Ángel Américo Fernández

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¿Crisis de la Escuela?      

27 de octubre de 2006

La escuela de la modernidad se constituyó como un espacio cerrado, lugar privilegiado donde transcurría la transmisión del saber asegurado sobre una visión de uniformidad/simultaneidad del currículum que garantizaba la homogeneización de la actividad escolar y las prácticas educativas para un tiempo y espacio determinado, es decir, la ocurrencia de un conjuntos de acontecimientos educativos altamente similares, en distintos lugares de un mismo territorio políticamente determinado para niños y jóvenes del mismo grupo etario, independientemente de otras condiciones como género, raza o religión. La idea prevalerte era la de uniformar los procedimientos pedagógicos que lleva consigo la necesidad del control del tiempo para hacer que todos los docentes enseñen en el mismo momento la misma cosa, lo que apunta a montar una estructura denominada “calendario escolar único”.

En esta escuela legada por la época moderna la imagen del docente era la de un gran sujeto ilustrado, sujeto del saber (herencia Kantiana) que tenía un gran propósito expresado en ilustrar a las nuevas generaciones para transmitir la herencia cultural y técnica, prepararlos para el futuro en vías a realizar el ideal de la modernidad cristalizado en el programa de libertad y felicidad para todos apuntalado en la idea de progreso de la mano de la ciencia y la tecnología.

En este contexto la escuela aparecía como un lugar exquisito del saber y del conocimiento, la escuela era un centro, la encarnación de la centralidad ilustrada, de allí emanaba las verdades de la razón para transformar al hombre y su entorno y contribuir a mejorar sustantivamente sus condiciones de vida ofertando una atmósfera de bienestar enderezada a su realización. En resumen las características de esta escuela eran las siguientes:

  • lugar o espacio institucional cerrado sujeto a un conjunto de controles políticos, administrativos y de supervisión pedagógica que alberga a alumnos y docentes para realizar las prácticas y procedimientos educativos en el marco de un calendario escolar unificado y un currículum uniforme destinado a contribuir como cemento o gran matriz de sentido para lograr los fines de la sociedad y el Estado.

  • institución localizada en un determinado marco territorial, específicamente territorializada para cumplir con el paradigma de un espacio plano, fijo y sujeto a controles, donde se transmite conocimiento en medio de una interacción supervisada de alumnos y docentes.

  • La idea moderna de un gran sujeto ilustrado del conocimiento y el saber cristalizada en el docente que debía realizar una gran misión, a saber: sacar a los alumnos de la ignorancia y conducirlos por la vía de la razón y el conocimiento hacia el progreso de cara a una profesionalización para cumplir roles en el futuro.

  • Una idea de saber dividido en disciplinas y conocimientos estancos, es decir, una visión que clasifica, recorta y divide el saber. De allí deriva la fragmentación en disciplinas, cátedras, materias etc.

  • El gran lenguaje de la escuela moderna es el de La Escritura, la palabra escrita es capilar y ello se revela en las estrategias de aprendizaje y en las técnicas de evaluación, donde se imponen talleres, informes, exámenes escritos y los apuntes registrados diariamente en el cuaderno de uso diario en el aula.

  • La concepción global prevaleciente es la de formar al alumno para desenvolverse con éxito en el futuro, asumir roles sociales significativos apuntalados en la ciencia y la tecnología.

  • El currículum dominante enfatiza en la división disciplinaria del conocimiento, el calendario escolar único, la simultaneidad sistémica en los procedimientos educativos para garantizar la uniformidad de las actividades del espacio escolar y facilitar los controles.

No obstante, la escuela tal como la conocemos hasta ahora, empieza a mostrar evidentes signos de agotamiento, hasta el punto que pese a su denominación de “Moderna” se viene convirtiendo en tradicional en virtud de los acelerados cambios tecnológicos, científicos, comunicacionales en forma concomitante con los nuevos agenciamientos culturales, intersubjetivos que constituyen a los sujetos actualmente y los nuevos modos de relacionamiento con el mundo que han venido surgiendo.

En estos procesos se hace patente que la escuela envejece, lo de moderna más bien parece un sustrato muy alejado del presente, la sociedad toda está penetrada capilarmente por la globalización de la información y de las telecomunicaciones. La computadora pasa a ocupar un espacio central en el acceso a la información y al conocimiento en sintonía con una creciente autonomía de los nuevos actores estudiantiles; el gran sujeto ilustrado encarnado en la figura del profesor o maestro se debilita, ningún sujeto puede competir en conocimientos con las grandes autopistas de la información a través de Internet. Los avances del  saber jalonados por el pensamiento complejo dan cuenta del conocimiento como “Holos”, una totalidad compleja que permite la intertextualidad de los saberes, la comunicación abierta entre ellos, lo cual deja en situación de avería las viejas divisiones en disciplinas y comienza a hablarse de enfoques integradores y transdisciplinarios. Finalmente, emergen lenguajes no escriturales y de hiperrealidades ligadas a la tecnología informática y la idea de uniformidad del currículum y de espacio escolar cerrado declina y pierde sentido ante las nuevas posibilidades comunicativas en el ciberespacio.

En consecuencia, asistimos hoy al declive de los presupuestos, principios y fundamentos que han caracterizado a la escuela hasta el presente. La llegada de la posmodernidad no es una metáfora de ocasión, por el contrario, ha dejado huellas profundas en el talante y modo de ser de la escuela. El fin de la escuela en clave posmoderna significa que la difusión, transmisión y exploración de los saberes ya no requiere necesariamente un espacio cerrado y fijo sometido a excesivos controles bajo el formato de la fórmula “vigilar y castigar”. La idea de un supersujeto del saber que ilumina a sus semejantes de generaciones nuevas para conducirlos por la avenida de lo cognitivo y de lo ético, ya no es posible sostenerla. Ella naufraga en el océano de las nuevas tecnologías de la información. Aquí el papel del docente se juega en sentido débil, pues si bien mantiene su papel orientador, está más bien llamado a cumplir una función asistencial y de suministro de condiciones objetivas de aprendizaje. Su condición de debilidad se hace patente en la evidencia de que ya no puede operar en el paradigma de que es dueño o depositario de todo el saber. La vieja visión aristotélica del sabio omniabarcante y totalizador cede el paso al sujeto desplegado desde los fragmentos del saber, autoconsciente de la imperfección de su propia “caja de herramientas”.

La concepción que ha escindido el saber en compartimientos estancos, trasladada  a la organización  académica para entronizar una división en disciplinas, departamentos y cátedras, entra también en crisis ante la irrupción de los paradigmas del pensamiento complejo y los enfoques transdisciplinarios. La complejidad reportada desde la física hasta la biología molecular implica reconocer definitivamente que no hay franjas aisladas en el universo; luego, el conocimiento no debe fragmentarse en parcelas, áreas o disciplinas incomunicadas. Un pensamiento abierto inescindible del pensamiento complejo está llamado a recuperar el carácter rizomático del conocimiento, pensar el conocimiento desplegado como un follaje, de ramas que se entrelazan y se cruzan. Esta lectura implica una nueva mirada para visitar los saberes, sin fronteras, sin linderos, saberes abiertos, amplios ventanales para la comunicación entre ellos, para viajar y recorrerlos sin los viejos límites y presupuestos de la edad de las disciplinas. El ocaso de las disciplinas indica el comienzo de una nueva era del saber, la era de la hipercomunicación y de la transversalidad en el rico y plural paisaje del conocimiento. Lo Transdisciplinario es esencialmente encarar las realidades o los fenómenos del universo sin divisiones y sin viejos prejuicios, navegar entre los saberes sin estacionarse en uno u en otro y trazando líneas de comunicación entre la física, la historia, la poesía y las matemáticas y cualquier otra liana rizomática que pueda convocar al entendimiento.

Finalmente, la escritura está llamada a permanecer como lenguaje, su poder herramental y argumental ha rebasado con creces todas las pruebas, incluyendo las del tiempo. Pero, obviamente, la humanidad  ha inventado y hecho suyos nuevos lenguajes  y nuevas lógicas con las que se ha de convivir queriéndolo o sin quererlo. En consecuencia, el lenguaje digital, el lenguaje-máquina, el lenguaje del código genético, lenguajes virtuales, nuevas notaciones musicales, lógicas del tiempo, lógicas deónticas, entre otros, atraviesan las redes semióticas y reclaman su espacio en un paradigma cognitivo de lo transcomplejo.