Michel Maffesoli

Tomado de La transfiguración de lo político. La tribialización del mundo posmoderno, México: Herder, 2005, pp. 241-242

No pretendo desarrollarlo, pero el ideal comunitario es una constante a la cual se hace referencia cuando se trata de asegurar, de reconfortar o de rememorar la fuerza de los sentimientos o de las razones que justifican el estar-juntos. No será incluso hasta Marx, si se puede decir cantor del progreso, quien evocará la fecundidad de lo arcaico. Al respecto uno recordará su carta dirigida a Vera Zassoulich sobre el tema de la comuna (la obscina) rusa y sobre su aspecto prospectivo. Igualmente se puede recordar una carta a Engels, reproducida en El origen de la familia, donde muestra que no hay que dudar en adentrarse por debajo de la Edad Media "en la época primitiva de cada pueblo" para darse cuenta que con mucha frecuencia se halla "en lo más antiguo lo más moderno”.[1] Ahí, encontramos, sin paradoja, lo que podría ser una definición de la posmodernidad: lo arcaico reinvertido por lo moderno, o lo moderno entrando en sinergia con los elementos más arcaicos, es decir, los elementos primeros, primordiales de toda humanidad.

Sea como sea, desde Leibiniz hasta Marx, para no citar más que aquellos que, a priori, están bastante alejados de todas las preocupaciones nostálgicas, se puede seguir el hilo rojo de la comunidad y del compartir que ella induce, hilo rojo que sirve de osamenta a la constitución de lo político, que asegura en esto incluso la solidez y que se rememora, a la ocasión, cuando la necesidad hace sentir la solidaridad orgánica que une entre sí a los protagonistas de la vida social. Cualesquiera que sean, después de esto, las legitimaciones o las racionalizaciones que se podrán dar a lo político, hay siempre este sub-basamento comunitario que se puede querer superar, corregir, restaurar, según las perspectivas o las tendencias teóricas, pero que se le reconoce como una realidad completamente incontestable.

Cada vez que una sociedad se interroga sobre lo que, en el sentido más simple del término, "asegura" su realidad como sociedad, o más aún cada vez que se aboca a encontrar las razones que justifica el estar-juntos, se hace referencia a la utopía comunitaria como principio de lo político. La historia de las utopías es bastante amplia y compleja y no sería cuestión el tratarla aquí, pero el punto común de todas éstas es, claramente, según el caso, el regreso, el renacimiento o el fortalecimiento de la "comunidad orgánica", y ésta como modelo de la relación sin poder entre el "yo" y el "tú". Relación que debe permitir superar la pesadez de las constricciones económicas o sociales, haciéndose a partir de la reestructuración de una nueva totalidad que había hecho un poco rígido al Estado racionalizador o cualquier otra institución.[2] Encontramos la dialéctica entre lo instituido que es, a mi parecer, la ley esencial de toda estructuración social: la dinámica instituyente que tiene el papel de lo fundador, que el instituido tiende a esclerotizar, hasta que de nuevo otra fuerza instituyente venga a regenerar el cuerpo social. Ahora bien, lo característico de esta energía regeneradora es, por supuesto, el "nosotros" funcional o fusional, que es otra manera de decir la comunidad.

Notas

[1] K. Marx, «Lettre à Engels», en F. Engels, El origen de la familia, Barcelona: Debarris, 1999. 322-329 (el paginado corresponde a la edición francesa). Y K. Marx, Ouvres completes, Pléiade, Paría, 1968, t. 1, p. 1558. 

[2] Cf. A este respecto M. Löwy, Rédemption et Utopie, París, 1988, p. 73. Sobre al dialéctica instituyente-instituido, cf. F. Alberoni, Le Choc amoureaux, París, 1980.