Ángel Américo Fernández

Profesor-investigador en Epistemología y Filosofía

angelferepist@cantv.net

Del fin de la Historia al retorno de las historias     

marzo de 2007

La historia, la más amada ciencia de interpretación, la más comprensiva, la más evocada e invocada por ser el sujeto su centro, su protagonista, llámese héroe, nación, pueblo, proletariado y hasta espíritu universal. De un tiempo a esta parte la historia, de ser una ciencia menor o pseudo ciencia, estigmatizada de ese modo por cierto criterio positivista en virtud de no encajar en el paradigma de las disciplinas exactas, se ha puesto ahora de moda, cuando paradójicamente algunos pensadores no han resistido la tentación de darla por finalizada. Es Francis Fukuyama el que ha puesto la cuestión en el candelero del debate, a raíz de la publicación de su libro El fin de la Historia y el último hombre[1]. A la sazón habrá que aclarar que no se trata del fin de la historia como disciplina, ni como sucesión de los acontecimientos humanos, ni como la relación causa-efecto de los hechos históricos, sino el fin de la historia en tanto proceso único, evolutivo y coherente que marcha hacia un lugar y que al llegar allí ha realizado ya un destino, ha alcanzado su final y, por tanto, quedan clausuradas las posibilidades de nuevos progresos.

Pero es George W. Hegel el primero en hablar de fin de la historia en su sistema filosófico, donde la Historia era algo así como la exposición del espíritu en el tiempo y la tarea de la filosofía era mostrar el contenido histórico de la Razón. Y tal contenido como observa agudamente H. Marcuse “no está referido a la miscelánea de los hechos históricos, sino a la composición de la historia como totalidad racional”[2]. El pensador alemán encontró la realización de la Razón en la Revolución Francesa, pues a su juicio el movimiento histórico se convierte en espíritu cuando “lo real es a la vez racional”. Y no podía ser de otra forma, Hegel como conspicuo representante de la ilustración tardía vio en aquel proceso histórico la coronación de los ideales liberales y del paradigma del progreso que contiene de suyo la interpretación de los hechos históricos como señales en el camino del hombre hacia la razón. De ese modo la idea y la realidad alcanzan terreno común, el progreso estaba coronado, la Historia había alcanzado su meta y por añadidura su final.

Sin embargo, Karl Marx, otro buen hijo de la ilustración pero transitando un camino distinto, no constató el fin de la Historia, pero lo prefiguró hacia el futuro en la sociedad comunista, una comunidad de hombres libres, sin clases y sin alienación, donde reinarían relaciones transparentes, no reificadas. Para Marx, la Historia anterior era la prehistoria de la explotación, sólo en la sociedad comunista se alcanzaría la verdadera Historia, pero al propio tiempo sería el final del progreso, pues las contradicciones antagónicas quedarían suprimidas. En consecuencia, queda clara esta coincidencia entre Hegel y Marx, pues ambos asumían que la evolución de la sociedad humana no era infinita, sino que terminaría en un tipo de sociedad que pudiera satisfacer las aspiraciones más profundas y fundamentales, en Hegel la Razón hecha mundo con el estado liberal, en Marx la sociedad sin clases.  

Francis Fukuyama tomó el camino de Hegel y no el de Marx, cuando monta su trama alrededor de la metáfora fin de la Historia, en especial la interpretación que sobre el planteamiento hegeliano hace  Kojéve (Hegel-Kojéve). El punto de partida de esta peculiar trama es que el hombre en sus primeros tiempos se ve impulsado a la lucha en la búsqueda del reconocimiento, hasta el punto de que incluso es capaz de arriesgar su vida en combate mortal por ideas abstractas como dignidad y libertad. Entonces, la lucha por el reconocimiento se ve elevada a principio motor de la historia expresada en “su voluntad de arriesgar la vida en una lucha por el mero prestigio…”. Ello muestra que “el hombre es capaz de superar sus instintos animales fundamentales…en aras a principios y metas más altos y abstractos”[3], pero cuando el miedo natural a la muerte lleva a un combatiente a someterse, nace la relación amo y esclavo.

 Hegel creyó que la relación de amo y esclavo en todas sus variantes a través de las distintas etapas de la historia universal, fue resuelta y finalmente superada con el movimiento histórico de la Revolución Francesa. Ésta encarnaba a la Razón y, a la vez, quedaba realizado el reconocimiento universal con el imperio de la ley, la soberanía popular y el Estado liberal de derechos. Ya no había amos y esclavos…habían emergido ciudadanos. Era el fin de la Historia en la imagen racionalista de Hegel.

Parece claro que Fukuyama se dejó seducir por el relato hegeliano del plenum de una historia universal con un final, pues su fin de la Historia es idéntico al de Hegel, pero con un complemento extraído de su propia experiencia y biografía personal, a saber; la revolución política norteamericana y el mercado. A su juicio la democracia como sistema político y la economía de mercado como sistema económico para asignar bienes y servicios es la marca neomoderna de fin de la historia. En este sentido, apegado a Hegel-Kojéve, afirmación que insiste debe tomarse muy en serio, refiere que la historia había acabado porque lo que llamaba “el Estado universal y homogéneo”, léase democracia liberal, había resuelto definitivamente la cuestión del reconocimiento. A ello agrega Fukuyama su propia cosecha para dar finalizada la historia, cuando visualiza en el capitalismo triunfante, el que queda solo en la arena después de la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, el punto de llegada del proceso histórico.

Serias dudas se plantean hoy sobre la interpretación de Fukuyama. Los hechos del 11 septiembre 2001 que marcaron el derrumbe de las torres gemelas con uso de tecnología mediana significaron un súbito despertar del sueño de final feliz liberal. Significaron también el derrumbe de la tesis finalista-fukuyamista de la historia. En lo sucesivo se ha consumado de manera palmaria el retorno de las ideologías, el endurecimiento de nacionalismos y particularismos contra la globalización, la resurrección de cierta izquierda fundamentalista en América Latina, el peso enorme de la religión expresada en la fuerza del Islam y el fenómeno invisible que opera “desde todas partes y desde ninguna parte”: El terrorismo global.

Parece claro que estamos actualmente bien lejos de una condición de fin de la historia como la mencionada por Fukuyama siguiendo a Kojéve, referida al Japón del siglo xv que, -según narra- tras el ascenso del shogun Hideyoshi, experimentó un estado de paz interna y externa similar al fin de la historia[4], donde las luchas y contradicciones reales cesaron y el hombre para conservar su humanidad, sustituyó los conflictos  por las competencias florales, el teatro y las ceremonias del té. 

En muy poco tiempo pasamos del final feliz liberal y de la suavidad de ciertos postmodernos, a una etapa crucial de relaciones de fuerza y de poder con todos los ingredientes intrínsecos a la historia y sus vertientes plurales o historias que fueron “saltados” por Fukuyama cuando nos ofreció su fábula de fin de la historia en el formato de un hegelianismo de folletín para kioscos de variedades.

Y es que Fukuyama se equivocó de plano y sin atenuantes por las razones que siguen:

1.   Por dejarse seducir por el sistema filosófico hegeliano, Hegel es el gran seductor de la filosofía, sobre todo su filosofía de la historia, donde UD puede ver la marcha de héroes, naciones, estados y civilizaciones guiadas por “la astucia” de la Razón.

2.   Por olvidar que cada etapa de la evolución histórica es asaltada por nuevos problemas, por nuevas formas o demandas de reconocimiento y, que difícilmente el espíritu humano puede tener la certeza absoluta de que se ha llegado al final en la línea del progreso. Ello sin contar que solo una membrana muy delgada separa al progreso de la barbarie. Un ejemplo es la tecnología que resuelve muchos problemas, pero a la vez crea otros de monto dantesco.

3.  Creyó con Hegel que basta un modelo político o económico, una suerte de “Estado de bienestar” para asegurar la conquista del reconocimiento universal. Y allí hay una omisión muy seria, pues deja por fuera el asunto cultural condensado en la pregunta ¿todas las culturas del globo encuentran el reconocimiento en la democracia liberal? Como puede apreciarse subsiste allí el problema de que la democracia está asentada cultural e históricamente en Occidente, pero existen culturas en el globo en las que el vocablo hasta le es extraño.

4.  Como en todo planteamiento racionalista (herencia de Hegel, por supuesto) hay una marcada tentación de dejar por fuera el papel de las tendencia irracionales que también desempeñan un papel medular en los grandes procesos históricos. Asimismo, desdeña también la tentación del hombre por prefigurar utopías. El hombre siempre es capaz de inventarse nuevas utopías y emprender nuevas luchas por estadios superiores de reconocimiento.

5.   Lo que ha llegado a su fin son las teleologías o finalismos y no la historia compuesta por historias que no tienen final, porque están alimentadas por la voluntad de poder y por un iceberg de formaciones contingentes.

6.  El formato de Fukuyama privilegia una lógica política y la economía capitalista, pero deja afuera a factores fundamentales como la religión que en muchas etapas de la vida Europea-Occidental ha sido motor de la historia. Y aquí vuelve otra vez el tema crucial del reconocimiento, pues a pesar del diálogo multicultural aireado por los posmodernos, se mantiene en pie el tema de cómo dialogar con claves distintas y hasta opuestas y cómo reconocerse culturas diferentes. La historia no es tan homogénea.

Sostenemos que en lugar de buscar finalismos integrando la Historia en una mirada racional, es tiempo de reconocer que la historia es, en si misma, desgarraduras, poderes, conflictos, relaciones de fuerza y que la naturaleza del acontecimiento revela su condición de momentum azaroso, impredecible, caótico, ajeno por completo a teleologías o a visiones reductoras, deterministas, o que siguen alguna estructura de leyes.

Tiene razón Foucault cuando en sus formulaciones expuestas en La Microfísica del Poder apunta que “Hay una tradición de la historia (teológica o racionalista) que tiende a disolver el suceso singular en una continuidad ideal al movimiento teleológico…la historia efectiva hace resurgir el suceso en lo que tiene de único, de cortante”[5]. Y es que el suceso es una relación de fuerzas… “que no obedecen a un destino ni a una mecánica sino al azar de la lucha”.

La historia, según esta concepción no rinde culto a la metáfora de un origen y de un final, la historia es el cuerpo mismo del devenir, un análisis genealógico significa descubrir “que en la raíz de lo que conocemos y de lo que somos no están en absoluto la verdad ni el ser, sino la exterioridad del accidente”[6].

En Foucault está presente una neta toma de distancia con respecto al concepto de historia heredado de la modernidad. Fiel a la tradición de Nietzsche en sus intempestivas, critica esa particular forma de historia que adopta y reintroduce siempre un punto de vista suprahistórico que implica “recoger en una totalidad bien cerrada sobre sí misma, la diversidad al fin reducida del tiempo”[7]. Ese tipo de historia fue la de Hegel, también la de Fukuyama, que creyeron en una historia homogénea, aquella que impugna Foucault como la candidez de “una historia que nos permitiría reconocernos en todas partes…”, la cual sólo es posible bajo la premisa de que los historiadores se procuren un punto de apoyo fuera del tiempo. Entonces, el sentido histórico es retomado por la metafísica.

Lo propio de la historia es devenir y discontinuidad, es la fiesta de lo contingente, nada de constantes ni de regularidades…solo el conjunto aleatorio y singular del suceso habitado “por el riesgo siempre relanzado de la voluntad de poder”.

Notas


[1] Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre, Editorial Planeta, Colombia, 1992. 

[2] Herbert Marcuse, Razón y Revolución, Alianza Editorial, Madrid, 1972, p.221. 

[3] Francis Fukuyama, ob.cit., p.17. 

[4] Ibídem, p.425. 

[5] Michel Foucault, Microfísica del poder, Ediciones La Piqueta, Madrid, 1972, p.20. 

[6] Michel Foucault, ob.cit., p.13.  

[7] Ibídem, p.18.