Andrea Coa

Escritora

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andrea.coa@gmail.com

Asesinos anónimos - Cuento

agosto de 2009

No fue por casualidad que esa mañana entré a la pequeña oficina y me inscribí en la red social Asesinos Anónimos. Me recibió una mujer pequeña y gorda con el cabello rizado y un costoso traje de seda importada, profusamente bordado.

Me sonrió con una mirada de complicidad y anotó mi nombre en una larga lista, poniendo al lado la palabra “nuevo”.

Al día siguiente esperé a Rosalía, que así voy a llamar a la gordita (claro que no es su nombre), en la entrada del centro comercial cuyo nombre estoy obligado a olvidar debido a la promesa que hice a mis compañeros, casi una docena de asesinos y asesinas.

La primera sesión fue sencilla, nos presentamos y me hicieron un test psicológico para evaluar a qué clase de criminales pertenecía yo, y la respuesta fue “asesino sin entrañas e irrecuperable”, lo cual me dio cierto orgullo, porque existen los asesinos pasionales y los en defensa propia que no son más que pobres diablos que sufrieron un accidente que los metió en un mundo al cual no pertenecen. Creo que a esos pobres sujetos no hay ni siquiera que castigarlos, ellos jamás olvidarán su muerto y estarán asustados de sí mismos por el resto de su vida.

¿Que por qué me uní a una red social como ésta? ¡Porque estoy cansado de matar, si de algo sirve la respuesta! No gano nada, la sociedad no gana nada, las víctimas no ganan nada, y ya eso perdió para mí la novedad. Un tiempo estuve viviendo de eso porque, para mí, el asesinato se convirtió, más que una diversión o un trabajo remunerado, en un arte. Pero pronto me cansé, sobre todo cuando me di cuenta de que mis blancos, o mis víctimas, para ser más específico, eran mejores personas que los que me contrataban para darles la baja definitiva de este mundo.

Lo bueno es que nunca nadie vio mi cara, nunca supo nadie si yo era hombre o mujer, porque se me da muy bien el travestismo. Creo que debí ser actor, y hubiera hecho muy bien el papel de asesino a sueldo. Eso garantizó mi impunidad.

La segunda vez, una semana después del primer encuentro, tuve que dar mi testimonio. Allí conté desde la primera vez que maté, cuando tenía siete años, al gato de mi vecina porque se comió mi pajarito, el que más quería. Después fui el candidato perfecto para asesinar los pollos que compraba vivos mi mamá para mantenerlos frescos. Ella le tenía grima a la muerte y odiaba matar a las pobres aves, pero las guisaba que es un gusto.

Creo que esos fueron los únicos crímenes que tenían un objetivo casi justo. El primero, porque el pajarito amarillo con el pecho marrón que tan bonito cantaba fue devorado por el condenado gato y la única manera de que el que me quedaba se salvara, era terminar con el depredador. Fue un asesinato por estado de necesidad. Los pollos, por lo menos sirvieron para que mi familia se alimentara. Lo peor es que yo era como los perros de raza. Mataba los bichos y no me provocaba comerlos, así que me resolvía con una ensalada de salchichas, mayonesa y vegetales picados, que rociaba con abundante jugo de limón.

Después comencé a matar seres humanos; primero en los juegos de video. Me hice campeón de Counter Striker. Así me entrené como francotirador y le perdí el temor a matar gente. Fue un entrenamiento muy eficiente. Creo que sin él, jamás me hubiera atrevido a disparar contra nadie. Nunca me gustó estrangular porque significaría sentir la tibieza del cuello de la víctima bajo el cuero de mis guantes negros (todo asesino en serio que se aprecie a sí mismo en algo debe tener unos guantes de cuero negro). Disparando, en cambio, o envenenando, había una razonable distancia entre el blanco y yo, y en cierto modo era como continuar el juego de video, pero en persona.

Cuando mi madre murió, ya tenía yo veintisiete años y sentí la angustia de perder el único ser en el mundo que había amado realmente.

Ese día me asaltó el horrible pensamiento de que así mismo habría hecho yo sufrir a quienes amaron a mis víctimas. Aparté ese pensamiento y lo ahogué en una borrachera de brandy “on the rocks”, pero cuando me desperté la mañana siguiente el condenado remordimiento volvió como un puñal a clavarse en el centro de mi pecho.

Nunca amé a nadie más, estaba convencido de que mi madre era una santa, mientras que las demás mujeres o eran putas o eran interesadas en que uno las mantenga. Y en cuanto a las modernas, eran una lata, todo el tiempo querían estar reclamando sus derechos y no querían atender al hombre. Así, ¿Quién se va a enamorar de una mujer que te puede dejar por otro, porque es autosuficiente, se mantiene sola y no te necesita?

Cuando necesitaba pagaba, las usaba y ya.

Mi madre en cambio era todo para mí. La única persona en el mundo que me podía regañar, hasta darme mi cachetada cuando me portaba mal de pequeño, pero jamás la ofendí ni con el pensamiento. No entiendo como algunos matan a su propia madre. Aunque sí lo hice con la madre de otros y ahí viene otra vez el remordimiento.

Su muerte me hizo cambiar, no sé si me ablandé o fue que tomé conciencia de que ser un asesino no es ni más ni menos estúpido que ser un proxeneta, un gran capitalista o un narcotraficante.

_Porque déjenme decirles -les dije a mis hermanos asesinos- que más mata el hambre con una escasez de alimentos que nosotros. Con hambre mueren millones de niños en el mundo y no es que quiera justificarme, porque yo nunca maté a un impúber. Las drogas matan a la gente en vida, creo que ser un adicto es peor que estar muerto, y los grandes capitalistas se dan la gran vida con la plata que ha costado miles de vidas, de dolores, de lágrimas, con algo que le han quitado a alguien, nadie se hace rico trabajando.

Cuando llegué a ese punto del discurso me pararon en seco, me dijeron que no hablara de política y me detuve. Nunca me gustó la política y los políticos que conozco no sirven ni para matar, que ya es mucho decir.

No es que me haya arrepentido, matar es lo que yo hacía, primero por gusto, después por ganarme la vida (pagan muy bien) y después porque es lo que más sabía hacer y me dejé llevar por la rutina. Pero al morir mi madre me di cuenta de que existía algo más, que uno debía darle sentido a su vida antes de dejarla, porque esa transición es lo más fácil del mundo.

Lo difícil es aceptarla.

Era tarde ya cuando me di cuenta de que Asesinos Anónimos era una agencia de reclutamiento de asesinos sin entrañas al servicio de una empresa transnacional de contratistas de guerra.

_Más de lo mismo -pensé- pero ya estaba dentro y no podía salirme por nada del mundo. Con una mirada a los ojos que me dieron lo comprendí.

Pero ya estaba decidido. No mataría más y ahí me afinqué.

Ya le encontré sentido a la vida. No me dejaré llevar más por la rutina, ni por lo que quieran los demás. Acabo de entender, cuando mi vida está en peligro, que tiene un valor. Y si tiene un valor para mi, debe tenerla para alguien más.

Eso explica la sonrisa de satisfacción que está en mi cara, reflejándose en el espejo que está en la entrada de la pequeña habitación a la cual voy entrando, con paredes cubiertas de corcho, a prueba de sonidos.

Precedo a un tipo que me apunta por la espalda con una pistola y vengo delante, no porque tenga miedo, sino porque sé que es lo mejor que puedo hacer, cumplir lo que el asesino ordena, como a mí me obedecieron.

Llego al centro de la habitación, que tiene un piso de cerámica hundido en el centro, con un desaguadero como el de los cuartos de baño. Creo que es un matadero. Realmente esta es una empresa que piensa en todo. Lástima tanto recurso y tantas vidas dedicadas y gastadas en producir la muerte.

Escucho un clic, sacaron el seguro de la pistola y el escozor que siento en la nuca, con la gran fuerza que atraviesa mi cuello de atrás adelante, debe ser el tiro final que está saliendo por mi garganta con un veloz movimiento de espiral. No veo nada ni siento nada. Es la muerte. El estampido del disparo llegó después que la bala, como siempre.

Todo está oscuro y vacío, como mi alma.

Este cuento es copy left. Puede ser descargado, regalado, se pueden hacer obras derivadas, pero no permito que lo usen con fines de lucro y, definitivamente, quiero mi crédito. Digan que lo escribí yo y citen la fuente de donde la tomen.