anulando la diversidad o, por el contrario, yuxtapone la diversidad sin concebir la unidad[7]

De modo que así se erigió un paradigma científico imposibilitado por sus engranajes teóricos, recortes de la realidad y puntos de partida, para pensar la complejidad. Un paradigma que separa y distingue por todas partes, desmenuza lo real, opera desintegrando y, a la vez, reduce lo complejo de lo real en la búsqueda de un orden perfecto, pero a un precio demasiado caro, una explicación simplista y determinista de la realidad que a la postre sólo sirvió para confinar en la oscuridad el conocimiento de la mayor parte del universo que por su constitución compleja no se avenía a ser explicado o encapsulado por unas cuantas leyes simples. 

Naturalmente, se fue imponiendo  una visión del mundo y un particular modo de pensar la elaboración de saberes bajo el apremio empirista-positivista de que toda explicación de la naturaleza debía conducir al hallazgo de unas cuantas bolitas o variables últimas que en relaciones de causalidad determinaban el comportamiento de los fenómenos, sobre los cuales podrían entonces levantarse mapas de representación y leyes de carácter universal y necesario. La consigna estratégica del conocimiento consistía entonces en desmadejar la telaraña compleja  que aparecía en la superficie, para hallar las bolitas que contenían la explicación simple, verdadera, conforme al modo de ser perfecto de la naturaleza.

Es desde allí que se enseñorea un modo de pensar la ciencia, reduccionista, determinista y simplificador, incapaz de penetrar cognitivamente,  a no ser por separaciones, seguidas de adosamientos y remiendos, ese plexos complejo que implica la unidad de lo diverso o la unidad múltiple de que habla E. Morin. Era aquel el tiempo de la ciencia de lo simple que a la manera de una mansión cobijaba cómodamente un conjunto de certidumbres y seguridades con su método científico, teorías y leyes universales. En un nicho construido con tales cuidados y con un ama de llaves positivista, quedaban extirpados, el error, el azar, la incertidumbre, lo polidimensional, lo múltiple, en fin, lo complejo. Se trataba de una ciencia absolutamente fastidiosa, como apunta con fina ironía Feyerabend, cuando en Contra el Método, dice que sólo un lavado de cerebro puede conseguir “hacer de la ciencia más simple, más uniforme, más monótona, más “objetiva” y más accesible al tratamiento por reglas “ciertas e infalibles”[8]. 

En atención a estos planteamientos, podemos señalar grosso modo el nudo gordiano de aquella ciencia convencional que son a su vez los puntos en donde estalla la crisis epistemológica que demanda una nueva epistemología:

  • La separación entre sujeto y objeto, entre hombre y naturaleza.

  • La concepción de lo real como equiparable a lo dado (dogmatismo gnoseológico), luego a hechos atómicos (positivismo) o mundo empírico e informes observacionales (empirismo), realidad objetiva (cientificismo).

  • La distinción o separación entre observación y teoría, entre lenguaje observacional y lenguaje teórico.

  • La sobrevaloración de la formalización que deja en la picota los problemas filosóficos más profundos e interesantes, incluso los que tocan a la ciencia.

  • El privilegio de la corroboración y de la contrastación por encima de la concepción y naturaleza del cambio científico o revoluciones científicas.

  • La imposición de tabiques para dividir el universo y el saber en compartimientos estancos, fragmentando, escindiendo la unidad múltiple del mundo.

  • El imperio de la causalidad, el determinismo y la legalidad que tienen a su base la uniformización del saber a través de muchísimas abstracciones para cumplir el ideal de unas leyes universales.

  • El paradigma de la simplificación heredado de la mecánica moderna que induce el hallazgo de los elementos más simples para explicar los fenómenos, aislando los elementos de su contexto o del sistema del cual forman parte.

  • Los sistemas lógicos o matemáticos eran considerados como sistemas completos, consistentes y decidibles. En ellos no habían fisuras y, por tanto, siempre era posible demostrar la verdad o falsedad de las proposiciones.

  • La eliminación de la contradicción, el error, el azar, lo indeterminado, la incertidumbre, lo indecidible y del entramado de relaciones múltiples que configura la complejidad del universo/multiverso.

  • La extirpación del tiempo en el estudio de la naturaleza y el universo, el cual era pensado como una ilusión, una mera convención o, atribuido a un precario estado de conciencia como resultado de la ignorancia o desconocimiento práctico de ciertas condiciones iniciales excepcionales.

He allí una caracterización de la imagen del saber con la que hemos trajinado hasta el siglo xx. Lleva el signo de la reducción, es mutilante, dogmática, simplista, rígida y, por tanto, con límites estructurales no sólo teóricos y epistemológicos, sino en la propia concepción paradigmática global de la ciencia y su racionalidad. Luego, lo que está en crisis no es este o aquel paradigma, es la propia ciencia la que está en crisis en cuanto modo de conocer, en su estatuto, composición, rieles metódicos, reglas y leyes totalizantes.

Por ello emerge la necesidad de pensar desde el punto de vista de la complejidad, pero no en atención a  una simple demanda metodológica, sino de cara  a la asunción ya inescapable de que el mundo y el universo, en definitiva lo real, son intrínsecamente complejos. De modo que la complejidad no es un adjetivo, es un sustantivo, es la propia trama, naturaleza y contenido de lo real. En palabras de Morin: “La complejidad es un tejido (complexus: lo que está tejido en conjunto) de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados: presenta la paradoja de lo uno y lo múltiple…la complejidad es definitivamente el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fenoménico. Así es que la complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, de lo inextricable, del desorden, la ambigüedad, la incertidumbre”[9]. 

Tal vez sea esa telaraña de relaciones problemáticas, poco claras, desordenadas o paradojales, las que precisamente alimentaron la motivación de un conocimiento que funcionara disipando aquella bruma para descubrir en el fondo el orden simple, pero en dicho esfuerzo de clarificación y distinción, naufragó penosamente la comprensión de la mayor parte del mundo, puesto que al tiempo que se resolvieron problemas y enigmas en el ámbito de la ciencia, por una parte; al tomarse el atajo de aplicar las mismas operaciones para todos los casos, eliminando caracteres medulares de la complejidad, se ha generado ceguera, por la otra. 

El término ceguera es empleado por Morin para referirse a la paradoja de una ciencia que a fuerza de pretender reducirlo todo, culminó extirpando la complejidad del grueso de los fenómenos y, de casi todo el universo, interponiendo una barrera muy fuerte para su conocimiento y comprensión.

Sin embargo, la ciencia del siglo xx ha despertado permitiendo el retorno de lo complejo de la mano de los nuevos paradigmas de la física que han permitido develar más allá de las coordenadas clásicas, principios fundamentales del desarrollo del universo que asoman de manera impresionante el tejido paradojal inherente a la complejidad: orden-desorden, destrucción-creación, azar-necesidad, desintegración-organización y, sobre todo el papel desempeñado por los procesos estocásticos, junto a la potencia creativa del tiempo irreversible.

A partir del desarrollo de la termodinámica comienza en firme  la crisis del paradigma determinista, pues se trata de una ciencia que introduce la posibilidad de pensar el caos, los procesos de transformación de sistemas físicos y la entropía, ese “principio hemorrágico de degradación y de desorden en el universo” (Morin). La tan sola mención de este elemento era más que suficiente para generar un terremoto en los presupuestos de la ciencia convencional, pues se evidenciaba que los conceptos de orden estable no eran aplicables a todos los casos posibles y que las situaciones de equilibrio tan estimadas por los científicos clásicos e incluso por los primeros termodinámicos del siglo xix, eran más bien la excepción y no la regla en el comportamiento del universo.

En efecto, uno de los descubrimientos fundamentales de la singular ciencia del calor es que las estructuras de equilibrio no bastan para interpretar los diversos fenómenos de estructuración y creación que se observan en la naturaleza. “En el mundo que conocemos, el equilibrio es un estado raro y precario, la evolución hacia el equilibrio implica, de hecho, un mundo bastante alejado del sol, para que sea concebible el aislamiento parcial del equilibrio (no hay “caja” posible a la temperatura del sol), pero en donde el no-equilibrio sea la regla: un mundo tibio”[10]. Pero además, frente a la dinámica de trayectorias eternas, la termodinámica introduce el tiempo, por lo cual se constituye en base de la ciencia de lo complejo.

Es en la termodinámica no-lineal, logro excepcional del siglo xx, donde se va a encontrar la mayor riqueza de  resultados experimentales, toda vez que asoman de modo palmario procesos de creación de nuevos estados de la naturaleza, un nuevo nudo de realidad física que son las estructuras disipativas, aquellas que pese al desgaste de energía y materia, en lugar de evolucionar hacia el desorden, lejos del equilibrio se convierten en fuente de orden y, finalmente, la irrupción de la flecha direccional del tiempo que impone la marca de la historia en los procesos físicos. Este es, sin duda alguna, el aporte capital de la escuela  de Bruselas (Prigogine, Stengers, Misra), ante la interrogante decisiva ¿En qué condiciones pueden aparecer estructuras, desarrollarse, ser destruidas etc.? Y la respuesta que han dado es: en las condiciones alejadas del equilibrio. Citando in extenso por la densidad e importancia:

En los sistemas en que se producen constantemente intercambios de energía y materia con el medio, el equilibrio no es posible, por darse procesos disipativos que continuamente producen entropía. El segundo principio de la termodinámica permite prever la evolución del sistema hacia un estado estacionario…no obstante, a partir de cierta distancia del equilibrio, de cierta distancia de los procesos disipativos, el segundo principio ya no sirva para garantizar la estabilidad de ese estado estacionario. Al contrario, podemos definir para ciertos sistemas un “umbral”, una distancia crítica respecto al equilibrio, a partir del cual el sistema se hace inestable, a partir de la cual una fluctuación puede eventualmente no remitir, sino aumentar.

Hemos denominado “orden por fluctuaciones” al orden generado por el estado de no equilibrio. Efectivamente, cuando, en vez de desaparecer, una fluctuación aumenta dentro del sistema, más allá del umbral crítico de estabilidad, el sistema experimenta una transformación profunda, adopta un modo de funcionamiento completamente distinto, estructurado en el tiempo y en el espacio…lo que entonces surge es un proceso de auto-organización [11]. 

A juicio de los integrantes de la escuela esta línea de desarrollo de la termodinámica es de suma relevancia, habida cuenta que, por primera vez, una teoría física permite describir y prever un acontecimiento que responde a las exigencias más generales de una teoría de la creación. 

En resumen, en condiciones alejadas del equilibrio, la materia se vuelve especialmente sensible al mundo exterior y reacciona fuertemente ante las fluctuaciones hasta el punto de que adquiere nuevas propiedades. La amplificación de las fluctuaciones lleva a una situación nueva, que se abre en varias posibilidades “posibilidad de estados múltiples y en consecuencia historicidad de las elecciones adoptadas por los sistemas”. Luego, presencia de la irreversibilidad del tiempo y, lo increíble, la introducción de la historia al interior de los procesos de la naturaleza y el universo. 

Nótese el desfile de conceptos hasta hace poco insospechados en la ciencia, conceptos nómadas como Umbral, punto de no retorno en que el sistema se aleja del equilibrio; Estructura disipativa, lectura que revela el nexo entre el desorden y el orden; Bifurcación, punto crítico a partir del cual se hace posible un nuevo estado al volverse inestable la solución primigenia; Historia, momento marcado por el tiempo en el que el sistema, a contrapelo de una ley eterna e inmutable, se abre paso hacia una multiplicidad de opciones; Fluctuaciones, proceso aleatorio o azaroso que puede llevar al sistema a transformarse y a generar nuevas formas de estructuración y funcionamiento; Tiempo, proceso irreversible de la evolución y devenir complejo que juega un papel constructivo y creativo en el universo. Cualquiera de estos conceptos ha sido tratado con profusión en los libros de historia o literatura. Se trata de redes semióticas que como apunta Prigogine estaban reservadas a los fenómenos biológicos, sociales y culturales. Los conceptos de historia, estructura, función y tiempo son recuperados para poder definir el orden por fluctuación, el orden cuya fuente es el no-equilibrio.

Un elemento fundamental de la complejidad y que merece comentario aparte es el tema del tiempo, que ha sido objeto exquisito de las preocupaciones intelectuales de Ilya Prigogine. En un análisis de rebasamiento y superación de Einstein y Bergson, emprende un enjundioso estudio teórico-experimental desde la termodinámica de los sistemas complejos que ha conducido a un reencuentro con el tiempo en otra perspectiva que disloca por completo las viejas concepciones del tiempo-ilusión, del tiempo reversible de la física clásica e incluso del tiempo-degradación de la entropía.

Estas concepciones las pondera como insuficientes, equivocadas o sencillamente no penetran en el fenómeno de la complejidad. En efecto, la complejidad marca un viaje hacia procesos signados por la irreversibilidad del tiempo. Este, ya no puede ser leído como ilusión, ni simplistamente como principio inmutable reversible ligado sólo al fenómeno del movimiento, sino fundamentalmente como procesos de cambio y transformación irreversible inherente intrínsecamente a los fenómenos activos de la materia, en los distintos niveles, microscópico, macroscópico y cosmológico.

El tiempo en la ciencia clásica era el devenir negado, en cambio, con Prigogine es el devenir complejo; el tiempo clásico supone una naturaleza llana y el despliegue de una ley eterna; el tiempo complejo reconoce múltiples estados y la diversidad de la naturaleza;  aquel comportaba la paradoja de un movimiento desplegado en un tiempo intemporal; este es un tiempo que lleva la impronta de la historicidad en cuanto cambio, flecha unidireccional, creación y aumento de la complejidad en el universo.

El tiempo está ligado a la idea de evolución y, por tanto de irreversibilidad, la cual a su vez se alimenta en la obra de Prigogine de una cantera antideterminista que son las fluctuaciones o azar, las cuales eran consideradas excepciones en la ciencia convencional. Ahora, se ve por todas partes que “lo natural contiene elementos esenciales de azar e irreversibilidad”.

Los fenómenos irreversibles conducen a nuevas estructuras y, la entidad y magnitud de esta comprobación hecha desde la termodinámica no-lineal, abre paso a una concepción del tiempo distinta. “ya no podemos pensar, con Einstein, que el tiempo irreversible es una ilusión”. 

El tiempo es inseparable de la irreversibilidad, hay que pensar el universo como una evolución irreversible. “Leer la historia del universo como historia de un tiempo autónomo, o de una autonomía creciente del tiempo es, en mi opinión, una de las tentaciones interesantes de la ciencia contemporánea”.

El tiempo está imbricado a la complejidad, a la creación, a la vida, en fin, a la diversidad rizomática de la naturaleza. “La vida es el reino de lo no-lineal, la vida es el reino de la autonomía del tiempo, es el reino de la multiplicidad de las estructuras”[12].

Si se atiende  el poder creativo del tiempo, entonces, en cierto sentido“el tiempo precede al universo…el nacimiento de nuestro tiempo no es, pues, el nacimiento del tiempo. Ya en el vacío fluctuante preexistía el tiempo en estado potencial…un tiempo que sólo requiere un fenómeno de fluctuación para actualizarse .En este sentido, el tiempo no ha nacido con nuestro universo: el tiempo precede a la existencia, y podrá hacer que nazcan otros universos”[13].

Por otra parte, la complejidad es interpretar la naturaleza en su anudamiento de contradicciones, paradojas, orden y desorden, desintegración y autoorganización al mismo tiempo. Es en este enjambre de problemas donde fracasó ruidosamente la ciencia convencional con sus precarios paradigmas de reducción-disyunción que aísla a los objetos, insulariza a la ciencia y pretende unificar lo diverso mediante la medición. En este sentido, es preciso aceptar sin mayores traumas que el principio clásico de explicación que excluía el azar ha colapsado. Luego, se impone reconocer el desorden, la dispersión y las contradicciones que habitan en el corazón mismo de la física. Ello no es un error del pensamiento ni un pensamiento extravagante, sencillamente es lo propio de la complejidad, encarar el conocimiento sobre la base del complexus, de lo que está tejido en conjunto, comunicación entre el objeto y el entorno, entre cosa observada y observador[14].

Desde  esta perspectiva, se abre un horizonte muy rico en posibilidades para pensar el conocimiento, pues queda atrás la tentativa de hallar el arcano fundamental, la ecuación clave que rige  el universo y, entonces el pensamiento se  expande ya libre de ataduras  derivadas de la lógica aristotélica, libre de la mecánica clásica, libre de paradigmas simplificadores de la ciencia que abortaron la eco-diversidad del mundo y suprimieron al sujeto del conocimiento y, con ello, la unidad hombre-mundo. En ese talante epistemológico se inscribe el pensamiento complejo que implica “pensar lo uno y lo múltiple conjuntamente, es también pensar conjuntamente lo cierto y lo incierto, lo lógico y lo contradictorio, es la inclusión del observador en la observación[15].

La vieja noción esplendorosa de objeto es quebrada, queda confinada como parte de un tiempo en que el sujeto era un fantasma o ruido por los muros que representaban el efecto de paradigmas que a la par de explicar limitaban, reducían y atascaban al sujeto del conocimiento en un lugar “in Vitro”, para cerrar toda ventana que pudiera contaminar el ideal de objetividad. De ese modo se vivió la época de la apoteosis del objeto devenida fábula, la cual tuvo como correlato la oscuridad del sujeto, de la que actualmente parece emerger guiado por el pensamiento de la complejidad. El aporte de la fenomenología es central para horadar en aquella forma de representar la ciencia que dibujaba la pureza y brillo del objeto, en contraste con el sujeto inhibido, limitado. “El campo real del conocimiento no es el objeto puro, sino el objeto visto, percibido y coproducido por nosotros. El objeto del conocimiento no es el mundo, sino la comunidad nosotros-mundo, porque nuestro mundo forma parte de nuestra visión del mundo, la cual forma parte de nuestro mundo…El objeto del conocimiento es la fenomenología y no la realidad ontológica”[16].  

El pensamiento complejo implica lidiar con la bruma en que se manifiestan los fenómenos, debe bregar con el entramado “unitas multiplex”concibiendo la diversidad sin anular la unidad o viceversa, sin sacrificar el todo a las partes ni subsumir las partes en el todo; asumiendo la problemática complicada de la organización, tomando distancia neta de las leyes únicas de la naturaleza, por lo demás absolutamente sospechosas; derrocando las viejas visiones que impusieron una teología de la materia, hoy desmontadas por la física cuántica que muestra en ese nivel el vacío; que se aleje de la reverencia del orden perfecto y asuma con la ciencia nueva que el universo implica desintegración y organización a la vez; que trabaje con la incertidumbre no como con algo extraño, sino natural y consustancial al conocimiento que tiene límites  humanos, incluyendo aquellos relacionados con la imperfección de la “ caja de herramientas” y la lectura del universo microscópico o macroscópico desde una ventana finita; que asuma la vida misma no como entidad sustancial sino como proceso de auto-eco-organización que conduce a la autonomía; que incluya el papel medular del azar en la naturaleza, en los cambios sistémicos y en el conocimiento; que reconozca la irrupción de la contradicción lógica en la descripción empírica sin que cunda el pánico ni se tambalee el intelecto; que asuma el tiempo y la historicidad de los fenómenos en el universo sin el remordimiento de estar faltando a la nostalgia por la eternidad y la universalidad; que haga inteligible que la velocidad de la luz no es solamente un universal que revela el triunfo de la ciencia, sino la revelación más significativa de los límites del determinismo, pues quiebra de manera irreversible todos nuestros conceptos clásicos, toda vez que ningún observador puede montarse en un fotón.; que derroque la simplicidad totalmente , ya que no hay base empírica simple, una cantera donde podamos ver  en limpio los fenómenos, pero tampoco hay una base lógica simple de donde emerjan sin perturbaciones ideas claras y distintas y una realidad no paradojal o no contradictoria. 

Un pensamiento de este talante y de este signo, debe igualmente convivir con  aquellas proposiciones que dentro de un sistema son indecidibles, abriendo la fisura en la completud sistémica al introducir lo incierto y que, por tanto, todo meta-sistema que se construya para superar este hiato, adolecerá a su vez de esa brecha lógica; que ante la serena linealidad explicativa del equilibrio, reconozca ahora que la naturaleza es portadora de  riqueza creadora de nuevas estructuras, incluyendo las de lo viviente, en las situaciones sistémicas del no-equilibrio(Prigogine, Morin). Se trata de asumir sin mayores problemas la quiebra de la visión absolutista y universalista del universo y con Bohr mediante,   la pertinencia de una pluralidad de enfoques para comprender la complejidad del mundo microfísico y, tales visiones, parciales, distintas y hasta contradictorias, se puedan leer  trenzadas en relaciones de complementariedad. En esa misma línea, queda clara la importancia inexcusable de navegar los sinuosos relieves del mundo desde una visión/visiones pluriparadigmáticas, porque la riqueza y diversidad de lo real es inconsistente con la idea de que una sola lámpara la pueda iluminar completamente (Prigogine). Un pensamiento que pueda lidiar con la incertidumbre inherente a la   trama entre observador-observado e instrumentos de medición que se manifestaba como frontera en la micro-física, pero es en realidad la complejidad de intentar dar cuenta de ese mundo desde conceptos macroscópicos y desde una posición material “que incluye nuestro cuerpo y nuestro propio cerebro” (Morin). Por tanto, es preciso reconocer al observador como parte del complexus  del acto cognitivo, en el cual, como en la naturaleza, no podrá eliminar el desorden. En consecuencia, se trata no solamente de reconocer la presencia, sino de integrar a lo aleatorio (Morin), en su condición de imprevisible y en su carácter de evento, integrar también a la información y al ambiente en aras de fortalecer el concepto de sujeto, incorporando en él al ser auto-eco-organizado.

Por todas estas razones es necesario e impostergable avanzar hacia un eco-cognición de la complejidad que rebase el propio concepto de ciencia y, de hecho lo suprima para ser reabsorbida en otro horizonte transparadigmático o epistemología Transcompleja. El concepto propuesto permite pensar el carácter ecológico del conocimiento, su inteligibilidad como paisaje diverso, su estructura rizomática, la integración de elementos que antes permanecían separados como producto de un esquema binario proveniente de la lógica aristotélica.

Se trata de un transparadigma, donde podrán habitar lo lógico y lo paralógico, lo racional y lo irracional, el azar y lo necesario, la coherencia y la paradoja, lo lineal y lo no-lineal, el orden y el desorden, la certidumbre y la incertidumbre, en relaciones abiertas, complejas y de complementariedad para asumir, sin tributo alguno a viejos esquemas unidimensionales, reduccionistas y mutilantes, la tarea desgarrada y, a la vez fecunda que implica el acto o producción del conocimiento, pero ahora en un campo siempre abierto, despejado de teologías y fundamentalismos y, por ello, dotado de inmensa posibilidades.

El futuro está abierto, pero no es el de la ciencia, sino el de una eco-cognición de lo complejo. Morin dice que  el concepto de ciencia se está transformando y Prigogine habla del fin de la ciencia determinista y el comienzo de la era de la scienza nuova, pero tal parece que las consecuencias de las argumentaciones de ambos rebasan en mucho algo que se pueda llamar ciencia. El concepto de ciencia luce agotado, sus paradigmas están averiados, su universalidad es cosa del pasado. Por ello, un paradigma transcomplejo tiene que desentenderse explícitamente de la evocación de la ciencia, no puede desplegarse hacia el futuro con esa rémora epistemológica, pues no basta con una redefinición conceptual, se trata de encarar el mundo con una epistemología libérrima, sin viejos clichés, sin cortapisas conceptuales.

Un paradigma transcomplejo es la aventura exquisita del pensamiento, sin barreras disciplinarias, sin esquemas universales, sin escisiones entre lo natural y lo humano, sin la superioridad de lo cuantitativo apoyado en la medición, si exclusión de la paradoja, sin execrar a la poesía o a cualquier otra dimensión del arte, sin sustitución del diálogo por las pruebas teóricas o empíricas, en fin, sin sacrificar la totalidad del mundo incluida su armonía estética. Rigoberto Lanz traza aguda y limpiamente algunas coordenadas centrales que deben caracterizar a la ciencia en el marco de un paradigma de la transcomplejidad: Una ciencia de la complejidad que destrona la tiranía de un cientificismo fundamentalista, reductor y simple. Una ciencia de la diversidad que juega a lo múltiple, al pluralismo de la razón, a la infinita variedad de la vida. Diversidad ecológica, diversidad cultural, diversidad intersubjetiva, diversidad estética. Una ciencia del caos y la indeterminación que rompe con toda linealidad y con los modelos causalistas del pasado. Una ciencia de las verdades que puede jugar con distintas racionalidades…que se define heterogénea desde el punto de partida…una ciencia transdisciplinaria que rompe definitivamente con los encierros de la lógica de las disciplinas y abre el conocimiento a la inmensidad de las interpenetraciones, dando lugar a nuevos territorios poblados de nuevas preguntas[17]. En este contexto, las fronteras quedan abolidas y, el carácter de rizoma inherente a la complejidad de la naturaleza es también recuperado para pensar el conocimiento. Se trata de tensar el pensamiento en aras de superar la lógica binaria entronizada como forma de pensar en la cultura occidental.

Deleuze y Guattari acuñaron el concepto de Rizoma, extraído de la Botánica para pensar en lo no binario, la ausencia de centro, sin comienzo y sin clausura, pensar desde la transición en el medio, en el interregno y en el intermezzo, allí en los pliegues donde proliferan los matices, las gradaciones, allí donde gravita el corazón de lo indecidible. Sostenemos, la necesidad de recuperar este concepto para trasladarlo al conocimiento de la complejidad, pues así como el rizoma es una raíz que usualmente crece horizontalmente, produciendo a la vez otras raíces y tallos aéreos, el conocimiento también opera en forma homóloga, desplegándose como un follaje. Lo rizomático es vital para una epistemología Transcompleja, una eco-cognición sin grandes comandos, sin centro, pero sí de relaciones y conexiones transversales, no existen puntos, pero sí líneas interconectadas. Aquí vemos como conecta el conocimiento complejo con un paradigma Transdisciplinario que supone ventanas comunicantes entre todos los saberes, pero sin anclarse ni en uno ni en otro “Un rizoma no empieza ni acaba, siempre está en el medio, entre las cosas, inter-ser, intermezzo…el árbol es filiación, pero el rizoma tiene como tejido la conjunción ‘y…y…y…’ En esta conjunción hay fuerza suficiente para sacudir y desenraizar el verbo ser”[18].

Desde esta perspectiva, la ciencia sería subsumida e integrada en la eco-cognición de lo complejo, junto a sus métodos y procedimientos experimentales, pero ya no sería la gran torre del saber ni mucho menos El Saber, estaría conviviendo con otras reglas de juego, con una multiplicidad de juegos de lenguaje, dialogando con lo irracional, con el arte, con otras sensibilidades que no entraban en el juego convencional que ella presidía cuando marchaba triunfalmente imponiendo su monólogo. Naturalmente, ella mantendrá su especificidad para no derretirse en medio de juegos de lenguajes diversos y para no confundirse con la superchería intelectual como advierte agudamente Roberto Follari[19], pero como estrategia para no aniquilarla como objeto, para conservar la enorme utilidad de esta epistemología minimal y salvaguardarnos de un retorno desesperado de certidumbres y principios rígidos. Entonces, la ciencia ocupará un territorio importante en la epistemología Transcompleja, pero no un trono, no la condición de lenguaje privilegiado, estará destinada a dialogar con lo irracional, con la paralogía, con la contradicción, con otros sistemas de referencia que también tendrán la palabra sobre lo real.

La epistemología Transcompleja implica “un viaje a través de los saberes”, visitar cada uno de los territorios del paisaje eco-diverso y rizomático  del conocimiento, establecer con la realidad un diálogo sin fronteras, sin cortapisas disciplinarias, sin el chantaje de la supuesta superioridad de una forma de conocimiento, sin pánico ante lo que no encaja en la lógica, sin la necesidad de confrontar la contradicción, más bien reconocerla, asumirla, dialogar con ella; la epistemología Transcompleja reconoce la pertinencia del principio de universalidad, pero asumiendo su déficit y enlazándolo en complementariedad con lo local y lo singular (Morin); reinserta el tiempo irreversible en los fenómenos de la naturaleza y del universo (Prigogine); hace juego con un principio discursivo complejo donde habitan lo complementario y lo contradictorio, integra la borrosidad en la inteligibilidad de los fenómenos y, por tanto las apreciaciones de grado y aproximación, reinventa al sujeto encuadrado en un nuevo registro y papel en el ámbito del conocimiento, interpreta las aporías manifestadas en la red observador-experimento como encuentro con dominios desconocidos o realidades profundas y, definitivamente, admite los límites del conocimiento, la asunción explícita de que navegamos con instrumental imperfecto en un universo en expansión. 

Notas

[1] Ilya Prigogine, ¿Tan solo Una Ilusión?, Tusquets Editores, Barcelona, 1997,p.24. 

[2] Ilya Prigogine, ob.cit, p.17. 

[3] Ibídem,  p. 48.

[4] Edgar Morin, Introducción al Pensamiento complejo, Gedisa, España, 1996, p.21.

[5] Ilya Prigogine, El Nacimiento del Tiempo, Tusquets Editores, Barcelona, 1993, p.37.

[6] Ilya Prigogine, ¿Tan solo una Ilusión?, Tusquets Editores, Barcelona, 1977, p.70. 

[7] Edgar Morin, ob.cit, p.30. 

[8] Paul Feyarabend, Contra el Método, Editorial Ariel, Barcelona, 1981, p.11. 

[9] Edgar Morin, ob.cit, p.32.

[10] Ilya Prigogine, La Nueva Alianza: Metamorfosis de la Ciencia, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.166. 

[11] Ilya Prigogine, ¿Tan solo una Ilusión?, Tusquets Editores, Barcelona, 1997, pp.88-89. 

[12] Ilya Prigogine,  El nacimiento del tiempo, Tusquets Editores, Barcelona, 1993, p.35. 

[13] Ilya Prigogine, ob.cit, p.77. 

[14] Edgar Morin, Ciencia con Conciencia, Anthropos, Barcelona, 1984, pp.44-48. 

[15] Edgar Morin, ob.cit, p.109. 

[16] Ibidem, p.108. 

[17] Rigoberto Lanz, De la ciencia, Nietzsche y otros extravíos en Revista Latinoamericana de Estudios Avanzados, Número 11, Caracas, 2000,  pp.10-11. 

[18] Deleuze, Guilles y Guattari, Félix, Mil mesetas. Editorial pre-textos, Valencia, 1994, p.29. 

[19] Roberto Follari, Sobre la Desfundamentación Epistemológica Contemporánea, Cipost-UCV, Caracas, 1998, p.51.