Rigoberto Lanz  

En la era de la vacuidad

julio de 2008

Dialogar es un arte, demanda condiciones especiales de los interlocutores. Una de esas condiciones es precisamente la voluntad de diálogo. En el terreno político esta clave resulta esencial para la construcción de una cultura democrática. El diálogo de los actores sociales diferenciados supone el reconocimiento expreso de la alteridad, la asunción plena de la heteronomía que le da vida a la sociedad toda.

Una comunidad dialogante supone también gente formada, ciudadanos con niveles intelectuales crecientes, habitantes bien educados. ¿Cómo se logra esto?   De muchas maneras, apelando a todas los resortes de la sociedad, con políticas públicas consistentes. Desde luego, este no es sólo un asunto educativo. Hay una dimensión socio-política que es sustancial para lograr la configuración de una sociedad solidaria, donde las relaciones de explotación, de coerción y hegemonía den paso a prácticas sociales diferentes. Sólo así podremos  desarrollar con éxito programas masivos de formación después de los cuales pueda respirarse otro ambiente cultural.

En el camino debemos lidiar con una atmósfera intelectual muy precaria. En parte derivada del marasmo del espacio escolar, de la crisis crónica de la Educación Superior, de la exclusión radical de la inmensa mayoría de la población de prácticas inter-culturales que cultivan el espíritu, de la depauperación subjetiva de una clase media mayamera que lee poco y entiende menos. Una derecha ilustrada, no existe. Una izquierda teóricamente lúcida, tampoco. La media del ciudadano común no anda con esas beleidades intelectuales de estar leyendo libros ni preocupándose demasiado por disponer de una base formativa adecuada. El resultado es este marasmo irrespirable de mediocridad que contamina casi todo.

A lo lejos, por los intersticios del consumismo ramplón de las muchedumbres, se deja sentir el pálpito de otra manera de pensar, los ecos de nuevas generaciones que buscan incesantemente otros códigos para la comunicación, para la vida afectiva, para la construcción de otro modo de vivir. Frente al mapa decadente de la política irrumpe una embrionaria voluntad subversiva que se resiste a los arcaísmos de la vieja partidocracia. Frente a la elementalidad del discurso público mucha agente se rebela. Allí hay un chance. Por allí se cuelan nuevas posibilidades de hacer país.

Donde hay dominación hay resistencia. En los peores ambientes se producen siempre brotes y reacciones que van en la dirección opuesta. La gente se las arregla para salir adelante: por cuenta propia, al margen de la hostilidad que rodea a la inteligencia y el talento. No digo que sea sencillo navegar en esas aguas. Digo sí que no hay otra opción que enfrentar sin ambigüedades el achatamiento intelectual y la barbarie. Es tanto un desafío personal como una responsabilidad indeclinable con el país y su gente pensante. Semejante tarea está bien alejada de las mieles de la “popularidad” y el estrellato. Todo lo contrario: es a contracorriente que podemos sacudirnos del marasmo, es impugnando la piratería y colmando los grandes vacíos de formación como podemos enderezar el rumbo a tantos entuertos y desatinos.

La banalización del pensamiento corre pareja con la pragmatización de todo cuanto se hace en la vida pública. La ausencia de discusión trascendente es parte del mismo síndrome de idiotización funcional que se expande como epidemia por todos lados. La precariedad del debate democrático forma parte de las mismas dolencias de una sociedad inviable como territorio poblado. Las lacras de la miseria y la violencia son el sustrato de la asfixiante mediocridad de la Venezuela visible. “¿Hacia el abismo?” se pregunta Edgar Morin mirando el globo terráqueo.  Tal vez sea una interrogación demasiado dramática para las almas bellas  que se desviven  por los juicios edificantes. Pero entraña  una advertencia fundamental a la  luz lo que realmente ocurre en el mundo.

La batalla por conquistar espacios para el debate democrático no es un asunto menor. La voluntad de diálogo ha de estar acompañada de una férrea convicción intelectual contra la vacuidad. “Sin  teoría revolucionaria no hay revolución”.