Juan Antonio Calzadilla Arreaza

juanant@cantv.net

El libro de Robinson / Un encuentro con Juan Antonio Calzadilla Arreaza. Entrevista de Godofredo Áulico Parra

(Hyperion.org)       

Caracas, 6 de julio de 2006

Calzadilla Arreaza se aproxima por el gran lobby del Caracas Hilton. El ambiente casual, juvenil y de izquierda que reina en el ampuloso hall hace pasar desapercibidos sus zapatos polvorientos, de suelas gastadas, así como su atuendo general de mezclilla azul desvaída por el uso. Su deslindada frente que le ha ganado territorio al cráneo parece ascender como una ojiva hacia el techo luminoso. Es longilíneo, aunque muy ancho de espaldas. Lleva barba de dos o tres días que le oscurece la quijada y parte del cuello. Trae en sus manos un ejemplar ya muy usado (en comparación con el mío) de El libro de Robinson (Siembraviva Ediciones Caracas, 2005). 

G.A.P.

¿Cuándo será su intervención en el Foro de Filosofía que ahora se celebra en Caracas? 

J.A.C.A.

Nunca. No he sido invitado. En Venezuela nadie me considera filósofo. Es porque no soy amigo de ninguno de los que sí se consideran filósofos. Usted verá, en nuestro país la estructura existenciaria fundamental es... no diré la Amistad, pues no sería cierto. Aquí lo que uno cree estar fundando como Amistad se traiciona todos los días en aras de la Oportunidad. Nuestra estructura ontológica es el Amiguismo. Pero eso sería demasiado largo de explicar... 

G.A.P.

¿Cree Calzadilla Arreaza en la Amistad? 

J.A.C.A.

Definitivamente sí, en la de los animales. Los humanos pueden ser amigos, en el sentido biológico, el único digno del término, en la medida en que conservan una sana animalidad. Pero le aseguro que ellos son más bien pocos. La amistad es el latido del amor por otro ser que vive, una alegría de su vida. Hay demasiada gente que odia que uno viva, o que por lo menos no late en absoluto con que uno viva. 

G.A.P.

¿Cree usted ser una conciencia de su tiempo? 

J.A.C.A.

No sé si llego a tanto, pero por lo menos me han hecho sentir muchas veces como un testigo incómodo que habría que borrar. 

G.A.P.

El Libro de Robinson, esa inusual antología anotada suya de la obra principal de Simón Rodríguez, apareció hace varios meses. Al equipo de Hyperion.org le pareció un trabajo sumamente interesante en la coyuntura latinoamericana actual. ¿Qué impacto ha tenido hasta el momento en el medio cultural que lo vio nacer? 

J.A.C.A.

Le puedo decir que los académicos, principalmente los filósofos, pues es un libro de filosofía, lo han descartado de plano, considerándolo una especie de pot-pourri. Es porque no tienen el hábito de un libro constructivista, que se ofrece a sí mismo como piezas o materiales para una síntesis lectora. La academia actual todavía no soporta el método del mismo Simón Rodríguez, que yo he querido trasladar en un intento didáctico. Por suerte he encontrado un buen número de espíritus libres, o inteligencias no especializadas, que han adivinado su utilidad y hasta apreciado su rareza artística. En este libro yo sólo he querido presentar el retrato y el mapa conceptual de uno de los poquísimos filósofos, en el sentido grande, que ha producido Venezuela. Venezuela parece ser un país más afín a la metáfora que al concepto. Yo quise apostar a que la Venezuela del siglo XXI descubriera y tuviera un gran filósofo, de la altura de Bolívar, que era filósofo por lo que tenía de Robinson, como él mismo lo afirma en la Carta de Pativilca. Todos estos documentos claves, cartas, testimonios, fragmentos, son ofrecidos al lector como instrumental para la construcción de un filósofo republicano, empirista, crítico, socialista si se quiere, que vendría a elevar la moral y a reposibilitar un pensamiento venezolano originario. Un pensamiento refundador y relanzador de la república como modo de organización social. 

G.A.P.

¿Cree que lo ha logrado? 

J.A.C.A.

En el libro sí. La realidad de los usos pensantes es otra historia. Pero el libro es una obra maestra en cuanto a su intención. Quien se meta en él con un poco de amor e interés por el asunto podrá hacer un magnífico trayecto que le traerá a la vista a ese fornido Robinson que anduvo de arriba abajo la larga cadena de los países andinos interpelando a los gobernantes de las nuevas repúblicas, dando consejos que nadie estaba listo para atender, tenaz e inquebrantable en la idea de formar a un nuevo hombre y de alcanzar una verdadera justicia. Un poco como para Platón (pese a todo lo antiplatónico que es), creía que sólo se podía esperar justicia de la filosofía, es decir, del filósofo, que era para él un tipo psicosocial, no un escolar o académico. “La educación en el siglo XIX necesita mucha filosofía”, insistía. Yo diría que en el siglo XXI se necesita aún más. Y que de ello depende que siga habiendo sociedad. 

G:A:P:

¿Qué significaría entonces, en este contexto preciso, filosofía? 

J.A.C.A.

Para Simón Rodríguez, exacta y precisamente, la filosofía es un arte de vivir. La filosofía de Robinson es sin duda una ética, cuyo instrumento práctico es una pedagogía política. No podemos crear un pueblo si no somos capaces de autocrearnos como sujetos sociales, es decir, no egoístas. Filosofía es vivir según la realidad de las cosas, que nos dicen que sólo es posible la supervivencia en sociedad. La justicia es la conservación de la sociedad, arreglada en base a la necesidad de las cosas. La filosofía de Robinson nos propone la conquista de una Realidad, si logramos controlar la alucinación de la Ignorancia. 

G.A.P.

Usted mencionó en una entrevista radial que oímos esta mañana cuán similar le parecía el momento de Simón Rodríguez al momento actual latinoamericano. ¿A qué se refiere en concreto?

J.A.C.A.

Simón Rodríguez, entre 1830 y 1854, fue el depositario del pensamiento político de Bolívar (porque era filosóficamente el suyo mismo), en medio de sociedades que habían abjurado del Libertador y que sin embargo se pretendían republicanas. Simón Rodríguez les diría siempre: no lograrán hacer república mientras renieguen de Bolívar, porque Bolívar encarnaba los principios republicanos. Pero tampoco harán república mientras no moderen el amor propio. El amor propio inmoderado es característico de la monarquía. Ésta no desaparece porque se haya echado al imperio español de Suramérica. La monarquía persiste en el sujeto colonial. La monarquía es una categoría ética, no sólo política. Ahora que queremos hacer revoluciones, seamos vigilantes con los sujetos coloniales y despóticos que parecen destinados unos a seguir mandándonos y otros a seguir obedeciéndoles.