Alexander Moreno

Escritorio académico independiente (Filosofía, Politología, Educación, Ciencias Sociales)

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Lo que debemos los revolucionarios aprender de la verborrea del Cardenal

Barquisimeto, enero de 2006

Los últimos días de su vida, el camarada J.R. Núñez Tenorio los dedicó con ahínco a crear las bases orgánico-partidistas necesarias para el desarrollo ideológico de los bolivarianos venezolanos. Justipreciaba en ello el postulado leninista que establece que sin teoría revolucionaria, no hay praxis revolucionaria.  La última travesura del Cardenal criollo, remueve la necesidad de reflexión  ideológica por parte de los actores del proceso de cambios que vive Venezuela. 

El cura mayor voceó en Barquisimeto, a tenor del culto católico denominado “Divina Pastora”, lo que buena parte de la dirigencia venezolana de la correspondiente corporación eclesiástica, quería oír.  

Existimos muchos observadores políticos que vimos lo sucedido en el domo barquisimetano comúnmente llamado catedral, como un acontecimiento esperado. Otros, como la inmensa mayoría de los funcionarios de gobierno y dirigentes políticos bolivarianos, interpretaron la cosa como “fuera de lugar”. Es más,  no pocos de éstos dijeron que tales palabras pudo el cura haberlas pronunciado legítimamente en un escenario social distinto al  acto de la misa (vale decir, un mítin político, un programa de Globovisión, en fin). 

Hasta los camaradas de “La Hojilla” (ya famosos por agudos y picantemente  irreverentes) refirieron algo así como que la iglesia no debe meterse en política, en el programa correspondiente al lapso posterior al discurso del cardenal en Barquisimeto. 

Bien. Si la iglesia (católica) se mete flagrantemente en política de Estado, es asunto de ella. Y decimos “flagrantemente”, toda vez que en el fondo de las cosas, esa entidad es de suyo política. Reiteramos; si los curas se inmiscuyen abiertamente en la política nacional, aparte de ser inevitable y de registrar una costumbre sostenida a través del tiempo, es cuestión de ellos. Si se contradicen e incurren en incoherencias, como en efecto acontece actualmente, es problema de ellos. 

Lo que sí debemos tener claro los revolucionarios venezolanos, es que el Estado es no confesional. No quiere decir que el Estado sea ateo, o anticlerical, sino que es laico. Cuando un funcionario público, ejerciendo en tanto ello, función pública, milita  “por la calle del medio” en una secta o corporación eclesiástica (o, como denomina la Constitución de 1999, “iglesias y confesiones religiosas”), podría estar incurriendo en intolerancia religiosa,lo cual es denotado como “no permitido” por la referida Carta Magna. 

Si vemos la costumbre establecida en nuestros gobernantes, ¡aún en estas épocas de importantísimos cambios!, podemos fácilmente advertir que lo cotidiano, lo normal es militar en ritos católicos, a tenor del ejercicio de función pública. En nuestra respetada Fuerza Armada, ese fenómeno resulta  exagerado. La persistencia, por ejemplo, de la figura de marras denominada “capellanías” es una aberración. Constituye un aspecto negativo, precisamente por lo sesgado, sectario, excluyente y extraño al carácter laico de Estado venezolano. La Fuerza Armada Nacional, en tanto ente estatal, ha de ser laica. Esa discusión debe darse en su seno. Quizá sea la UNEFA, por ser una institución (filial) de educación superior vinculada al hacer militar con presencia significativa de entes intelectuales que no han pasado por el alineamiento católico de los cuarteles,  el flanco llamado a iniciar sin complejos y con toda democracia participativa, tal debate conceptual. 

Pero en rigor hay que decir que esa costumbre que tributa una suerte de totalitarismo católico por parte de los funcionarios públicos, la vemos en todos los niveles.  No me cabe la menor duda que la más lamentable es la que toma como escenario, la escuela pública de los primeros años; tampoco dudo que en todo este problema, lo que me parece más indignante y paradójico es la presencia de capillas católicas en la universidad pública. 

El proceso revolucionario bolivariano debe cosechar la crítica y la autocrítica.  El mismo Comandante Chávez así lo ha expresado una y otra vez. 

Vistas, pues, así las cosas, lo que digan los jerarcas sacerdotales más reaccionarios ha de resultar afortunada o desafortunadamente, una suerte de naturaleza ideológica y política.  Mientras tanto, debemos tener muy claro que los funcionarios públicos, de lo que  deben ocuparse es la cosa pública, jamás la militancia oportunista, privilegiante y proveedora de lo religioso, tenga el cuño corporativo que tenga tal militancia. 

Volviendo a “La Hojilla”. Más cierto que el precepto de que los religiosos no deben ocuparse de la política formal de Estado, es el que sostiene que los funcionarios públicos  no deben meterse en los justanes de iglesia alguna.  ¡Para eso existe libertad de culto! ¡Para eso están en las calles, los diferentes templos! No olvidemos que el acto religioso es personalísimo, como también es personalísimo el ateísmo. 

Si los revolucionarios venezolanos valoráramos hoy por hoy el llamado que hasta el día de su muerte hizo el Maestro Núñez Tenorio (un poco antes del triunfo de Chávez, en 1998), a la discusión ideológica, probablemente ya se contase con una claridad conceptual generalizada en el país, en cuanto a la manera justa de asumir las categorías jurídico-constitucionales de libertad religiosa y de negación de intolerancia religiosa. Aún así, estamos a tiempo.