William E. Izarra

ideasdebolívar@yahoo.es - izarraw@cantv.net

Escuche todos los sábados de 11:00 am a 12 m por RNV el Programa Ideas de Bolívar

Perseverancia       

20 de noviembre de 2005

La perseverancia representa la fuerza de voluntad y la energía que disponemos para marcar conductas y alcanzar metas viables y factibles. Viables, ya que no todo, a pesar de la tenacidad, puede obtenerse en la concreción de los fines esperados. La racionalidad, como expresión de la inteligencia humana, marcará las pautas que permitan definir aquellos asuntos de la realidad objetiva que ameritan el esfuerzo de la perseverancia. Pensar, por ejemplo, que en esta fase del Proceso ya está derrotada la reforma y consolidada la revolución, eso es algo irreal. Sin embargo, continuar con el trabajo a largo plazo, orientado en materializar la disminución de los índices de pobreza, combatir la alienación cultural y estimular los principios revolucionarios es algo perfectamente posible. En este caso sí cuenta el tesón y la constancia como factores determinantes para obtener el éxito.  

Esta reflexión me hace recordar la gran aventura que viví en el famoso crucero de instrucción con la Escuela Naval en 1966. Para aquel entonces, como premio a mi ascenso a Alférez Mayor, fui invitado a participar en el crucero que se haría en el mes de julio por el mar Mediterráneo. Como viaje de instrucción, yo debería incorporarme con mis compañeros navales a recibir todo el entrenamiento en la misma condición que los Guardiamarina. Sin embargo, mi elevada disposición anímica no impidió sufrir la inexperiencia del mar. Los primeros días fueron desastrosos. No pude asistir a ninguna de las clases. Tal fue el mareo que el descuido a mi apariencia personal no me importaba: barbado, sucio, sin insignias en los uniformes, abandono total, un verdadero caos. Mi autoestima estaba quebrada, principalmente por verse afectados los valores que genera el ser primer cadete de la EAM. Toda esa entereza que produce él saberse útil y estimado, desaparece cuando nos vemos devastados por una resistencia externa que nos humilla y que no depende de nuestras decisiones. Me sentía desvalorizado, inútil y frágil ante el arrojo del mar y un buque al que le desconocía su funcionamiento. No obstante, el ímpetu interior de oponerse a la desgracia se impuso. Al cabo de la primera semana, comencé a incorporarme a las sesiones de instrucción. Poco a poco me fui integrando a las actividades, de tal manera que al arribar a los puertos de los países del mar mediterráneo: España, Francia, Italia, Grecia y Líbano, ya me encontraba de nuevo en mi condición de luchador eterno. Llegar a ese momento fue el resultado de la persistencia, a pesar del infortunio. El entorno marino golpea tan recio que solo queda vencer el reto por dominar el mar y al equipo de guerra.  

Al término de la jornada, 70 días, de nuevo el sublime retorno a La Guaira que si antes era natural su localización y paisaje, ahora lo percibíamos bajo otra dimensión espiritual. El mismo puerto con otra sensación en los sentimientos que evocan a la Patria y el retorno a casa, a lo propio, a lo auténtico y al ejercicio de continuar en la

lucha que escogimos como profesión y forma de vida. Y así, de nuevo en la Escuela de Aviación Militar, como Alférez Mayor, comandando el cuerpo de cadetes, experimenté el flujo de esa onda cambiante del poder producto de la constancia. Estaba en la cresta de esa onda, aunque hacía unos días atrás me encontraba experimentando el foso del punto más bajo de su movimiento ondular. Si no hubiese mantenido mis principios de no dejarme vencer por la adversidad, en el primer puerto que hubiésemos llegado, tenía la opción de plantear mi regreso a Venezuela por vía aérea. Eso hubiese sido aceptado por mis superiores, pero era también darle una oportunidad al fracaso. Esa capitulación significaría un peso negativo a lo largo de mi vida profesional. Pero no fue así, porque tuve que sacar fuerzas de lo más profundo de mi espíritu para soportar aquel tránsito circunstancial que en algún momento debería finalizar. Y ahora, viéndome con mi traje impecable, con mis tres estrellas en cada uno de mis hombros, mis zapatos pulidos y mi hebilla radiante, al frente del escuadrón de cadetes quienes a mi voz de mando seguían mi mandato, regresaba otra vez a mí el coraje y la pujanza que produce la alta moral por haber retornado al lugar al que uno pertenece, por el que tanto se ha luchado.  

La derrota no puede tener cabida en los revolucionarios de sangre, alma y corazón que no le dan espacio al ocaso de su vida, ni admiten la perdición de sus metas. La perseverancia mantiene vigentes los principios que han animado por siempre la lucha política imperecedera.