Efraín Valenzuela  

efrainvalen@cantv.net

Quítate la máscara, oposición bandolera

3 de diciembre de 2005

Es mentira que la oposición había tomado el camino de la Constitución del año 1999. Incluso se hablaba  de una oposición golpista y de otra de supuesta vocación democrática. Pues nos volvimos a equivocar. Aquí la  conspiración aunque se vista de seda conspiración se queda. Un dato muy particular nos convoca a reflexionar: los parlamentarios de  Primero Justicia  dos días antes  del golpe de Estado, del 11 de abril de 2002, renunciarían en pleno a la Asamblea Nacional. Ese supuesto esfuerzo por intentar,  fallidamente, para diferenciarse de los fracasados de la pavosa Coordinadora Democrática, lanzado, incluso, su candidato presidencial, culminaría tocando la misma y única pieza que se sabe la oposición venezolana: conspirar.

Estos supuestos  demócratas son tales  sólo en la medida en que ganen elecciones. Si la sopa está a su gusto, entonces, sí hay democracia. Ellos mental, política e históricamente no van a trascender el modelo de la democracia representativa burguesa. Esa es la primera y última razón de ser de la oposición: tener una democracia que le permita una riqueza fácil y groseramente opulenta. Una democracia que le permita crear la prepotencia social de los intocables. Una democracia de  protocolo, que le permita hablar de Bolívar sólo con el preciosismo del lenguaje. Una democracia de la muerte. Una democracia para las clases dominantes.

El pueblo venezolano está ante nuestra oportunidad histórica. Fallidas las anteriores experiencias: la independentista, la federalista y la de los andinos; a este pueblo le ha llegado otro momento, otra posibilidad. Es nuestro deber trabajar, incansablemente, por la construcción del nuevo modelo democrático de participación popular. Este objetivo irrita a la oposición. La oposición es experta en darle una patada a la mesa. Nosotros, desde el barrio, la parroquia, el cantón, el caserío,  la vereda, la urbanización, el sector, los bloques, las parroquias y los municipios somos expertos en construir sueños. Y el punto de partida, incluso el de una oposición decente, tiene, que ser, inexorablemente,  el construir una sociedad venezolana de justicia social cotidiana.

Ante una sociedad del choreo y la corruptela, anteponemos una sociedad de la decencia y el imperio de la ley. Ante una democracia representativa, construyamos una democracia participativa y protagónica. Ante una gestión pública discrecional, proponemos el presupuesto participativo. Ante unos medios de comunicación social privados apátridas, edifiquemos unos medios alternativos, populares y comunitarios. Ante una burocracia parasitaria y pesada, construyamos la cultura del servidor público. Ante una sociedad reaccionaria, trabajemos por la nueva estructura societaria revolucionaria. Ante la mentira, la manipulación y el ocultamiento, lancemos por la calle del medio la verdad y lo auténtico.

Ante la impunidad, impongamos la  justicia a toda carrera. Ante la abstención, vayamos  votar en masa. Ante una jerarquía religiosa, que cultiva el fracaso, militemos  en la religiosidad popular dignificada. Ante los obispos y cardenales, nuestra opción preferencial es san Lázaro. Lo dijo el Comandante Ernesto Che Guevara: “luchar contra el imperialismo donde quiera que esté. Ello cura con creces  cualquier desgarradura”.

Nos encontramos en la encrucijada de los opuestos históricos antagónicos. Una cosa es cierta, esta oposición no sirve ni para oposición. Le sucede lo mismo que al cardenal: ni para elegir a un papa sirve. Una oposición que en tan breve tiempo echa por la borda 4 millones de votos se parece a la respuesta que le daría el coronel a la dama que le preguntó: ¿qué vamos a comer hoy, coronel?

Vamos a votar en pandilla, al ritmo de la guataca del barrio. Este pueblo es escandalosamente decente. Vamos a votar porque nosotros, en el barrio, hasta para beber hacemos elecciones.”No van a aguantar el guaguancó callejero. Los timbales de Catia y de El 23 de Enero no mienten”.Vamos a votar con santa Bárbara de nuestro lado, a punta       de  panfletos y líricas cotidianas. La calle es nuestra gran aula de clases. Vamos a votar contra los filibusteros, contra los tramposos. Vamos a votar contra los criminales, contra la impunidad, contra la basura mediática. No hay que tenerle miedo al amor, diría nuestro padre Vives. Vamos a votar por  esta oportunidad histórica y vamos a ganar. Coño, con derrotados ni a la esquina.

“De lo que se trata  en esta revolución es transferir el poder a los débiles, se trata de incluir a los excluidos, se trata de liberar a los oprimidos, se trata de respetar a los despreciados, se trata de sanar a los enfermos, se trata de justicia para los débiles, se trata de recordar a los olvidados, se trata de redimir  a los condenados” (Moncada, 2004).

A la oposición le viene a tino la pieza que ejecutaría Ray  Barreto: “Quítate la máscara, alalale. Quítate la máscara, maribelén. Quítate la máscara, bandolera.

Oye mi nuevo guaguancó, oye mi nuevo guaguancó, lo que te voy a decir; lo que voy a decir en mi nuevo guaguancó. Lo tuyo fue bandidaje organizado en amor.

caminando como gata para sembrar el terror. Tú me pusiste la trampa para que en ella cayera… Yo soy el   hijo del cariño y también de la dulzura. Quítate la máscara, oposición bandolera.