Ángel Américo Fernández

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Del socialismo y las izquierdas: comentarios sobre el debate       

agosto de 2005

Teodoro Petkoff, en su reciente libro Dos Izquierdas, sostiene que mientras hay una izquierda fundamentalista que el llama borbónica, subsidiaria del pasado, que abrevó en las aguas del socialismo real y “que no olvida ni aprende”; existe otra izquierda moderna, democrática, que cree en el crecimiento económico y, si pudiéramos apuntarlo, de mercado. Pero, Petkoff pasó por alto trazar el perfil de una tercera izquierda, ésta ciertamente exótica y de prosapia académica que, habiendo tomado distancia del socialismo de la cortina de hierro, al propio tiempo estima insuficiente el performance de la izquierda moderna por no encarnar una postura radical frente al régimen del capital. Esta izquierda es la izquierda utópica, tributaria nostálgica de las viejas tesis de la sociedad perfecta, de la “comunidad de hombres libres” que tiene como propuesta medular la abolición de todas las relaciones de dominación, signo y emblema de una sociedad socialista siglo XXI

Observamos aquí como la tentación de la utopía viene trasegando de banda a banda el debate, hasta el punto que ya se anuncian ventajas porcentuales si el lugar de arranque es el desmontaje total de la dominación. Y en verdad no ponemos en duda esos cuerpos de ventaja, porque ni siquiera la idea de BIEN de Platón puede hacerle sombra a la idea de una sociedad donde las relaciones de dominación hayan sido suprimidas. Si este es el gran referente para ponderar los discursos e ir viendo su condensación en este campo, seguramente proliferarán los argumentos, cada uno más utópicos que el otro, pues siempre será posible postular un modelo de sociedad más perfecto que el anterior e incluso hasta llegar a un reino de la “paz ontológica universal”.

No obstante, la izquierda utópica presenta veleidades y paradojas, pues por una parte se plantea un paraíso a futuro, pero en el presente no es extraño encontrarla entreverada y en feliz matrimonio con lo peorcito de los regímenes de estilo borbónico, para usar la caracterización de Petkoff. Por ello, lo menos que podemos decir en este punto es que la postura frente a la dominación (a prudente distancia del componente utópico) es de todos los días, es una lucha perenne del hombre por crear para sí islotes o espacios de libertad embarcado en la idea de modelar un mundo cada vez más racional. Venezuela es actualmente un excelente laboratorio para evaluar los impactos del poder y la dominación desplegados y ejecutados con el máximo grado de depredación, ordinariez y barbarie. Por tanto, podría muy bien servir de escenario posible para detectar si el discurso contra la dominación va en serio.

Entre tanto, es necesario salirle al paso a la estrategia tramposa, según la cual toda crítica a los regímenes borbónicos y depredadores nos ubique al lado de los más oscuros intereses o en apoyo a cuanta cruzada guerrerista emprenda el señor Bush. Esta visión es completamente recortada y maniquea y muy poco sirve al propósito de comprensión de los temas en debate.

Consideramos por nuestra parte que referentes cardinales como justicia, democracia y socialismo conforman una constelación muy fuerte de ideas que debe mantenerse como horizonte regulador de cara a la construcción de sociedades más humanizadas y racionales, frente a una lógica sistémica basada  meramente en el valor de cambio o en la reproducción del capital, pero ello es distinto a plantearnos una utopía, una sociedad cuasi-perfecta sin relaciones de dominación que no hace otra cosa que intentar resucitar fantasías y promesas del pasado, metarrelatos emancipatorios que se disipan por el peso de los tiempos, devenidos piezas de arqueología.

En este sentido, pienso que no estaría demás  aprender de la experiencia de la vieja Europa, donde los discursos sobre Marx y el socialismo han pasado a ser cosas de museo, sin pertinencia con el presente. Allí, en ese continente, hay un importante sustrato de ideas reguladoras y, cierta racionalidad normativa que permite avanzar sin juguetear con los extremos, superando las visiones dogmáticas y fundamentalistas.

Sostengo que las sociedades  del norte y del sur deben humanizarse, pero manteniendo el mercado como médula de la economía y, puntualizando, mercado capitalista. No conozco hasta ahora ningún modelo alternativo para sustituir al mercado, por lo menos hasta nuevo aviso, como tampoco algún mercado socialista. Por cierto, Ibsen Martínez, recuperando los trabajos de Kornai en un reciente artículo, ha mostrado que la yuxtaposición entre burocracia y mercado conduce a verdaderos embelecos insalvables.

Con respecto a la variable democracia la consideramos central en este debate y aquí nos contentaremos con referir como dato que las sociedades del presente adolecen de severos déficit en este territorio. Cuestiones como el fortalecimiento de la ciudadanía, la formación de una cultura democrática, la democratización del poder, siguen pendientes y configuran la agenda desde ya. Pienso que el repensamiento de la democracia pasa por rebasar el paradigma de la representación, pero también superar el “comodín” de la participación  para enmascarar formas aberradas de bonapartismo.

En cuanto a la globalización, creo que sobre ella ha gravitado la tendencia ha ideologizarlo todo. La globalización es esencialmente un dato del presente y también un desafío, es un fenómeno complejo de muchas aristas de alcance civilizatorio y, desde luego, claramente con ventajas y desventajas. Entonces, no creemos que pueda  descalificarse en bloque. Por ejemplo, la justicia global ha demostrado su eficacia con los dictadores genocidas sin preguntarse si son de derecha o de izquierda. Asimismo, la globalización, especialmente a nivel de la cultura y las comunicaciones ha activado importantes avances en la línea de la democracia. Han emergido formas de comunicación y de relacionamiento que no pueden ser despachadas simplemente como formas neocoloniales o neoimperialistas.

Finalmente, creo que así como se ha activado un debate sobre esa pieza de museo que es el asunto del socialismo, pudiera tener mayor pertinencia un debate acerca de las dictaduras posmodernas, aquellas que aparecen investidas para cumplir con ciertos rituales de presentación dramaturgia ante el espacio público internacional, pero que en el fondo encarnan lo peor del totalitarismo, muy en boga en tierras calientes.