Carlos Enrique Dallmeier

ONG “POR UNA DEMOCRACIA GLOBAL”

cdallmeier@usa.net

http://www.democraciaglobal.com/

¿TLC o TLA?

28 de abril de 2006

Nunca antes he estado más de acuerdo con una de las medidas del gobierno de Chávez, como la anunciada de retirar a Venezuela de la Comunidad andina de Naciones. Y lo estoy porque esa alianza lo que ha traído son puras desgracias para nuestro país, desgracias que amenazan incrementarse con la firma de ese adefesio denominado TLC

Pero para entender esa situación, debemos precisar algunos conceptos fundamentales. El primero de ellos es definir que es el libre comercio.

Lo podemos definir como el libre intercambio de bienes y servicios entre naciones. En Venezuela, por ejemplo, hoy existe una completa libertad para que cualquier habitante del país que lo desee y tenga la posibilidad de hacerlo, importe o compre productos de cualquier parte del mundo (siempre que no sea ilegal, como ciertas drogas)

En efecto, cualquier transeúnte podrá comprar en cualquiera de nuestros numerosos y muy modernos centros comerciales, o en la infinidad de tiendas, un buen vino medoc de la campiña francesa, el mejor queso reggiano, un buen bife de chorizo de auténtica carne uruguaya, una cartera Vuiton, un frasco de salsa de ostras china, un aromático sake japonés, salmón chileno, zapatos deportivos de marca fabricados en Tailandia o en China, en fin, casi cualquier producto que le apetezca del extranjero, sin mayores trabas.

Entonces, resulta evidente que cuando los lacayos monroistas hablan de TLC no se están refiriendo al libre comercio. No, ellos están hablando de otra cosa muy distinta. Ellos hablan en realidad de un Tratado de Libre Arancel (TLA), es decir, de tratados entre los países latinoamericanos y Estados Unidos en los cuales los productos que se intercambien entre ellos no causen ningún tipo de arancel, y que constituyen una piedra angular en el esquema de recolonización de nuestro continente.

Porque en verdad, ¿Qué son los aranceles? Son impuestos que paga al Estado el importador sobre los productos que trae del extranjero. Estos impuestos cumplen una doble función:

a)      Castigar al comprador local por enviar preciosas divisas al exterior a cambio de adquirir productos, estando dicho castigo en relación a lo necesario o al tipo de bien. Por ejemplo, si importo un Ferrari para mi diversión, el arancel debe ser muchísimo mayor al de un marcapasos, necesario para salvar una vida, y

b)      Servir de nivelador de precios entre aquellos bienes importados que también se producen en el país receptor. Algo así como el handicap en las carreras de caballos, en las que se varía el peso del jinete según el palmarés del animal, a mejor desempeño, mayor peso, con el fin de igualar en lo posible las apuestas. Si no existiese este handicap, no existiese competencia y se perjudicaría al apostador. Igual sucede con los productos importados. Si no se impone el handicap de los aranceles a los bienes importados, estos pueden arrasar con la industria nacional.

EL OBJETIVO: IMPEDIR Y DESTRUIR NUESTRA INDUSTRIALIZACIÓN

Este efecto destructor del aparato industrial de los países latinoamericanos es un objetivo central dentro del esquema de recolonización norteamericano, que busca castrar nuestro desarrollo industrial con el propósito de impedir que compitamos por productos minerales no renovables que ya están en fase de agotamiento. Porque, ¿Quién se atreverá a invertir para producir bienes que compitan con aquellos traídos sin aranceles del exterior y tienen las ventajas competitivas del know how y de menores costos marginales de producción? Nos quieren condenar al atraso y al subdesarrollo per secula seculorum.

Y es que hasta bruticos son estos lacayos monroistas, que en su oferta de recolonización le dan un peso determinante a la inversión extranjera como “motor del desarrollo”. Y me pregunto ¿Qué transnacional invertirá en plantas industriales en nuestros países, si con los TLA pueden traer sus productos a menor precio y aprovechando sus plantas instaladas?

Es por ello que sería recomendable que desde ya Venezuela replanteara lo del pasaporte andino, porque la hambrazón que traerá esos TLA será tan grande que es previsible un aumento significativo de la inmigración de esos países, que será mayor ahora que los países ricos están criminalizando la inmigración ilegal de nuestras naciones “inferiores”.

El efecto perverso de los TLA se puede entender a la perfección cuando se analiza la Teoría del diamante del economista Michael Porter, ganador del Premio Nóbel, que en este espacio no se puede tratar con detenimiento, pero que recomiendo su estudio al lector.

Esa destrucción industrial fue lo que nos ocurrió cuando el gobierno vendepatria de CAP firmó ese nefasto tratado de la Comunidad Andina de Naciones, que trajo como consecuencia que, por una parte, industrias colombianas como la textil, que tenían experiencias exitosas y bajos costos de producción, gracias a sus políticas de salarios de hambre, barrieron, al abrirse los mercados  andinos, con nuestras industrias locales, con menor experticia y con costos operativos altísimos, derivados de la alta renta petrolera.

Por la otra, ese tratado ocasionó que muchas transnacionales lo aprovecharan para reducir las instalaciones industriales que poseían en varios países andinos, quedándose con sólo una o dos plantas para así abastecer ese mercado con menores costos de producción. Siendo Colombia el país más beneficiado por su posición geográfica, ya que desde ahí le permite a cualquier transnacional abastecer fácilmente por tierra a los mercados de Ecuador, Venezuela, y quizás Perú.. Esa conducta oportunista redujo sustancialmente el aparato industrial de Venezuela y afectó gravemente el empleo industrial especializado.

El lector puede constatar lo expresado anteriormente recorriendo los pasillos de cualquier supermercado o tienda, en donde verá como numerosos bienes que antes se producían en Venezuela, ahora se manufacturan en Colombia.

La enorme ventaja que trae el retiro de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones es que impondrá forzosamente a aquellas transnacionales que quieran acceder al mercado venezolano que, o pagan aranceles y pierden competitividad o reinstalan en Venezuela sus plantas industriales generando empleos y riquezas. Por donde se vea, ese retiro es el mejor negocio para el país.

No hay que olvidar que la función principal de la economía en una sociedad es permitir a sus integrantes satisfacer sus necesidades, y en las modernas, estas necesidades de la población económicamente activa se satisfacen con el uso del dinero obtenido a cambio del trabajo. Es así como la tarea primordial del Estado en el campo económico es la creación y mantenimiento de los puestos de trabajo, y el éxito de cualquier política o acción económica debe medirse, antes que nada, en su efecto sobre el mercado laboral. En este aspecto, el buen uso de los aranceles de importación es un arma poderosísima para lubricar nuestro desarrollo.

UNA OPORTUNIDAD PARA MEJORAR EL SALARIO DEL TRABAJADOR

Pero ese ingreso que genere el trabajo debe ser digno. Y bajo esta premisa es que esa decisión de retirarse de la Comunidad Andina debe aprovecharse para que beneficie a los trabajadores asalariados, ya que, desde hace más de 15 años hemos visto como se ha ido erosionando aceleradamente el poder adquisitivo de los asalariados, gracias a una funesta y criminal política que tiene como argumento que para conseguir la inversión extranjera hay que utilizar como gancho la garantía de un bajo costo laboral.

En ese argumento imperial fue que se basó el gobierno en el cual era ministro de Cordiplan Teodoro Petkoff, para impulsar esa acción criminal de robarle las prestaciones sociales a los trabajadores. Y fueron tan imbéciles estos dirigentuchos monroistas que entre los países andinos se llegó al colmo de establecer una competencia por ver quien pagaba menores sueldos para atraer la ansiada “inversión extranjera”.

Sin embargo, esa política salarial de hambre no ha servido para atraer a la inversión extranjera. Lo que ha servido es para que, paradojas del destino, en este gobierno “revolucionario” los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos, Matacuras incluido. De suerte que hoy la mayoría de nuestra fuerza laboral ha llegado ya a tener un salario de hambre, llamado mínimo, que apenas sobrepasará los doscientos dólares mensuales, empobreciéndose cada día mas, tal como se puede apreciar en las series estadísticas del Banco Central de Venezuela que muestran como en el sector privado de la economía los salarios han crecido desde el 2001 al 2005 sólo en un 78% de promedio en tanto que la inflación global ha crecido en ese mismo período en un 152%, y si vemos la inflación de los alimentos y bebidas, que es la que realmente afecta al trabajador, se aprecia que creció en ese mismo período en un ¡240%!. ¿Y la CTV y la UNT? Bien, gracias.

Con el retiro de la Comunidad Andina, esa excusa de los miserables lacayos monroistas ya no debe seguir esgrimiéndose. Hay que cambiar el paradigma y lograr que la inversión extranjera que quiera venir, no lo haga por los salarios de hambre que se ofrezcan, sino por el interés de nuestro mercado.

DISEÑAR UNA ESTRATEGIA EXITOSA

La clave de porque los pueblos de América Latina no han podido alcanzar su desarrollo se debe, en lo fundamental, a que nos enfrentamos a un imperio que tiene una política coherente, diseñada por un organismo central, el Departamento de Estado y cuya ejecución recae, no sólo sobre los hombres de sus propios agentes, sino que cuentan para ello en cada país latinoamericano con una cohorte de miserables lacayos, encabezados por la mayoría de los dueños de los medios de comunicación, que no se sonrojan para vender a sus países por el plato de lentejas de las pautas publicitarias de las grandes transnacionales.

Pero también buena parte de nuestro fracaso en alcanzar el desarrollo está en que no tenemos una conducta sincera entre nosotros. La dirigencia política y económica, en su mayoría, ven a la integración como un instrumento para apoyar proyectos personales, ideológicos o de grupo, que lo usaran o no, depende de las circunstancias.

Un ejemplo de ello es la conducta de Judas Uribe Vélez. No es que no sea integracionista. Si no que en las relaciones con los otros países latinoamericanos lo que busca es arrimar la sardina para su brasa. Firma un TLA con estados Unidos, a sabiendas que allí no va a conseguir salida a sus productos industriales, exceptuando quizás los textiles, pero si tiene la garantía de colocar sus materias primas, entre ellas el café, espina dorsal de la economía colombiana, ya que para su producción industrial cuenta con la garantía del mercado venezolano, gracias a las preferencias que les da la Comunidad Andina de Naciones. El paisa tiene el gafo subido.

Otro ejemplo es Uruguay. Cuando Venezuela ofreció gas y petróleo, aplaudían a rabiar la integración. Pero cuando las comunidades ribereñas del Río de la Plata protestaron por ese turbio negocio de las papeleras, inmediatamente sus líderes comenzaron a despreciar al MERCOSUR y a hacerle ojitos a Estados Unidos para firmar un TLA, pensado que para un país de poco más de tres millones de habitantes como Uruguay, acceder con su ganadería y sus derivados al mercado más rico del mundo y sus 280 millones de habitantes es un magnífico negocio. Chévere, petróleo y gas de Venezuela y dólares de USA.

En realidad, para estos individuos la integración suramericana no vale más que un poroto. Posición oportunista que, por cierto, es compartida por la mayoría de sus habitantes. En una encuesta reciente, mas del 50% de los uruguayos apoyaba el TLA con USA y en Colombia, Judas Uribe Vélez puntea las encuestas con más del 55% de preferencias.

Para los sectores progresistas de América Latina la lucha por alcanzar el desarrollo y el bienestar pasa por un camino largo y culebrero, en el que hay que derrotar tanto a las pretensiones de dominación imperial, como a los miserables oportunistas que secuestran la voluntad popular, cegados por el espejismo del negocio fácil.

Hay que internalizar que para lograr ello, hay que empezar por definir y comenzar a transitar a la brevedad, una hoja de ruta con objetivos muy precisos y alcanzables.