Ángel Américo Fernández

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Más de la Ciencia: perspectiva y balance sobre el debate      

19 de julio de 2006

Los ensayos recientes sobre el tema de la ciencia  han movilizado posiciones diversas, pero a mi juicio enfrentan adversarios desigualmente armados. Por una parte, algunos hablan de La Ciencia, así con mayúsculas, como sí fuera una suerte de deidad sobre la que todo está dicho y la discusión estuviera por completo clausurada. Así la verdad, el método científico, la precisión de la ciencia y sus leyes universales, aparecen como un monolito y, cualquiera que se atreva a impugnar sus presupuestos o tan sólo a someterlas a interrogantes, anda en una suerte de limbo o sencillamente navega en los campos de lo inefable. Esta posición es la que caracteriza las postulaciones del  filósofo  Eduardo Vásquez, para quien parece que no ha transcurrido el tiempo ni se hubiera desarrollado ninguna discusión con aportes que han abierto nuevos continentes de problematizaciones. Según esta postura pensadores como Popper, Kuhn, Prigogine, Feyerabend, Morín, serían una especie de sonámbulos que andan suspendidos en el espacio sin posibilidades de aterrizaje. 

Pensamos, por el contrario, que se ha abierto en la ciencia una nueva franja de problemas que dislocan seriamente los conceptos convencionales y derrocan la vieja mirada positivista. En efecto, quiebres como los de las proposiciones no decidibles (Godel, 1923), el ingreso de la intersubjetividad como aspecto clave para que los enunciados científicos puedan ser contrastados (Popper), el desmontaje de la visión lineal y acumulativa en el desarrollo del conocimiento (Kuhn), la relativización de los criterios de verdad, objetividad y la crisis de los criterios de demarcación entre la ciencia y la no ciencia (Feyerabend), más la irrupción transparadigmática del pensamiento complejo (Morín Prigogine, Maturana), son señales inequívocas de que no se puede discutir sobre ciencia amparados en los viejos nichos de las certezas y seguridades. Tengo la convicción de que estos pensadores no pueden ser despachados fácilmente con la pamplinada de las ideas ingrávidas. 

Por otra parte, B. Scharifker, rector de la USM, apoyado en Sokal, le da al discurso postmoderno y al relativismo cultural una posición exagerada en este debate. Mucho me temo que los ingredientes centrales de la “Ciencia Nueva”, en especial los que hacen referencia a la indeterminación, la incertidumbre, teoría del caos, indecidibilidad, incompletud, impredictibilidad, el papel del error junto al del azar, irreversibilidad del tiempo, etc., no proceden de sociólogos,  antropólogos ni de las corrientes hermenéuticas, sino de físicos y otros exponentes de las ciencias empírico-analíticas. Sin embargo, le cabe a los posmodernos y a los hermenéuticos, el mérito de haber recuperado el papel medular de la construcción y el lenguaje al interior de la ciencia.  

Scharifker se aferra a un argumento manido que tiene su origen en el antiguo Diógenes, “si la realidad no existe, aquí te va este cipotazo a ver si insistes en negarla”. O, si las leyes físicas son puras convenciones sociales, lánzate del piso 21. Lo primero que hay que apuntar es que si nos hubiéramos quedado con el planteo original, muy poco o nada hubiera avanzado el conocimiento en la trayectoria de la humanidad. Segundo, lo propio  del relativismo epistemológico no es la negación de la realidad ni de las leyes de la física, sino la recuperación a fondo de los supuestos  y elecciones humanas al interior de la ciencia, cuestión que no estaba para nada clara en la ciencia convencional, mucho menos en las teorías analíticas o positivismo duro. 

Al profesor Scharifker, parecen aterrarle el asunto de las convenciones, acuerdos, elecciones éticas. Defiende como Bunge una ciencia de la realidad objetiva, pero de acuerdos, de elecciones, de convenciones y también de hipótesis ad-hoc está impregnada la ciencia. 

Scharifker, cree estar en un islote de seguridades, más las leyes de la física a las que él se refiere que, por cierto no son válidas en todos los niveles de la realidad (a nivel subatómico, por ejemplo), son un emblema de las grandes conquistas de la ciencia, pero en cambio, nada dice de todos aquellas conceptos, teorías etc.; que tuvieron que ser descartados y desechados a lo largo de la historia del conocimiento y que forman parte de las equivocaciones, pasos fallidos o errados que habitan el “museo de horrores de la ciencia”, como le gustaba decir a Bachelard. 

Hay un cierto gusto por construir una historia de triunfos, una larga avenida de racionalidad científica, sin tomarse la molestia de analizar las perturbaciones, los actos fallidos que frecuentemente interrumpen esa avenida. La pregunta es, ¿aquellas teorías desechadas o rebasadas pueden denominarse mitos?... ¿Son científicas? …¿son menos científicas que las teorías triunfantes?...si son mitos o visiones equivocadas ¿se produjeron con pasos, razones o métodos científicos?  

La propia entidad de estas preguntas indica que no se puede proclamar seguridades en este debate. Hace tiempo dijo Whitehead: “Se acabaron las mañanas alegres y seguras”. Por ello no creo para nada que el criterio de demarcación entre la ciencia y la no ciencia que tanto parece defender Scharifker, pase así sin sufrir severos daños en las torres y en los motores. Ya sabemos la suerte corrida por Popper en aventura similar. Por ello yo invito respetuosamente al distinguido profesor Scharifker a que me diga cuáles son los criterios de demarcación que él estima y defiende. Por de pronto parece sostener una superioridad de la ciencia apuntalada en sus resultados y eficacia material. De ser así, hay serios escollos, porque los mitos, la religión y hasta un discurso pueden tener fabulosos éxitos materiales muy consistentes en el tiempo. 

En cuanto al epistemólogo Rigoberto Lanz, recién nombrado operador político de la misión ciencia, ha centrado su intervención en la crítica a la racionalidad dominante. Piensa-así lo ha dicho- quebrarle el espinazo a toda una concepción del conocimiento que se hizo cultura, triturar “un catálogo de creencias, percepciones y valores sobre la ciencia que provienen de las trampas semiológicas del poder”. En esta perspectiva, creo que se han equivocado en las municiones empleadas contra las tesis del profesor Lanz. A mi juicio no se le han hecho las interrogantes pertinentes y apropiadas. 

Me parece que Lanz va a encontrar un problema muy serio, un cortocircuito entre las concepciones de la ciencia que defiende y el entorno político-militar que prevalece en Venezuela. Por ello estimo que el tenor de las preguntas a hacerle serían las siguientes: ¿una concepción democrática del conocimiento al estilo de Feyerabend puede ser compatible con la estructura de poder vigente que pretende regimentarlo todo? Un saber de libres opciones, para la libertad del espíritu humano, ¿es en verdad consistente con el actual régimen de gobierno que pretende controlar hasta las más modestas asociaciones artísticas? Una ciencia de la complejidad definida intrínsecamente como antifundamentalista ¿puede marchar al unísono con un régimen político que ha declarado para la educación un pensamiento único expresado en el adoctrinamiento para un tal socialismo del siglo xxi?  Una ciencia de la diversidad, acaso ¿puede matrimoniarse con un gobierno autoritario de corte militarista, de tintes despóticos, con una doctrina oficial impuesta como indiscutible y sustentada en un personalismo megalómano?  En verdad, ¿cree Rigoberto Lanz que el actual régimen favorecerá una ciencia para el pluralismo de la razón y la infinita  variedad de la vida? Me parece que responder con políticas públicas para hacer realidad esta concepción de ciencia, luce en verdad cuesta arriba. Desde cuándo los militares en el poder han mostrado tendencias hacia la heterogeneidad de las verdades, si ni siquiera soportan la primera fase de la argumentación. 

Hasta aquí mis ligeros comentarios sobre este importante tema, sólo espero -como dice Rorty- que la conversación entre los hombres pueda mantenerse.