José Roberto Duque

Escritor, periodista, etcétera. Más etcétera que lo otro

Gerentes, tombos, poder popular

30 de abril de 2008

Cada vez se hace más evidente: en Venezuela se libra una lucha, no entre chavismo y antichavismo, sino entre una concepción autoritaria de la sociedad y del poder, y las fuerzas ciudadanas que caminan irremediablemente hacia la democracia total. Ayer mismo saltaron a la arena dos expresiones de las tendencias que halan hacia el pasado. La forma en que se expresaron me reconfirma una vieja convicción: la gente no es más ni menos progresista o demócrata porque esté a favor o contra de Chávez sino porque sus impulsos de clase, su inclinación atávica al conservadurismo lo llevan casi en los genes, en la información esencial más profunda. Yo he visto ricos y nuevos ricos calzándose tremenda boina roja. Esos tipos no son de los nuestros. Hoy defienden al Gobierno con expresiones equivocadas (“Viva el proceso”, dicen, como si Gobierno, proceso y Revolución fueran una misma cosa), pero cuando la confrontación arrecie y parezca que nos acorralan, esos coñoemadres se irán del país, se bajarán del autobús o se colocarán del lado de allá, a donde pertenecen.

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¿Ejemplo de chavista de derecha? Cuando Chávez propuso la conformación de ciudades federales, donde las figuras tradicionales de autoridad (alcaldes, gobernadores) quedan suprimidas, o al menos superadas, para dar paso a estructuras ciudadanas de poder (Chávez propuso los Consejos Comunales, pero puede ser cualquier otra) enseguida saltó el gobernador de Cojedes, en un acto insólito de jalabolismo y desubicación, a informar que ponía su cargo a la orden para que el señor Presidente hiciera lo que le dé la gana con la jefatura de ese estado. A semejante burro se le olvidó que no fue Chávez quien lo convirtió en Gobernador sino el pueblo, y que la propuesta apunta directo a la conformación del Poder Popular y no al cambio, a dedo, de un burócrata por otro.

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La otra expresión fue más obvia, más “natural” y predecible, y salió del hocico de Leopoldo López. Este muchacho tiene con respecto al anterior eso que los ajedrecistas llaman una “ventaja posicional”: él es un ejemplar sifrino, de clase media alta, y cada acto y cada una de sus palabras propenden a la defensa de los suyos, de su estatus, de sus privilegios y del cargo burocrático que lo hace pensar que él es dueño de Chacao. Coherente con su origen y sus convicciones, termina volviéndose un culo cuando intenta parecer hombre de pueblo y cuando acude a la evocación de éste para tratar de seducirlo; autoritario y conservador, dice diez estupideces por minuto cuando se disfraza de demócrata y de revolucionario.

Entre otras cosas, dijo Leopoldo López, allá en El Pedregal, que su partido impulsa el Poder Popular.

Medio minuto después “informó” que la propuesta de las ciudades federales planteada por Chávez era antidemocrática porque consistía en que Chávez decide desde Miraflores quién es el Gobernador de cada estado.

Diez segundos más y se acordó de los Consejos Comunales: ah, es verdad que desde hace rato se están promoviendo estas instancias de poder local, ciudadano y popular. PEEERO es mentira que eso resuelva los problemas. Textualmente: “¿Quién va a arreglar las alcantarillas? ¿Los Consejos Comunales? ¿Quién va a fiscalizar el trabajo de la policía? ¿Los Consejos Comunales?”. En pocas palabras, primero Justicia cree en el Poder Popular pero no tanto: vamos a darle poder al pueblo pero la pinga, la autoridad la debe seguir teniendo el alcalde. Hay unos ciudadanos que conviene mantener vigilados: para eso está la policía. El ciudadano no puede ni debe controlar a la policía sino al revés; democracia pura.

En ese cerebro desdoblado entre el derechista autoritario que es y el demócrata que quiere ser o parecer, termina triunfando el primero: digo que quiero democracia pero me cago ante la sola idea de un pueblo organizado en Consejos Comunales o en cualquier figura parecida de poder ciudadano.

Les pregunto a los antichavistas de corazón: ¿qué tan grande se ve el poder de Miraflores al lado de docenas de miles de instancias de poder local y popular tomando el control de sus comunidades?

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Y el colofón de López: cuando dijo que el municipio Libertador no debía dividirse en dos municipios sino en cinco, y aprovechó para meter la cuña. Textualmente: “Y les pregunto: ¿en qué municipio de Caracas se vive mejor?”. A juzgar por los aplausos que se escucharon, y a juzgar por la cantidad de veces que Globovisión ha repetido el sketch, es evidente que hay unos cuantos imbéciles que reflexionaron así: “En Chacao se vive mejor. Por lo tanto, si Leopoldo fuera alcalde de La Charneca este barrio sería como La Castellana”. Nada de pobres, indigentes y excluidos: la “gerencia” de un alcalde sifrino hará que no haya ranchos sino quintas, que no haya kioscos cerveceros sino centros como el Sambil y el San Ignacio, que las calles serán pulcras y que no habrá delincuencia.

Ya lo saben, ciudadanos: no se organicen en Consejos Comunales. Simplemente voten por Leopoldo López y verán cómo una gerencia eficiente llenará de Sambiles las colinas de El Guarataro.

No es poca cosa la corriente que quiere imponer este engaño como cosa irrebatible: pase por Chacao y verá la gestión de un eficiente alcalde antichavista; pase por Nueva Tacagua y verá la gestión de un ineficiente alcalde chavista. A la hora de la discusión seria del tema les basta con escamotear la comparación entre el origen de Altamira y el origen de San Agustín, y ni hablar del componente social de esas comunidades.

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Entre el pensamiento de López y el de Jhonny Yánez Rangel, Gobernador de Cojedes, existe una relación de identidad, una marca de fábrica inocultable: ni uno ni otro pueden pensar a la sociedad como un espacio donde el ciudadano tenga el poder, porque ambos asimilaron muy bien la lección del Estado adeco-burgués que los educó y los adoctrinó: hay gobernantes y hay gobernados; el ciudadano es un güevón a quien el Gobierno debe tener controlado y arreado. Ni López ni Yánez pueden pensar a la sociedad sino en términos del dueño, el capataz y el peón: el gerente que da las órdenes y el obrero que se parte el lomo en beneficio de una minoría “dirigente”.

Por mucho que digan ser demócratas y respaldar el poder popular, a la hora de las definiciones su convicción más profunda los halará irremediablemente hacia el modelo autoritario al cual pertenecen: un modelo en el cual hay una figura de poder que da las órdenes y un rebaño de gente que debe meterse sus ansias libertarias por el culo. A muchos chavistas les encanta hablar de libertad pero no conciben ninguna acción que no provenga de la boca del comandante; a muchos antichavistas les encanta acudir a la figura del chavista arreado por Chávez, pero no quieren recordar que el 11 de abril a ellos mismos los arreó Carlos Ortega para Miraflores.

Policías, dueños y gerentes: cuando derrotemos, en la práctica y también desde los adentros, el esquema que quiere imponer como necesarias estas figuras ridículas y opresivas, sólo entonces podremos decir con propiedad que superamos esta larga etapa prerrevolucionaria y entramos en la Revolución propiamente pensada (y dicha).